Posteado por: M | 1 junio 2012

Atrocidades y guerra de religión en Siria

Las atrocidades se suceden en Siria a un ritmo frenético desde que se inició la revuelta en marzo de 2011. El inicial conflicto interno, las protestas contra el despotismo, se ha transformado en una guerra civil con injerencia exterior por el apoyo que las monarquías petroleras ofrecen al denominado Ejército Libre Sirio (ELS), la inoperancia de la ONUy la reluctancia de EE UU y sus aliados de intervenir en un país de enorme complejidad situado en una región en llamas. La última carnicería se produjo en Hula, una localidad cercana a Homs, epicentro de la insurrección, en medio de una espantosa confusión, el 25 de mayo. Más de 100 civiles, la mitad de ellos niños, cayeron víctimas de los disparos de la artillería o de la posterior actividad criminal de los milicianos del régimen (los shabiha).

La matanza de Hula horrorizó a Kofi Annan, enviado especial dela ONUy dela LigaÁrabe, y provocó la condena urgente del Consejo de Seguridad, en el que Rusia y China, miembros permanentes con derecho de veto, se oponen a una intervención de los occidentales (a través dela OTAN), para que no se repita lo ocurrido en Libia, pero exhortan a los contendientes a detener el derramamiento de sangre, respetar la tregua (declarada el 12 de abril) e impedir el siniestro tráfico de armas.La ONUcondenó al régimen sirio porque lo consideró al menos parcialmente responsable de la masacre por bombardear con artillería el enclave martirizado.

La situación militar parece inextricable, aunque muy desigual, ya que sólo los gubernamentales disponen de tanques y artillería pesada. No obstante, la explosión de coches bomba en Damasco y otras ciudades se debe muy probablemente a algunos combatientes de Al Qaeda llegados de Iraq y Libia, dispuestos a morir por la causa. Por eso el dictador Asad, al recibir a Annan, cargó contra “los grupos terroristas armados” que han intensificado su campaña y contra los países que los “financian, arman y protegen”, todo lo cual entorpece el cumplimiento de la tregua acordada bajo los auspicios dela ONUyla LigaÁrabe.

Siria vive momentos críticos, convertida en el campo de batalla en que guerrean las dos grandes ramas enemigas del islam: sunismo y chiísmo, que  se disputan la supremacía en el orbe árabe-islámico. Los suníes, mayoritarios en toda la región, aparentemente galvanizados por el éxito dela HermandadMusulmanay sus franquicias islamistas en todos los procesos políticos incoados por la llamada “primavera árabe”, en Túnez, Egipto o Libia, están implicados en la guerrilla contra el dictador de Damasco, Bachar al Asad, que pertenece a la secta alauí, desgajada del chiísmo, y que, al mismo tiempo, mantiene la inspiración laica y nacionalista del partido Baas, columna vertebral y referencia ideológica del régimen.

Las monarquías petroleras del golfo Pérsico o Arábigo, a cuyo frente desfilan en secreto Arabia Saudí y Qatar, no sólo respaldan con dinero, armas y propaganda (a través de la televisión Al Yazira) a los suníes en todos los países donde son mayoría, sino que los protegen allí donde actúan como una minoría dominante y opresora, como es el caso de Bahréin. Sin que EE UU y Europa expresaran la menor protesta, quizá porque el petróleo actúa como detergente de las conciencias, el alzamiento de los chiíes de Bahréin fue ahogado en sangre (marzo-junio de 2011) por la policía local con la cooperación del poderoso ejército saudí.

El régimen sirio, aunque aborrecido por la mayoría, está menos solo de lo que desearían o suponen algunos gobiernos y medios de comunicación occidentales. En el interior, las minorías del país –la alauí dominante en el ejército, pero también la cristiana, la drusa y la kurda—temen lo peor de un triunfo de los insurrectos suníes, es decir, que la caída del régimen desencadene una ciega e implacable venganza. Las milicias agrupadas en el llamado Ejército Libre Sirio resumen sus objetivos en un lema intimidador: “Los alauíes, a la tumba, y los cristianos, a Beirut.”. El futuro inmediato podría ser un brutal ajuste de cuentas, como ocurrió tras veces.

La dictadura siria cuenta, además, con el respaldo de la teocracia de Irán, bastión y centro espiritual del chiísmo, y de sus aliados en Iraq, Líbano (el grupo Hizbolá o Partido de Dios) y otras minorías de la región.La GuardiaRevolucionariairaní reconoció recientemente la presencia de sus milicias en Siria, confirmando el carácter regional del conflicto. El temor lógico, por tanto, radica en que la caída de la dictadura preludie la desintegración de Siria siguiendo las líneas del modelo libanés, las de las milicias confesionales y el caos sectario.

La diplomacia de la no intervención

 En una acción diplomática concertada, once potencias occidentales encabezadas por EE UU, incluida España, expulsaron a los embajadores de Siria, en un nuevo intento, probablemente baldío, de mostrar su indignación por la matanza de Hula e intensificar las presiones sobre la dictadura. Asad y sus consejeros saben perfectamente, sin embargo, que el presidente Obama no se embarcará en una operación militar aérea o terrestre que pueda complicarle la campaña electoral. Las presiones diplomáticas y las sanciones no dieron resultado y probablemente sólo servirán para infligir más penalidades a la población civil.

