Posteado por: M | 7 marzo 2012

El triunfo y los retos de Putin

Las elecciones presidenciales rusas no depararon ninguna sorpresa y Vladimir Putin regresa al Kremlin como “padre de la nación”, garante de su estabilidad, cohesión y fortaleza, para ejercer un mandato de seis años que puede resultar conflictivo y problemático debido al aumento de las protestas populares contra los aspectos más notorios del despotismo de su poder. Frente a la mayoría silenciosa que sigue al presidente electo, la oposición que se manifiesta en Moscú y San Petersburgo recusa la legitimidad de las elecciones, promete seguir con la agitación y hasta pone fecha ilusoriamente a la caída del régimen autoritario.

Vladimir Putin gana las elecciones en Rusia

En cualquier caso, las irregularidades no son suficientes para invalidar el sentido del escrutinio. Tres factores explican la victoria de Putin, con un porcentaje ligeramente por encima de lo previsto (65 % de los votos emitidos). En primer lugar, la ausencia total de alternativa, habida cuenta la mediocridad y la falta de medios de los otros cuatro candidatos, así como la impotencia de una oposición tan ruidosa como heteróclita. “Putin es el candidato más creíble, es nuestra estabilidad, no hay otra opción”, declararon algunos electores a los periodistas occidentales que pretendían hurgar en las huestes de una oposición frustrada e ineficaz.

El candidato comunista, Guennadi Ziuganov (17 % de los sufragios), es un fatigado y nostálgico aparatchik, que representa al sector más viejo del electorado y las ideas más vetustas, pero al que hay que reconocer, en todo caso, su perseverancia a pesar de esta cuarta derrota consecutiva. El ultranacionalista  y pintoresco Vladimir Zhirinovski (6 %), igualmente veterano de las campañas presidenciales, parece un actor vulgar que repite como un papagayo las consignas de los sueños imperiales y defiende unas ideas tan arcaicas como el paneslavismo o el sometimiento del “extranjero próximo”, la mayoría de las repúblicas ex soviéticas.

Serguei Mironov (4 %), que se presentaba como adalid de un socialismo con rostro humano, no consiguió superar el descrédito de haber figurado hasta hace pocos meses entre los corifeos del poder. El candidato millonario, Mijail Projorov (8 %), el tercer oligarca más rico de Rusia, tampoco ha sido inmune a las maniobras del Kremlin y todo parece indicar que su candidatura fue sugerida por los estrategas de Putin para recabar los sufragios de esa clase media incipiente y próspera que anda un poco despistada en el laberinto de la política, prisionera de una falsa disyuntiva: los intereses inmediatos o las ansias de libertad.

El segundo factor del éxito de Putin es el abismo que separa a la población de las grandes urbes (Moscú, San Petersburgo), donde anidan la cultura política y la protesta, de la que habita en las provincias más alejadas del centro, que llegan hasta el Pacífico, económicamente atrasadas, aunque algunas de ellas muy ricas en materias primas, menos sensibles a las exigencias de más liberalidad y decencia para un régimen caracterizado por una corrupción galopante y el dominio absorbente del poder ejecutivo. El eterno dilema que desgarra a los rusos desde hace siglos, entre Europa y Asia, entre la democracia liberal y el despotismo asiático.

El tercer factor –y probablemente el más significativo—es el temor bastante extendido en todos los ámbitos de un retorno a los años aciagos de la inestabilidad política crónica, la debilidad estratégica y la rapiña organizada de los bienes nacionales tras la desaparición de la URSS a finales de 1991, bajo la dirección tan imponente como vacilante de Boris Yeltsin. La desintegración del Estado soviético coincidió con la ruina económica. Putin es el gran restaurador, no sólo de la ley y el orden, sino también del orgullo nacional, de la estatura internacional y de una relativa prosperidad propiciada por la explotación de los hidrocarburos más que por las reformas estructurales que siguen congeladas dentro de doradas estancias del Kremlin.

Putin sucedió a Yeltsin en 2000 y fue reelegido en 2004, pero tuvo que abandonar la jefatura del Estado en 2008, por imperativo constitucional. Para superar el escollo de la Constitución, vigente desde 1993, que no permite más de dos mandatos consecutivos, asumió el cargo de primer ministro y aupó a la presidencia a uno de sus protegidos, Dimitri Medvedev, con reputación de reformista muy pronto desmentida. Luego reformó la Constitución (diciembre de 2008), gracias a su dominio de la Duma, de manera que el mandato presidencial pasó de cuatro a seis años.

