Posteado por: M | 16 febrero 2012

El heredero de China se estrena en EE UU

El vicepresidente de China y miembro del comité permanente del politburó comunista, Xi Jinping, que con toda probabilidad asumirá el mando supremo en octubre próximo, durante el 18 congreso del PCCh, fue recibido en Washington el 14 de febrero con una mezcla de curiosidad, recelo e interés, que puso de relieve los delicados equilibrios y los prudentes cabildeos que deberán protagonizar las dos primeras potencias económicas del mundo. Están en juego directamente la paz, la estabilidad y la prosperidad en la cuenca del Pacífico, allí donde sus intereses geoestratégicos pueden chocar aunque sea a través de un aliado interpuesto, ora en la península de Corea, ora en el conflictivo y petrolero mar de China meridional. El resto del mundo es un espectador agobiado por ese duelo de gigantes.

Xi Jinping estuvo en el despacho oval de la Casa Blanca con Barack Obama y luego almorzó en el departamento de Estado con el vicepresidente norteamericano, Joseph Biden, para trasladarse finalmente al Pentágono, donde conversó con su titular, Leon Panetta. En un solo día, un recorrido completo por los principales despachos del Ejecutivo sin que haya trascendido otra cosa que el rumor de un diálogo de sordos, con traductor incluido, aunque Xi habla inglés, y la impresión entre los anfitriones de que el enviado de Beijing se mostró tan impenetrable como era de esperar. Según el periodista del New York Times que siguió a la comitiva oficial, Xi Jinping puso “cara de póquer” ante los requerimientos y apremios de sus interlocutores.

Xi Jinping

Quizá no podía ser de otra manera, pues Xi Jinping, con reputación de reformista, hijo de un dirigente anatemizado y deportado por Mao, tiene que mirar hacia Beijing y no preocuparse en exceso por el qué dirán en Washington. Allí, en la Ciudad Prohibida, radican las poderosas instituciones (el ejército, los aparatos de seguridad y propaganda del PCCh, las grandes empresas nacionales) que tienen bloqueadas las reformas desde hace años y que incluso podrían torcer, en último extremo, el curso previsto de los acontecimientos que culminará en el 18 congreso de PCCh en octubre.

El nacionalismo sustituyó al marxismo-leninismo, de manera que cualquier aparente cesión ante EE UU sería mal recibida por todos los suspicaces que esperan su oportunidad entre bastidores. Cualquier debilidad real o aparente del heredero designado podría reabrir la batalla entre los dos principales sectores del régimen: la aristocracia que representa Xi, en su condición de hijo de un alto dignatario heterodoxo, y los conservadores o “proletarios” del PCCh, adeptos de la meritocracia, que censuran retóricamente la deriva capitalista del sistema o el abismo interterritorial y se consideran marginados de la nueva transición política.

Tras las amabilidades de Obama, el vicepresidente Biden representó el papel de fiscal o portavoz de los agraviados en la ceremonia. Recordó a su huésped los abusos que China perpetra al tomar a beneficio de inventario las normas que rigen la propiedad intelectual o el comercio internacional, así como la manipulación del renmimbi (yuan), la divisa en permanente devaluación y utilizada como arma arrojadiza para primar las exportaciones. Luego se extendió sobre el calvario de algunos disidentes políticos o religiosos y manifestó su disgusto por el veto chino, acompañando al ruso, sobre la resolución del Consejo de Seguridad de la ONU contra la dictadura de Siria.

El vicepresidente chino no se inmutó y repitió en su brindis en el departamento de Estado la demanda tradicional de “respeto mutuo” y cooperación en todos los campos. Igualmente criticó la proclividad proteccionista que aqueja a las autoridades norteamericanas, sobre todo, a las del Partido Demócrata en año electoral, cuando las empresas manufactureras y sus trabajadores se quejan insistentemente de la desleal y agresiva competencia china con los productos baratos que inundan los almacenes o nutren los mercadillos callejeros.

