Posteado por: M | 24 abril 2012

La Francia refractaria a las reformas

La conclusión más obvia de los resultados de la primera vuelta de las elecciones presidenciales es que la mayoría de los franceses desea un cambio, pero a condición de que sólo afecte a los intereses de los otros, un cambio que preserve su estilo de vida y frene las algaradas y el recurso de los adoquines. El escrutinio refleja la profunda división del país, la dispersión del voto, la atracción de los extremos y la liquidación del centro apaciguador. Una vez más, Francia confirma que es refractaria a las reformas, quizá porque añora los fastos de una revolución imposible, aunque sólo sea retórica, pero no es menos evidente que se ha convertido, como diagnostica Nicolas Baverez, en “el hombre enfermo de Europa”. Un declive tan pronunciado cuyo único antecedente comparable se remonta a los años 30 del pasado siglo.

Los cambios prometidos por Sarkozy hace cinco años, una promesa que despertó grandes expectativas, yacen en el vasto cementerio de las promesas incumplidas. La decepción por los resultados en la primera vuelta (27 % de los votos), los peores obtenidos jamás por un presidente que aspira a la reelección, refleja un fracaso personal inapelable que hará muy problemática su resurrección en la segunda vuelta. De hecho, todas las encuestas de opinión anticipan su derrota el 6 de mayo. La campaña electoral demostró que “Sarkozy está solo contra todos”, según la percepción del veterano periodista Philippe Tesson. Por eso le resulta fácil el vaticinio: “Hollande será el próximo presidente de Francia.” Si así no ocurre, será una proeza del presidente que figurará en los anales electorales.

Sarkozy y Hollande

Para mantener la esperanza de ser reelegido, Sarkozy tiene ante sí la ardua y contradictoria por no decir imposible tarea de cortejar a las huestes desengañadas de Marine Le Pen y, al mismo tiempo, no espantar a los votantes moderados que siguieron a François Bayrou (9 % de los votos), pese a que éste actuó como un candidato “indeciso, sin carácter, insípido, monótono, banal y aburrido”, según el retrato al vitriolo compuesto por un cronista británico del diario The Guardian.

El hiperactivo presidente, ideológicamente ecléctico, gastó todas sus energías en los frentes exteriores, de Georgia a Afganistán y Libia, o en fraguar el consenso con Angela Merkel, pero quedó visiblemente fatigado para emprender las reformas internas. Empezó como un outsider, un adversario del sistema anquilosado, un reformista que incluso pescó algún ministro en las aguas revueltas del socialismo en horas bajas o de la intelectualidad desorientada. A la postre, el activismo se trocó en morosidad y el único discurso audible en su campaña electoral fue el que le aproximó a la xenofobia militante de Marine Le Pen. Quel dommage!

La primera vuelta electoral tuvo aires de referéndum sobre la política presidencial, un terreno minado o por lo menos resbaladizo cuando todas las encuestas indican que una alta proporción de los electores considera que su situación ha empeorado considerablemente con respecto a la de 2007, cuando el trepidante Sarkozy venció a Ségolène Royal, a la sazón compañera de Hollande y madre de sus cuatro hijos. Ese malestar difuso y harto generalizado explica que Sarkozy sea el primer presidente dela Quinta Repúblicaorganizada por el general De Gaulle (1958) que sale derrotado en la primera vuelta.

François Hollande, candidato gris y sin aristas, de familia opulenta, que se presenta como “el hombre normal”, obtuvo el mejor resultado del Partido Socialista (28 %) desde la reelección de Mitterrand en 1988. Agente del aparato partidista, carece de experiencia gubernamental, pero estudió en la famosa École Nationale d´Administration (ENA), que monopoliza, desde hace medio siglo, la formación del personal que controla los engranajes del poder y la dirección del mastodóntico sector público.La ENA, por lo visto, inocula en sus alumnos la misma vocación de servicio público, desde luego, pero idéntica incapacidad para reformar el sistema.

El candidato socialista, muy alejado de la desastrosa experiencia del “programa común de la izquierda”, llevado a la práctica por el escéptico Mitterrand en 1981 y abandonado dos años después, ni siquiera se ha dejado llevar por la retórica republicana tradicional. Después de haber nacionalizado algunos bancos y una parte importante de la industria, Mitterrand tuvo que afrontar la hostilidad de los mercados, se arrastró por el precipicio de dos devaluaciones del franco y protagonizó una rectificación vergonzosa, justo castigo por confundir la alternancia en el poder con la alternativa de sociedad, como le reprochó su correligionario y competidor Michel Rocard.

