Posteado por: M | 9 enero 2012

Obama revisa la estrategia para reducir gastos militares

Cada vez que termina una guerra, reaparece en Estados Unidos el fantasma aislacionista, que merodea entre los dos grandes partidos, y el presidente de turno sale a la palestra con un nuevo concepto estratégico para hacer frente a los desafíos de la agitada configuración mundial. Barack Obama se presentó en el Pentágono el 5 de enero para cumplir con la tradición, aunque en este caso apremiado por los acuciantes agujeros fiscales y la deuda astronómica, y esbozar las líneas maestras de una estrategia militar que estará centrada en Asia, en la cuenca del Pacífico, supuestamente para contener o vigilar a China. El pragmatismo pondrá énfasis en los medios electrónicos que permiten reducir drásticamente el personal y los riesgos.


“Nuestras Fuerzas Armadas se reducirán, pero el mundo debe saber que EE UU mantendrá su superioridad militar con unos ejércitos ágiles, flexibles y preparados para cualquier contingencia y amenaza”, señaló Obama, sin entrar en el terreno resbaladizo del recorte de los programas de armas y de las estructuras militares, parcialmente heredadas de la guerra fría –especialmente los silos de las cabezas nucleares y sus misiles portadores— y luego adaptadas a las guerras de Afganistán e Iraq, el polvorín del Oriente Próximo o el combate contra los grupos terroristas transnacionales como Al Qaeda.

La revisión estratégica planteada, tras un decenio de guerras y expansión del gasto, aboga por una fuerza de combate “smaller and leaner” (más pequeña y más delgada”, pero mejor pertrechada tecnológicamente, adaptada para una guerra electrónica, con unidades de élite muy especializadas, como el comando que acabó con Osama Bin Laden, e instrumentos de probada eficacia como los aviones no tripulados (drones) que causan estragos entre los talibanes y otros insurgentes tanto en Afganistán como Pakistán. Hay que gastar menos, pero mantener la supremacía militar y tecnológica, según la jerga oficial.

Queda por ver, no obstante, cómo articulará el Pentágono el abultado recorte de los gastos (487.000 millones de dólares en diez años, el 8 % del total) que deberá figurar en el presupuesto que se prepara para el próximo febrero. Esa reducción podría duplicarse a menos que el Congreso actúe rápidamente para eludir las reducciones automáticas que están previstas para enero de 2013, según el acuerdo alcanzado por ambos partidos en agosto de 2011, sometido ahora a las tensiones frenéticas de la campaña electoral para la presidencia y las renovaciones total de la Cámara de Representantes y parcial del Senado.

El Pentágono deberá explicar y cuantificar la cura de adelgazamiento, tratando de mantener un alambicado equilibrio entre los numerosos lobbies que representan los intereses del llamado complejo militar-industrial. Según informaciones de la prensa norteamericana, el número de soldados será reducido en unos 100.000 para quedar en menos de medio millón, pero a condición de que se establezcan planes precisos para aumentarlo con celeridad en caso necesario (crisis inesperada y dos escenarios bélicos simultáneos).

El traslado a Asia-Pacífico de las prioridades estratégicas ha sido bien acogido por los especialistas, que siguen creyendo en la conveniencia de tranquilizar a los aliados en aquella zona (Japón, Taiwán y Corea del Sur), patrullar en el conflictivo mar de China meridional, probable caladero petrolífero, y mantener la presión sobre los dirigentes de Beijing en un momento de transición en la cúpula del Partido Comunista (PCCh). Pero no es seguro que el acento militar sea el más pertinente para tratar con las ambiciones nacionalistas de China, máxima depositaria de los dólares que imprime la Reserva Federal.

