Posteado por: M | 17 abril 2012

Repliegue y aislamiento de EE UU en América Latina

El repliegue y la pérdida de influencia de EE UU, focalizados en Iraq y Afganistán, se hicieron muy llamativos en América Latina y alcanzaron su expresión oficial al concluir sin comunicado conjunto la Cumbre de las Américas que concluyó en Cartagena de Indias (Colombia) el 15 de abril. Por primera vez desde 1963, la cuestión cubana dejó de sembrar la discordia entre las naciones latinoamericanas, que rechazaron sin excepción la hostilidad ideológica y el embargo comercial, tildados de anacrónicos, que siguen presidiendo la estrategia del presidente Barack Obama hacia la dictadura de los Castro. La rebelión latinoamericana contra el poderoso vecino del norte coincide con el ascenso imparable de las inversiones y los intereses de China en la región.

VI Cumbre de las Américas, Cartagena, 2012.

Ni los países iberoamericanos parecen dispuestos a obedecer las órdenes o sugerencias de Washington, ni el añejo dictado del monroísmo –América para los americanos— puede esgrimirse en la época de la globalización. El aislamiento de Obama se produjo sorpresivamente con el beneplácito o la indiferencia de dos de sus principales aliados y líderes conservadores, los presidentes de Colombia, Juan Manuel Santos, y de México, Felipe Calderón, que hicieron causa común con los dirigentes izquierdistas que preconizan la reintegración de Cuba en la gran familia.

Nada más llegar a Cartagena, Obama se encontró con que su anfitrión, el presidente colombiano, le instó a interesarse por América Latina en vez de fijar su atención prioritaria en países o continentes más lejanos. También en Washington, en vísperas del viaje presidencial, se escucharon voces apremiantes que, además de lamentar la pérdida de la influencia estadounidense, aseveraban que los intereses estratégicos a largo plazo estarían mejor protegidos si EE UU estrechara las relaciones con los países de América Latina.

La sexta Cumbre de las Américas, máxima expresión del panamericanismo, que reúne a 33 naciones, puso de relieve que el actual jefe dela CasaBlanca, de expresa y reconocida vocación asiática, no ha hecho nada por corregir los desequilibrios múltiples y el distanciamiento progresivo con los países del hemisferio sur, algunos de los cuales tienen ya a China como su primer socio comercial. El sistema diplomático en  torno al dólar y el panamericanismo, dominado por Washington, se aproxima al naufragio.

Ésta fue la segunda cumbre de Obama con sus homólogos de América Latina y Canadá. La anterior se celebró en Puerto España (Trinidad y Tobago), en abril de 2009, y estuvo dominada por los apremios de la crisis financiera internacional. El presidente norteamericano prometió entonces mirar más al sur y tratar de igual a igual a todos los países del hemisferio en las relaciones comerciales, una promesa rápidamente aventada por el proteccionismo sindical y el torbellino de los acontecimientos, pero que ahora vuelve a la palestra por mor de la campaña electoral en EE UU, donde los votantes de origen iberoamericano forman la minoría más numerosa, proclives a votar por el candidato del Partido Demócrata. En Cartagena, como es habitual, las recriminaciones por la obstinación de aislar Cuba y por el aparente desinterés del poderoso vecino del norte estaban en boca de todos los reunidos.

La Organizaciónde Estados Americanos (OEA), creada en 1948 para preservar la hegemonía estadounidense en la región, para actualizar el Gran Garrote y renovar la estrategia de buena vecindad, anda de capa caída desde hace más de 20 años, una decadencia que no puede atribuirse a Obama, sino que se remonta a las presidencias de Bush padre y Clinton (1989-2001). El aforismo imperial del presidente James Monroe (1817-1825) –“América para los americanos”— y su doctrina aislacionista, de oposición radical al colonialismo europeo, han sido sustituido por apelaciones constantes en pro de la globalización y la libertad de comercio.

No obstante, EE UU paga aún el 59 % de los 81 millones del presupuesto dela OEA, cuya sede se encuentra en Washington. El panamericanismo dominado por EE UU está en franco retroceso, en parte porque la actual Administración demócrata, en contradicción con su retórica defensa del multilateralismo, otorga prioridad a las relaciones bilaterales, según confirman las recientes visitas a Washington del presidente de México, Felipe Calderón, y de la presidenta brasileña, Dilma Rousseff, para tratar asuntos de seguridad (la guerra de la droga) y económico-comerciales, incluyendo el ascenso imparable de Brasil en el escenario de las potencias emergentes.

