Posteado por: M | 3 febrero 2012

Parálisis de la ONU ante la guerra de Siria

Mientras la batalla diplomática se trasladaba a la ONU, el 31 de enero, la situación en Siria se aproximaba peligrosamente a una guerra civil de ámbito general y modalidad de guerrilla urbana. Lo que comenzó como unas protestas populares y pacíficas contra la dictadura para exigir reformas, a semejanza de lo que acontecía en otros países árabes, hace casi un año, ha degenerado en un conflicto armado en el que las escaramuzas, las emboscadas, los asaltos domiciliarios, las matanzas y los entierros con tiroteos se suceden a diario. El comercio de armas desborda todas las fronteras.

La intervención humanitaria permanece en un limbo jurídico, sin un protocolo, norma o modelo claro y preciso, aprobado por la ONU, que establezca las causas y  autorice las acciones militares pertinentes para detener el genocidio o las atrocidades masivas contra las poblaciones civiles antes de que sea demasiado tarde. La Convención contra el Genocidio fue adoptada por la ONU en 1948 y asumida por el tratado de Roma (1998) que creó la Corte Penal Internacional (CPI), pero la comunidad de naciones permaneció impasible o reaccionó con tardanza ante la muerte de millones de personas en Budapest, Biafra, Camboya, Ruanda, Bosnia y Darfur, por citar sólo los casos más flagrantes, en medio de inicuas consideraciones estratégicas o comerciales.

El derecho humanitario tropieza con un obstáculo enorme, un principio esencial de la Carta fundacional de la ONU: la soberanía irrestricta y la no injerencia en los asuntos internos de un Estado miembro como Siria, tras el que se parapetan todos los dictadores amenazados por los ciudadanos que los padecen. Después del veto de China y Rusia en el Consejo de Seguridad, el 4 de octubre, que hizo inviable una resolución condenatoria del régimen sirio, las tropas y los escuadrones de la muerte arreciaron en su represión contra las multitudes desarmadas.

El embajador de Marruecos, con el respaldo de la mayoría de los países árabes y occidentales, presentó ante el Consejo de Seguridad a finales de enero un proyecto de resolución que reprodujo literalmente la aprobada por la Liga Árabe exigiendo que el presidente Bachar delegue el poder en el vicepresidente, como un primer paso para una transición hacia la democracia con un gobierno de concentración nacional. Una fórmula eufemística para evitar la impresión de que se propugna en realidad la caída del régimen y, a la larga, la desintegración del país.

Una vez más, el Consejo de Seguridad volvió a quedar paralizado por la oposición de Rusia y otros países (China, India y África del Sur) a cualquier resolución que requiera la dimisión de Asad, imponga sanciones, decrete un embargo de armas o deje la puerta abierta a una intervención militar como en Libia. Para evitar el veto ruso y tras varios días de cabildeos, los países árabes y sus aliados occidentales hicieron desaparecer del proyecto de resolución los asuntos más polémicos como la dimisión del presidente y la formación de un nuevo gobierno.

La situación se asemeja bastante a la que prevaleció durante la guerra fría, cuando la rivalidad URSS-Occidente perpetuó la parálisis del órgano ejecutivo de la ONU, el Consejo de Seguridad, único legitimado para autorizar u ordenar operaciones de intervención exterior. Rusia pretende demostrar que sigue siendo una gran potencia, mientras que algunos de sus aliados coyunturales, como China, desconfían de la benevolencia occidental, que con frecuencia enmascara intereses económicos o estratégicos, y se oponen a cualquier intento de levantar o reducir las restricciones que existen para autorizar una intervención humanitaria susceptible de desembocar en un cambio de régimen, como ocurrió en Libia con la OTAN como punta de lanza.

Divergencias árabes

El presidente Asad y su régimen se mantienen en sus trece y en su paranoia, denuncian la conspiración internacional y se extrañan de la actitud de la Liga Árabe, aparentemente dominada por las monarquías del Golfo y los islamistas llegados al poder tras las elecciones en que culminaron las revueltas contra las dictaduras en Túnez, Egipto y Libia. No obstante, el entusiasmo democrático ha decaído y la situación general en la región medio-oriental ha perdido en pocos meses algunas de las expectativas más optimistas.

El gobierno de Damasco y sus voceros acusan abiertamente a las monarquías petroleras, capitaneadas por Arabia Saudí y Qatar, de urdir un complot y exagerar el descontento de algunos sectores de la población, hábilmente explotado por la cadena de televisión Al Yazira, de obediencia qatarí, con el propósito de destruir la alianza de Siria con Irán, el Hizbolá libanés y Hamás de Gaza, en beneficio de EE UU e Israel. El muftí de Siria, que actúa como árbitro del poder religioso, no sólo apoya firmemente a Asad, sino que profiere condenas inapelables, como si fuera un líder de Al Qaeda, y amenaza con enviar centenares de aspirantes al martirio a las urbes occidentales para sembrar el caos y la muerte.

