Posteado por: M | 6 febrero 2012

Ambiente de guerra fría en un Moscú gélido

Unas horas después de que Rusia opusiera por segunda vez el veto a una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU condenatoria del régimen dictatorial de Siria, sendas manifestaciones de signo contrario, a favor y en contra de Vladimir Putin, recorrieron las calles de Moscú, bajo un frío ártico y un cielo encapotado, en un ambiente que recordaba el de la guerra fría y unas impresiones contradictorias sobre la calamitosa herencia del socialismo real, los problemas de la transición y la ardua aclimatación de la democracia liberal en el que fue imperio soviético, 20 años después de la extinción de la URSS.

Sobre el veto en la ONU, al que se añadió el de China, lo mismo que en octubre último, un analista diplomático ruso, Vladimir Frolov, citado por el cronista norteamericano Thomas L. Friedman (New York Times), respondía con una reflexión que explica parcial y exageradamente la situación, hasta la caricatura: “Si permitimos que la ONU y Estados Unidos presionen a un régimen –bastante similar al nuestro— para que ceda el poder a la oposición, ¿qué clase de precedente podría crearse?”

El cronista estadounidense y el analista ruso retroalimentan la retórica del clima de guerra fría larvada. Daban pábulo a una visión unilateral y sesgada de la realidad rusa poliédrica poco antes de que los manifestantes desfilaran pacíficamente por las gélidas calles de Moscú. Una opinión que me resulta hiperbólica porque las diferencias entre Siria y Rusia son más que evidentes y no pueden borrarse ilusoriamente con una frase ingeniosa cuando los militares sirios siguen disparando sin vacilar contra multitudes desarmadas e indefensas.

Como es notorio, el Consejo de Seguridad de la ONU, por motivo de su composición y del derecho de veto de cinco de sus Estados miembros (EE UU, Gran Bretaña, Francia, Rusia y China), actúa bajo el signo del doble rasero, de la discriminación positiva o negativa. Así, por ejemplo, a nadie se le ocurre presentar una resolución para que China ponga en libertad a sus presos políticos o deje de hostigar a la disidencia, ni cabe pensar en una petición a la dictadura de los Castro para que libere a sus disidentes antes de que se mueran de hambre, o a Israel para que cumpla el derecho internacional que prohíbe construir más colonias en los territorios ocupados.

Las relaciones con EE UU

Las relaciones de Rusia con EE UU se han deteriorado aparatosamente desde que Hillary Clinton y su homólogo ruso, Serguei Lavrov, acordaron hace tres años en Ginebra darles un nuevo impulso, después del pertinente reset,  para restañar las heridas y acabar con los recelos inaugurados por las intervenciones en Afganistán e Iraq o por el descarado apoyo norteamericano a la llamada revolución naranja de Ucrania, en 2004, claramente antirrusa. Pero los furores anti-Bush que se infiltraron en la diplomacia de Washington, tras la llegada al poder de Barack Obama, resultaron efímeros. También Washington vuelve a los recuerdos de la guerra fría.

Nada más conocerse el resultado de la votación en el Consejo de Seguridad, Hillary Clinton, visiblemente irritada, echó más leña al fuego al declarar en Sofía que el veto de Rusia y China había sido “una parodia”, al mismo tiempo que prometió redoblar los esfuerzos para derribar la dictadura de Asad, incluso mediante la ayuda militar y económica a la oposición. No obstante, los medios oficiosos de Washington reconocieron que la Casa Blanca carece de un plan factible para forzar un cambio de régimen en Damasco.

A finales de noviembre de 2011, en una declaración sin precedentes en la televisión, el presidente Dimitri Medvedev detalló toda una serie de misiones militares que el gobierno ruso pretende llevar a cabo en respuesta al despliegue del escudo antimisiles norteamericano. Resulta pertinente recordar que durante los últimos años de la guerra fría, la URSS llevó a cabo una acalorada e inútil campaña en Europa occidental contra el despliegue en Alemania de los misiles Pershings norteamericanos, concebidos por la fantasía nuclear y armamentista para contrarrestar a los de medio alcance soviéticos.

Casi al mismo tiempo, el designio de Putin de crear una Unión Euroasiática en el espacio postsoviético –que englobaría a las repúblicas asiáticas ex soviéticas, además de las eslavas Ucrania y Bielorrusia— fue acogido con alarma en Washington, desde donde surgieron no sólo las críticas sino la voluntad inequívoca de torpedear los objetivos imperiales del líder ruso. La crispación aumentó en todo Occidente, hasta el punto de que llegaron a encenderse las señales de alerta sobre “el retorno de la URSS”, aunque ahora sin partidos comunistas en la Europa occidental capaces de actuar como una quinta columna.

