Posteado por: M | 21 abril 2012

El juicio de Breivik reabre el debate sobre el Islam en Europa

El juicio contra Anders Behring Breivik, el monstruo de Noruega que asesinó a 77 personas, comenzó en Oslo el 16 de abril y volvió a conmocionar a la opinión pública, que escuchó atónita el alegato delirante del acusado. Quedó reabierto el debate sobre el islam en Europa, sus efectos en el tablero político y el fenómeno generalizado de la inmigración, mientras los noruegos comprobaban con estupor que el terror había destapado unas divisiones muy profundas en una sociedad que se creía tolerante y protegida del extremismo. Una sociedad en la que se han instalado súbitamente la islamofobia, el temor al inmigrante y el odio político.

Anders Breivik en el juicio

En el segundo día del juicio, el 17 de abril, el tribunal autorizó al asesino confeso a leer la declaración que tenía preparada, pero no a divulgarla a través de la televisión, a fin de impedir que la sala de vistas se convirtiera en una plataforma de propaganda. El acusado afirmó que hablaba en nombre y representación de la fantasmagórica Orden de los Templarios Europeos, de “muchos noruegos y escandinavos”, y se ufanó de haber llevado a cabo “el ataque político más espectacular y sofisticado en Europa desde la Segunda Guerra Mundial”, que causó 8 muertos en el atentado del centro de Oslo y 69 en el cercano islote de Utoya, el 22 de julio de 2011.

Si hemos de dar crédito a la declaración del extremista o lunático luterano, sus crímenes son el resultado de una declaración de guerra contra el multiculturalismo en general y el islamismo en particular, así como un intento desesperado por defender al pueblo noruego, según se jactó, de la invasión de los nuevos bárbaros, es decir, de los musulmanes, facilitada cuando no promovida por los adalides de esa supuesta alianza entre los “marxistas culturales” y los “liberales” que domina el panorama intelectual de Europa des de el final de la Segunda Guerra Mundial.

Si el tribunal llegara a la conclusión de que Breivik estaba en su sano juicio cuando cometió los asesinatos, podría imponerle una pena de 21 años de prisión, pero, al mismo tiempo, recomendar que la condena sea revisable y que el reo pueda ser retenido por más tiempo en la cárcel si se considera en su caso que sigue siendo un individuo peligroso para la sociedad, no rehabilitado.

En una declaración cuya lectura duró algo más de una hora, Breivik aseguró que sus actos terroristas formaban parte de las actividades de un movimiento de resistencia para combatir una “colonización” de Noruega por los inmigrantes islámicos, y a renglón seguido reveló la existencia de otros cómplices en la obsesión homicida, individuos aislados que comparten las mismas fantasías criminales. Agregó que “la invasión islámica de Europa” ya ha comenzado, y se presentó a sí mismo como “comendador”, “una persona que tiene autoridad y vínculos flexibles con otras dos células”. La policía guarda silencio.

“Una pequeña barbarie es completamente necesaria para impedir una barbarie mucho mayor”, se justificó el asesino en referencia a la amenaza que, según él, representa el multiculturalismo para Noruega. “Las gentes que me llaman diabólico –prosiguió— confunden el ser diabólico con el ser violento”. Y persistió en su engreída perorata: “El estar encarcelado el resto de mi vida o morir como mártir por mi pueblo es el mayor honor (…) Es un deber (…) Son los socialdemócratas y los marxistas culturales los verdaderamente diabólicos, los que pretenden transformar el país en una sociedad multicultural sin consultar al pueblo.”

Pese a que la presidenta del tribunal le llamó varias veces la atención y le pidió que fuera respetuoso, el extremista atacó despiadadamente a sus víctimas del islote de Utoya, los 69 muchachos asesinados, miembros de las Juventudes laboristas que asistían a un campamento de verano, de los que dijo que “no eran inocentes, niños civiles, sino activistas políticos que trabajaban por el multiculturalismo”, gente “adoctrinada y con lavado de cerebro”, que estaban recibiendo enseñanzas de “una de las comunistas más extremistas de Noruega”. Por eso declaró que no está arrepentido de sus actos, y que “los volvería a ejecutar”. Muchos de los jóvenes acribillados en el islote de Utoya eran de origen extranjero y nacionalidad noruega.

