Posteado por: M | 2 abril 2012

Una destitución perturba el poder en China

La destitución de Bo Xilai, líder populista y secretario del Partido Comunista de China (PCCh) en la megalópolis meridional de Chongqing, una importante región fabril, provocó un seísmo en el hermético sistema político cuyos detalles conocidos y sus misterios por desvelar suscitan rumores y conjeturas sin cuento entre los internautas y los corresponsales occidentales en Beijing. Una típica purga o caída en desgracia de un dirigente de creciente popularidad, aparentemente zanjada en el más puro estilo leninista, que algunos observadores describen como el primer asalto del más peligroso combate político de los últimos veinte años.

Bo Xilai

Cuando todo parecía indicar que la sucesión jerárquica estaba atada y bien atada, según el protocolo establecido hace diez años, la pugna por el poder, en caso de seguir adelante, se trasladará a los preparativos del 18 congreso del PCCh, previsto para el otoño próximo. La purga incruenta de Bo y la campaña de desprestigio orquestada contra él, según los viejos patrones comunistas, podría desatar tensiones imprevistas en los círculos dirigentes de la mastodóntica maquinaria del PCCh (80 millones de militantes) y perturbar la entrada en escena de una nueva generación.

El traspaso de poder se presenta más problemático que otras veces, cuando todo dependía de la voluntad del gran timonel que decidía su jubilación, aunque reteniendo parte de la influencia, y nombraba a su sucesor. Existen dos maneras distintas entre el grupo dirigente, no necesariamente conflictivas, de vislumbrar el futuro. De una parte, los que desean mantener el modelo de desarrollo económico, fundado en las empresas estatales (60 % del PIB) y la inversión pública, por entender que el cambio de modelo entrañaría grandes riesgos políticos; de otra, los que arguyen, precisamente, que es la ausencia de reformas la que amenaza la hegemonía del partido. Los primeros son identificados como conservadores, y los segundos como reformistas.

La destitución de Bo Xilai, de 62 años, como secretario y jefe del partido en Chongqing fue ordenada por el comité permanente (9 miembros) del politburó (25 miembros) del comité central del PCCh, pináculo del partido, y anunciada en un breve comunicado el 15 de marzo, unas horas después de que el jefe del gobierno central, Wen Jiabao, le reprendiera en una rueda de prensa. Teóricamente, tanto el politburó como su comité permanente son elegidos por el comité central durante el congreso que se celebra cada cinco años.

El episodio que desencadenó la crisis fue la extraña fuga y retorno al redil de Wang Lijun, mano derecha de Bo y jefe de la policía de Chongqing, que se refugió en el consulado de EE UU en Chengdu, provincia de Sichuan, el 6 de  febrero, supuestamente para solicitar asilo político. Nada ha trascendido de lo que Wang pudo comunicar a los diplomáticos norteamericanos durante las seis horas que permaneció en el consulado, pero sí se sabe que estaba investigando varios casos de corrupción en los que aparecían implicados algunos familiares de su jefe.

“El camarada Bo Xilai estaba muy descontento por esas actuaciones”, asegura el informe oficial, pero sin aclarar si las pesquisas de Wang contaban con el impulso y la autorización de Beijing, como es de rigor para cualquier expediente contra un alto cargo regional. La somera explicación añadía que el destituido estaba obstruyendo la acción de la justicia y había adoptado represalias contra su jefe de policía, pero no decía que hubiera perdido su puesto en el politburó, cuestión que probablemente no será resuelta hasta el congreso. Según un informe que circula entre los altos funcionarios del régimen, recogido por los corresponsales extranjeros, uno de los nueve miembros del comité permanente emitió un voto discrepante.

El 7 de marzo, reunido en Beijing, el comité permanente del politburó destituyó a Bo. Estuvieron a favor de la decisión el presidente y secretario general del PCCh, Hu Jintao; el primer ministro, Wen Jiabao, así como los previstos sucesores de ambos, el vicepresidente Xi Jinping y Li Keqiang, respectivamente. El voto de la discordia corresponde a Zhou Yongkang, jefe de los servicios de seguridad, al que se supone al corriente de la campaña que el destituido había puesto en marcha contra las bandas criminales en Chongqing.

