Posteado por: M | 20 junio 2012

Grecia como callejón sin salida

Los electores griegos volvieron a las urnas el 17 de junio pero no ahuyentaron los nubarrones que se ciernen sobre el país, ni despejaron las incógnitas ni apostaron en firme, de manera irrevocable, por seguir en la eurozona con todas sus consecuencias. Por lo tanto, la confusión está instalada en Atenas y en toda Europa para quedarse por algún tiempo. Los resultados del escrutinio confirman que los griegos pretenden seguir utilizando la moneda única, a la que se agarran como a un clavo ardiendo; pero lo que ya no está tan claro es si van a pagar sus deudas, si pueden o quieren hacerlo, y si están dispuestos a romper con el pasado ignominioso del que son responsables no sólo la clase política caciquil, sino igualmente los electores, la sociedad en su conjunto, que una y otra vez aceptaron o transigieron con la mentira, la corrupción y la farsa.

Pese a los aires de referéndum y las intensas presiones externas, la victoria del partido derechista Nueva Democracia fue muy estrecha (29,7 % de los votos y 129 escaños), menos del 3 % por delante de Syriza (27 % y 71 escaños), la coalición conocida por izquierda radical, un extraño conglomerado de trotsquistas, anarquistas, comunistas desencantados, maoístas, ecologistas, sindicalistas, escuadrones que pretenden destruir la confianza y quizá el sistema desde la calle, coligados en contra de las condiciones impuestas para el rescate porla UniónEuropea(UE) y el Fondo Monetario Internacional (FMI), según el memorando de entendimiento de mayo de 2010. Los 129 escaños de Nueva Democracia incluyen los 50 que se atribuyen como prima al vencedor.

El tercero en las urnas fue el Movimiento Socialista Panhelénico (Pasok), que obtuvo sólo el 12,3 % de los votos y 33 escaños, el partido más traicionado por sus electores tradicionales –sindicalistas, trabajadores del sector público, funcionarios y pensionistas— mucho de los cuales se pasaron a Syriza tan pronto como éste pronosticó que era posible huir de nuevos sacrificios pero sin abandonar la eurozona, cuyos países prósperos y austeros tendrían, en ese caso, que seguir pagando los salarios y las pensiones de un país en bancarrota que no cumple con sus compromisos internacionales. Y que se niega a caminar por la vía dolorosa y salvadora.

El análisis del escrutinio se completa con otros datos significativos. La participación fue del 62 % del censo, de manera que el partido de los abstencionistas fue el genuino vencedor de la contienda, pese a la agitación permanente en que vive el país desde hace dos años. Amanecer Dorado, un partido ruidosamente neonazi, que se opone violentamente a la austeridad, obtuvo el 6,9 % de los votos y 18 escaños, sólo tres menos que en las elecciones del 6 de mayo, quebrando todos los pronósticos que auguraban su retroceso ante el crucial desafío. El Partido Comunista Griego (KKE), que mantiene sus credenciales estalinistas, prosiguió con se descenso a los infiernos y recibió el 4,49 %  (12 escaños, 14 menos que en mayo).

Dos partidos relativamente moderados, uno de la izquierda –Izquierda Democrática (Dimar)—, con el 6,1 % (17 escaños), y otro de la derecha nacionalista –Griegos Independientes (7,5 % y 20 escaños)— pueden ser útiles para las maniobras de formación del gobierno, pero están en las antípodas en lo que concierna al rescate y sus condiciones, el primero a favor y el segundo en contra, de manera que revelan la fragmentación del electorado y la desorientación que se enseñorea de amplios sectores de la clase media en vías de pauperización.

Los tres partidos favorables a permanecer en la eurozona, pero que desearían renegociar las condiciones del rescate –Nueva Democracia, Pasok e Izquierda Democrática— pueden lograr una coalición para salvar las apariencias, pero carecen de la cohesión ideológica necesaria para comprometerse con un proyecto creíble y duradero. La izquierda se toma un respiro mirando hacia el noroeste, pero no abandona la quimérica ambición de combatir el endeudamiento excesivo con nuevos préstamos. Algunos partidos y muchos ciudadanos son prestatarios compulsivos.

Antonis Samaras, el líder de Nueva Democracia, encargado de formar gobierno, es un europeísta de conveniencia, que se opuso al primer rescate en 2010, negociado por su eterno rival, el socialdemócrata Yorgos Papandreu. Éste, a su vez, tras un intento fallido de convocar un referéndum sobre las medidas draconianas de austeridad, con las calle incendiadas por la extrema izquierda, acabó por tirar la toalla en noviembre de 2011, abriendo a anticipadamente la vía de un gobierno tecnocrático y finalmente de unas elecciones generales anticipadas, el 6 de mayo, cuyos resultados impidieron la formación de un gobierno estable y obligaron a repetirlas el 17 de junio.

