Posteado por: M | 9 junio 2012

Amnistía Internacional, el islam en Europa y la dimisión de los intelectuales

Un informe de Amnistía Internacional, publicado el 24 de abril, en el que fustiga con indignación apenas contenida la supuesta discriminación y las interdicciones en la vestimenta que sufren los musulmanes en Europa, tropezó en su difusión con el obstáculo de un cúmulo de noticias desagradables sobre los matrimonios más o menos forzados, el menosprecio de las mujeres e incluso los llamados crímenes de honor que proliferan entre los grupos islámicos en varios países. El éxito del Frente Nacional en las elecciones presidenciales de Francia, que alberga la más numerosa minoría musulmana en Europa (unos 6 millones), confirmó los recelos y las aprensiones de muchos europeos ante el aumento de la población islámica.

Amnistía Internacional (AI), reputada por su defensa de los derechos humanos en todo el mundo, asevera en su informe que los musulmanes públicamente religiosos sufren “una extendida discriminación” en Europa, especialmente en las escuelas y los lugares de trabajo, la mayoría de las veces por vestir de forma tradicional, en el caso de las mujeres, o por dejarse el bigote, los hombres. En consecuencia, AI insta a los gobiernos europeos a combatir los estereotipos negativos y los prejuicios contra los mahometanos. También sostiene que algunos partidos políticos –los populistas, también descalificados como la extrema derecha– y funcionarios públicos, en vez de contrarrestar esa ofuscación, la exacerban con fines electorales.

El informe critica las diversas restricciones en la vestimenta en varios países, tanto a nivel nacional como regional o local –Bélgica, Francia, Holanda, Alemania o España— así como la prohibición de levantar nuevos minaretes en Suiza, sancionada por referéndum en 2009. En opinión de uno de los especialistas de AI, Marco Perolini, “el llevar vestidos y símbolos religiosos y culturales forma parte de la libertad de expresión y de credo religioso”. Su conclusión es que no se debe estigmatizar a toda una comunidad por los signos exteriores de su fe.

Titulado Elección y prejuicios: discriminación de los musulmanes en Europa, el informe de AI deplora la muy deficiente aplicación en varios países de la legislación que proscribe la segregación en cuestiones de empleo, especialmente en Francia, Bélgica y los Países Bajos. Y añade que algunos patronos coartan la exhibición o mera presencia de los signos culturales o religiosos islámicos en las empresas con el pretexto de que pueden molestar a los clientes u otros trabajadores, o porque son incompatibles con la imagen corporativa o la neutralidad.

Una lectura detenida del informe parece sugerir que toda Europa está infectada por el mal de la xenofobia y hasta el racismo, lo que, además de no ser cierto, propala una injusticia que se inscribe en el marco de uno de las más triviales premisas de la posmodernidad: “la tiranía de la penitencia”, según el título del libro de Pascal Bruckner; la manía de echar la culpa a Occidente de todos los males que afligen a los pueblos que fueron colonizados, pugnan aún por el liberarse del atraso y siguen sin levantar cabeza. Medio siglo después de la oleada descolonizadora de los años 60 del pasado siglo, la responsabilidad de los occidentales en la situación actual, tanto en lo que concierne a las costumbres como a los códigos religiosos, o al precario arraigo de la democracia, está tan lejana como diluida, cuando no traspasada a las élites locales de manera irrevocable.

Desde algunos medios se ha censurado la proclividad de AI a mostrarse extremadamente severa con los gobiernos europeos mientras ignora u oculta, con el pretexto de la tolerancia, la situación realmente existente en muchas comunidades musulmanas en Europa dominadas por los imanes, los predicadores de la guerra santa (yihad) y los grupos radicales, y donde la libertad y los derechos humanos son cotidianamente pisoteados. La réplica más vehemente que he leído fue formulada precisamente por un escritor yemení, Elham al-Maneh, miembro en Suiza de AI, a la que acusa de “adoptar el punto de vista de una sola categoría entre las comunidades musulmanas, a saber, la de los adeptos del islam político conservador”.

