Posteado por: M | 24 marzo 2012

Lecciones de la tragedia francesa

Si el autor del asesinato múltiple de la escuela judía de Toulouse hubiera sido un ultraderechista o neonazi, entonces Sarkozy podría haber sido puesto en la picota por utilizar los argumentos xenófobos del Frente Nacional en sus discursos de campaña electoral. Así lo pregonaron los altavoces del progresismo socialdemócrata hasta que la policía reveló la verdadera identidad del criminal. Si, por el contrario, el autor de las atrocidades es un guerrero de la yihad, como efectivamente ocurrió, entonces el perjudicado electoralmente es el candidato socialista, François Hollande, ya que la izquierda en general trata de echar tierra sobre los problemas del islam o la inmigración en Europa y se muestra bastante tibia o reticente en el combate contra el islamofascismo.

Los periodistas de ambos bandos se sitúan en la trinchera, disputan sobre la realidad social del islam, minimizan la estrategia de Al Qaeda y pierden los estribos cuando el fantasma del terrorismo aparece en el escenario politizado, sobre todo, cuando se aproximan las elecciones, en cualquier lugar de la Unión Europea sacudido por el terrorismo: las calles de Ámsterdam, los trenes de cercanías de Madrid, el metro de Londres, un islote cercano a Oslo, una discoteca de Berlín o una escuela judía en Toulouse.

Todo el proceso y las reacciones ante los crímenes quedan automáticamente contaminados por el sectarismo político, de manera que la verdad y la moral  son las primeras víctimas de la superchería. Nada nuevo bajo el sol. La sociedad estaría mejor pertrechada moralmente, desde luego, si los periodistas se afanaran por establecer los hechos y sus secuelas, como es su obligación profesional, y no utilizaran los acontecimientos más conmovedores y luctuosos para llevar agua a su molino ideológico y favorecer a su candidato. Reflexionemos, pues, sobre las lecciones de la tragedia francesa.

El recuerdo de Madrid 2004

Aunque muchas incertidumbres planean sobre la torva figura del presunto “asesino de la moto” en Francia, Mohamed Merah, un islamista francés de origen argelino que confesó haber matado a siete personas en una semana, parece lícito suponer que se proponía, además de manifestar su odio hacia Occidente, conmocionar a la opinión pública y quizá influir en la campaña electoral para las elecciones presidenciales del mes próximo. Un objetivo parecido –el impacto psicológico ante las urnas– al de los terroristas que hicieron volar los cuatro trenes en las cercanías de Madrid, el 11 de marzo de 2004, y que provocaron la peor tragedia española desde la guerra civil (191 muertos).

En Madrid, en los primeros momentos de confusión y horror, la autoría de la barbarie se atribuyó a la ETA, de manera que la aparición de la conexión islamista, la tardía rectificación oficial y la pésima gestión política de la situación condicionaron muy probablemente el voto de muchos ciudadanos para aupar al candidato socialista, Rodríguez Zapatero. Algunos sectores de la opinión española sostienen aún que no sabemos con certeza quién o quiénes fueron los organizadores e/o inspiradores del atentado (el autor intelectual) y dan pábulo a diversas teorías conspirativas o subsidiarias. Ocho años después, las secuelas psicológicas, la fractura moral y la radicalización política están muy lejos de haber sido superadas.

En Montauban y Toulouse, el primer presunto culpable que apareció en los medios de comunicación fue descrito como un paracaidista de extrema derecha (neonazi, según diversos medios) que había actuado por motivos xenófobos, un islamófobo inspirado por el duro discurso electoral de Marine Le Pen e incluso de Nicolas Sarkozy contra la inmigración descontrolada, el sacrificio ritual del bovino y el multiculturalismo.

El terrorista sin identificar pero con estigma político erróneo fue comparado en los primeros momentos con el noruego Anders Behring Breivik, un lobo tan solitario como cruel, un orate violento que actuó en julio de 2011 en Oslo y cuyos motivos racistas guardan similitud con los que esgrimen las bandas de neonazis que hostigan a los inmigrantes turcos o griegos en Alemania.

