Posteado por: M | 22 mayo 2012

Obama y la OTAN pactan la salida de Afganistán

La cumbre dela OTANen Chicago concluyó el 21 de mayo con un modesto y poco glorioso consenso para acabar con la intervención en Afganistán y retirar las tropas de la coalición en2014 apesar de los negros nubarrones que se ciernen sobre aquel país, los progresos de la insurgencia de los talibanes y el enésimo cambio estratégico de Barack Obama para liquidar un conflicto impopular y mejorar su posición en la carrera para seguir enla Casa Blanca.“La Alianza se ha comprometido a lograr un final responsable de la guerra en Afganistán”, declaró el presidente, pero no está claro qué significan sus palabras o qué pretende más allá de responder a las urgencias electorales.

El cónclave de Chicago, el feudo electoral de Obama, sólo sirvió para ratificar y oficializar la retirada. Ahora se abre un período de transición que estaba decidido desde hace varios meses y que culminará en verano de 2013, cuando la coalición internacional entregue el control al ejército nacional y las fuerzas de seguridad afganas. No obstante, algunos portavoces del Pentágono hicieron saber al New York Times que las tropas norteamericanas continuarán desempeñando un papel activo en el combate contra la insurgencia y el terrorismo, no se sabe hasta cuándo.

Con el telón de fondo de una difícil campaña electoral y una situación económica problemática, así en EE UU como en Europa, resulta evidente que la Alianza Atlántica sigue dividida, 23 años después de la caída del muro de Berlín, y que la pretensión ilusoria de organizar una democracia liberal en un país atrasado, empobrecido y devastado como Afganistán, que actuó históricamente como “la tumba de los imperios”, ha sido abandonada. Tras diez años de guerra y más de 3.000 soldados muertos, las naciones occidentales no están dispuestas a invertir más vidas o más dinero en una empresa de dudosa eficacia, futuro incierto e impopularidad creciente.

“Podemos lograr un Afganistán estable que no va a ser perfecto (…) y podemos empezar a reconstruir Estados Unidos”, proclamó Obama en clave de repliegue geoestratégico y dedicación de los recursos nacionales en la mejora de la situación económica interna, gravemente deteriorada por el déficit y la deuda estratosféricos. Un mensaje estrictamente electoral sobre el que pesa una doble incertidumbre: el Afganistán “imperfecto” y la Alianza en declive. Pero no se sabe en verdad si el destino manifiesto o los imperativos imperiales del complejo militar industrial se plegarán a la voluntad de un presidente en apuros.

El candidato presidencial por el Partido Republicano, Mitt Romney, no desaprovechó la ocasión de criticar a su contrincante por el oportunismo político de una decisión de tan largo alcance y tan profundas implicaciones en Asia central. En un artículo publicado en el Chicago Tribune, Romney acusó a Obama de “debilitar ala OTAN” mediante los recortes en el presupuesto del Pentágono. Otros líderes republicanos pronostican que la guerra no va a terminar como por ensalmo y que los debates de Chicago, en realidad, estuvieron dominados por el reparto de los costes de una nueva fase del conflicto.

En cualquier momento, en medio de la implosión de un  gobierno corrupto como el del presidente Hamid Karzai, el Afganistán inestable y balcanizado, primer productor mundial de opio, podrá devenir la amenaza terrorista que justificó la invasión de la OTAN tras los atentados del 11 de septiembre de 2001.

Luego de haber salido de Iraq precipitadamente, Obama se dispone a organizar una nueva retirada estratégica, mediante “a clear road map”, una hoja de ruta que reputo poco fiable y que afectará a los 132.000 soldados de la coalición internacional, de los que unos 80.000 son norteamericanos. El comunicado oficial de la cumbre proclamó que la retirada es “irreversible” y el presidente norteamericano tuvo que reconocer que “los talibanes son todavía un fuerte enemigo y que los logros de la coalición son frágiles”. También ratificó los planes para que la fuerza internacional (ISAF, por su sigla en inglés) ceda el mando de todas las misiones de combate a las fuerzas afganas a mediados de 2013.

En su conferencia de prensa, Obama se refirió al “progreso diligente” en las relaciones con Pakistán, pero lo cierto es que no logró que el presidente pakistaní, Asif Alí Zardari, se comprometa a reabrir las rutas de abastecimiento hacia Afganistán que cerró después de que las tropas de la OTAN mataran a 24 soldados pakistaníes en un incidente transfronterizo, en noviembre de 2011. El presidente norteamericano se negó a pronunciar unas excusas públicas y Zardari se mantuvo en sus trece, creando un grave y oneroso inconveniente para la retirada de las tropas y los pertrechos de la coalición internacional.