Ese fanático alegato no fue improvisado, sino el resultado de una reflexión política abominable, pero muy interiorizada; de un programa delirante de salvación nacional e islamofobia. Dos días después, interrogado por el fiscal, Breivik lamentó no haber matado a más gente, y afirmó: “No, no soy un asesino de niños. Si tú te afilias a un partido político y buscas una posición de liderazgo, entonces tú has elegido.” Reconoció que esperaba capturar en el islote a la ex primera ministra Gro Harlem Brundtland, a la que calificó de comunista, y haber filmado su ejecución con una bayoneta o un cuchillo, en alusión a la técnica que emplean algunos esbirros de Al Qaeda. “Me proponía decapitarla y leer un texto mientras lo hacía”, precisó.

Breivik concluyó la lectura declarándose no culpable e invocando la legítima defensa para pedir su inmediata excarcelación. “Reconozco los hechos, pero no reconozco mi culpabilidad” (en el sentido penal). Volvió a justificar los asesinatos múltiples e insistió en que “los ataques del 22 de julio eran ataques preventivos para defender a los noruegos de etnia” de la invasión de los musulmanes. Para el asesino confeso, no cabe duda de que los musulmanes son los protagonistas de un proyecto colectivo de ocupación, una convicción concordante con las proclamas encendidas y truculentas tanto de Al Qaeda como de otros imanes predicadores de la guerra santa.

Esa arrogancia y esa complacencia en el horror, que sin duda añaden una sensación de ultraje al dolor de los familiares de las víctimas, reavivaron un fuerte debate en Noruega, donde los juicios son, por tradición, acontecimientos públicos. Muchos propugnaron que no se dejara hablar públicamente al carnicero de Oslo, para que no pudiera utilizar el juicio para expandir su odio, pero al final se impuso entre los jueces el criterio de que “nadie debe ser silenciado” y de que es conveniente saber lo que ocurrió por boca del asesino y conocer sus ideas para mejor rebatirlas y execrarlas.

Sus declaraciones fueron tan brutales como previsibles, una reiteración de lo escrito en su manifiesto, un mamotreto de 1.500 páginas en el que detalla sus ideas sobre los peligros que el multiculturalismo y el islam entrañan para Europa. También comunicó al tribunal que su voluntad de perpetrar un atentado se remonta a 2006, y que tenía pensando que fuera un ataque suicida. “Creí que moriría en dos minutos”, fue lo que pensó al estallar el coche bomba junto a las oficinas del jefe del gobierno, en el centro de Oslo. Por eso quedó sorprendido de que la policía no lo detuviera antes de llegar al islote de Utoya.

Según el diario Aftenposten de Oslo, “Noruega ha perdido su inocencia para siempre”. El país próspero, tolerante y feliz, aunque gélido, también podía convertirse en un infierno, como ya habían adelantado algunos periódicos europeos y norteamericanos al producirse los atentados. Pero el periodista noruego Martin Sandu, que escribe en el Financial Times, rebate de manera convincente la tesis del paraíso perdido: “Los países nórdicos son con frecuencia percibidos como más tolerantes con respecto de los inmigrantes que otros países europeos, pero la verdad es que quizá sus gobiernos han tenido más éxito en camuflar su hostilidad.”

La cuestión migratoria

El problema de la inmigración, impulsada por el maná petrolífero, suscita desde hace años una encendida controversia en Noruega y otros países, los escandinavos, pero también Alemania, Holanda, Francia y Austria. Existen dudas entre los especialistas sobre la salud mental de Breivik, pero parece evidente que su extremismo, su retórica morbosa y su rencor contagioso tienen mucho que ver con el clima moral y político que se expande por el norte de Europa y que hace del islam y los islamistas el chivo expiatorio de los problemas y temores sociales.