Las discrepancias con la nueva orientación proliferan, sin embargo, entre los especialistas, como puede comprobarse leyendo en The Hill (el periódico que se publica diariamente en el Congreso) un artículo del general Stephen A. Cheney y Joshua Foust, que participan en el Proyecto de Seguridad de EE UU: “La perspectiva de un conflicto grave con China es remota –escriben–, y el hecho de asumirlo como inevitable entraña el riesgo de que se convierta en una de esas profecías que tienden a cumplirse por su propia naturaleza.” También el analista Zbigniew Brzezinski, que fue el principal asesor de Jimmy Carter en cuestiones de seguridad, advierte de que EE UU, por no ser un poder asiático, debería abstenerse de buscar la estabilidad en la región a través de una intervención militar directa.
El estrecho de Ormuz, “yugular del mundo”

La preferencia asiática parecerá más retórica que real mientras los intereses vitales de EE UU sigan estrechamente vinculados con el Oriente Próximo. Todos los presidentes norteamericanos desde Nixon han tropezado en la misma piedra. Las causas inmediatas fueron diversas, pero siempre estrechamente relacionadas con la seguridad de Israel y el petróleo. La guerra árabe-israelí de 1973 desencadenó un primer embargo petrolífero, una conmoción política y una crisis económica en Occidente. Significó igualmente el ocaso de la era de la energía barata.

Tras la revolución islámica en Irán y la crisis de la embajada norteamericana en Teherán, Carter dejó bien sentado en 1980 que un eventual bloqueo del estrecho de Ormuz, considerado “la yugular del mundo”, pondría en peligro “los intereses vitales de Occidente” y se convertiría en un casus belli. Fue la llamada Doctrina Carter, aún vigente, recordada el 8 de enero por el secretario de Defensa, Leon Panetta, y el general Martin Dempsey, jefe del Alto Estado Mayor: “En caso de cierre del estrecho de Ormuz, que juzgamos una acción intolerable, actuaremos y lo reabriremos.”

La petropolítica es una constante de la diplomacia y el despliegue estratégico de EE UU. El presidente Reagan desembarco a los marines en Beirut para proteger a un gobierno amenazado por el radicalismo. El presidente George Bush (padre) siguió los pasos de sus predecesores al desencadenar la primera guerra del Golfo (1991) para liberar Kuwait de la ocupación iraquí e impedir que el grifo del petróleo cayera en manos de un déspota sin escrúpulos como Sadam Husein. Desde entonces, la flota norteamericana surca las aguas del Pérsico o Arábigo, el mar del petróleo y de las monarquías petroleras clientes de Washington.

La tensión persiste en torno a Irán, cuya pretensión de dotarse del arma nuclear y de misiles de medio y largo alcance se da por segura y factible en las cancillerías y los servicios secretos occidentales, además de causar una comprensible paranoia en Israel. A pesar de las maniobras, las bravatas y las amenazas de las fuerzas iraníes, EE UU reiteró el mantenimiento del despliegue de sus navíos en todo el golfo Pérsico, espacio marítimo por el que transita el 35 % del petróleo que se transporta por vía marítima en todo el mundo.

Los focos de tensión en el Próximo Oriente son numerosos, al oeste del estrecho de Ormuz. La sangrienta represión en Siria podría ser superada por un nuevo estallido de la violencia sectaria que socava los cimientos del frágil Estado iraquí. Si el Hizbolá libanés, cliente de Irán, mantiene secuestrado al gobierno de Beirut, los integristas de Hamás, atrincherados en la franja de Gaza, constituyen un obstáculo insalvable para reiniciar el proceso de paz entre Israel y los palestinos. ¿Qué ocurriría si los grupos de Hamás, con el respaldo de Hizbolá e Irán y el beneplácito de Turquía, hostigaran a los barcos que protegen las plataformas para extraer el gas a lo largo de la costa israelí?

Después de la caída de algunos aliados de EE UU en el mundo árabe, como los presidentes de Túnez, Egipto e incluso Yemen, la credibilidad del gobierno de Obama no atraviesa por sus mejores momentos. Los enemigos de EE UU crecieron hasta unos niveles inquietantes. Como reconoce el mismo secretario de Defensa, Leon Panetta: “El entorno de la seguridad internacional crece en complejidad e incertidumbre”, una situación que contrasta con el empeño de reducir la capacidad de respuesta en un futuro inmediato y de trasladarla a la cuenca del Pacífico.

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