La cuestión de Cuba

El panamericanismo está igualmente debilitado por la vidriosa cuestión de Cuba y la aparición de nuevas agrupaciones regionales cuya característica común es que excluyen de sus filas a EE UU y Canadá. Cuba fue expulsada dela OEAen 1962, tras la pública adhesión de Castro al comunismo, y no fue readmitida hasta 2009, pero Obama sigue manteniendo el veto de sus predecesores a la participación cubana en las reuniones interamericanas.La Casa Blancainsistió en el manido argumento de que Cuba no cumple los requisitos de tener un régimen democrático, como exigen los protocolos dela OEA, pero muchos países consideran que la exclusión y el embargo resultan anacrónicos y contraproducentes para el fin último de favorecer la transición.

Ante la insistencia de varios países para que Cuba fuera invitada, el presidente colombiano, convertido en un líder regional, recurrió a una fórmula de compromiso para aplazar la decisión: incluir el debate en el orden del día de la cumbre. Los presidentes de Ecuador, Rafael Correa, y de Nicaragua, Daniel Ortega, decidieron boicotear la cumbre para mostrar su solidaridad con el régimen de Cuba. También estuvo ausente el venezolano Hugo Chávez, pero éste por motivos de salud. Obama recordó que había multiplicado las decisiones favorables hacia los cubanos, pero sin recibir ninguna contrapartida de los Castro, a fin de subrayar que el inmovilismo está compartido entre Washington yLa Habana.

El resultado final del debate no fue muy brillante. Juan Manuel Santos, que pasa por ser un gran amigo de Washington, planteó la cuestión en términos muy tajantes al inaugurar la cumbre: “El aislamiento, el embargo, la indiferencia, el mirar para otro lado han demostrado su ineficacia. En el mundo de hoy no se justifica ese camino, es un anacronismo que nos mantiene anclados a una era de guerra fría superada hace varias décadas. Correspondió al presidente colombiano enarbolar la bandera de la reintegración de Cuba, con todas sus consecuencias, en la gran familia americana. Era el sermón que sin duda esperaba Obama, pero pronunciado por un conspicuo aliado.

“Así como sería inaceptable otra cita hemisférica con un Haití postrado, también lo sería sin Cuba”, remachó Santos minutos después de que la cantante Shakira abriera la ceremonia inaugural cantando el himno colombiano. “No podemos ser indiferentes a un proceso de cambio en el interior de Cuba” –añadió–, y para contribuir a ese proceso hay que buscar “consensos mínimos” y “tender puentes”.

El presidente norteamericano alegó que Cuba “no se ha movido lo más mínimo hacia la democracia” y que su negativa a admitirla en las reuniones había sido consistente durante toda su carrera política. Obama y el primer ministro canadiense, Stephen Harper, se mantuvieron en sus trece e impidieron que la cumbre terminara con una declaración conjunta que debía aprobarse por consenso. La misma oposición de ambos líderes frustró el propósito de la presidenta de Argentina, Cristina Fernández, de incluir un párrafo sobre la reivindicación de las Malvinas.

En un año electoral, el presidente norteamericano no quiere dar ningún paso que pueda ser interpretado por parte de los cubanos exiliados como una concesión al régimen de Castro. En Florida, bastión del anticastrismo, un estado crucial, un swing state (de resultado electoral incierto) en la batalla presidencial del 6 de noviembre próximo, residen miles de ciudadanos de origen cubano que podrían inclinar la balanza del lado del candidato republicano. Fue el estado que dio a George W. Bush la controvertida victoria en 2000.

La sombra de China

La sombra de China planeó sobre los reunidos en la bella ciudad colombiana del Caribe. En vísperas del cónclave, la secretaria de Estado, Hillary Clinton, puso el dedo en la llaga al declarar: “Los latinoamericanos compran más del 40 % de nuestras exportaciones, el triple que los chinos, y aportan más de la mitad de la energía que importamos.” Hace apenas un decenio, el 61 % de las exportaciones norteamericanas iban a los países de América Latina, lo que confirma que el retroceso es del 21 %.  China supera a EE UU en los intercambios comerciales con Brasil, Chile y Perú, tres de las economías más dinámicas de la región, y figura en el segundo lugar con Argentina y Colombia.

