Posteado por: M | 27 mayo 2012

Los islamistas y los militares se disputan el poder en Egipto

Dividido el voto centrista y moderado, los egipcios derrotaron todos los pronósticos y decidieron enfrentar en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales a los candidatos de las dos grandes fuerzas que dominan la vida del país desde hace más de medio siglo: las Fuerzas Armadas, en el poder desde el derrocamiento de la monarquía (1952), yla Hermandad Musulmana, el movimiento islamista y conservador que ya es mayoritario en el parlamento y cuya influencia se extiende por el norte de África y el Oriente Próximo, en diversas variantes nacionales, como la única alternativa política desde que las revueltas árabes estallaron hace año y medio. Mohamed Morsi, islamista, y el general Ahmed Shafiq, que fue el último primer ministro del régimen caído, medirán sus fuerzas y dirimirán la elección el 16 y el 17 de junio.

La relativa libertad durante la campaña electoral y los resultados del escrutinio consumaron sorpresivamente una polarización extrema que puede ser azarosa y que, cualquiera que sea el desenlace, arrojará muchas sombras y dudas razonables sobre los entresijos y el futuro de la revuelta popular que derrocó al presidente Mubarak (11 de febrero de 2011). A los ciudadanos se les plantea una ardua elección entre la peste de la dictadura militar y el cólera de un Estado teocrático, retrógrado y sofocante.

Todas las encuestas, con su centro probablemente en El Cairo y Alejandría, erraron en sus pronósticos. Según el diario oficioso Al Ahram, muy próximo a los uniformados, el portavoz del general Shafiq, tras conocer los primeros resultados, se apresuró a declarar que “la revolución ha terminado”, en referencia a los motines que provocaron más de mil muertos. El mismo Shafiq trató posteriormente de corregir esa impresión precipitada, para no alarmar a parte de los votantes, asegurando en una conferencia de prensa que “no hay marcha atrás”.

¿Cae el telón sobre la plaza de Tahrir, epicentro de las más fantásticas esperanzas? Los últimos nostálgicos de la revuelta inundaron las redes sociales con los más diversos y desgarradores lamentos, recogidos y ampliados inmediatamente por sus frustrados simpatizantes en Occidente, empecinados éstos en propalar la falacia obvia de que la revolución (¿) sigue su curso, por más que reconozcan que la tan cacareada transición hacia la democracia será larga y difícil. Muy pocos comentaristas reflejaron la inquietante realidad: sólo acudieron a las urnas la mitad de los 50 millones de ciudadanos con derecho de voto.

Ya se sabe que cuando el pasado regresa inesperadamente a la escena, tanto los hechos como su relato suelen ser crudelísimos. “No quiero a ninguno de los dos finalistas”, podía leerse en los periódicos occidentales que reproducían el supuesto rechazo popular de lo ocurrido en el país más populoso del mundo árabe. Cuando la realidad les resulta desagradable, los ilusos tienden a ocultarla o enmascararla. Pero la libertad política, según la entendemos en Europa, tardará mucho en llegar al país del Nilo.

Aunque la dinámica política se aceleró de manera sustancial tras la caída del rais Mubarak, las elecciones presidenciales pueden resultar una diabólica peripecia para que nada cambie y se restablezca el viejo orden con otros personajes. En ausencia de una nueva Constitución, los poderes del nuevo presidente seguirán mal definidos, y su autoridad, cercenada por el caótico e inoperante parlamento con mayoría islamista o los intereses del cuerpo de oficiales representado por el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (CSFA). Quizá cabe esperar que las apremiantes demandas de las masas obliguen a un nuevo tipo de respuestas que nada tengan que ver con la represión y el silencio imperantes desde hace más de medio siglo.

Pese a que el presidente Anuar el Sadat fue asesinado por oficiales islamistas, en venganza por haber firmado la paz con Israel, durante los 30 años de dictadura de su sucesor, el también general Hosni Mubarak (1981-2011), los militares y los Hermanos Musulmanes, tras un período de represión y encarnizados enfrentamientos, llegaron a un acuerdo tácito por el que los primeros ejercían un poder omnímodo sobre todos los recursos del Estado y sus ruinosas empresas mientras que los segundos consolidaban su influencia social entre los sectores más deprimidos, mediante una tupida red de beneficencia, y defendían en las mezquitas la opción arbitrista de que “en el islam está la solución” para los innumerables males de la patria.