Muchos rusos están persuadidos de que los reflejos de la guerra fría siguen actuando en Washington y Londres, quizá con menos intensidad en otras capitales occidentales, y de que Putin es el restaurador del orgullo nacional humillado durante los años tumultuosos de la perestroika (1985-1991) y definitivamente perdido en 1991 con la desintegración de la URSS. También se presenta como el defensor acérrimo de los intereses rusos pisoteados durante el decenio en que Boris Yeltsin y su anarco-capitalismo presidieron los destinos del Estado (1991-2000).

Desde que Putin llegó al poder en 2000, el país ha progresado sin pausa, aunque más debido a la exportación frenética de los hidrocarburos que a las reformas económicas, pero lo cierto es que una clase media de los negocios y funcionarial, muy dependiente de los humores del hombre fuerte del Kremlin, se ha enriquecido sin escrúpulos y forma ahora la masa de maniobra de Rusia Unida, el movimiento o partido político que se identifica con la maquinaria estatal. El impulso que se esperaba del tecnocrático Dimitri Medvedev, como primer ministro y luego como presidente por encargo, desembocó en un fiasco.

Desde las elecciones legislativas del 4 de diciembre, en las que Rusia Unida logró un triunfo menos amplio del esperado, los dirigentes rusos aseguran que el dinero de EE UU, el oficial y, sobre todo, el no oficial, empieza a llegar a Rusia para apoyar a una oposición heteróclita que denuncia el fraude electoral y pretende que se repita el escrutinio, pero que carece de convicción y de fuerza para presentar una verdadera alternativa. La teoría del complot occidental, como en los años más crudos de la guerra fría, recorre todos los ámbitos del poder ruso y empieza a calar en la opinión pública y publicada.

Un periodista próximo del poder y bastante popular escribe apocalípticamente en el periódico por internet Vzgliad de Moscú: “El bloqueo impuesto a Siria por una Liga Árabe a las órdenes de los norteamericanos y la declaración de Medvedev a propósito del escudo antimisiles son el anuncio de los fragores de la tercera guerra mundial que se avecina.”

En cualquier caso, ante la perspectiva harto probable de que Putin se instale de nuevo en el Kremlin como presidente, tras las elecciones del 4 de marzo, EE UU y sus aliados europeos no están muy felices con tener que habérselas con un socio ambicioso, cínico y bastante incómodo, buen conocedor de las debilidades occidentales, que no dudará en manejar la caja de los truenos de la guerrea fría para defender su poder omnímodo en el desorientado y empobrecido espacio postsoviético, donde el único desafío procede del islamismo radical e incluso terrorista. Coincidiendo, y no por azar, con la retirada norteamericana de Iraq y Afganistán.

El modelo chino y el capitalismo estatal

Al comentar mi último post sobre China, el letrado y amigo Fernando Revueltas se preguntaba: “¿Lo hicieron mejor en la URSS [que en China] al acometer primero una apertura política?”  La pregunta se superpuso a los numerosos análisis que se están publicando en la prensa anglosajona sobre la crisis del capitalismo liberal, así en EE UU como Europa, y el nacimiento de nuevas experiencias exitosas de capitalismo estatal en China y otros países asiáticos. ¿También en Rusia está cuajando esa forma de capitalismo estatal, de oligopolios directa o indirectamente concertados con el poder político?

Los aduladores de Putin, como su portavoz, Dimitri Peskov, se jactan del empuje adquirido por las clases medias urbanas durante el último decenio, a sabiendas de que muchos de sus integrantes estaban en la manifestación de Moscú contra el gobierno.

Como se sabe, los tecnócratas desarrollistas cifraron en un determinado nivel de renta por cabeza (los 15.000 dólares aproximadamente) el umbral de la libertad, la pista desde que la que puede producirse el despegue económico que instala los cimientos para el asentamiento de la democracia. A este cálculo hay que añadir los imponderables derivados de la geografía, la historia y la cultura. Los rusos impulsaron tanto la libertad como la reforma política y se encontraron luego con el fracaso económico. Los chinos denigraron a Gorbachov y ahogaron en sangre en 1989 (matanza de  la plaza de Tiananmen) las demandas de libertad y reforma política, pero lograron un incontestable éxito económico al convertirse en la segunda potencia mundial.

El historiador tiene vedado el especular con lo que hubiera podido suceder y no ocurrió, en un vano ejercicio de historia contrafactual. La reforma económica no estaba ausente del proyecto original de Gorbachov, sino que era la principal preocupación, como indica la palabra perestroika, pero fue claramente desbordada por las ansias de libertad (glasnost o transparencia) que prevaleció y que el régimen autoritario de Putin no ha podido o no ha querido reprimir con un baño de sangre como el que tiñó de rojo la principal plaza de Beijing.

Aunque minoritarios, los rusos ilustrados y liberales siguen enarbolando en Moscú el estandarte de la libertad y la esperanza de un régimen más decente que, sin malbaratar la estabilidad y el progreso logrados con Putin, les permita avanzar por el camino de la democracia y de la europeización /occidentalización que se les resiste desde Pedro I el Grande (1672-1725), en pugna desigual con el tradicionalismo despótico o la nostalgia del llamado socialismo real.