El Partido del Progreso (FrP), que comenzó como una fuerza marginal, hoy es el segundo más votado, con el 24,26 % de los sufragios y 41 diputados en el Storting (Parlamento), sólo superado por el Partido Laborista en el poder (37,87 % de los votos y 64 escaños). El primer ministro, el laborista Jens Stoltenberg, dirige una coalición de centro-izquierda con socialistas y centristas. El Partido del Progreso, con reputación de xenófobo y nacionalista, al que Breivik estuvo afiliado de1999 a2006, es el abanderado de una ideología difusa en la que se mezclan el temor por el retroceso demográfico, el rechazo de la inmigración, la crítica del islamismo y la defensa a ultranza de Israel, temas que calan hondo tanto en las clases medias como en los sectores más desfavorecidos.

En un contexto social de poblaciones envejecidas, avalancha inmigratoria, crisis del empleo y ardua convivencia con gentes de culturas lejanas y ostensible fanatismo religioso, los asesinatos de Oslo y Utoya no parecen ser los actos de un solitario desequilibrado, sino más bien el subproducto infame de una corriente ideológica que infecta todos los países de la Europa septentrional.

El pánico irracional de los augures que vaticinan una Eurabia sometida a la sharia (ley islámica) se codea agriamente con el apaciguamiento de los apóstoles del multiculturalismo. Hay grupos extremistas como el autodenominado Stop la Islamización de Noruega, cuyo líder, Arne Tumyr, llegó a comparar la arribada de los musulmanes con la ocupación nazi de 1940. La publicista Hanne Nabintu Herland, columnista del diario Aftenposten, publicó en 2010 el libro titulado Alarma. Reflexiones sobre una cultura en crisis, en el que advierte lúgubremente sobre la islamización.

Existen otros grupos no menos radicales que, en nombre del multiculturalismo, defienden la política laxa de inmigración y denigran a los que la ponen en tela de juicio; que utilizan el término islamofobia para descalificar y silenciar a los que advierten de los retos que plantea el aumento incesante de la población islámica en Europa; que elogian el llamado islamismo moderado y ocultan o disculpan los sermones incendiarios de los imanes integristas en los barrios marginales de mayoría musulmana, en los que proliferan los matrimonios forzados, la mutilación genital femenina, la poligamia y el castigo físico o la ejecución de los homosexuales. Son los mismos que están dispuestos a sacrificar la libertad de expresión a los dictados y excomuniones de los imanes.

Con apenas cinco millones de habitantes, Noruega cuenta con cerca de 600.000 inmigrantes, el 12% de la población, aunque casi el 50 % de ellos goza de la nacionalidad noruega. Se calcula que la mitad de los inmigrantes son europeos, especialmente polacos y suecos, que llegaron atraídos por los buenos salarios de la industria petrolera y la facilidad para encontrar empleo. No obstante, la población musulmana (el 4 % del censo) crece rápidamente, procede de países diversos (Pakistán, Somalia, Eritrea, el Magreb, Iraq) y tiende a concentrarse en guetos étnico-religiosos que impiden su asimilación de la cultura y las costumbres de la sociedad de acogida.

La controversia traspasa las fronteras noruegas, está instalada en toda Europa, y alimenta en muchos países una fuerte radicalización ideológica, hasta cavar un abismo entre izquierda y derecha. En la pugna entre multiculturalistas (izquierda) y sus detractores liberales de la derecha o el centro, la cuestión inmigratoria sustituye con facilidad pasmosa a la lucha de clases de los años 30 del pasado siglo o los rigores de la guerra fría después de 1947. Los Demócratas de Suecia, los Auténticos Finlandeses, el Partido dela Libertaden Holanda o el Partido Popular de Dinamarca ganan adeptos y votos en la medida en que aumenta la inmigración.