Este relato gubernamental, machaconamente repetido por la televisión oficial, difiere ostensiblemente del que emplean los portavoces de una oposición heteróclita, apenas cohesionada por el objetivo de derrocar al régimen laico de Asad, su partido Baas y el ejército, los cuales controlan el poder desde 1970 y se nutren de la casta militar alauí dominante. El gobierno, a su vez, cuenta con el respaldo de otras minorías, como la cristiana y la drusa, pero se enfrenta a la hostilidad de la mayoría suní, dominada por los Hermanos Musulmanes, y de otros grupos étnicos como los kurdos.

El mosaico o rompecabezas sirio, ideado por el colonialismo francés sobre las cenizas del Imperio otomano, hace 90 años, ofrece síntomas inequívocos de descomposición. El pacto no escrito entre los militares (minoría alauí) y el bazar (comerciantes suníes) no pudo resistir el baño de sangre. La aparición en algunos lugares de un insurgente Ejército Libre de Siria (ELS), integrado primordialmente por militares desertores, que recibe armas desde el Líbano y Turquía, complica la situación sobre el terreno y entorpece cualquier negociación.

La oposición está dividida en dos facciones aparentemente irreconciliables: el moderado Consejo Nacional Siria (CNS), favorable a que la ONU tome cartas en el asunto, como hizo en el caso de Libia, y el izquierdista Comité Nacional para el Cambio Democrático (CNCD), que demanda la protección internacional de los derechos humanos, pero rechaza cualquier intervención de la OTAN, a la que considera “una instancia de dominación”, la novísima manifestación del “imperialismo occidental”.

Ante una situación tan cambiante, enrevesada y violenta, algunos periodistas que informan desde Siria reiteran que la población está profundamente dividida y alarmada. Ayman Mohyeldin, en un informe publicado en la revista Time, concluye: “Cuando el conflicto se encarniza y cada vez está más militarizado, muchas personas temen que una guerra generalizada entre el gobierno y los insurgentes armados destruya Siria, y ese miedo los paraliza y les lleva a respaldar al presidente [Bachar].”

No es la primera vez, y sin duda no será la última, en que los países árabes (la entelequia de la nación árabe) actúan divididos en el tablero geoestratégico. Como en la época de la guerra fría, un supuesto frente revolucionario, reducido actualmente a Siria y sus clientes del Líbano y Gaza, cuenta con el respaldo visceralmente antinorteamericano de Irán y el suministro armamentístico de Moscú, despojado éste de cualquier connotación ideológica. Y como es notorio y habitual, las monarquías petroleras temen desde 1979 el contagio de la revolución teocrática iraní y se alinean detrás de la protección directa de EE UU, aunque lleve aparejada la connivencia israelí.

Después de lo ocurrido con las revueltas árabes supuestamente en favor de la democracia, pero que han conducido al triunfo aplastante de los islamistas y salafistas en Túnez, Egipto y Libia, cabe preguntarse si la Liga Árabe tiene legitimidad para propugnar en Siria la solución que no fue capaz de imponer en Yemen o Bahréin, dos regímenes impopulares y violentos que ejercieron una represión brutal, pero que gozaban y siguen gozando de la protección de Washington y Arabia Saudí. Tampoco está previsto que las autoridades saudíes entregue a las tunecinas al dictador Ben Alí para ser juzgado en el país que saqueó impunemente.

El primer ministro de Qatar, Hamad bin Jasim bin Jabr al-Thani, que no dirige precisamente un régimen democrático, por más que sea capaz de comprar voluntades en Europa con cargo a las cuentas del petróleo, asumió el más estridente protagonismo para criticar con vehemencia la falta de cooperación de Damasco y declarar ante el Consejo de Seguridad: “La máquina de matar del gobierno [sirio] funciona sin freno.”

Luego del fracaso de su misión de observación sobre el terreno, fue la Liga Árabe la que planteó el conflicto en el Consejo de Seguridad de la ONU. El emir de Qatar solicitó públicamente una intervención armada con el sólido argumento de que el baño de sangre es peor en Siria de lo que era en Libia cuando comenzaron los bombardeos de la OTAN el 19 de marzo de 2011. Otros gobiernos árabes adujeron que sus observadores no debían encubrir por más tiempo las violencias del régimen sirio contra la población civil.