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Responses

  1. Es curioso cómo después de la guerra fría y de las convulsiones de la desintegración del “imperio soviético”, hemos decidido retirar mentalmente del principal escenario de nuestras preocupaciones a Rusia y colocarla en un escenario bastante secundario. Me refiero simplemente a la opinión pública, no a observadores atentos como nuestro “posteador” Mateo. Seguramente cometemos un error. Yo sé muy poco sobre la Rusia de los últimos quince años. El libro de Anna Politkóvskaya y poco más. Chechenia, la mafia rusa y su desembarco en España…Pero ningún conocimiento serio y en profundidad.

    Creo que el mundo está ya en un momento crítico. Las advertencias de quienes conocen a fondo cómo era el mundo en vísperas de las dos guerras mundiales se multiplican y ya nos llegan casi a gritos (aunque nos siga interesando más discutir sobre el caso Gurtel). No creo que se trate del contagio de una reacción histérica. Así que está claro que no conviene dejar de seguir al minuto lo que pasa en Rusia, tanto internamente como respecto al papel que juega o representa en los distintos escenarios (por ejemplo, en relación al peligrosísimo escenario de Oriente Medio, estos días de actualidad por el espanto de Siria).

    El otro día veía un documental en el que hablaban varios ciudadanos alemanes que eran jóvenes en los años treinta. Cómo simplificamos a veces el relato de la historia. Qué distintas pueden resultar algunas cosas (no todas, hay hechos que no admiten discusión), explicadas desde otro ángulo. Y qué condenadamente familiar resulta todo.

    Respecto a la receta para acometer con cierta sincronía reformas drásticas en lo político y en lo económico, historia virtual aparte, tienes toda la razón, abierta la espita de los cambios políticos en la URSS, el chorro salió a presión y no se pudo acometer con un mínimo de serenidad y de eficacia un plan de reforma económica que asentara bien ese flanco esencial de todo sistema de libertades bien cimentado, como tú explicas tan bien. Dado el pistoletazo de salida más o menos al mismo tiempo, los ritmos de una y otra reforma parecen difíciles de sincronizar siquiera mínimamente, sobre todo por el ansia de cambio político después de décadas de tiranía (supongo que ese ansia también puede ser objeto de manipulación políticamente interesada, es fácil pulsar ciertas teclas). Al final, ciertas libertades políticas, al menos cuando se ha carecido de ellas, son ansiadas casi como el comer, es decir, como un bien básico más que como el producto de una evolución más o menos sofisticada del pensamiento político. O al menos te pueden convencer de ello. Luego, cuando las conseguimos y nos acostumbramos a ellas, preferimos “colocarnos” con grandes dosis de consumismo, que es una tiranía quizá más sutil y parece que mejor aceptada.

    ¿Cómo se contiene la avalancha, al tiempo que se va abriendo la mano por etapas, por así decir, para dar tiempo a acometer las necesarias reformas económicas? (Supongo que cualquier referencia a transiciones como la española carece de sentido al hablar de Rusia o China).

    Por eso me sigo preguntando por China, y siento deslizarme de nuevo hacia ese país. La singular receta china ha producido ya resultados espectaculares, casi de película de ciencia-ficción. Pero los desequilibrios sociales, territoriales, medioambientales, etc, son de una magnitud tan colosal como todo lo demás en ese gigantesco país. Lo fácil hasta ahora es atribuir la falta de reformas políticas a la nula voluntad del Partido Comunista Chino, que supongo que es la causa principal y eficiente de ese estado de cosas (aunque lo siguiente debe ser ahondar a su vez en las causas de esa falta de voluntad). Esto nos excusa justificadamente de responder a preguntas basadas en un supuesto de hecho digamos que inexistente actualmente: ¿y si “se quisiera” empezar a reformar políticamente el Estado chino en un corto plazo? También es especular, pero al menos hacia delante, sin colisionar con la historia.

    ¿El mal está hecho ya? ¿Debió empezarse la reforma política antes?. ¿Un poco antes, mucho antes? O por el contrario, ¿deberían acometerse más acciones tendentes a reducir esos desequilibrios internos antes de osar abrir mínimamente la mano? ¿Dónde estaría, en términos de renta per capita, el umbral de una libertad viable en China, de una salida controlada de la dictadura? ¿Qué situación se daría en las enormes urbes del país si se descontrola la situación?

    Por no hablar de que China, este país sí, está en el principal escenario de nuestras preocupaciones, por la forma en que está extendiendo por el mundo sus tentáculos a base de capitales y por las repercusiones de todo tipo que lo que ocurra allí va a tener en todo el mundo. El día que China despierte…bueno, ha despertado, pero “de aquella manera”.


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