El 24 de septiembre de 2011, en el Congreso de Rusia Unida, Putin anunció el arreglo a que había llegado con su protegido Medvedev para intercambiar los papeles en la cúspide del poder, de manera que el primero podría retornar al Kremlin como presidente y el segundo asumiría de nuevo la jefatura del gobierno. De esa forma, la primacía oficial coincidiría de nuevo con la real, tras un relevo protocolario. Objetivo cubierto.

¿Una revuelta de la clase media?

El futuro, que no sabemos si será radiante, como al que aspiraba cínicamente la utopía comunista, parece sonreír a Putin, de 59 años, en buen estado físico, quien podría permanecer en el Kremlin nada menos que 12 años más (dos mandatos consecutivos de seis años) y superar así la marca de Leonid Brezhnev, el orfebre del inmovilismo político y el estancamiento económico, mandatario de la nomenklatura soviética, gerente de la teórica dirección colectiva, que estuvo al frente de los destino de la URSS desde 1964 (tras la destitución de Nikita Jruschov) hasta su muerte en 1982.

Antes de que cerraran los colegios electorales comenzaron a circular por Moscú las pruebas y las denuncias sobre un nuevo fraude electoral, similar al de las elecciones parlamentarias del 4 de diciembre de 2011, cuya evidencia alimentó el movimiento de protesta supuestamente dirigido por la clase media urbana, entre irritada y frustrada por la desvergüenza del poder, “a rising middle-class revolt” (“una ascendente revuelta de la clase media”) –como la describió perentoriamente The Wall Street Journal– contra los12 años de Putin en el poder.

A veces, los periódicos sesudos confunden sus deseos con la realidad. En todo caso, ese movimiento de la clase media, además de heterogéneo, no tiene cabeza y nadie puede asegurar que no tenga los pies de barro. La hostilidad de Wall Street y de algunos gobiernos occidentales –el británico con especial virulencia—quizá contribuya a fortalecer a Putin, nunca a derrocarlo.

Los observadores de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) publicaron un comunicado en el que señalaron que al proceso electoral había estado “claramente sesgado” a favor de Putin. “Al no existir una genuina competencia, el abuso de los recursos del gobierno determinó que el vencedor de la elección nunca estuviera en duda”, señaló la declaración paneuropea. Tanto EE UU como la Unión Europea reclamaron una investigación, “independiente y creíble”, de las alegaciones de pucherazo, pero ningún dirigente apareció ante la prensa en Washington o Bruselas para comentar las noticias de Moscú.

El candidato comunista, Guennadi Ziuganov, declaró que su partido no reconocerá los resultados oficiales porque las elecciones habían sido “ilegítimas, vergonzosas y no transparentes”.  El candidato millonario, Mijail Projorov, aseguró que se habían detectado 4.000 irregularidades en el escrutinio, aunque no explicó cuál había sido el procedimiento empleado para contabilizarlas. El famoso abogado y bloguero Aleksei Navalny, figura ascendente de la oposición, nacionalista radical, sentenció: “Esto fue un mero expediente, no una verdadera elección.”

El gobierno instaló cámaras de video-vigilancia en muchos colegios electorales, para prevenir una falsificación masiva como en las elecciones parlamentarias del 4 de diciembre, por lo que el fraude llegó en directo a los que se habían inscrito para seguir las votaciones y el escrutinio en tiempo real. El vídeo que resultó más escandaloso llegó a las pantallas de los ordenadores desde el Cáucaso, desde la república de Daguestán, y en él pudo verse cómo dos personas introducían numerosos papeletas en las urnas. En Chechenia, una vez más, los votantes fueron más numerosos que los electores inscritos.


En un discurso ante sus enfervorizados partidarios, junto a la muralla roja del Kremlin, Putin se mostró tajante contra los que denuncian la mascarada, sorprendentemente emocionado –con algunas lágrimas resbalando por sus mejillas— y virulento contra los que tratan de “destruir el Estado ruso y usurpar el poder”. Y añadió desafiante: “Os prometí que ganaríamos y hemos ganado (…) El pueblo ruso ha demostrado hoy que esos planes no tendrán éxito en nuestra tierra”, para concluir con el mítico grito comunista de “¡No pasarán!”