Elham al-Maneh se felicita expresamente por algunas de las restricciones establecidas en los países europeos. Así, por ejemplo, la de portar el pañuelo islámico en las escuelas francesas, “que protege a las muchachas de la presión de su entorno”, y recuerda que en nombre de la libertad religiosa se coloca a las menores de edad ante un dilema coercitivo: llevar el velo, el pañuelo e incluso el burka o “arder en el infierno”.  Y concluye. “Sería mucho mejor defender el derecho de las niñas de vivir su infancia sin ser transformadas de la noche a la mañana en una cosa vergonzosa que conviene sustraer a las miradas de los otros.”

Ciertamente, los partidos políticos populistas con tintes xenófobos han progresado electoralmente en Europa durante el último decenio. En Suiza,la UniónDemocráticadel Centro (UDC) llegó a ser el partido más votado y promovió el referéndum sobre la prohibición de los minaretes, en 2009. En Francia, Marine Le Pen, candidata del Frente Nacional, obtuvo el 20 % de los votos en la primera vuelta de las elecciones presidenciales, el 22 de abril. Los partidos populistas que pretenden restringir o condicionar la inmigración, si no es que postulan una preferencia nacional, ganan audiencia en la mayoría de los países, incluso en los que enarbolan la bandera de la compasión y la tolerancia como divisa: Dinamarca, Suecia, Austria, Países Bajos.

Lo que no tiene en cuenta el informe de AI es que el avance de los populistas tiene múltiples causas sociales, culturales y políticas que desbordan la cuestión estrictamente religiosa. Muchos europeos, especialmente de los sectores menos favorecidos, observan con creciente inquietud no sólo el aumento vertiginoso de la población islámica, en un momento de depresión económica y desempleo, sino algunos sucesos sociales que afectan a las comunidades mahometanas y que incluyen los matrimonios forzados, la escisión del clítoris, las misoginia rampante, la discriminación y el maltrato de las mujeres, la tutela del varón sobre las féminas y los llamados crímenes de honor.

El terrorismo y el miedo

             La visión de los musulmanes en Occidente se ha alterado mucho en el último decenio, no sólo por la llegada masiva de inmigrantes, sino principalmente por la aparición del terrorismo de inspiración islámica en una nebulosa de grupos relacionados con Al Qaeda. Las amenazas de los charlatanes de la guerra santa y las repercusiones de los atentados terroristas de Nueva York, Madrid o Londres suscitaron un temor difuso que se extendió por toda Europa, intelectualmente acobardada, intimidada, como confirmó la rendición de muchos progresistas en el desgraciado episodio de la cólera desatada en el mundo islámico por la publicación de unas caricaturas de Mahoma en un periódico danés.

La atmósfera intelectual y moral se ha degradado, hasta el punto de que la censura regresó a Europa con la plaga de lo políticamente correcto y del ambiguo apaciguamiento con la excusa de no herir las susceptibilidades del movimiento islamista. ¿Se puede criticar el islam o, al menos, a los que se presentan como sus representantes autorizados y manifiestan su propensión a proferir insultos y amenazas de muerte que los más belicosos o fanáticos se encargan de ejecutar? No hay respuesta concluyente para tan inquietante pregunta.

En algunos países, empezando por Gran Bretaña, y en los barrios de fuerte implantación islámica, se practica una discriminación de todo punto incompatible con el principio democrático de la igualdad de los ciudadanos ante la ley. La comunidad se repliega sobre sí misma. En aplicación de una tolerancia sin duda mal entendida, las autoridades británicas, probablemente para ahorrarse problemas, autorizan la aplicación de la ley coránica (sharia) en asuntos que afectan al estatuto personal: matrimonio, divorcio y herencia. El corolario es el mantenimiento de la mujer bajo la férula masculina y la injusticia flagrante en el reparto de los bienes familiares, ya que, según el derecho islámico, los varones reciben más del doble de herencia que sus hermanas.

Algunas tragedias familiares saltan frecuentemente a las páginas de los periódicos y las pantallas de televisión, dejando su impronta en opinión pública. En enero de este año, un tribunal de Ontario (Canadá) condenó a cadena perpetua a un matrimonio afgano de confesión musulmana y a su hijo mayor después de declararlos culpables de un cuádruple asesinato. Las víctimas fueron las tres hijas del matrimonio y la primera mujer del padre, a la que éste había repudiado porque no podía tener hijos. Los autores del crimen trataron de despistar a la policía simulando un accidente de automóvil en el que hubieran perecido las cuatro mujeres cuando regresaban de pasar unos días de vacaciones en Montreal.

