Posteado por: M | 14 marzo 2012

El declive de Occidente y la dispersión del poder

Una vez más, Charles A. Kupchan, profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad de Georgetown (Washington), vuelve por donde solía: el estudio brillante y cuidadoso, el diagnóstico prudente y el pronóstico polémico sobre el papel que Occidente en general y Estados Unidos en particular desempeñan y desempeñarán en el mundo. Primero fue The End of American Era (El fin de la era americana, 2003), luego How the Enemies Become Friends (Cómo los enemigos se hacen amigos, 2010) y ahora, recién salido de las prensas, No One´s World (Oxford University Press, 2012), que podríamos traducir como El mundo de nadie, es decir, un mundo en el que no habrá una potencia claramente hegemónica.  Ni tampoco unas ideas o valores indiscutibles.

El último libro del profesor Kupchan, subtitulado “Occidente, el ascenso del resto y el viraje global que se aproxima”, insiste en la añeja hipótesis de que la primacía imperial de EE UU es cosa del pasado, o que se halla en decadencia irremediable. Ese repliegue conceptual, doctrinal y práctico, realzado por la diplomacia conciliadora y multilateral de Barack Obama, disfruta de bastante predicamento en los círculos académicos y políticos de Washington, pero tropieza lógicamente con el pensamiento de los neoconservadores y los liberales intervencionistas que denuncian “la capitulación estratégica” de los declinólogos.

Otras críticas son meramente coyunturales por parte de algún pragmático, como Mitt Romney, aspirante republicano a la presidencia, quien insiste en la campaña electoral, para que sus adversarios no lo tachen de derrotista, que este siglo será también norteamericano, o lo que es lo mismo, que la grandeza estadounidense podrá sobrevivir  y/o restaurarse. Cuando Romney denigró a Obama, “porque nuestro presidente piensa que EE UU está en declive”, Kupchan replicó en un artículo en la revista Foreign Policy (6 de febrero): “Lo siento, Mitt [Romney]. Ésta no será una centuria americana”, arrojando la tesis de su libro a la hoguera electoral.

Si el siglo XX fue la centuria norteamericana por antonomasia, la verdad es que no se sabe quién dará nombre a la actual, aunque gana adeptos la hipótesis de que el futuro más radiante pertenece a Asia y que, por lo tanto, el centro del universo abandonará definitivamente Europa, el Occidente en general, para residenciarse en la cuenca del Pacífico. El mismo Obama presta más atención a los asuntos de Asia que a la crisis que sacude a la Unión Europea.

El orden occidental, la dominación de Occidente, según Kupchan, está agonizando en medio del ascenso irresistible de las potencias emergentes como China, India, Irán o Brasil, a las que engloba dentro de lo que llama “el resto”, expresión harto imprecisa que sirve para unificar lo que se presenta muy diverso y cuya evolución puede resultar tan variada como problemática. No ahonda en las profundas divergencias que se dan en “el resto”, cuando es evidente que, salvo la ambición de poder internacional, pocas semejanzas existen entre la democracia federal brasileña, la teocracia iraní y la autocracia fuertemente centralizada de China.

Primero, el autor expone la historia somera de las relaciones internacionales de los últimos cinco siglos. Luego de plantear el tema del declive norteamericano, Kupchan dedica tres capítulos a analizar, desde el punto de vista del equilibrio de poder en el mundo, el irresistible ascenso de Occidente, tanto de las potencias europeas, como de EE UU, desde los siglos XVI al XVIII. Antes y después de los Descubrimientos, Europa era el centro del poder.

El cuarto capítulo explica cómo el Occidente hizo la revolución  industrial y dominó el mundo, con el argumento ideológico del imperialismo, al menos hasta el final de la Segunda Guerra Mundial (1945), cuando EE UU y la URSS confirmaron su victoria, acabaron con el colonialismo franco-británico y crearon un mundo esencialmente bipolar. “Respaldado tanto por su poder como por sus ideas –escribe Kupchan–, el Occidente actuó como el arquitecto y administrador del orden globalizado que empezó a emerger en el siglo XIX.”

Kupchan cree que el declive de Occidente en general y EE UU en particular es irremediable, quizá porque se han extendido por el mundo las condiciones sociales y económicas que hicieron posible su dominación. El profesor de Georgetown combate además la presunción de que las ideas que hicieron la grandeza de las potencias occidentales –democracia, capitalismo y nacionalismo secular—seguirán expandiéndose por todo el mundo. Antes al contrario, sostiene que los grandes países en ascenso no asumirán  necesariamente “the West way”, “el camino occidental”. El mundo que viene, pronostica, será “multipolar y políticamente diverso, y las grandes potencias defenderán concepciones muy distintas de lo que constituye un orden legítimo y justo”.

Esta visión multiculturalista aplicada a las relaciones internacionales resulta no del todo convincente. Apunta tanto a China como al mundo islámico, que no siguen obviamente “el camino occidental”, en lo que concierne a la democracia y el énfasis en la defensa de los derechos individuales, pero que además difieren entre sí en lo que concierne al desarrollo por medio del capitalismo. Ambos mundos se apropian, por supuesto, de los avances tecnológicos llegados principalmente de Occidente. No puede decirse lo mismo de India y América Latina, que forman parte del mundo emergente y ambicioso, pero donde los valores y las prácticas electorales democráticas de Occidente están bastante arraigados.