El presidente colombiano había caldeado el ambiente con unas declaraciones al diario El Tiempo, de Bogotá: “Lo que yo he dicho, y se lo ha dicho en Estados Unidos a muchas personas del gobierno, es que más vale mirar hacia el sur, porque para ellos los intereses estratégicos a largo plazo están en América Latina, no en países lejanos.” Una manera exagerada de señalar que la superpotencia norteamericana, el coloso del norte, ya no es indispensable para la buena marcha de los negocios.

La organización llamada Diálogo Interamericano, grupo de presión que reúne a un influyente plantel de 100 exdiplomáticos e intelectuales de ambos hemisferios, abogó igualmente por una más estrecha cooperación y no ocultó los reproches: “La mayoría de los países de la región miran a Estados Unidos como menos y menos relevante para sus necesidades y con la declinante capacidad de proponer y concretar estrategias para lidiar con los asuntos que más les preocupan.”

El informe de Diálogo Interamericano, publicado con ocasión de la cumbre de Cartagena, enumeró las razones que explican el declive de la influencia estadounidense en la región. En primer lugar, el carácter inflexible de las políticas migratorias, a pesar de que Obama prometió reiteradamente sacar adelante una nueva legislación, finalmente bloqueada por los republicanos en el Congreso. En segundo lugar, la incapacidad manifiesta de EE UU para concebir una política alternativa en la lucha contra la droga, mientras México y toda Mesoamérica se convertían en un sangriento campo de batalla. Por último –aunque no lo menos importante–, el consenso entre los países de América Latina arguye que la mejor manera de promover la democracia en Cuba es acabar con el embargo, en vez de reforzarlo.

El llamamiento de Obama para fomentar el comercio, clave para recuperar los puestos de trabajo perdidos durante la crisis de 2008-2009, principal inquietud del electorado norteamericano, no suscitó ningún entusiasmo entre los jefes de Estado asistentes a la cumbre. Los intercambios comerciales de EE UU con América Latina se han disparado durante los últimos años, hasta alcanzar el billón de dólares anualmente. Tanto el presidente colombiano como la presidenta de Brasil se quejaron de “la exportación de la crisis”, de la política monetaria expansiva de Washington, que mantiene un dólar infravalorado con grave perjuicio para la competitividad de las exportaciones latinoamericanas.

La pesadilla del narcotráfico

En el tema candente del narcotráfico, con sus secuelas sangrientas de guerra subrogada y sus efectos desmoralizadores, las discrepancias y contradicciones son muy fuertes. La mayoría de los líderes de la región considera que la estrategia de EE UU –mera represión del cultivo y tráfico de estupefacientes— ha fracasado por completo y acusa al gobierno norteamericano de no haber hecho todo lo necesario para reducir significativamente la demanda de drogas y la venta de armas a los carteles. El presidente de Colombia reclamó una política alternativa y su homólogo de Guatemala, Otto Pérez Molina, defendió abiertamente la despenalización de los narcóticos. Y el presidente de México afirmó que Washington debe considerar “alternativas de mercado”, un eufemismo para abogar por la legalización.

En este asunto, Obama se mostró inflexible. “El presidente no apoya la despenalización”, dijo uno de sus portavoces, que se extendió en recordar los logros alcanzados en el tratamiento de los toxicómanos y la prevención del tráfico y la drogodependencia. En su discurso oficial,  Obama  reiteró su oposición: “La legalización no es la respuesta (…) Me consta que hay frustración y que algunos abogan por legalizar las drogas, pero teniendo en cuenta la salud y la seguridad de nuestros ciudadanos, Estados Unidos no irá en esa dirección.” El secretario de Justicia de EE UU, Eric Holder, en una entrevista antes de la cumbre, declaró al Miami Herald que “legalizar las drogas es equiparable a legalizar el asesinato para disminuir la tasa de homicidios.”

Los últimos 40 años de lucha contra el tráfico y consumo de drogas ofrecen unos resultados decepcionantes. El cultivo de la coca se ha reducido alrededor del 30 % en el último decenio, pero se mantiene la producción global de cannabis, opio y otros estupefacientes. La tasa de consumo en EE UU, que es la más alta del mundo, cuatro veces más alta que en Europa, se mantiene invariable, según el informe de Naciones Unidas de 2011. La batalla contra el narcotráfico provoca además una lucha a muerte por el control de las rutas de la droga, lo que ha hecho de Centroamérica la región más peligrosa del planeta.