El debate se abre cada vez que se produce un proceso electoral, como ahora podemos ver en Francia, donde toda la izquierda ataca al presidente Sarkozy por haber pedido prestadas algunas expresiones a la campeona de la xenofobia, Marine Le Pen. El 19 de abril, en plena campaña electoral, París y Berlín anunciaron conjuntamente su intención de revisar el tratado de Schengen, firmado en 1985, para volver a implantar los controles fronterizos si fuera necesario. En un discurso a principios de marzo, Sarkozy amenazó con retirarse del sistema de Schengen si la Unión Europea no procedía a endurecer las leyes de inmigración.

Apenas han transcurrido nueve meses desde que el gobierno de Dinamarca introdujo controles en las fronteras con Alemania y Suecia, una decisión que señaló “un día triste para Europa”, según la ministra germana de Justicia. La razón de ese retroceso en la libre circulación de las personas, una victoria clave del europeísmo, radica en que el Partido Popular danés apoya en el Parlamento de Copenhague al gobierno liberal-conservador desde 2001. Como señala la politóloga Shada Islam, del European Policy Center, “debido a la crisis y a la falta de puestos de trabajo, los políticos manipulan las emociones para ganar votos y para ello buscan chivos expiatorio”.

La izquierda socialdemócrata o comunista, ésta mejor o peor disfrazada, execra la xenofobia y el nacionalismo de la extrema derecha, epíteto de oprobio que se aplica también al centro político, por más que se sabe que esa ultraderecha denigrada recoge abundantes apoyos en las filas del proletariado en extinción. Los argumentos moderados están recogidos en el libro del ensayista anglo-holandés Ian Buruma, en colaboración con Avishai Margalit, titulado L´Occidentalisme. Une brève histoire de la guerre contre l´Occident (editorial Climats, París, 2006), lastrado por el tiempo y por la pretensión de defender el modelo multicultural holandés cuando se encuentra en crisis irremediable.

Según Buruma, en unas recientes declaraciones de prensa, no deben resucitarse las ideas dogmáticas de la izquierda romántica de los años 60 y 70 sobre el multiculturalismo, cuando defendía que todo el mundo permaneciera en su propia cultura cualquiera que fuera su lugar de residencia. Pero, al mismo tiempo, el ensayista neerlandés repudia otro dogmatismo, el del nacionalismo secularizador, según el cual todo el mundo debe renunciar a su propia religión o cultura para integrarse en la comunidad de la que forma parte por origen o por adopción. Ni una cosa ni la otra, viene a sostener.

En opinión de Buruma, el multiculturalismo holandés funciona mejor que el secularismo republicano francés en lo que concierna a la integración o cohabitación de personas de origen diferente. Quizá fuera así hace un decenio, pero la situación ha cambiado mucho en los Países Bajos, como demuestran los progresos electorales constantes del Partido dela Libertad, dirigido por Geert Wilders, el ídolo antimusulmán de Breivik, y su influencia en el actual gobierno.

Muchos menos convincente resulta Buruma cuando fustiga por fundamentalista cualquier conjunto de ideas que no sean relativistas y sugiere comparaciones insostenibles entre el islamista holandés de origen marroquí Mohamed Bouyeri, que asesinó al cineasta Theo Van Gogh el 2 de noviembre de 2004, y los más radicales críticos del Islam en los Países Bajos, como la exdiputada liberal de origen somalí Ayaan Hirsi Ali o el jurista Afshin Ellian, de origen iraní, profesor de la universidad de Leiden, a los que estigmatiza por su defensa de la cultura dela Ilustración, a sabiendas de que la convicción de esos dos inmigrantes es en parte la consecuencia de una experiencia traumática.