Esa situación de facto explica que los Hermanos Musulmanes fueran de los últimos en subirse al tren de la revuelta contra Mubarak y su régimen, así como sus vacilaciones a la hora de presentar un candidato propio en las elecciones presidenciales, pese a que disponen de más del 50 % de los escaños enla Asambleadel Pueblo tras su triunfo en las elecciones legislativas de enero de este año. Los islamistas y los militares cuentan con unas maquinarias caciquiles bien engrasadas que les garantizan una efectiva influencia sobre todos los sectores sociales, así como la defensa de dos visiones de la sociedad y el Estado menos antagónicas de lo que parece.

La suerte de los candidatos

Las urnas arrojaron varias sorpresas. Mohamed Morsi, el aspirante islamista de escaso carisma, al frente del Partido Libertad y Justicia, brazo político dela HermandadMusulmana, obtuvo alrededor del 27 % de los votos, pero el general Shafiq, al que muchos daban por vencido, quedó ligeramente detrás (26 %), un resultado que entierra las expectativas de una tercera vía que restañe las heridas del pasado, apueste por el desarrollo y acabe con la situación de un país paralizado por el temor de una dictadura islámica o el mantenimiento de la férula castrense. Como era previsible, el representante de los cuarteles logró sus mejores resultados en las zonas rurales, que siguen dominadas por los caciques del régimen militar, hasta el punto de levantar sospechas sobre la limpieza del escrutinio en algunos pueblos.

Los protagonistas de las urnas son los mismos de siempre, pues los candidatos teóricamente demócratas, identificados con los ideales de la revuelta, no fueron capaces de unir sus fuerzas para presentar un candidato único y un programa común coherente. La inoperancia ahora evidente, pese a las ingentes sumas gastadas en propaganda por algunos de ellos, explica la retirada de la candidatura del diplomático Mohamed El Baradei, premio Nobel dela Pazy polémico ex director del Organismo Internacional dela EnergíaAtómica(OIEA), que sudó la camiseta junto a los manifestantes en la plaza de Tahrir, pero que literalmente tuvo un ataque de pánico y huyó ante la incierta batalla.

El tercer lugar correspondió a Hamdin Sabahi (23,5 % de los votos), populista y laico, veterano sindicalista y teórico abogado de los pobres, representante del socialismo nacionalista que dirigió su admirado Gamal Abdel Naser, el gran líder del panarabismo, el constructor de la presa de Asuán con fondos soviéticos, que se preguntaba retóricamente en sus días de gloria: “¿Cómo es posible gobernar sólo con el Corán?”, y que mantuvo a raya o en prisión a los islamistas. Su candidatura despertó simpatías en parte de la prensa occidental socialdemócrata y sirvió de refugio para todos los izquierdistas, pero ya se sabe que éstos siempre fueron pocos y tuvieron escasa influencia en los países árabes.

En cuarto lugar, con el 19 % de los sufragios, se situó Abdel Moneim Aboul Fotouh, un disidente de los Hermanos Musulmanes, que hizo campaña como islamista y como liberal, en un baldío y contradictorio intento de superar la acusada dicotomía cultural que impregna la sociedad. Tras conocerse los primeros resultados del escrutinio, se apresuró a declarar que no pensaba apoyar a ninguno de los dos finalistas.

El quinto lugar fue para Amro Musa, ministro de Exteriores del antiguo régimen y ex secretario general de la LigaÁrabe, probablemente el más identificado con el espíritu de los manifestantes de Tahrir, que fue el favorito de los sondeos, pero que no logró superar el abismo que le separa de las masas empobrecidas y analfabetas en la era de las comunicaciones por satélite y la omnipresencia de los teléfonos móviles. La propaganda adversa, especialmente de los Hermanos Musulmanes, que lo presentó como un bon vivant alejado de la realidad egipcia y de las virtudes islámicas, tuvo unos efectos demoledores.

Al peor escenario posible corresponden unas opciones claras, pero aparentemente incompatibles, que se encarnan en dos personajes sin relieve, secundarios. De una parte, el Estado islámico que prometen los Hermanos Musulmanes, regido por la sharia, que causa honda preocupación en los sectores laicos de las grandes urbes y en la minoría cristiana relativamente ilustrada, los coptos (10 % de la población); de otra, un general del antiguo régimen, ejecutor de los designios del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, que cuando fue primer ministro propuso repartir bombones a los manifestantes de la plaza Tahrir para resolver la crisis.