“La aparente razón de este crimen es que las cuatro víctimas ofendieron el muy retorcido concepto del honor de la familia”, declaró el juez que presidía el tribunal, Robert Maranger. Según los informes de la policía, las tres hijas adolescentes y la primera mujer de su padre habían desafiado abiertamente los preceptos islámicos al adoptar un estilo de vida occidental, una conducta pública que la familia consideró “deshonrosa”. En una conversación telefónica grabada por los investigadores, el padre llamó “traidoras” a sus hijas y subrayó que “el honor es el bien más preciado”.

Alemania siguió con vivo interés el juicio por la tragedia de una joven de origen kurdo, Arzu Özmen, de 18 años, que fue secuestrada, torturada y asesinada por sus cinco hermanos, los cuales la acusaban de haber deshonrado a la familia por adoptar un estilo de vida occidental. Los autores del crimen fueron condenados a diversas penas de cárcel el 16 de mayo por el tribunal de Detmold (Renania del Norte-Westfalia). La víctima fue acusada por toda la familia de no respetar los usos y costumbres de la comunidad de los yazidis, un grupo religioso que profesa una religión preislámica muy influida por el sufismo musulmán.

La revista Der Spiegel publicó en abril de este año un amplio reportaje sobre los crímenes de honor, cuya conclusión era la siguiente: “Centenares de jóvenes inmigrantes se esconden de sus familias en Alemania para huir de la opresión, de la violencia física e incluso de las amenazas de muerte”. Y precisaba: “Diversas organizaciones sociales ayudan a estas mujeres para conseguir nuevas identidades y organizar una vida independiente, pero persiste el riesgo de una venganza por parte de los familiares obsesionados por el honor” supuestamente ultrajado.

Los medios de comunicación, sin embargo, se muestran reacios a tratar de estas cuestiones. La izquierda socialdemócrata, en busca de unas nuevas señas de identidad, se erige en defensora de los musulmanes europeos en general y recurre automáticamente al término xenofobia para descalificar a la derecha en la controversia permanente sobre la inmigración y el islam político. Como escribió Deniz Yücel en el periódico alemán Die Tageszeitung (izquierda alternativa), “el hablar de los crímenes de honor o de los matrimonios forzados espanta a los medios de izquierda, así como a las feministas y los alemanes de origen turco o árabe emancipados”.

La dimisión intelectual, así en Europa como en Estados Unidos, ha sido fustigada por el ensayista norteamericano Paul Berman en un libro punzante titulado precisamente La huida de los intelectuales, traducido al español por Duomo Ediciones, Barcelona, 2011, aunque curiosamente impreso en Italia, como si se tratara de una edición semiclandestina. Lo que más indigna a Berman es que muchos intelectuales europeos y norteamericanos censuren agriamente a algunos musulmanes heterodoxos o apóstatas, como Ayaan Hirsi Ali, Boualem Sansal o Abdelwahab Meddeb, y se muestren complacientes o al menos comprensivos con sus perseguidores.

El recientemente fallecido Christopher Hitchens, al referirse al libro citado, escribió: “Es asombroso ver lo lejos y rápido que ha llegado la capitulación ante la amenaza de la violencia. Concuerdo con Paul Berman al expresar su estupefacción ante este fenómeno, o más bien, cómo es que ha dejado de ser un fenómeno.”

La reflexión sobre el islam político o el islamismo radical es un tema que ha llegado a ser tabú en muy variados círculos intelectuales, aquellos que dimiten, por razones bastardas, de su obligación de escudriñar y desentrañar la realidad sin dejarse intimidar por los adversarios de la libertad de cualquier signo. Berman traza un paralelo hiriente de los progresistas huidizos en la cuestión del islam político con los que hasta el último momento fueron reacios a condenar el socialismo realmente existente y el imperialismo soviético, incluso cuando utilizaba los tanques, como en Budapest o Praga, alegando que no podían dar armas al enemigo de clase, como predicaba Sartre. Los que cayeron bajo la influencia paralizante de lo que mi admirado Raymond Aron llamó “el opio de los intelectuales”.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: