Posteado por: M | 22 febrero 2012

El segundo rescate de Grecia, la agonía de Europa

El segundo salvamento financiero de Grecia, a través de un fondo de 130.000 millones de euros, no acaba con la controversia existencial en que se debaten tanto la Unión Europea (UE) como la Eurozona y plantea innumerables incógnitas sobre su aplicación y su eficacia. La pérdida de soberanía impuesta al Gobierno de Atenas, cuya credibilidad entre sus socios está bajo mínimos, sólo sirve para encubrir los graves problemas de una improvisada unión monetaria, según lo establecido en el tratado de Maastricht, hace ahora 20 años, que no previó los adecuados instrumentos de política fiscal y presupuestaria comunes.

Después de más de 13 horas de intensas deliberaciones, los 17 ministros de Economía y Finanzas de la Eurozona, que forman el llamado Eurogrupo, reunidos hasta altas horas de la madrugada del 21 de febrero, aprobaron un plan de ayuda para evitar la bancarrota inmediata de Grecia, pero tuvieron que superar los diversos obstáculos levantados por los socios reticentes, el grupo de los virtuosos, los únicos que mantienen la calificación de la triple A de su deuda (Alemania, Finlandia, Holanda, Luxemburgo), según el criterio de las agencias internacionales dispensadoras de la solvencia.

A cambio de recibir los 130.000 millones de euros, que se añaden a los 100.000 millones del primer rescate en mayo de 2010, el gobierno griego se compromete, para evitar una quiebra desordenada, a aplicar un plan draconiano de reformas estructurales (mercado de trabajo, rebaja del salario mínimo, pensiones públicas, sanidad, sistema impositivo, venta de empresas estatales) y nuevos ajustes presupuestarios hasta 2014. Un endiablado camino o un calvario que recorrer por un pueblo humillado y escéptico que deberá acudir a las urnas en abril. También el justo castigo por las insensateces de unos efímeros días de gloria.

Al mismo tiempo, los acreedores del sector privado (bancos, seguros y fondos de inversión) aceptan una quita del 53,5 % sobre el valor nominal de los bonos helenos, una medida que la agencia norteamericana de calificación Fitch considera un “restricted default” (una suspensión de pagos restringida). Los inversores privados poseen unos 200.000 millones de euros en bonos soberanos griegos.

Se espera que el plan reduzca la pesada carga de la deuda desde el 160 % al 120,5 % de su producto interior bruto (PIB) en 2020, aunque no es seguro que ocurra. Como contrapartida,  la Comisión Europea mantendrá “una presencia reforzada y permanente” en Atenas para vigilar escrupulosamente la aplicación de las medidas de austeridad, pero sin saber si la situación va a estabilizarse. Una especie de alto comisario o protector.

Grecia perderá parte de su soberanía fiscal, ya que no dispondrá libremente del dinero del multimillonario rescate. Esos millones se depositarán en una cuenta que será controlada por la llamada troika, es decir, los representantes del Banco Central Europeo, la Comisión Europea y el Fondo Monetario Internacional (FMI) encargados de supervisar el protectorado. El pago de las deudas será la prioridad absoluta en el uso de esa cuenta especial. El FMI, por su parte, exige mucho y de manera perentoria, aunque sigue estudiando con parsimonia la cuantía de su contribución para el segundo rescate y aplaza la decisión hasta mediados de marzo, como si no se fiara, bajo la presión contradictoria de EE UU y los países emergentes.

No es la primera vez que el Estado griego moderno, liberado del yugo otomano y proclamado en 1830, queda bajo tutela internacional. Rusia, Gran Bretaña y Francia lo protegieron alternativamente de las ambiciones de los imperio centrales. Luego vino la ocupación italo-germana, y tras la derrota de Alemania en 1945, el país sufrió una guerra civil entre los guerrilleros comunistas, respaldados por Yugoslavia y la URSS, y el gobierno monárquico de centro-derecha protegido y armado por Londres y Washington con el triunfo final de éste (1949), tras la aparatosa ruptura de Tito con Stalin. Tanto Gran Bretaña como EE UU mantuvieron representantes en los ministerios griegos más importantes y patrocinaron el ingreso de Grecia en la OTAN (1951), a pesar de las protestas de la URSS.

El pacto para un segundo rescate suscita desavenencias importantes dentro de la UE, está cogido con alfileres y podría descarrilar en cualquier momento. Un informe confidencial de la troika que circula por Bruselas reconoce que sólo servirá para ganar tiempo. Cuando llegue a su fin, en 2014, Grecia precisará de otros 50.000 millones de euros para reducir su deuda hasta el 120 % del PIB en 2020. ¿Un tercer rescate? Ni los más optimistas creen que la austeridad extrema y el rigor presupuestario sean suficientes para evitar que siga creciendo la montaña de la deuda (más de 200.000 millones de euros en estos momentos).

Este segundo rescate fue prometido en octubre de 2011, pero su aprobación se demoró porque los acreedores internacionales privados exigieron un estricto control del gobierno de Atenas por parte de Bruselas para asumir la quita de los bonos soberanos. Luego del inacabable debate nocturno del Eurogrupo, la impresión más extendida entre los participantes era que habían evitado una crisis precipitada y caótica, pero que las decisiones más polémicas quedaban pospuestas, una vez más, para otro momento más propicio que quizá no llegue nunca.