Al promover la renuncia del presidente Asad, los dirigentes de la Liga Árabe y sus aliados occidentales miran en el turbio espejo de una solución similar a la del Yemen, aunque resulte escasamente ejemplar. El presidente yemení, Alí Abdulá Saleh, tras haber dirigido una feroz represión contra su pueblo, recibió la protección de los países del Golfo y una garantía de inmunidad, de que no será inculpado por sus presuntos crímenes, a cambio de marchar al exilio –en la vecina Arabia Saudí o para ser tratado de un cáncer en EE UU– y facilitar una transferencia pacífica del poder.

Lo ocurrido en Liba, “una falsa analogía”

Las potencias occidentales y en especial EE UU pretenden eludir cualquier comparación con lo ocurrido en Libia, donde una resolución de la ONU para el establecimiento de una zona de exclusión aérea, a fin de proteger a la población civil, acabó convirtiéndose en el pretexto para una operación militar que terminó con el régimen del coronel Gadafi. La secretaria de Estado, Hillary Clinton, advirtió que se trataba de “una falsa analogía” esgrimida por su homólogo ruso, Serguei Lavrov, para oponerse a una intervención esencialmente humanitaria.

Según las cuentas de la ONU, más de 5.000 personas han muerto en Siria desde que comenzaron las protestas contra el régimen, en marzo de 2011, víctimas de la represión del ejército o de los escuadrones de la muerte de la policía, éstos especializados en ensañarse con los familiares que acuden a los funerales de las víctimas. Con el mayor descaro, el régimen utiliza a sus esbirros para denunciar la actuación de grupos supuestamente terroristas que disparan contra los civiles.

El damero diplomático es muy enrevesado. Arabia Saudí y la mayoría de las monarquías petroleras propugnan la caída del régimen de Asad, lo mismo que paradójicamente preconiza el gobierno israelí. En la misma trinchera se encuentra Turquía, en parte como consecuencia del persistente problema kurdo, de los kurdos que huyen de Siria para adentrarse en territorio turco o permanece en los campos de refugiados instalados en la zona fronteriza bajo los auspicios de la caridad internacional. En caso de conflicto generalizado, Siria o su aliado Irán no vacilarían ante el disparo de de cohetes contra Israel.

“Lo que ocurre en Siria desborda sus fronteras. Las divisiones étnicas y religiosas sirias están profundamente entrelazadas con las de Turquía, Irán, Líbano, Arabia Saudí e Israel”, escribe Ed Husain en la revista norteamericana The Atlantic, con el propósito de advertir contra una intervención directa o indirecta de EE UU que podría provocar un desastre peor que el de Iraq. Y el profesor Marc Lynch, de la universidad George Washington, asevera: “Ninguna de las opciones militares actualmente en discusión tiene una razonable oportunidad de mejorar la situación a un coste aceptable, y su fracaso prepararía el terreno para algo mucho peor.”

Entre esas opciones aludidas se barajan en Washington las siguientes: el establecimiento de una zona de exclusión aérea que sería inútil puesto que la fuerza área de Asad no participa en la carnicería. La creación de zonas protegidas cerca de las fronteras plantearía muchos problemas logísticos y dejaría indefensos a los eventuales refugiados. El bombardeo contra los batallones del ejército sirio, como se hizo en Libia, tendría que implicar a otros países, no cambiaría la situación general e incluso podría empeorarla. La toma por los rebeldes de algunos enclaves, a imitación de lo que hicieron los libios en Bengasi, es una hipótesis altamente improbable.

Salvo que el presidente Bachar y la élite que le rodea lleguen a la conclusión de que han derramado demasiada sangre y decidan abandonar el país, lo más probable es que las diversas facciones étnico-religiosas y los poderes regionales que las apoyan y azuzan prolonguen el conflicto sectario y los padecimientos de la población hasta unos límites y unas consecuencias absolutamente imprevisibles.

El Consejo de Seguridad de la ONU no parece dispuesto a presionar a favor de una salida que entrañe el cambio de régimen y que probablemente podría conducir al estallido de un país frágil y estratégicamente codiciado por todos sus vecinos. El presidente Obama, en año electoral y en franca retirada en todos los frentes, no está por abrir la caja de los truenos ni siquiera para atemorizar al sátrapa de Damasco.

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Responses

  1. ¡Hola Mateo!
    He leido el articulo de Siria y he disfrutado con la lectura.
    Es una vergüenza lo que esta pasando alli y el numero tan elevado de muertes diarias
    ¿Crees que acabara pronto? Este es mi deseo para que paren las muertes de personas inocentes.
    ¿Como esta Montse? Dale mis saludos y a ver si nos vemos pronto.
    Un abrazo
    Laudelina


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