Después del cuádruple asesinato en la escuela judía de Toulouse se reveló por la policía que el criminal confeso era un musulmán, veterano de la yihad (guerra santa), de 23 años, de nacionalidad francesa y origen argelino, que dijo estar vinculado a Al Qaeda y, desde luego, seducido por el islamismo radical y antisemita que tiene declarada la guerra a Occidente y que se mueve con seguridad, como pez en el agua, por todo el ámbito sin fronteras de la Unión Europea.

Ese cambio radical en cuanto al autor, sus motivos y su ideología, no sólo produjo algún notable despiste periodístico, una revisión de la retórica, sino que precipitó la aparición en la prensa de algunos sectarismos partidistas, acusaciones sin fundamento y conclusiones delirantes. Para algunas estrellas de la radio y la televisión españolas no resultó fácil cambiar el discurso sobre “la pista neonazi” y sus apresuradas conclusiones políticas. En Francia, en contra lo que sucedió en España, la prensa realizó un encomiable esfuerzo para mantenerse neutral ante la desgracia.

También se derrumbó la hipótesis del individuo aislado cuando se conocieron tanto sus antecedentes policiales como sus viajes a Pakistán-Afganistán, dos países limítrofes que constituyen los principales santuarios de los militantes de Al Qaeda y otros señores de la guerra, aunque el dinero proceda del petróleo. Los mismos servicios secretos paquistaníes aseguran que en las zonas tribales del país, a lo largo de la frontera afgana, se encuentran “varias decenas de ciudadanos europeos”, candidatos para la yihad, que son entrenados para realizar atentados en sus países de origen.

La guerra santa en Europa

Según varios expertos en cuestiones terroristas, ya hace tiempo que los estrategas de Al Qaeda exigen a sus militantes y simpatizantes que perpetren atentados en los países europeos en que residen. El especialista noruego Peter Nesser ha escrito precisamente un informe titulado “Las operaciones individuales de los yihadistas en Europa”, en el que afirma que las células de dos o tres personas son las preferidas por los soldados de la guerra santa contra los infieles, debido a su facilidad para pasar inadvertidas.

Esos adeptos de la yihad, avanzadilla de la restauración del califato, dentro de la nebulosa de grupúsculos que se identifican con Al Qaeda o sus franquicias, son cada vez más numerosos en los suburbios de las capitales europeas porque la población islámica ha crecido espectacularmente en Europa en los últimos 20 años. En Francia viven seis millones de musulmanes, casi el 10 % de la población, que se hacinan en barrios marginales y son presa fácil de la predicación salafista.

Según las revelaciones de la policía francesa, Merah era un viajero infatigable –Israel, Siria, Iraq, Jordania— que contó con la ayuda de su hermano Abdelkader, organizador de una red islamista en la región de Toulouse, y de las organizaciones salafistas (la predicación y el combate) que actúan en los barrios marginales de las urbes francesas donde manda el imán, se impone el pañuelo entre las mujeres y los matrimonios decididos por la familia, se cometen algunos de los llamados crímenes de honor y se hostiga a las fuerzas del orden con una brutalidad y osadía crecientes.

Con estos antecedentes, y teniendo además en cuenta que el Merah figuraba en las listas de sospechosos del FBI norteamericano, cabe reprochar a la policía francesa que no lo tuviera controlado, que tardara siete días en localizarlo y finalmente que no pudiera capturarlo con vida. Como era su deseo, el terrorista combatió hasta que fue abatido por los disparos de la policía en el piso convertido en trinchera. Tampoco estuvo muy acertado el fiscal de París, François Molins, cuando se refirió al “perfil de autorradicalización salafista atípica”  de un individuo independiente de “toda organización estructurada conocida”.