No obstante, Kupchan insiste en recusar la profecía fallida de Francis Fukuyama sobre el valor universal de la democracia liberal y el capitalismo, fundamentos de un nuevo orden. “El mundo de nadie –recapitula el autor— exhibirá una asombrosa diversidad; unas concepciones alternativas del orden internacional e interno competirán y coexistirán en la escena mundial.” Lo único que le parece seguro en una situación tan compleja es que el nuevo orden mundial que surge marcará inexorablemente “el fin de la era de la dominación occidental”. El fin de la pax americana vaticinado por todos los profetas de la decadencia.

¿Cómo regir el nuevo mundo? El capítulo final del libro está dedicado a reflexionar sobre los principios que deben regir la coexistencia planetaria y que necesariamente serán el fruto de un compromiso, no de un conflicto; de una negociación entre los viejos poderes decadentes y los que llegan con ímpetu, optimismo y una demografía arrogante. En este punto, Kupchan aparece como un discípulo aventajado de Henry Kissinger, un realista sin complejos, pero, al mismo tiempo, un admirador o inspirador del multilateralismo de Obama porque, como éste proclamó ante la Asamblea General de la ONU, “la historia está del lado de la libertad”.

No obstante, en ese terreno de la libertad el autor se deja arrastrar por unas contradicciones aparentemente insuperables. Tras una ritual defensa de las libertades civiles y los derechos humanos, advierte Kupchan que “la vinculación de la legitimidad [de un determinado régimen] con la democracia perjudica la influencia de Occidente entre las potencias emergentes” y hace un llamamiento a la negociación con todo el mundo, con las democracias y con los regímenes dictatoriales, “a fin de construir una paz duradera”. La conclusión es decepcionante: “No tiene sentido para Occidente el denigrar y mantener en el ostracismo a los regímenes cuya cooperación es necesaria para establecer un nuevo orden seguro”.

Más pragmatismo, imposible. Estamos ante una partidista apología de la política exterior de Obama en año electoral, de las retiradas militares como de la negociación con los ayatolas de Teherán y las antagónicas teocracias en el mundo árabe-musulmán. Muy lejos de las conclusiones de Niall Ferguson en otro libro sobre la misma cuestión –Civilization, the West and the Rest–, en el que asegura que Occidente fue una fuerzas progresista en la evolución del mundo, pero que dilapidó su propia herencia. La traición de algunos de los ideales de Occidente precipitó el declive de su influencia. Esa dilapidación probablemente tiene mucho que ver con las renuncias y los apaciguamientos que se propugnan en el libro de Kupchan y que sus adversarios atribuyen a Obama.

Si no puedo coincidir con algunas de las prescripciones de Kupchan, por lo mismo debo dejar constancia de lo bien informado de su relato y de la maestría en la exposición de las premisas que extrae de la situación de nuestro mundo. Un análisis penetrante de uno de los grandes temas de nuestro tiempo.

Estimulado por esta lectura, cabe preguntarse qué ocurrirá cuando culmine la extraordinaria dispersión del poder que augura la tesis de Kupchan. Tanto la dominación de los imperios sucesivos como la división del mundo en dos bloques antagónicos fueron una garantía para la estabilidad. Aniquilado el viejo orden, la irrupción de muchos actores en el escenario internacional, acompañada por la proliferación nuclear y la carrera armamentística, quizá preludian un mundo menos seguro y mucho más conflictivo. Un presagio harto sombrío.

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Responses

  1. Una recomendación muy sugerente. Al leer sobre la (algo arrogante) presunción de que los principios e ideas que conforman la cultura política de occidente se terminarán expandiendo inevitablemente a todo el orbe, dada su evidente superioridad sobre otros sistemas menos evolucionados y menos “éticos”, me he acordado de otra lectura de hace algunos años y la he buscado en mi biblioteca.

    Se trata de un ensayo de Mark Leonard cuyo título lo dice todo : “Por qué Europa liderará el siglo XXI”, publicado en 2005 por Taurus. Mi natural propensión europeista me hizo sucumbir a los encantos seductores del título, facilón como soy, en una tonta y lluviosa mañana de sábado (cuántos libros me hubiera ahorrado sin esas tontas y lluviosas mañanas de sábado). Pues bien, aun sin sospechar, por supuesto, lo que se nos venía encima, tengo que decir que ya entonces algunos capítulos del libro me hicieron sonreir con el paternalismo con el que se celebra la ingenuidad de un infante (cuando los infantes eran ingenuos). Era todo demasiado bonito, incluso para un lector entregado de antemano a la causa. ¿Quizá demasiado voluntarista y poco riguroso en el análisis? No lo sé, no puedo valorar eso. Pocos lectores más deseosos que yo de creer. Y no poder creer, qué terrible. Dudas en la fe. Y yo ahora, a punto de apostatar.

    He visto que en internet hay algún video con una entrevista reciente a Mark Leonard. No la he visto aún, pero al pie de la “ventana” del video (o como se llame eso) hay un resumen de la entrevista, en el que se dice que el entrevistado, además de criticar a China, se pone a explicar si hay “un lugar para Europa en el venidero siglo del Pacífico”. Hemos revisado conceptos (y bajado los humos).

    Volviendo al principio, en cuanto pueda me haré con el libro de Kupchan, teneindo en cuenta todas las advertencias que nos hace Mateo, e incluso lo colaré en la lista de lecturas pendientes.Me paree interesante.

  2. […] de haber leído y comentado en este blog el libro No One´s World (El mundo de nadie), en el que Charles Kupchan presenta el fin de la hegemonía de EE UU como un acontecimiento […]


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