Mientras Grecia se hunde en el marasmo y el gobierno de Atenas tropieza con dificultades añadidas para mantener el control de las calles, la estrategia económica dictada por el tándem germano-francés que responde por Mercozy está teóricamente  bien fundada, pero sus resultados son harto discutibles. La austeridad y la reducción paralela del déficit, así en Grecia como en otros países periféricos, pueden servir de acicate para las reformas estructurales –en nombre de la homogeneidad de la eurozona según el modelo alemán—y restaurar la confianza de los mercados, pero la profunda recesión helena (-7 % en 2011) ensombrece el pronóstico y amenaza con extenderse.

Las medidas expansivas del Banco Central Europeo –abrir el grifo del crédito a los bancos de la región, la llamada barra libre por más de medio billón de euros, en diciembre último, que se repetirá el 29 de febrero— probablemente evitaron una cadena de quiebras, pero los créditos no se han traslado aún a la economía real. El ejemplo de EE UU confirma que las políticas monetarias tienen sólo efectos temporales si no van acompañadas por verdaderas reformas del sistema; pan para hoy y hambre para mañana. O reformas tardías, combatidas en la calle y timoratas que mitigan los males pero no los erradican. No obstante, la máquina de hacer billetes no descansa.

En sentido inverso, la historia del primer decenio del euro como moneda fiduciaria nos enseña que los países periféricos o mediterráneos (los pigs en sentido despectivo) –Portugal, Italia, España y Grecia—disfrutaron locamente de dinero en abundancia, de tasas de interés muy bajas, de precios desbocados, pero fueron incapaces de reformar sus economías para hacerlas más competitivas. El resultado fue demoledor: un  estallido de diversas burbujas y un creciente abismo competitivo entre los ahorradores y eficaces países del norte de Europa y los manirrotos recalcitrantes e irreformables del sur. Sólo se unificó la retórica.

Los daños colaterales

Mientras Grecia vive en medio de los tumultos callejeros, con un gobierno en funciones y en vísperas de una campaña electoral que volverá a inflamar las calles y los medios de comunicación, el eterno debate sobre la federalización de la Unión Europea o, al menos, sobre la armonización fiscal y presupuestaria, permanece en el limbo. Nicolas Sarkozy, amenazado en su reelección, habla vagamente de una federalización que tiene pocos partidarios en Francia, mientras que Angela Merkel, con una popularidad en retroceso, insiste en su política de pasos cortos y prudentes, habida cuenta de que la opinión pública está profundamente irritada por la crisis interminable.

Los periódicos alemanes de todas las tendencias están persuadidos de que Grecia jamás podrá reformarse dentro de la eurozona. “Europa paga ahora el precio por la incapacidad de sus líderes para encontrar una efectiva terapia para mejorar la salud económica de Grecia –escribe Der Spiegel–, pero persisten las duda de cómo un país tan altamente endeudado puede ser devuelto a la normalidad dentro de la moneda común.”

Algo muy parecido a sugerir que la sanación helena sería más factible y menos costosa fuera de la unión monetaria, una idea que hace su camino en Alemania, dentro de la patronal e incluso en el partido de la cancillera (la CDU). Y si persisten las dudas después de dos años de forcejeo y planes de rescate multimillonarios que perjudican las arcas de todos los países, ¿por qué no se organizó una quiebra preventiva que hubiera evitado la agonía en que se debate en estos momentos el proyecto europeo?  Quizá porque los bancos franceses y alemanes estaban en la primera línea de los acreedores. La verdad es que los daños colaterales son irreversibles.

Durante mucho tiempo, tanto la izquierda instalada y antiamericana (la socialdemocracia) como la no instalada (los comunistas nostálgicos y los populistas) sostuvieron la tesis conspirativa de que las desgracias del euro se debían, en gran medida, a la perfidia de los anglosajones, sobre todo, los norteamericanos, poco interesados éstos en la consolidación de una moneda capaz de competir con el dólar como moneda de reserva. La gran mentira o, al menos, la gran excusa, sobre la que nos instruyó el maestro Jean-François Revel.

Ahora, sin embargo, las reflexiones que se desgranan en Washington y Londres constituyen una permanente diatriba contra la incoherencia de la zona euro, sus carencias integradoras para preservar la buena salud de la moneda común. Un cronista de The Economist nos recuerda que el sistema federalista puesto en pie por Alexander Hamilton (unificación fiscal), secretario del Tesoro, explica la pujanza de EE UU, en contraste con “las ligas y confederaciones de inspiración feudal que conducen a la anarquía, la tiranía y la guerra”. La eurozona no es sino una confederación laxa que trata desesperadamente de imponer algún tipo de disciplina a unos socios con economías muy dispares y culturas contradictorias.

Por supuesto, Europa no está dispuesta a dar esa gran zancada federalista que se espera desde hace muchos años. Las divergencias están a la orden del día, como lo prueba esa misiva que el primer ministro británico, David Cameron, respaldado por otros 11 jefes de gobierno de la UE (el español entre ellos), dirigió al presidente de la Comisión Europea, José Manuel Barroso, para reclamarle un mayor activismo. Una ofensiva tardía, dirigida desde Londres, capital del euroescepticismo, que apenas sirve para lamentar la forma en que París y Berlín han conducido la amarga travesía del gasto desmadrado, la deuda incontrolable y el fracaso de la estrategia de los paños calientes.

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