No sabemos muy bien quiénes son los que no pasarán. Tras un decenio de relativa calma y consolidación, tanto económica como política, los disidentes de la clase media, del mundo intelectual y artístico, están de nuevo en pie y hasta tienen el viento a su favor en las grandes urbes, pero forman un grupo muy heterogéneo, sin líderes consistentes o poco avezado en la lucha política, y van a chocar con la muralla levantada por Putin y sus fieles o con los amargos recuerdos del decenio caótico de la suprema magistratura de Yeltsin (1991-2000).

El aparatoso hundimiento de Rusia Unida, el partido presidencial, en las elecciones parlamentarias del 4 de diciembre de 2011, dejó al complejo sistema político y económico en manos de un solo hombre, acompañado por algunos fieles del aparato de seguridad(siloviki) –el Servicio Federal de Seguridad, sucesor del KGB–, de las Fuerzas Armadas y de los llamados civiliki, los reformistas como Medvedev o Vladislav Surkov ( ex jefe de la administración presidencial, recientemente sacrificado), que no han sido capaces de reformar nada ni de organizar una administración menos autocrática, ni de emprender una decidida estrategia de modernización. A medida que aumenta la protesta, el equilibrio entre los tres pilares del poder deviene problemático.

El presidente de la Federación Rusa concentra más poder que cualquiera otro de sus homólogos en Occidente, está en la cima de un régimen de “democracia soberana” que nadie sabe muy bien lo que significa, salvo que encubre un poder fuertemente personalizado y autocrático, nacionalista y hasta militarista, pero que no dispone de un modelo convincente de modernización. Un régimen que se afianza con los dólares de la venta frenética de hidrocarburos, hasta el punto de que Rusia figura con frecuencia a la cabeza de la exportación mundial de petróleo, por delante de Arabia Saudí.

Complicada escena internacional

El retorno de Putin a las candilejas de la escena internacional augura graves inquietudes para las potencias occidentales que creyeron en las credenciales reformistas de Medvedev, pero que ahora deberán afrontar una línea más dura o menos complaciente. “No habrá revoluciones ni espasmos de liberalismo en el estilo de Gorbachov”, anunció Dimitri Peskov, el portavoz del presidente electo. En un artículo publicado durante la campaña electoral, Putin se comprometió a dotar a las Fuerzas Armadas de la panoplia armamentística necesaria para reverdecer sus laureles operativos y tecnológicos.

El presidente electo propugna una alianza estratégica con EE UU, pero a diferencia de Barack Obama, que siempre aboga por el diálogo, el multilateralismo o el acomodo, no dudará en utilizar la fuerza si fuera necesario para proteger los que él considera los sacrosantos intereses nacionales. Así se confirmó en Chechenia, en Georgia y, sobre todo, en la cuestión de Siria, donde el Kremlin prefiere la compañía de China para afrontar las iras de la diplomacia occidental antes que abandonar al dictador. A lo largo del último medio siglo, Rusia tuvo serias dificultades para realizar su ambición tradicional de poner un pie en el conflictivo Oriente Próximo, de manera que no lo retirara cuando lo tiene bien asentado en Damasco.

Durante la campaña electoral, como en los tiempos de la guerra fría, el Kremlin y sus terminales mediáticos no se privaron de atacar a EE UU y las potencias occidentales, a los que acusaron reiteradamente de pretensiones hegemónicas y de perjudicar a Rusia. Los temas específicamente nacionalistas pueden adquirir una fuerza inusitada si, como parece probable, el presidente ruso tiene que vérselas con una oposición galvanizada por el respaldo o la comprensión de Occidente. Putin ya aventuró la tesis de que los occidentales estaban utilizado la llamada primavera árabe para “redistribuir los mercados” en detrimento de las compañías rusas. Unas acusaciones similares provoca la actitud de Washington y Londres en la revuelta siria.

Los planes de Putin para permanecer en el poder por mucho tiempo dependen en gran medida de su capacidad para promover la verdadera modernización de la economía, pendiente desde la desintegración de la URSS. La estabilidad política es un requisito imprescindible para acometer las reformas que deben orientar la economía rusa hacia unos cambios estructurales que disminuyan la dependencia de la exportación de materias primas. La buena salud económica quizá favorezca el resurgir de unas élites llamadas a impulsar la definitiva incorporación a Occidente. Lo que no sabemos es si Putin querrá o podrá ser el modernizador después de haber actuado como el restaurador del Estado.

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