Aparentemente blando, “sin agallas”, como le apostrofó su camarada y adversaria Martine Aubry, la única osadía programática de Hollande consistió en aplazar hasta 2017 la reducción del déficit presupuestario al 3 % exigido por las normas de la unión monetaria (Sarkozy la fija un año antes, en 2016). Los recortes en que coinciden los dos finalistas hacen inevitable una nueva cura de austeridad, según sostienen los especialistas. Nada de dejarse arrastrar por “la desobediencia europea” y el fetichismo estatal preconizados por Mélenchon y los comunistas contra la estrategia de la salvación por la austeridad.

El candidato socialista, que se impuso en unas elecciones primarias a Martine Aubry, la hija de Jacques Delors, está muy lejos de aglutinar a todas las facciones del partido. Se trata del dirigente situado más a la derecha, menos polémico, que no es sino el sustituto del hombre que estaba llamado a defender los valores socialdemócratas, Dominique Strauss-Kahn, exministro y expresidente del Fondo Monetario Internacional (FMI), apartado de la carrera política por su tormentosa vida privada.

En realidad, la inesperada popularidad de Hollande deriva de su adhesión al llamado sistema francés, cuya esencia, como señala el reputado analista François Heisbourg, consiste en “impuestos elevados en vez de reducción del gasto público”, una estrategia difícil de mantener en época de vacas flacas. “La única cuestión es si habrá un crecimiento sostenible para hacerla sostenible”, algo problemático enla Europade nuestros días. Como le advierte The Economist: “Si Hollande gana en mayo y su partido las legislativas de junio, podría darse cuenta de que los inversores necesitan muy pocas semanas para huir del mercado francés de obligaciones.”

¿Qué harán los votantes de Le Pen?

A pesar de las contorsiones tipográficas de algunos periódicos sobre el destino de los votos de Marine Le Pen en la segunda vuelta, todo parece indicar que la presidenta populista del Frente Nacional no hará nada por salvar a un presidente que en algún momento le robó literalmente el discurso, incluida la lírica republicana. El derechista Le Figaro asegura en su primera página que “el avance de Marine Le Pen reaviva la segunda vuelta”, pero nada es menos seguro que la transferencia de los sufragios populistas, procedentes de los barrios populares, hacia el presidente que los defraudó hasta el último momento.

El anti-sarkozysmo es un sentimiento transversal y arraigado que afecta a todos los sectores sociales, desde la derecha respetable y tránsfuga a la radical y xenófoba, pasando por el centro gaseoso, éste dirigido por el eterno repetidor François Bayrou, que se quedó en el 9 % de los votos. Tras haber modernizado al partido de su padre, al que mantuvo en la senda consuetudinaria del nacionalismo, pero despojado de algunas de sus estridencias, Marine Le Pen aspira a convertirse en el referente de la oposición en las elecciones legislativas del próximo junio.

El 18 % de los sufragios del Frente Nacional (6,5 millones) es la sorpresa más desagradable del escrutinio para los portavoces de lo políticamente correcto, tan numerosos en las filas del candidato socialista; pero muchos de esos votantes de Le Pen manifestaron en todas las encuestas que en la segunda vuelta se abstendrán o votarán contra Sarkozy. Como ya afirma el prosocialista Le Monde, el sorprendente y abultado éxito de la derecha más radical y xenófoba es una advertencia desagradable para el próximo inquilino del Elíseo.

La extrema izquierda aglutinada en el Frente de Izquierda, dirigida por un trotskista, pero alimentada por los restos del naufragio del partido comunista, consigue menos votos (11 %) de los previstos en las encuestas. El mensaje radical tuvo mucho menos eco del que también auguraban los comentaristas más líricos de la revolución pendiente, aparentemente fascinados por le verbo encendido, anticapitalista e insólito de Jean-Luc Mélenchon. Su objetivo era llegar a la meta por delante del Frente Nacional, blanco preferido de las más vehementes diatribas del tribuno trotskista, pero no pudo conseguirlo.