En cualquier caso, la elección no acabará con la inestabilidad, a la espera de la institucionalización del nuevo régimen, ni evitará probablemente que el país se aproxime a la bancarrota. Las reservas de divisas han caído en más de 21.000 millones de dólares desde que comenzó la revuelta en enero de 2011. La producción se vio gravemente afectada y la incertidumbre provocó la huida de algunos capitales. Si prosigue el descenso vertiginoso de los recursos estatales, los tradicionales subsidios alimenticios, válvula de seguridad del poder, estarán amenazados, lo que, unido a la frustración electoral, crearía el clima propicio para una clásica revuelta del pan. Más del 40 % de los 83 millones de egipcios vive con menos de 2 dólares diarios.

Inestabilidad y caos

 Desde que obtuvieron una mayoría abrumadora en las elecciones legislativas de enero, la estrella de los islamistas declina en las encuestas y en la calle, quizá porque la realización de actividades “impuras”, como las que se derivan de la política, sienta mal a los predicadores del rigor coránico.La HermandadMusulmanaestá dividida en cuanto a los medios para alcanzar sus objetivos (un Estado islámico) y el partido político que la representa no ha sido capaz de imponer un mínimo de disciplina entre sus diputados.

El general Shafiq se vio favorecido por una situación social bastante caótica, un incremento de la delincuencia y de la inseguridad. Por eso realizó una exitosa campaña en favor de la ley y el orden. Su anuncio más visto en televisión recogía imágenes turbulentas de manifestaciones y disturbios mientras una voz anónima remachaba: “Caos”, y proseguían las algaradas. “El país se ha derrumbado”, clamaba otra voz en medio del tumulto. “Egipto necesita justicia y seguridad para sus ciudadanos”, dejaba caer la consigna final.

La ayuda exterior va experimentar los altibajos derivados de la inestabilidad. En contra de lo que ocurrió durante los primeros días de la revuelta, en enero de 2011, cuando Obama y Clinton vacilaron ante la desgracia de su protegido Mubarak, los medios de influencia de EE UU parecen haber estado ausentes de la campaña electoral y lo más probable es que tampoco tomen partido en la segunda vuelta.  No obstante, “hay en Washington pocos motivos para el optimismo”, asegura un reputado analista norteamericano. La ayuda estadounidense aporta 1.300 millones de dólares a las arcas de las Fuerzas Armadas.

En medio de los fragores de la campaña electoral, los únicos dos consensos entre los candidatos se fraguaron en torno a una política exterior claramente antioccidental y antiisraelí y un sistema legal basado o inspirado en la ley coránica (sharia). El moderado Abdel Aboul Fotouh describió como “terrorismo de Estado” la operación que acabó con la vida de Osama Bin Laden, y el diplomático Amro Musa, en un debate televisado, se refirió a Israel como “el enemigo”, y abogó por la revisión del tratado de paz egipcio-israelí (1979) que mantiene en silencio los tambores de la guerra. Sólo el general Shafiq reafirmó su compromiso con Washington y advirtió de que la aplicación de la sharia sería “muy difícil”.

Los liberales egipcios, una exigua minoría en un ambiente hostil, partidarios de la libertad, la democracia y la defensa de los derechos humanos, han fracasado con estrépito, desbordados por la dinámica de la confrontación entre los islamistas y los militares. Sólo el desastre final dela HermandadMusulmana, incapacitada para responder a los ingentes problemas de una nación al borde del precipicio, podría abrir una nueva etapa política y ofrecer una oportunidad a los liberales. Con el permiso, desde luego, de las Fuerzas Armadas, ese poder autónomo y exorbitante.

Por el contrario, el triunfo del general Shafiq, que sonaría a sarcasmo entre los supuestos revolucionarios de la plaza Tahrir, sólo podría consolidarse si abre las puertas para la llegada al poder de los tecnócratas desarrollistas con un programa comprensible: acabar con el marasmo económico, separar el poder civil de la mezquita, fomentar la alfabetización, otorgar prioridad a la mantequilla en vez de los cañones y colocar a Egipto en esa nueva e impaciente hornada de países emergentes que trata de tomar el relevo en el camino del progreso. Casi una quimera.

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