Según Buruma, todos los presuntos fundamentalistas son “guerreros”. Bouyeri es un combatiente que utilizó una espada y un cuchillo para degollar a Van Gogh, mientras que Hirsi Ali y Ellian son “guerreros” de la pluma. Las diferencias en cuanto a los medios, según esa visión relativista y sesgada, carecen de relevancia, ya que todos los actores son fundamentalistas. Si extremamos la comparación, el monstruo de Oslo podría ser considerado un guerrero de la antiyihad, una descripción bastante ajustada a sus delirantes pretensiones.

Los liberal-conservadores abogan por un humanismo secular y denuncian el multiculturalismo posmoderno que preconiza la izquierda como subproducto del relativismo cultural –todas las culturas tienen el mismo valor– y de una actitud negativa y a veces corrosiva hacia el pasado colonial de Europa y en general de la tradición política de Occidente. Según los posmodernos radicalizados, adalides de lo políticamente correcto, las minorías deben vivir de acuerdo con sus costumbres propias porque la civilización europea sigue un camino equivocado desde la Ilustración y cuya pretensión universalista deriva de la arrogancia cultural y la opresión política.

El norteamericano Bruce Bawer, afincado en Oslo, acaba de publicar un panfleto en el que arremete contra los multiculturalistas que realizan grandes contorsiones para minimizar u ocultar la amenaza islámica. El título del libro es muy expresivo del pensamiento que acoge: The New Quisling. How the Internacional Left used the Oslo Massacre to Silence Debate about Islam (Harper Collins, Nueva York, 2012), que puede traducirse por Los nuevos Quislings. Cómo la izquierda internacional utiliza la masacre de Oslo para silenciar el debate sobre el Islam.

El libro de Bawer resulta descaradamente polémico, desde su título, porque Vidkun Quisling (1887-1945) fue un militar y político noruego que creó un partido de orientación fascista y que colaboró con los nazis cuando éstos invadieron Noruega en 1940. Fue jefe del gobierno durante la ocupación y fue condenado a muerte y fusilado al terminar la guerra. El nombre de Quisling se aplica por extensión a los políticos que colaboran de alguna manera con los invasores u ocupantes de su patria.

La argumentación de Bawer, como la de otros liberales que le precedieron en la crítica, la italiana Oriana Falacci o el español Serafín Fanjul, sostiene que el islam en sus manifestaciones contemporáneas, incluso en las más tolerantes, resulta incompatible con el libre examen y los principios democráticos que impregnan las sociedades occidentales. “Criticar el islam, y esto debe resaltarse –escribe Bawer—, nada tiene que ver con la descalificación de los islámicos como individuos, sino con reconocer que el islam es una ideología dura y totalizadora de la que los musulmanes son las primeras y principales víctimas.”

Como es lógico, ambas corrientes de pensamiento ofrecen visiones radicales y moderadas que no resuelven la disputa, sino que la enconan. No es cierto, como predican los relativistas y los nihilistas, que no existan valores universales. La misma Declaración Universal de los Derechos Humanos dela ONU, proclamada en 1948, es un credo universal, estrechamente relacionado con los valores prevalecientes en las sociedades occidentales y cuyos pilares son la democracia, el Estado de derecho y el respeto de los derechos humanos.

Ocurre, sin embargo, que la socialdemocracia europea en sus más radicales expresiones, impregnadas de relativismo, no pone el énfasis que sería deseable para defender los valores de Occidente y declarar sin ambages, por ejemplo, que la democracia es muy superior a la teocracia o la dictadura islámica. El pensamiento débil y la voluntad de apaciguamiento, en el camino de la paz universal, a través de la rendición preventiva, si fuera necesario, no son ciertamente las mejores armas para defender a las sociedades occidentales del islamismo radical y con frecuencia suicida que está instalado para quedarse en numerosos barrios de sus grandes ciudades. En ese ambiente pacifista, multicultural y relativista surgen monstruos como Breivik, cuerdos o dementes, dispuestos a imponer la ley del terror.

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