Las muchedumbres movidas por “la haine des riches” (el odio hacia los ricos) retrocedieron ante la perspectiva cierta del desastre. Porque, aunque los políticos lo callen con frecuencia, el gasto público de Francia es el más elevado de Europa, y necesita lógicamente una cura de adelgazamiento, no un incremento azaroso y hasta suicida. Quizá por eso Mélenchon se apresuró en la misma noche electoral a poner sordina en sus reservas de campaña y rendirse ante los recién descubiertos encantos de Hollande.

Las repercusiones en Europa

La socialdemocracia europea confía en que la elección de Hollande podría tener importantes implicaciones en el proceso de integración de Europa y en la manera de hacer frente a la crisis de la deuda soberana que padecen la mayoría de los países del continente. El aspirante socialista se apresuró a proclamar la noche de su triunfo que deseaba “reorientar Europa para colocarla en la senda del crecimiento económico y la creación de empleo”. Pero, ¿cómo promover el crecimiento en un período de recesión? ¿Acaso asistiremos a la rápida desintegración del eje franco-alemán?

La izquierda europea y, sobre todo, la norteamericana, con el economista Paul Krugman como gran gurú, insiste en los estímulos económicos, en el estilo de Obama, para oponerse al rigor y la austeridad que preconiza la cancillera alemana, Angela Merkel, y que forma el cuerpo doctrinal en el que descansa la gestión del Banco Central Europeo (BCE). Aunque se muestra bastante prudente y se considera un pragmático, Hollande asegura que renegociará el tratado que limita el déficit presupuestario y la deuda nacional, a fin de que el BCE tolere más inflación y promueva los eurobonos, dos ideas que Berlín rechaza enérgicamente.

Los keynesianos olvidan con frecuencia que cuando Keynes publicó su Teoría General, el peso del sector público en el sistema económico era irrisorio comparado con el que tiene actualmente (el 28 % de promedio, incluyendo las muy intervenidas economías de Alemania y Japón). Por eso era posible la expansión del gasto público para minimizar los estragos de la recesión. Los datos actuales de Francia en ese terreno, por el contrario, son inquietantes. El gasto público representa el 56 % del productor interior bruto (PIB), muy superior al de cualquier otro país de Europa, más incluso que en Suecia, y la deuda pública alcanza más del 90 % y no cesa de aumentar.

Como recuerda The Economist, Francia no ha equilibrado sus cuentas desde 1974, cuando la muerte de Georges Pompidou llevó a la presidente a Valéry Giscard d´Estaing. Baverez advierte de que “la preferencia por el gasto público es el fundamento del modelo de crecimiento a crédito que ha arruinado a Francia”, en el que el motor de la actividad reside en el consumo y el estímulo de éste por unas transferencias sociales que llegan al 33 % del PIB. Y su pronóstico resulta sombrío: “De manera voluntaria o forzada, el rigor se impondrá al próximo presidente dela República”.

Francia lleva más de un cuarto de siglo aplazando las reformas que sus mismos expertos consideran inevitables, pero que no llegan jamás. El de Sarkozy es el último fiasco en el terreno del reformismo. Pero quizá ha llegado el momento en que Francia no podrá diferir por más tiempo un cambio de modelo agotado que resquebraja el tejido nacional y plantea terribles dilemas. Los más pesimistas anticipan la disyuntiva de las reformas o el caos. Toda Europa se vería afectada tanto por la pasividad cuanto por la sacudida.

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Responses

  1. ¿Realmente hay tanta diferencia entre Sarkozy y Hollande? Dudo que la victoria del segundo suponga grandes cambios, visto el panorama que pesa sobre europa (color de los gobiernos en Alemania, España, Italia, Grecia, Reino Unido, próximamente Holanda, …)
    Tenemos un tablero de juego defectuoso (a nivel no solo europeo sino mundial) y se discute sobre qué color le conviene más, no sobre la creación de uno nuevo.
    Temas de fondo como el aumento de la presencia estatal y la regulación en, sobre todo, el ámbito financiero (transaciones internacionales, BCE, …) no son si quiera mencionados por los grandes candidatos. La democracia pierde fuerza como sistema de gobierno por la desconfianza e ignorancia de los ciudadanos.

    Gracias por el artículo, un saludo

  2. […] y un poco gaullista. Como recordé en otro artículo de este blog, en el pasado mes de abril (La Francia refractaria a las reformas), los presidentes Chirac y Sarkozy se vieron paralizados en sus ambiciones reformistas por el […]


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