El comunicado oficial de la destitución no se publicó hasta el 15 de marzo. Antes y después de la reunión decisiva, el presidente y el primer ministro pulsaron con diversas entrevistas la actitud de otros dirigentes, en busca del consenso, lo que viene a confirmar la gravedad de la crisis y la tradición bien asentada, desde que Deng Xiaoping se hizo con el mando supremo (1978-1979) y eliminó a los maoístas (la famosa banda de los cuatro), de que la supremacía del partido y la estabilidad requieren un consenso entre las diversas facciones.

El castigo de los internautas

La situación llegó a ser tan inquietante a principios de marzo, tras la destitución de Bo, que varias páginas web informaron de que se estaba gestando un golpe de Estado, dirigido por Zhou Yongkang, el jefe del aparato de seguridad y miembro del comité permanente del politburó, que supuestamente se opuso a la destitución de Bo Xilai.

Esos rumores incontrolables sobre fuertes divergencias en el seno del partido llevaron al gobierno a ordenar el cierre de dos medios sociales muy populares (uno de ellos se llama Weibo, similar a Twitter) y a la detención de seis internautas, acusados de fabricar y difundir la falsa noticia de que numerosos vehículos militares estaban patrullando por las calles céntricas de la capital, donde se escuchaban disparos y el estruendo de los blindados.

El principal periódico de las Fuerzas Armadas instó a los militares a ignorar “el ruido social” y “las fuerzas hostiles” para permanecer unidos bajo la autoridad del partido. Y El Diario del Pueblo, diario oficial del PCCh, advirtió de que “los rumores en la red disminuyen la moral de la gente, alteran el orden público y la estabilidad social, por lo que es preciso controlarlos”.

A partir de ahora, para participar en la plataforma microbloguera de Weibo, la persona interesada en publicar un post o comentario breve tendrá que registrarse con su nombre real, proscribiendo la muy extendida costumbre del anonimato y arrojando serias dudas sobre el interés de la información que faciliten los netizens (los ciudadanos de la red). El movimiento de la disidencia conocido como Carta 08 (2008, en vísperas de los Juegos Olímpicos), en defensa de los derechos humanos, se desvaneció prácticamente tan pronto como las autoridades empezaron a amenazar a los participantes en las redes sociales (“sabemos quién eres”, suele escribir el gran hermano gubernamental para amedrentar a los díscolos).

La cruzada contra la corrupción

El destino de Bo es una incógnita y muchas de las circunstancias de su desgracia podrían constituir los ingredientes de una apasionante película de misterio o espionaje y también de lucha por el poder. Algunos funcionarios del partido que conocen el proceso incoado revelaron a los periodistas occidentales que el líder caído en desgracia se hallaba confinado en su domicilio de Beijing, vigilado por una unidad de élite del Ejército Popular, y muy alejado de las bases de su clientela. El arresto domiciliario se extiende a su mujer, una influyente abogada de Chongqing, lo que añade más intriga y podría presagiar la presentación de acusaciones penales contra ambos.

Hace años que la corrupción sacude periódicamente los primeros escalones de la nomenklatura comunista. Los secretarios de Beijing y Shanghái fueron destituidos en 1995 y 2006, respectivamente, juzgados, condenados y encarcelados por corrupción, esa verdadera pandemia que entorpece el funcionamiento de la maquinaria del partido y desacredita a sus dirigentes. El prodigioso crecimiento económico de los últimos veinte años y el enriquecimiento de muchos funcionarios y sus familias, los nuevos ricos de la denigrada burguesía naciente, han contribuido a incrustar las más diversas corruptelas en los engranajes del poder.

Bo había hecho de su gestión socio-económica en Chongqing una plataforma para su promoción política, con el objetivo de alcanzar uno de los nueve puestos del comité permanente del politburó, máximo órgano de reflexión, deliberación y decisión del partido, en el próximo congreso, cuando está previsto que se produzca el relevo en el momento convenido (tras un mandato de 10 años) de la actual dirección. Según el protocolo previsto, el presidente Hu Jintao entregará el testigo al vicepresidente Xi Jinping, líder cooptado de una nueva generación.

El llamado “modelo de Chongqing” parece haber sido liquidado en aras de la estabilidad y el consenso. El jefe del partido, líder populista y pródigo con el dinero público, echó mano de una liturgia neomaoísta de lemas e imágenes, como si estuviera en una permanente campaña electoral en el estilo occidental. Las llamadas “canciones rojas”, coreadas en la plaza pública, incluían algunos temas satíricos contra la corrupción y las mafias del crimen organizado, hasta el punto de crear una comprensible alarma en la prudente dirección nacional del partido. En los últimos tres años, el exceso de gasto clientelar provocó un déficit astronómico en la administración.