Martin Jeisma, coordinador del Programa de Drogas y Democracia de los Países Bajos, resume la situación global: “Lo que ha sido un fracaso total es la idea de que reducir la oferta, o sea, atacar a los países productores en América Latina y dedicar mucha energía a alas operaciones de interdicción, conduciría a la disminución del consumo en los países importadores. No hay manera de que alguien pueda seguir alegando que eso ha sido efectivo en ningún sentido.”

Al final, los líderes americanos acordaron quela OEA  nombrará a un grupo de especialistas para que estudien el problema, el único que fue discutido a puerta cerrada. Ya se sabe lo que ocurre cuando los políticos son incapaces de encontrar una solución a los problemas más candentes: crean una comisión para enmascarar su fracaso y prolongar en el tiempo la aflicción de los que padecen de muy diversas formas el flagelo del tráfico de drogas en el hemisferio.

El aislamiento de Argentina

Por primera vez,la Cumbrede las Américas fue precedida por una reunión de los principales empresarios de la región en la que se puso de manifiesto la pujanza económica del hemisferio sur, ahora que Brasil se ha situado como la sexta potencia económica mundial. Asistieron unos 700 ejecutivos de más de 20 países para subrayar que América Latina se ha convertido en “un motor de la recuperación económica mundial”, según declaró el presidente del Banco Interamericano de Desarrollo, Luis Alberto Moreno. Los datos corroboran el despertar del subcontinente, que acapara el 16 % del comercio mundial y mantiene un crecimiento sostenido desde comienzos de siglo. Una historia de éxito.

Obama se rindió ante la evidencia al englobar a EE UU y América Latina en “una de las regiones más dinámicas del mundo”. “Con casi mil millones de ciudadanos, casi mil millones de consumidores entre nosotros, juntos podemos hacer muchas cosas”, insistió el presidente norteamericano en su intervención ante los empresarios. México, Centroamérica y los países del Caribe dependen aún estructuralmente de EE UU, pero Suramérica, con Brasil a la cabeza, afianza su autonomía y diversifica sus relaciones comerciales.

Casi todas las intervenciones en la inédita reunión empresarial se caracterizaron por un encendido rechazo del proteccionismo amenazante y una defensa a ultranza de la empresa privada y de la inversión externa “para salir de una pobreza que avergüenza”, según las palabras del presidente de Colombia al inaugurar el encuentro.

Soplan vientos poco favorables para el populismo como el de la presidenta de Argentina, Cristina Fernández, o el del venezolano Hugo Chávez. El presidente de México, Felipe Calderón, fue el primero en romper una lanza a favor de la libertad económica y contra “las expropiaciones o las estatizaciones de empresas”, como si tuviera en mente el conflicto desatado por el gobierno de Buenos Aires a propósito de YPF, la filial argentina de la petrolera española Repsol, o sus maniobras y trabas proteccionistas en el sector de la automoción. “Debemos ser muy claros –concluyó Calderón–. Las coordenadas para el progreso no están en el proteccionismo, ni tampoco en la estatización o expropiación.”

En las palabras de Calderón resuenan aún los ecos del famoso Consenso de Washington, formulado en 1989, que fue interpretado como la imposición por EE UU de una política económica neoliberal, fundada en la disciplina presupuestaria, la eliminación de las barreras para las inversiones extranjeras y la liberalización del comercio, en aras de la globalización incipiente, y muy criticada por los adversarios de la apertura irrestricta de los mercados. Pero esa nueva política económica podría ser el corolario de “la rebelión de América Latina” según el título-resumen empleado por la agencia británica Reuters.

Un comentarista de Le Monde interpreta los resultados de la cumbre de Cartagena como un triunfo del presidente Santos y su pragmatismo, que han situado a Colombia “en el centro del juego diplomático regional, mientras que Argentina queda aislada en su gesticulación nacionalista”. Si a ello añadimos los altercados aduaneros con Brasil y el fallido grito de las Malvinas, que la cumbre no pudo secundar por el rechazo de EE UU y Canadá, se comprenderá que el viciado sistema político argentino aparezca como un factor excéntrico en un subcontinente que apuesta por la libertad económica como motor del desarrollo.

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