Por el contrario, todas las informaciones disponibles concuerdan, como se resumen en Le Monde, que el asesino de la moto era “un miembro activo del movimiento yihadista internacional” que podía contar con la cooperación de su hermano Abdelkader, organizador de los viajes a Pakistán y el Oriente Próximo, e incluso la colaboración de la madre de ambos. Los dos hermanos habían estado relacionados con el grupo islamista Fursan al Izza, disuelto por el ministerio del Interior a principios de 2012 por sus constantes apelaciones a la violencia sectaria.

El primer ministro francés, François Fillon, sin embargo, defendió e incluso ensalzó la actuación de los servicios de inteligencia y de la policía por haber encontrado al asesino sólo diez días después del primer ataque. Según Fillon, “en Francia no se puede mantener bajo vigilancia permanente sin una decisión judicial a alguien que no ha cometido ningún delito, porque vivimos en un Estado de derecho”. La policía lo tuvo bajo vigilancia tras sus viajes a Afganistán y Pakistán, pero llegó a la conclusión de que “no era un hombre peligroso”, añadió el primer ministro.

En todo caso, en medio de los fallos, la demora y las contradicciones de la investigación policial, nadie en Francia trató de responsabilizar al gobierno o al ministerio del Interior por los siete asesinatos en tres atentados en ocho días, a pesar del fracaso obvio de los servicios de inteligencia y la aparente morosidad de la policía hasta que se produjo el ataque en la escuela judía. Los franceses tienen muy claro que los únicos responsables de los atentados son los terroristas que los cometen materialmente o los inspiran y ordenan.

El ministro del Interior, Claude Guéant, reconoció que el sospechoso “tenía contactos con otras personas que apoyan al salafismo y al yihadismo”, pero advirtió de que las autoridades encuentran fuertes limitaciones legales para vigilar a los ciudadanos franceses y controlar sus viajes al extranjero. ¿Ni siquiera para saber de dónde procede el dinero que utilizan para sufragar tan costosos viajes? El jefe del servicio interior de inteligencia, Bernard Squarcini, admitió que sus agentes habían seguido la pista de Merah, pero que había sido “imposible” detenerlo antes. No dio más detalles.

No obstante, la secuencia de los atentados permite mantener algunas críticas sobre la actuación policial. Un sargento de paracaidistas de origen magrebí, que iba vestido de civil, fue asesinado de un tiro en la cabeza, el 11 de marzo, en Toulouse. El 15 de marzo, en Montauban, otros dos paracaidistas de origen magrebí murieron de sendos disparos en la cabeza. El 19 de marzo, en el tercer atentado, fueron asesinados un profesor, dos de sus hijos y un tercer alumno de la escuela judía de Toulouse. El presunto asesino no fue identificado hasta el día 20. ¿Dos intervalos de cuatro días sin que la policía pudiera prevenirlos?

Esa inquietante pregunta no afectó a la opinión pública. La reacción de los ciudadanos y de los partidos políticos en Francia fue muy distinta de la que se produjo en España en 2004. Aunque el presunto asesino múltiple aseguró a la policía, según consta en los vídeos revelados por el fiscal, que había actuado contra los militares en venganza por la participación de las tropas francesas en la guerra de Afganistán, el francés medio mantuvo la compostura, la dignidad en medio del dolor; no se le ocurrió culpar a su gobierno, ni denunciar la tardanza en la información, ni llamar asesino al presidente de la República, ni exigir la retirada de las tropas de Afganistán.

Sarkozy estuvo en primera línea del dolor y la compasión, en su papel de presidente hiperactivo en todas las ceremonias, y luego anunció nuevas medidas legales contra el terrorismo y las actividades extremistas, consciente de que la campaña electoral, al centrarse en la seguridad, se ha vuelto en su favor. Su principal adversario, el socialista François Hollande, se mantuvo en la discreción, claramente a la defensiva, sin apremiar, acusar o increpar al gobierno. Sólo Marine Le Pen, la candidata del ultraderechista Frente Nacional, alentó a declarar “la guerra a esos grupos político-religiosos fundamentalistas que asesina a nuestros niños”.