Los censores de Bo no sólo lo acusan de haberse excedido en sus funciones, sino de violar la ley, de utilizar el patriotismo como cortina de humo y de haber creado un clima de “terror rojo”, mediante la detención, la tortura y la extorsión de algunos jefes de empresa o de rivales políticos, con el pretexto de su particular cruzada contra la corrupción. El fantasma de los guardias rojos se paseó por las calles de Chongqing. Por eso el primer ministro, Wen Jiabao, en una conferencia de prensa, aunque sin nombrar a Bo, dejó bien sentado que “los errores de la revolución cultural” deben ser “eliminados por completo”.

La cuestión del modelo de desarrollo

La destitución del jefe del partido en Chongqing trasciende los aspectos personales para incidir sobre la reflexión abierta entre los dirigentes del PCCh sobre el modelo de desarrollo, puesto en tela de juicio por un reciente informe del Banco Mundial en colaboración con el Centro de Investigación del Desarrollo de China. Enterrado definitivamente el maoísmo, pese a la deriva demagógica de Bo, la controversia no afecta a la ideología, sino al carácter  y extensión de las reformas para preservar el prodigioso crecimiento. Y si el crecimiento se detiene, resulta evidente que el sistema político entrará en crisis.

El informe del Banco Mundial asegura que los cimientos de la economía china son sólidos, pero que por sí solos no podrán conducir al país al siguiente nivel de desarrollo, a menos que se lleven a cabo las reformas estructurales e institucionales aplazadas indefinidamente. Además de referirse a la innovación, las nuevas tecnologías y los problemas medio-ambientales, el informe propugna una liberalización del sistema financiero para que no dependa tan exclusivamente de la férula del gobierno. El primer ministro, Wen Jiabao, se ha pronunciado recientemente en favor de reformas políticas estructurales para eliminar los últimos vestigios de la revolución cultural, el caótico decenio perdido (1966-1975).

Después de la catástrofe de Tiananmen (junio de 1989), cuando el ejército aplastó la revuelta democrática de los estudiantes, el PCCh se ha apartado ostensiblemente del inmovilismo característico de las organizaciones leninistas y burocráticas. Espantó siempre con determinación el fantasma de un Gorbachov chino, antes de que pudiera concretarse, y practicó sin descanso la introspección y la flexibilidad, acompañando más que condicionando el prodigioso crecimiento económico. ¿Le habrá llegado su hora de la verdad, su apremiante dilema de renovarse o perecer?

La eliminación de Bo Xilai parece ser un primer toque de atención sobre las dificultades que se perfilan en el horizonte. Las contradicciones están a la orden del día porque Bo formaba parte de la corriente más liberal en el seno del partido, “el partido de los príncipes” (los hijos de los dirigentes fundadores de la República Popular), más pragmáticos que ideólogos, a la que pertenece el primer ministro, Wen Jiabao, y cuyo gran patrón o inspirador es Jiang Zemin, presidente jubilado que conserva gran predicamento. El vicepresidente Xi Jinping, que deberá empuñar el timón después del próximo congreso, se encuadra igualmente en las filas de los pragmáticos.  La otra corriente más ideológica, socialista o socialdemócrata, está encabezada por el actual presidente Hu Jintao.

El consenso fundamental que prevalece en la cúspide del partido se basa en la flexibilidad ideológica y la constante renovación de los métodos administrativos, la buena marcha de los negocios y la permanente elevación del nivel de vida; el control de los medios de comunicación, con un pluralismo limitado y controlado; y el rechazo terminante de una democracia estilo occidental que abriría las compuertas del multipartidismo arriesgado y de las tensiones centrífugas que azotaron el país en épocas aún recientes.

El próximo congreso debería mantener el equilibrio entre pragmático-liberales y socialdemócratas, garantía de una democracia en el estilo chino, nacionalista,  desarrollista y militar, bajo la dirección del PCCh. Si el pronóstico se cumple y se mantiene la bonanza económica, la eliminación de Bo Xilai habrá sido un pasajero accidente en el recorrido previsto. Pero no existen previsiones fiables si el crecimiento retrocede y las tensiones sociales avanzan.

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Responses

  1. Buen trabajo, bien conjeturado si consideramos el hermetismo con que se protegen los entes de poder en este país.Un chino me dijo el otro día que el destituido Bo era el más a fi n al ideal de Mao. Vaya ud. a saber.


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