La efervescencia política permitió el lanzamiento mediático de una nueva estrella política, Alexis Tsipras, hábil animador de las protestas callejeras, que formó un partido con los restos de los naufragios de las izquierdas variopintas y prosperó súbitamente gracias a la propaganda de parte de la socialdemocracia europea que, en extraña connivencia con el presidente Obama, se opone ala Europadel rigor presupuestario y la austeridad promovida por la cancillera Angela Merkel. Muchos de los votantes tradicionales del Pasok, secuestrados por el populismo oportunista, se pasaron con armas y bagajes al nuevo partido en ascenso.

El fenómeno de Syriza no se bate el cobre sólo en las calles de Atenas y Salónica, sino que está presente en ese fantasma en forma de protesta confusa e inarticulada que recorre Europa y que alimentan las pancartas y las consignas de los que se llaman indignados. Baste con un ejemplo. En Francia, en la primera vuelta de las elecciones presidenciales, el Frente de Izquierdas –comunistas, trotsquistas y ecologistas—consiguió alrededor del 14 % de los votos, mientras que el Frente Nacional de Marine Le Pen alcanzó el 18 %. Ambos extremos reunieron un tercio de los sufragios.

El bipartidismo que surgió tras la dictadura, en 1974, está en vías de extinción. El partido de Kostantin Karamanlis y sus herederos, la NuevaDemocracia, y el forjado por la familia Papandreu, el Pasok, socialista y neutralista en un primer momento, cumplieron con su tarea de conducir al país por los caminos de la libertad, pero fueron incapaces de establecer un régimen compatible con decencia democrática, la eficacia fiscal y la incorporación a Europa. El resultado se conoce: un régimen de clientelas, caciquil, tramposo en las cuentas y falaz en los proyectos.

El politólogo Elias Nikolakopoulos, citado en Le Monde, formuló un diagnóstico perentorio: “No tenemos un personal político a la altura de la crisis por la que atraviesa el país.” Resulta muy cómodo disparar contra el chivo expiatorio de la clase política para exculpar a los electores, presentados éstos con retórica populista como víctimas propiciatorias de unas élites filisteas y sin escrúpulos.

Uno de los últimos artículos del estadounidense Paul Krugman, premio Nobel de Economía y gurú de la socialdemocracia europea, se titula precisamente “Grecia como víctima”, una exagerada diatriba contra los alemanes, el Banco Central Europeo y “la arrogancia de los funcionarios europeos” por su concepción voluntarista de la unión monetaria y su insistencia en el rigor y la austeridad. La conclusión es que “los griegos no pueden resolver esta crisis en ningún caso”, ni siquiera con el nuevo gobierno de coalición que se vislumbra. Sólo puede salvarlos la cancillera Merkel, si accede a convertirse en una gran dama del perdón y la solidaridad.

Los ciudadanos griegos en su conjunto no sólo vivieron durante muchos años por reparar en sus posibilidades, en sus ingresos oficiales, y se entramparon sin límites, con préstamos muy por encima de lo que aconsejaba la prudencia más elemental; contribuyeron con entusiasmo a la corrupción y, sobre todo, a la evasión de impuestos, mientras su productividad descendía aproximadamente el 25 % por debajo de la media de europea. ¿Cómo pensar que ese bloque de inercia estructural puede modificarse de la noche a la mañana?

La práctica de estos dos últimos años confirma que los rescates financieros no son una buena medicina para curar los males que afligen a Grecia y otros países de la eurozona, planteando el vidrioso dilema de los vicios y los castigos colectivos que tanto contribuyeron a la tormentosa historia de Europa. Probablemente todos los griegos no merezcan la penitencia que están sufriendo, pero no cabe duda de que muchos de ellos colaboraron por acción u omisión en el camino del desastre, hasta crear una situación tan insostenible como infamante y dolorosa. El discurso de Syriza y sus agitadores callejeros elude por completo esa triste realidad.

Desde que comenzó el período más agudo de la crisis, en la primavera de 2010, el Estado helénico ha recibido los fondos correspondientes a dos rescates internacionales por 110.000 millones de euros y 130.000 millones de euros (2011). Además, los inversores privados acreedores sufrieron una quita de 107.000 millones de euros. ¿Quién da más para un país de sólo11 millones de habitantes?

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