Las fuerzas políticas ante el islamismo

Las fuerzas políticas de Europa en general y de Francia en particular están muy divididas ante los problemas de la inmigración y del terrorismo de inspiración islamista, como lo prueba el hecho de que, tras el atentado de Toulouse, Sarkozy hiciera varios llamamientos en pro de la unidad nacional apenas una semana después de haber endurecido su discurso sobre la inmigración, como si pretendiera pescar en el río revuelto de la xenofobia del Frente Nacional. El presidente abogó por reforzar los valores republicanos para aislar a los extremistas islámicos y subrayar el fracaso del multiculturalismo, un asunto en el que coincide con la cancillera Merkel. Muchos dirigentes conservadores piensan, remedando a Churchill, que “el islam es la más poderosa fuerza retrógrada del mundo”.

Enterrada o marginada la lucha de clases, los socialdemócratas, en ardua polémica con los partidos derechistas, defienden con matices el multiculturalismo, un crisol cultural europeo laico, y arguyen que el islam es una religión como las otras, a la que no se debe estigmatizar por el extremismo de algunos de sus fieles. Un argumento que sería más convincente si no fuera porque los terroristas cometen los atentados en nombre de una interpretación rigurosa del islam que propugna abiertamente la imposición de la ley coránica y la restauración del califato.

La izquierda polemiza con la derecha en las cuestiones de seguridad porque cree que la islamofobia está dictada por el prurito de superioridad cultural, o para justificar la discriminación, y trata de encontrar las causas del terrorismo en los pecados o el comportamiento de Occidente, ya se trate de colonialismo de otra época o del imperialismo norteamericano actual. El complejo de superioridad se ha convertido en la obsesión de la culpa y “la tiranía de la penitencia”, según el título del libro de Pascal Bruckner.

La prensa europea, más politizada de lo que desearían los lectores independientes, está atrapada en la controversia ideológica entre socialdemócratas y conservadores en lo que concierne al islam. Sólo así se explica que los medios llamados progresistas acogieran inmediatamente los primeros rumores sobre una supuesta pista neonazi para denigrar al presidente Sarkozy, culpable de haber creado un irrespirable clima xenófobo en la campaña electoral. La izquierda está dispuesta a denunciar la islamofobia de la derecha, pero ésta, a su vez, se revuelve contra el islamofascismo que los progresistas pretenden ocultar o degradar a la condición de suceso aislado.

En otras palabras, si la atrocidad en la escuela judía de Toulouse hubiera sido cometida por un neonazi, la culpa podía cargarse sobre la derecha francesa, estropearle la campaña electoral a Sarkozy y frustrar su reelección. “El fantasma de la ultraderecha está ahí”, sentenció perentoriamente una estrella de la Cadena SER. Y en la RTVE, cada día menos neutral, pudimos asistir en directo al triste espectáculo de las telepredicadoras y la diatriba contra “un crimen absolutamente racista, xenófobo”, así, sin más precauciones.

La derecha nacionalista, por su parte, emponzoña el debate político con la cuestión de las señas de identidad, negando implícitamente el principio republicano de que todos los ciudadanos son iguales ante la ley. Y algunas de sus terminales mediáticas recurrieron al sarcasmo para subrayar que el neonazi inicial se había convertido en un islamista. La controversia continúa.

Según los predicadores progresistas contra la islamofobia, el caso se asemejaba al del psicópata de Oslo y el resultado podría ser la instalación del socialista Hollande en el Elíseo. Pero a las pocas horas de escuchar estas perlas periodísticas, la policía francesa convirtió al neonazi en un combatiente de la guerra santa de los islamistas contra Occidente. Sarkozy conseguía la revancha y estrenaba su ventaja en las encuestas. Cuatro parlamentarios del partido del presidente publicaron un comunicado en el que alegaban que Mohamed Merah “no tenía nada de francés salvo sus papeles de identidad”.

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