Cada país establecerá su propio calendario de retirada de sus tropas, coordinado con los planificadores de la Alianza. Una fórmula habilidosa para enmascarar algunas discrepancias incómodas. El presidente de Francia, François Hollande, realizó un verdadero ejercicio de funambulismo para mantener su promesa electoral –la retirada de los 3.400 soldados franceses antes de fin de año— y comprometerse a una colaboración leal con EE UU en lo que concierne al entrenamiento de las tropas y la policía afganas (228.000 hombres en 2017), la misión de apoyo y entrenamiento que reemplazará a la de combate después de 2014.

El lema de la intervención –“entramos y salimos juntos”— no se cumplirá. Además, la actuación a largo plazo de la misión internacional de apoyo y ayuda está en entredicho por su elevado coste (más de 4.000 millones de dólares anuales) cuandola Alianza entra en “una era de austeridad”. Obama se comprometió a pagar la mitad de la abultada factura, pero no disipó las reticencias de los europeos, ni pudo plantear, como estaba previsto, el vidrioso asunto de la creciente disparidad entre el poder militar de EE UU y el de sus aliados europeos.

Esa cuestión remite inevitablemente al problema global de la disminución constante desde 1991, coincidiendo con la desintegración dela URSS, de los gastos militares en todos los países europeos. EE UU emplea el 4 % de su producto interior bruto (PIB) en el presupuesto de defensa, pero la media europea se sitúa en 1,6 %. En un discurso pronunciado en Bruselas, en junio de 2011, el entonces secretario norteamericano de Defensa, Robert Gates, advirtió a los socios europeos de que la Alianza corre el riesgo muy real de “la irrelevancia militar colectiva”. Obama prefirió no avivar una polémica que podía volverse contra él en la campaña electoral.

Como presagió un especialista norteamericano, “la realidad política [la campaña electoral] dicta un resultado minimalista, no polémico, que no exponga a la Administraciónde Obama a las críticas del Congreso”. Los temas más controvertidos, desde la “defensa inteligente” al mantenimiento de “las capacidades críticas dela OTAN” o la defensa antimisiles, quedaron fuera de los debates de los jefes de Estado o gobierno, en manos del secretario general de la organización, el danés Anders Fogh Rasmussen, y de los expertos que las estudian desde hace años.

Según el “nuevo concepto estratégico”, adoptado en la cumbre de Lisboa de 2010, la OTAN se mantiene como “una fuente esencial de estabilidad en un mundo imprevisible”, pero las fronteras de su actuación y el carácter de sus misiones se mantienen en un limbo jurídico y una indecisión estratégica. Cuando el enemigo resulta difícil de identificar, la organización del conjunto queda debilitada por las contradicciones internas, los intereses nacionales contrapuestos y la reluctancia de las opiniones públicas a aumentar los gastos militares en una época de crisis.

Una salida sin estrategia

Tampoco Obama fue el líder que necesitabala Alianza, como demuestran sus constantes vacilaciones estratégicas e incluso políticas. Durante su campaña electoral en 2008, presentó el conflicto de Afganistán como “una guerra de necesidad” –la guerra buena—en contraste con la guerra mala de Bush, “una guerra de elección”, según la terminología del estratega Richard Haass. A finales de 2009, bajo fuerte presión militar y enojosas discusiones con sus consejeros, el presidente galardonado con el premio Nobel de la Paz decidió el envío de 30.000 soldados más, pero, al mismo tiempo, se comprometió a iniciar la retirada 18 meses después. Tras la eliminación de Bin Laden, el 2 de mayo de 2011, con firmó la repatriación de los refuerzos en cuatro meses.

Como señaló un editorial titulado “Salida sin estrategia” del diario británico The Guardian, el 21 de mayo, Obama “nunca resolvió las contradicciones inherentes a la conducción simultánea de una campaña contraterrorista y la construcción de un Estado viable sin el cual las ganancias territoriales resultaban infructuosas”. En los últimos meses,la Casa Blanca dejó de hablar del establecimiento de un régimen democrático en Afganistán, e incluso insistió en la corrupción que rodea a la camarilla del presidente Karzai, pero no por ello pudo ocultar el fracaso de diez años de combates, pérdida de vidas humanas y gastos exorbitantes.

Henry Kissinger, ex secretario de Estado, formuló una sarcástica conclusión: la “estrategia de salida” es sólo un abandono, un salir corriendo del campo de batalla, pero sin estrategia, a lo sumo con un calendario para repatriar el cuerpo expedicionario y mitigar la ansiedad de los electores. Todos los grandes retos estratégicos han sido abandonados. Nada sabemos de cómo responderá Estados Unidos a las actividades de Al Qaeda, al destino problemático de las armas nucleares en poder de Pakistán o la toma del poder por los talibanes en más de la mitad del país.

Obama y muchos de sus más estrechos colaboradores creen que las pretensiones democratizadoras de Bush y los neoconservadores eran una fantasía insostenible, una quimera que comprometía la solvencia económica de la hiperpotencia. Por eso acabaron por caer prisioneros de una guerra de desgaste que no se podía ganar y defienden ahora una salida que muchos confundirán con una derrota en la operación más importante y prolongada de la OTAN en sus más de 60 años de historia.

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