Posteado por: M | 13 abril 2012

Apología del gendarme americano

Luego de haber leído y comentado en este blog el libro No One´s World (El mundo de nadie), en el que Charles Kupchan presenta el fin de la hegemonía de EE UU como un acontecimiento prácticamente inexorable que dará paso a un mundo multipolar con múltiples centros de poder, muchos de ellos ajenos a la ideología liberal y democrática de Occidente, llega a mis manos una visión radicalmente distinta en The World America Made (El mundo que hizo Estados Unidos), editado por Knopf (Nueva York, 2012), debido a la pluma acerada de un conocido polemista, Robert Kagan, asesor de la Brookings Institution de Washington, que nos ofrece una apología del aún eficaz gendarme norteamericano.

Kagan tiene reputación de ser un neoconservador, consejero de George W. Bush, y alcanzó notoriedad en Europa por otro ensayo controvertido titulado Of Paradise and Power (Poder y debilidad, 2002), en el que explicó las diferencias ideológicas y estratégicas entre EE UU y Europa debidas al abismo de cultura política existente a ambas orillas del Atlántico. Mientras los norteamericanos son de Marte –reflexionaba–, capaces de recurrir a las armas para imponer el liberalismo económico y expandir la democracia, los europeos tienden hacia Venus, aparentemente castrados por el pacifismo y la arriesgada presunción del apaciguamiento y la paz perpetua.

Kagan volvió a la carga con otro libro polémico, The Return of History and the End of Dreams (El retorno de la historia y el fin de los sueños), editado por Knopf, Nueva York, 2008, que desde su mismo título se propuso contradecir la famosa y frustrada tesis de Francis Fukuyama sobre “El fin de la historia”. No existía ninguna razón para el optimismo, nos amonestaba. La tesis era que el mundo no caminaba hacia la paz, la cooperación y la convergencia, como había aseverado Fukuyama, sino que la realidad geoestratégica era deprimente, los poderes autocráticos estaban muy bien asentados y el Occidente se encontraba dividido y con unos concurrentes ideológicos formidables, en especial, la China exitosa del milagro económico. La conclusión era que nuestro planeta entraba en una nueva fase de rivalidad entre las grandes potencias.

Como continuación de esa creciente tensión, el nuevo libro de Kagan incide en la misma hipótesis del antagonismo a escala global y sostiene que la estabilidad del orden realmente existente y sus corolarios–la extensión de la democracia, la prosperidad y la paz— “depende fuertemente, de forma directa o indirecta, de la influencia ejercida” por EE UU, la hiperpotencia imprescindible, la única que puede afrontar simultáneamente los inmensos desafíos en todos los continentes. El ensayo histórico es una diatriba implícita contra los declinólogos, contra “el sorprendente número de intelectuales, políticos y legisladores estadounidenses” que especulan con el crepúsculo del poderío de EE UU y auguran el fin de la pax americana, desde Robert Samuelson a Charles Kupchan.

Sostiene Kagan que la decadencia de EE UU no es una realidad indiscutible y en ningún caso una tendencia inevitable, sino más bien un motivo de debate y especulación en los círculos académicos, aparentemente dominados por “una falacia nostálgica” según la cual hubo una época en la que se supone erróneamente que EE UU era prácticamente omnipotente. Baste recordar que el general Mac Arthur se refirió ya en1952 a“nuestro relativo declive” y que el secretario de Estado Dean Acheson, durante la presidencia de Truman (1945-1953), reconoció explícitamente que los acontecimientos en China, Vietnam e Indochina “habían escapado al control de EE UU”.

La primera potencia económica del mundo mantiene todavía un tercio de la producción mundial respaldada por una superioridad tecnológica y militar sin parangón posible. Así, por ejemplo, la situación actual de los norteamericanos nada tiene que ver con la de los británicos en los momentos crepusculares del Imperio, cuando a principios del siglo XX se produjo un descenso aparatoso de su contribución al producto bruto mundial. Las analogías históricas, que al autor maneja con soltura, favorecen sin duda a los intervencionistas del Pentágono.

En el orden estratégico, China representa el más peligroso adversario posible, el competidor económico por antonomasia, pero su posición global está debilitada por su relativo atraso tecnológico, por el hecho de que no tiene otro punto de apoyo que Corea del Norte y porque está rodeada por aliados de EEUU en la cuenca del Pacífico. Tanto Taiwán como Japón y Corea del Sur dependen de la potencia militar norteamericana para proteger sus intereses globalizados.