Las potencias europeas no tienen medios para intervenir sin la dirección de Washington y además carecen de voluntad político-estratégica, al contrario de lo ocurrido en Libia. Todos los gobiernos que se pronunciaron sobre la cuestión, como los de Francia y Bélgica, dejaron bien sentado que una intervención militar resulta impensable sin un mandato dela ONU, a sabiendas de que éste es imposible por la oposición de Rusia y China. El ministro francés de Exteriores, Laurent Fabius, endureció el discurso y describió al presidente sirio como “el asesino de su pueblo”, pero guardó silencio sobre una eventual operación militar.

Según los funcionarios citados por el New York Times, “los norteamericanos no muestran ningún interés por una campaña militar yla Casa Blanca teme que la dictadura de Asad sea reemplazada por un régimen islamista y extremista” en el caso de que Arabia Saudí y sus aliados resulten vencedores del combate. También reconocen en Washington que habrá que tener en cuenta los intereses de Rusia si se quiere llegar a una componenda como la que se perpetró en el Yemen, consistente en expulsar al dictador, Alí Abdulá Saleh, pero mantener a sus familiares, caciques y esbirros. El dilema es el mismo de siempre: ¿Cómo evitar el horror que estremece a la opinión pública sin abrir al mismo tiempo las puertas del infierno?

Por supuesto, los neoconservadores fustigan al presidente Obama y a la secretaria Clinton por su inacción y su aparente apaciguamiento, por asistir impasibles desde el Atrocities Prevention Borrad (Consejo parala Prevenciónde Atrocidades) a la represión de la dictadura contra el pueblo sirio. “No tenemos más excusas”, exclama el influyente Elliot Abrams. La lección histórica está por aprender, puesto que la guerra de religión que se vive en Siria ya ensangrentó Iraq y dejó centenares de miles de muertos. También en Europa las guerras de religión devastaron el continente antes de que el tratado de Westfalia (1648) abriera el camino para la paz y el nuevo orden fundado en los Estados nación.

Rusia defiende sus posiciones estratégicas –dispone de una base naval en Siria—y además no sólo se opone a la intervención, porque le repugna el avance dela OTAN, sino que recupera su papel de protectora histórica de la minoría cristiano- ortodoxa en todos los países de la región. El Kremlin siempre sintió una especial atracción por los mares cálidos. Además, pensando en el “extranjero próximo”, en Chechenia y el Cáucaso, los estrategas de Putin denuncian tanto el expansionismo suní como el terrorismo de Al Qaeda y sus franquicias.

Israel guarda silencio porque sus dirigentes piensan que poco tienen que ganar y mucho que perder si Siria salte por los aires y se desintegra sectariamente. La dictadura de Damasco es un régimen impresentable, entre otras cosas, porque acoge a los palestinos más radicales; pero no se la ha ocurrido en ningún momento iniciar ni siquiera unas escaramuzas en la frontera del Golán, el enclave estratégico y acuífero ocupado por Israel desde la guerra de los seis días (junio de 1967).

No parece quela Turquíacrecientemente islámica de Recep Tayyip Erdogan esté en condiciones de salvar la cara dela OTAN.Alimentala ambición de convertirse en la gran potencia regional, pero teme que la guerra contra el país vecino pudiera colocar sobre el tablero estratégico el eterno problema del Kurdistán y poner alas al Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), que Ankara considera un grupo terrorista. Desde que comenzó la revuelta contra la dictadura siria y quizá en represalia por el apoyo de Erdogan a los insurgentes, Damasco permite que el PKK recupere sus posiciones militares cerca de la frontera. Unos 25 millones de kurdos viven en Turquía, especialmente en la región suroriental que los irredentistas llaman “Kurdistán turco”, fronteriza con Siria.

Si el régimen de Asad cae, los kurdos de Siria tratarían inmediatamente de lograr lo mismo que sus hermanos étnicos de Iraq, una autonomía muy cercana a la independencia. Por esta razón, el gobierno de Ankara extrema la prudencia, y luego de haber asumido inicialmente una posición bastante agresiva hacia el régimen de Asad, ahora rectifica y vuelve a remolque de Washington. Cualquier revisión de las fronteras, trazadas por Francia y Gran Bretaña sobre las ruinas del Imperio otomano en 1920, podría provocar un cataclismo en toda la región.

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Responses

  1. ¡Hola Mateo! ¿Como esta todo? Espero que bien. Este viernes me vere con Montse y ya hablaremos.
    Me he alegrado mucho al leer tu articulo sobre Siria. La verdad, el problema es mas complicado de lo que suponia. Me ha aclarado bastante el leerte. Gracias.
    Cuidaros y a seguir escribiendo sobre estos y otros problemas mundiales, que de estos hay para dar y tomar ¿No?
    Un abrazo
    Laudelina


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