Posteado por: M | 12 junio 2012

La nueva versión de la España sin pulso

Cuando la crisis resulta asfixiante, cuando hay que apretarse el cinturón, pagar los platos rotos o certificar que la fête est finie, España vuelve a ocupar las primeras páginas de la prensa internacional porque los corresponsales y los analistas no saben si el préstamo para el rescate de los bancos, por la estratosférica suma de 100.000 millones de euros, será suficiente para detener la sangría de la deuda y hacer que los españoles recapaciten sobre la aflicción y sus problemáticos remedios. Los grandes de este mundo, de Estados Unidos a China, pero muy especialmente en la cercana Alemania, miran con tanto menosprecio como temor hacia el sur de Europa, hacia los pródigos e indisciplinados meridionales que amenazan la cohesión del grupo planetario.

Los más escépticos y los más conocidos adversarios o críticos del euro suponen además que el atractivo proyecto de la unión monetaria, mal concebido y peor ejecutado por el matrimonio de conveniencia franco-alemán, pende de un hilo. Vive Europa sin liderazgo y sin  ideas, agarrotada por la globalización, que cuando decide el rescate de la banca española recurre a los viejos y desacreditados estereotipos de los caracteres nacionales, tataranietos del romanticismo, que describen a los españoles como indolentes y orgullosos, entre oropeles taurinos. Es a lo más que ha llegado la prensa alemana y anglosajona más sesuda estos días de pasión española.

¡Vuelve a ser la economía, estúpidos!, o simplemente, españoles confiados, manirrotos, tercos o ignorantes, según el periódico que leamos; pero la triste verdad es que no escarmentamos, que la ruina y la pobreza acampan entre nosotros sin que seamos capaces de reconocerlas y remediarlas. El sistema económico socialdemócrata se derrumbó ante los ojos atónitos y la palabra balbuciente de Rodríguez Zapatero, mas la fiesta prosiguió de manera insensata, hasta que los socios de Europa dijeron basta. Empezaron a salir de los cajones las facturas impagadas del jolgorio, con nocturnidad y alevosía, y los supuestos derechos tan demagógicamente otorgados se convirtieron en un efímero engaño y una pesadilla para el futuro.

En dos brillantes artículos publicados en Letras Libres, el profesor malagueño Manuel Arias Maldonado desentrañó “la maraña nacional” para llegar a la conclusión de que la organización política española no es racional ni eficiente y que la salida de la crisis pasa inevitablemente por “una optimización de la administración pública”. Las raíces profundas de la crisis apuntan hacia “una sociedad mal concebida y peor organizada (…), una sociedad inclinada al autoengaño, que prefiere culpar a los chivos expiatorios habituales –los mercados internacionales, el neoliberalismo rampante, el gobierno alemán – antes que enfrentarse a su difícil realidad”. En resumidas cuentas, un fracaso colectivo.

Que no se diga, pues, que no sabemos lo que nos pasa, por más que nos acompañe el recuerdo de Ortega. La redención, como de sólito, está muy lejana. El último milagro español fue “un espejismo”, montado sobre la gran ficción colectiva de la burbuja inmobiliaria y el arbitrio ruinoso del Estado autonómico, de los reinos de taifas enfrentados en una letal carrera de competencias, plétora funcionarial de amigos y parientes, privilegios y proyectos faraónicos. La misma oligarquía y caciquismo que fustigara Joaquín Costa en un libro memorable. La enfermedad es tan crónica y consustancial con la monarquía democrática del 78, que el profesor Alejandro Nieto lleva muchos años denunciando “el desgobierno de lo público”.

Llegamos in extremis con José María Aznar para subirnos al carro improvisado del euro, pero la tensión creadora y los sacrificios razonables fueron pronto sofocados por el dinero fácil, los créditos hipotecarios baratos y un endeudamiento enloquecido, de manera que cuando Zapatero, despreciando estúpidamente los síntomas alarmantes de la crisis, se jactó a los cuatro vientos de Nueva York de que habíamos superado a Italia y nos disponíamos a hacer lo mismo con Francia, la opinión menos intoxicada o menos dependiente de una televisión triunfalista y sectaria se llevó las manos a la cabeza y sintió vergüenza. La irrisión en la meca del capitalismo. ¿A dónde íbamos a parar con semejante jefe del Gobierno?

Ahora bien, en vez de debatir sobre lo que nos ocurre, que está bastante claro, nos empeñamos en cerrar los ojos ante una realidad desagradable y acuciante. Entre los galgos y los podencos consuetudinarios. Las razones políticas de fondo las explica muy aceradamente Arias Maldonado: “De un lado, por supuesto, tenemos la presión ejercida por los nacionalismos históricos, para los que una revisión competencial es puro anatema, empeñados como están en construir sus pequeñas soberanías; de otro, el extraño prestigio de que ha venido gozando el nacionalismo en las filas de la izquierda desde el fin de la dictadura, acaso como reacción preventiva frente al jacobinismo conservador.”