Al día siguiente, 15 de febrero, en su más esperado discurso ante el mundo de los negocios, Xi Jinping dejó bien sentado que la cooperación entre ambas potencias debe basarse no sólo en el “respeto mutuo”, sino también en el propósito de no traspasar las líneas rojas que delimitan “los intereses vitales” respectivos, entre los que se incluyen, como se repite machaconamente en Beijing, la soberanía irrenunciable sobre Taiwán o el Tíbet. Ante los reproches de Occidente, en general, los chinos se parapetan tras el sacrosanto principio de la no injerencia.

Durante su visita al Capitolio, donde fue recibido por numerosos senadores y representantes, el vicepresidente chino tuvo que escuchar las quejas más directas sobre la situación de los derechos humanos en China y algunos testimonios conmovedores de varios presos políticos, como Guo Quan y Gao Zhisheng. “Esperamos fervientemente que el vicepresidente Xi revise la actuación de sus predecesores e introduzca cambios positivos en China”, resumió un representante. Pero no hubo respuesta ni mucho menos promesas del interpelado.

El relevo generacional

Para comprender la extrema cautela del vicepresidente chino durante su visita a Washington hay que tener en cuenta las rencillas políticas internas en los meses que preceden a la celebración de un congreso del PCCh, enconadas en la actual situación por el relevo generacional inminente. Xi Jinping representa a la cuarta generación desde que Mao Zedong y sus compañeros proclamaron la República Popular en Beijing, el 1 de noviembre de 1949. El ex presidente Jiang Zemin y el actual presidente, Hu Jintao, van a mantener su influencia y añadirán nuevas complejidades a la dirección colectiva instaurada tras el retiro de Deng Xiaoping.

Desde que el 11 congreso del PCCh en 1977 dio el cerrojazo de la revolución cultural, apenas un año después de la muerte de Mao Zedong, los dirigentes chinos que se han sucedido al timón viajaron a EE UU para comunicar al mundo que su poder estaba consolidado y que las reformas iban a llegar muy pronto. Inició la tradición Deng Xiaoping, que visitó Washington y otras ciudades norteamericanas desde el 29 de enero al 6 de febrero de 1979, tras recuperar el mando y promover las reformas económicas que le granjearon una gran popularidad, mientras millones de personas formaban detrás de las pancartas con un lema arrebatador: “Enriquecerse resulta maravilloso”. Su interlocutor en la Casa Blanca fue el vacilante presidente demócrata Jimmy Carter.

Los burócratas están azacaneados con la preparación del 18 congreso del PCCh, la gran ceremonia que festeja sin rebozo su hegemonía política, y que se celebrará en Beijing en octubre próximo. Xi Jinping será coronado nuevo secretario general, y en marzo de 2013, en un ejercicio ritual sin sorpresa posible, ascenderá a la presidencia de la República mediante un simulacro de elección por la Asamblea Nacional Popular, teórica depositaria de la soberanía. El relevo generacional en la cúspide del partido y el Estado está sometido a un protocolo rígido ejecutado por una miríada de funcionarios de una organización con más de 60 millones de adherentes.

La jefatura más prolongada en el PCCh fue la de Mao Zedong (1943-1976). Su sucesor, Hua Guofeng (1976-1981), presidió un período tumultuoso de pugna violenta entre radicales y reformistas que acabó con la toma del poder por Deng Xiaoping. Éste no llegó a ostentar oficialmente la secretaría general del partido ni la presidencia de la República, pero fue el pequeño gran timonel que gobernó con mano férrea desde la presidencia de la Comisión Militar del comité permanente del politburó. Bajo el impulso de Deng se iniciaron en 1978 las reformas económicas que iban a transformar radicalmente el país.

El reformista Hu Yaobang (1981-1987) murió prematuramente, luego de ser derribado de su pedestal en el partido, y fue reemplazado por Zhao Ziyang (1987-1989), otro reformista que cayó en desgracia por solidarizarse con la revuelta estudiantil reprimida violentamente por el ejército en la plaza de Tiananmen (4 de junio de 1989). Tras el sangriento episodio, que conmocionó las filas comunistas, y bajo la dirección de Jiang Zemin (1989-2002) –Deng murió en 1997–, la dirección del PCCh entró en un período de estabilidad, renegó de las purgas e inauguró una sucesión ordenada y sin sobresaltos que incluye la limitación de los mandatos a diez años (el tiempo que transcurre entre dos congresos del partido). El primer cambio previsible se escenificó con Hu Jintao, líder desde 2002, que deberá entregar el testigo a Xi Jinping en octubre próximo.

La historia familiar de Xi Jinping está siendo analizada y aireada en EE UU porque resulta muy significativa para entender las purgas cruentas que jalonaron la conquista del poder por el PCCh, tras una guerra civil, y el cruel destino que el maoísmo reservó a algunos de sus dirigentes, entre ellos, Xi Zhongxun, padre del vicepresidente, que pasó de ser uno de los lugartenientes de Mao a convertirse en una de sus víctimas, pues cayó en desgracia en 1962, vituperado como jefe de “una camarilla anti-partido”, y no fue rehabilitado hasta 1978 por Deng Xiaoping.

No se esperan cambios en ese calendario de la transición, habida cuenta de que el noviciado del nuevo líder máximo comenzó en 2007, cuando fue designado sucesor del presidente Hu Jintao. Xi ha superado con éxito todas las pruebas internas y externas a que estuvo sometido, a pesar de sus antecedentes familiares. La única asignatura pendiente era la visita a EE UU, primera economía del mundo y primer mercado de las exportaciones chinas, además de deudor máximo. Su representación, vista desde Beijing, parece haber sido impecable.

El dilema del antagonismo o la cooperación

Xi fue recibido con una esperada división de opiniones entre los que cortejan al enviado del gran acreedor y los que recuerdan la inmovilidad coercitiva del régimen del PCCh en el vidrioso asunto del respeto de los derechos humanos o de las minorías étnicas, entre los que ven a China como el antagonista inevitable del siglo, la superpotencia emergente, y los que abogan por una estrecha colaboración, sobre todo, en el ámbito de los intercambios comerciales y empresariales. También una cooperación estratégica, como sugiere Henry Kissinger, el gran valedor de los líderes chinos dentro del establishment estadounidense.

En medio de las tensiones contradictorias, Obama desea saber si el vicepresidente chino es “someone we can work with” (alguien con el que se puede trabajar) para mitigar las tensiones de los últimos años. Xi siguió escrupulosamente el protocolo tradicional, defendió la cooperación “entre iguales” y fue acompañado por los anuncios insertos en la gran prensa norteamericana, a expensas del gobierno chino, en los que se aboga por “unas relaciones mejor y más estrechas entre EE UU y China”. Pero los problemas de fondo no se alteran por una visita.

Cuando coja el timón, Xi Jinping deberá afrontar el dilema que persigue a los líderes chinos desde hace más de veinte años: la reorientación de la economía, a fin de poner énfasis más en el consumo interno que en las frenéticas exportaciones, más en el desarrollo de las regiones atrasadas y pobres que en la hipertrofia manufacturera de la fachada marítima. El creciente descontento social y las noticias recientes sobre disturbios en algunas regiones, si no se corrigen, pueden ser el anticipo de un estallido de consecuencias imprevisibles en la fábrica del mundo. Son esas tensiones múltiples las que esgrimen los estrategas del PCCh para preservar el despotismo aunque éste lleva aparejada la corrupción en una escala sin precedentes.

Obama no encontrará facilidades en su trato con el gigante competidor del Pacífico. La élite política norteamericana en los dos grandes partidos está profundamente dividida con respecto a la actitud que debe adoptarse ante el ascenso irresistible del antiguo Imperio del Medio. Ante el aparatoso repliegue norteamericano, especialmente acusado en Asia, la controversia persiste entre los propagandistas del choque de civilizaciones y los que tratan de acomodarse a una pax sínica que sustituirá a la pax americana que prevaleció durante el último siglo.

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Responses

  1. Excelente, muchísimas gracias por este riguroso y ameno análisis. Echo de menos artículos con tanta profundidad en la prensa de hoy día, donde la inmediatez es enfermiza.

    Gracias por su trabajo, un saludo

    Pd. Sigo con detenimiento el contencioso del Sáhara pero encuentro dificultados en la búsqueda de información imparcial relativa a la situación actual. Me encantaría ver su criterio y el resultado de su trabajo sobre este asunto en este blog


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