Posteado por: M | 11 enero 2012

El enredo de la salud de Cristina

Muchos argentinos vivieron inicialmente con inquietud, luego con alivio y finalmente con estupor todo lo relacionado con la enfermedad y la intervención quirúrgica de su presidenta, Cristina Fernández de Kirchner. En un país tan azotado históricamente por el populismo, en el peor sentido del término, y tan propenso al culto de la personalidad de sus dirigentes, donde el justicialismo o peronismo sigue actuando como una fuerza política harto misteriosa, pero de arrastre popular inextinguible, “la salud de Cristina”, como titulan los periódicos más serios de Buenos Aires, se convirtió no sólo en un motivo de lógica preocupación, sino en un nuevo episodio del psicodrama nacional en medio del sopor del verano austral.


Desde el 22 de diciembre, cuando como resultado de una citología se anunció que la presidenta padecía un cáncer papilar de tiroides, hasta el 7 de enero, en que la biopsia de la glándula extirpada rectificó el diagnóstico y certificó que el tumor era benigno, la ciudadanía permaneció con el alma en vilo, a pesar de las vacaciones veraniegas, y luego asistió perpleja al estallido de la polémica periodística sobre “la mala praxis” médica e incluso sobre la probabilidad de que algunos sectores del poder hubieran sido capaces de manipular las informaciones más delicadas, en connivencia con la llamada Unidad Médica Presidencial, algo así como el equipo médico habitual que recuerda a los españoles la agonía del general Franco en 1975.

Cristina Fernández de Kirchner

Ante el “falso positivo” del diagnóstico, que las estadísticas señalan como muy poco frecuente, y el posterior enojo de la presidenta con los medios periodísticos que airearon el suceso, la situación aún no regresó a la normalidad. Prosigue la guerrilla del más provecto peronismo con los periódicos que no le son afines. “A la presidenta se le diagnosticó erróneamente un cáncer, y en vez de explicar lo que ocurrió, su equipo médico carga contra nosotros”, podía leerse en el diario Clarín. “A esta altura de los hechos, parece una historia sacada de una mala novela de malentendidos”, señaló el cronista Nelson Castro en La Nación bonaerense. Una comedia de enredo, un folletín, en efecto, pero que probablemente esconde o disimula una tragicomedia política.

Las críticas fueron ampliadas por la oposición. Hermes Binner, el candidato derrotado en las elecciones presidenciales de octubre, médico de profesión, no sólo reclamó una explicación sino que dejó bien sentado que el episodio de la intervención de Cristina “genera una atmósfera de sospecha que resulta inquietante”. Además, como es notorio, el gobierno argentino es capaz de falsificar algunos datos muy relevantes, como el de la inflación, para no estropear los titulares de los periódicos instalados en la permanente adulación de la presidenta viuda, siempre vestida de negro, e incluso pretende sofocar la libertad de prensa con los más extravagantes pretextos.

Una somera lectura de los periódicos confirma que no faltan los detalles macabros y populistas en la tragicomedia presidencial. Cuando la jefa del Estado habló de su enfermedad por la televisión, antes de ser intervenida, suscitando una aparatosa conmoción popular, lo hizo enfrente de una imagen de Eva Duarte de Perón, Evita, recurrente icono del justicialismo, que murió de cáncer cuando sólo tenía 33 años, en 1952, y que sigue ejerciendo una especial fascinación en los sectores menos evolucionados del justicialismo.

Las cuestiones políticas se mezclan con el enredo sentimental y el populismo, entendido éste como una desviación o degeneración de la democracia liberal y representativa que se manifiesta en el escenario del balcón y en la comunicación directa del líder con el pueblo a través del plebiscito. Me refiero a la demagogia aristotélica como forma de gobierno. La sospecha que se extienda por Buenos Aires es que los más acérrimos partidarios de Cristina pretenden que ésta vuelva a presentarse a las elecciones para ser reelegida por segunda vez en 2015, a pesar de la prohibición expresa en la Constitución de un tercer mandato consecutivo.

El culto de la personalidad de la presidenta está en marcha desde su abultada victoria en las elecciones presidenciales de octubre de 2011, como se ha podido apreciar en las manifestaciones populares de dolor y alegría, lindantes con la histeria, y en los recuerdos de Evita que acompañaron el relato televisivo de la enfermedad que resultó ser una falsa alarma después de su paso por el quirófano, tal vez innecesario. La salud de Cristina es excelente y su imagen sale reforzada, de manera que puede seguir empuñando firmemente el timón del país. La mayoría de los argentinos parece dispuesta a coronarla como ídolo político.

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