Aunque el jacobinismo conservador me parece que está desaparecido sin combate, convertido en un mero recurso dialéctico, engullido por el apaciguamiento, el diagnóstico es tan inquietante como certero. En el País Vasco, los años de plomo del terrorismo nacionalista y su influencia perniciosa en un socialismo desorientado. En Cataluña, sobre todo, me resulta muy turbadora la constante pretensión de los socialistas de ser más nacionalistas que las huestes de Jordi Pujol, hasta llegar al mimetismo de las subvenciones y los porcentajes. Una colaboración inquietante en el que Stanley Payne describe como “el esfuerzo de deconstruir [destruir] la historia común de la nación española”, sin parangón enla Europa occidental.

En la misma línea de preocupación, me atrevo a recuperar el lamento de don Francisco Silvela (1845-1905) –“España sin pulso”— ante el desastre del 98 y sus secuelas. “La guerra con los ingratos hijos de Cuba no movió una sola fibra del sentimiento popular”, podía leerse en la elegía de Silvela, recordado por su honradez electoral. Fue el aldabonazo para un proyecto regeneracionista y modernizador con el que encarar y superar la crisis moral derivada de la divergencia profunda entre la “España imaginaria” del imperio y la “España real” reducida al territorio peninsular, el promontorio orteguiano.

Ahora no son los hijos de Cuba los que se agitan, sino los de las autonomías en estado de revuelta permanente y debilitadora, sin que se muevan las fibras patrióticas de los españoles que asisten compungidos al asalto y los agravios de los periféricos, la letanía de las pequeñas diferencias.La Españaimaginaria entronca en nuestros días con la del Estado autonómico y del pomposo bienestar, insostenibles, sin recursos y entrampados hasta las cejas, pero aparentemente irrenunciables, refugio de todos los patriotas, o de todos los bribones, como denunciara el doctor Samuel Johnson en apotegma inmarcesible. Todo el mundo hace leña del árbol caído. “El resultado es una sociedad que avanzaba como un pollo sin cabeza hacia delante –insiste el profesor Arias Maldonado–, incurriendo en un exceso tras otro sin percatarse de la debilidad de sus propios fundamentos.”

Nueva versión posmoderna de la Españasin pulso. Para levantar esa cabeza perdida, recomendaba Silvela un humilde ejercicio de realpolitik: “Hay que dejar la mentira y desposarse con la verdad; hay que abandonar las vanidades y sujetarse a la realidad, reconstituyendo todo los organismos de la vida nacional sobre los cimientos, modestos, pero firmes, que nuestros medios nos consienten, no sobre las formas huecas de un convencionalismo que, como a nadie engaña, a todos desalienta y burla”. Arias Maldonado parece que aboga por cortar los tentáculos del ogro burocrático, aunque el procedimiento se me antoja quimérico.

Nos encontramos, sin embargo, con un gobierno al que no le gusta lo que hace, según asevera su presidente, Mariano Rajoy; que proclama su empeño en sacarnos del pozo, aunque agobiado por la tarea más que por el peso de la púrpura, a pesar de que sólo hace siete meses que recibió un mandato inequívoco de los electores. Que no osa entonar el lema de sangre, sudor y lágrimas churchiliano, sino que promete nuevas cotas de bienestar y hedonismo mediante el extraño expediente de aumentar la deuda. La izquierda, sin ideas, sin alternativa, y todas las fuerzas políticas reunidas en el más vulgar de los populismos, a la espera de la salvación exterior.

Un gobierno supuestamente de centro-derecha, liberal-conservador, pero cuyo prurito es paladinamente socialdemócrata, como demostró tan pronto como pudo subiendo el impuesto directo (IRPF) y dejando intacto el indirecto (IVA), en contra incluso de los consejos de Bruselas. Un gobierno sin ideas para la reforma en profundidad, concebido como mero gestor, que se siente avergonzado por los recortes que practica, que reputa irremediables, pero que reniega del bisturí que pueda salvar la vida del enfermo; que incomoda o castiga al ciudadano, pero que mantiene intacto el aparato del Estado autonómico hipertrofiado, corrompido y ruinoso.

Una vez más, como en otros momentos aciagos de nuestra historia, nos abruma y empobrece la flagrante contradicción entre la España real y la España ficticia o simplemente inviable. Costa y sus epígonos clamaron por un cirujano de hierro, con el resultado de desencadenar todas las furias de la dictadura y la guerra, en una coyuntura histórica endemoniada. Afortunadamente, Rajoy es la contra efigie del cirujano, pero carece de un programa regenerador, y no ha sido capaz de sugerir un proyecto común, de proponer una alternativa a la decadente atmósfera socialdemócrata. Y así se da el caso chocante de que su principal y derrotado adversario imparte sin inmutarse las lecciones que no fue capaz de aplicar cuando estaba en el poder y nos condujo al abismo. Y Europa, más que como la solución, se perfila como una trinchera.

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Responses

  1. Excelente análisis, Mateo. Apenas queda margen para explicarlo mejor


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