El mundo creado por el imperio norteamericano no es sólo el más democrático de la historia, sino también el más próspero, como lo demuestra cualquier comparación de los parámetros económicos. Y el más benevolente, a pesar de las guerras recientes de Iraq y Afganistán. No cabe duda, según Kagan, de que la prosperidad debe mucho a la hegemonía estratégica estadounidense.

El autor no niega los graves problemas actuales, pero insiste en que EE UU podrá superarlos o afrontarlos con éxito, como en otros períodos de la historia. Repasa someramente los acontecimientos críticos en la segunda mitad del siglo XX después de haber consolidado su hegemonía sobre las cenizas de la Segunda Guerra Mundial: la contienda de Corea, verdadero paroxismo de la guerra fría; la tragedia de Vietnam y el debilitamiento del dólar; la descolonización, la crisis del petróleo y los estertores intervencionistas dela URSS de Leonid Brezhnev. El imperio permaneció incólume y cada día más fuerte en medio de todos esos avatares.

Según Kagan, “EE UU ha desempeñado un papel fundamental en la explosión de la democracia en el mundo”, un sistema establecido en más de 100 países, aunque su funcionamiento resulte poco satisfactorio. Sus adversarios ideológicos, sin embargo, le reprochan que silencie por completo los desafueros y las atrocidades que se derivaron de algunas intervenciones norteamericanas, desde Irán, Guatemala y Chile a Iraq y Afganistán. Durante seis decenios, el mundo estuvo libre de un enfrentamiento global entre las grandes potencias, pero las intervenciones y las guerras se multiplicaron en los países periféricos, lo que pone en tela de juicio la teoría de la paz democrática que preside las lucubraciones de Kagan.

La tesis central del libro es que la hegemonía de EE UU desde que se produjo la caída del comunismo y la desintegración dela URSS, ha sido benevolente y beneficiosa, como lo prueba la extensión de la libertad, la relativa globalización comercial y la prosperidad generalizada. Basta pensar en Bosnia para denigrar a Europa y ensalzar a EE UU. El mundo, pese a los horrores repetidos, vive en “una edad de oro” bajo un orden defendido y vigilado desde Washington, de manera que el debilitamiento del poder estadounidense tendría consecuencias funestas de alcance universal.

El libro rebate sin contemplaciones la idea de algunos estrategas de Barack Obama que preconizan “algún tipo de armonía multipolar”, un nuevo concierto de naciones o poderes como el que dominó en Europa desde la paz de Westfalia (siglo XVII) hasta las guerras napoleónicas e incluso hastala PrimeraGuerraMundial, bajo una relativa primacía británica. Kagan sigue teniendo muy escasa fe en Europa, socavada por el pacifismo, tributaria de la OTAN, y considera que China y Rusia no aceptan el orden liberal que reina en Occidente.

Lo más inquietante del libro es su propósito de ridiculizar el repliegue militar de Obama, iniciado en Iraq y que debe continuar en Afganistán, y despotricar tanto del apaciguamiento cuanto del multilateralismo (el mundo multipolar) que preconizan la izquierda del Partido Demócrata y los teóricos del soft power (el poder blando, no militar). Las ideas y propuestas de Kagan sin duda serán muy apreciadas en algunos sectores del Partido Republicano, entre los liberales intervencionistas del Partido Demócrata y, sobre todo, en los círculos del complejo militar-industrial que tanta influencia ejercen de los años 50 del pasado siglo en la política exterior.

En resumen, Kagan pone toda su capacidad de persuasión, que no es poca, en la defensa de EE UU como gendarme del universo y en el debate intelectual contra el fatalismo de los declinólogos, de los que sostienen que la decadencia es inevitable o que es preferible emplear los recursos de la gran nación en corregir los desequilibrios internos y satisfacer las demandas populares de un bienestar creciente. El autor del libro cree que esos objetivos internos sólo podrán conseguirse si se mantienen las exigencias militares del imperio y la fe en el tradicional destino manifiesto y excepcional.

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  1. […] la Casa Blanca de Smith no queda gaire lluny de l’anàlisi de Kagan comentat pel periodista Mateo Madridejos en el seu bloc El observatorio mundial: “L’estabilitat de l’ordre realment […]


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