Posteado por: M | 25 junio 2012

Un islamista compartirá el poder con los militares en Egipto

La proclamación del integrista islámico Mohamed Morsi como presidente electo de Egipto fue recibida con relativo alivio en Occidente, donde se temía que un nuevo acto de fuerza de los militares, luego de haber disuelto el parlamento, pudiera incendiar el país. Tras lo ocurrido en Iraq, Túnez, Yemen, Marruecos y Libia, el triunfo de los Hermanos Musulmanes en Egipto, el país donde nació el movimiento panislámico que dirigen con diversas franquicias, estaba más que descontado. Queda por saber hasta dónde irá el nuevo presidente con su fervor religioso y qué modus vivendi o régimen transitorio encontrará con los militares que la van a ceder sólo parte del poder.

Seguidores de Morsi en la Plaza Tahrir

En su primer discurso tras el anuncio de los resultados, Morsi transmitió un mensaje de tranquilidad, prometió que será “el presidente de todos los egipcios” y se deshizo en elogios de la junta militar, a la que profesa, según dijo, “un amor profundo que sólo Dios puede conocer”. Y como había reiterado durante la campaña electoral, en busca de la neutralidad que le niegan sus adversarios, abandonó la militancia enla HermandadMusulmana, de la que había sido el candidato accidental o de recambio, también de consenso, después de que los militares vetaran al propuesto en un primer momento, Jairat el-Shater, el ideólogo del partido.

Los resultados oficiales de la elección del 16-17 de junio, proclamados en  El Cairo porla JuntaElectoral, el 24 de junio, fueron muy ajustados. Morsi logró 13.230.131 votos (el 51,73 %) frente a los 12.347.380 (48,27 %) cosechados por Ahmed Shafiq, último primer ministro de Hosni Mubarak, el presidente derrocado por la revuelta, el 11 de febrero de2011. A pesar de la efervescencia política que no cesa desde hace más de un año, y del tumultuoso aire referendario que adquirió la consulta, sólo acudió a las urnas la mitad de los ciudadanos censados, el 51,87 %, según los datos oficiales. Nada sorprendente en un país con más del 70 % de analfabetos y un  misérrimo nivel de vida (el 40 % vive con el equivalente de dos dólares al día).

El primer presidente elegido, integrista y civil desde que se proclamó la República en 1952, asumirá una magistratura claramente disminuida y coartada en sus funciones por el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (CSFA), el órgano representante de los intereses de la casta militar, que ejerce un poder autónomo, incluso en materia presupuestaria. El mandato de las urnas no se traducirá, por lo tanto, en un poder inmediato, sino en una ardua cohabitación.

Después de que el Tribunal Supremo Constitucional disolviera la Asamblea Nacional, el 14 de junio, en una decisión política inducida por los generales, el CSFA, mediante una “Declaración Constitucional Complementaria”, recuperó el poder legislativo e  introdujo varias enmiendas en la constitución del antiguo régimen para cercenar el poder del futuro presidente, de manera que Morsi, a quien muchos consideran un presidente accidental, deberá extremar las precauciones para superar el tremendo dilema: chocar abiertamente con los militares o convertirse en su marioneta.

Está por dilucidar el verdadero significado de este postrero capítulo en la agitada historia de la llamada “primavera árabe”, pero parece confirmarse la hipótesis de que allí donde se abren las urnas, los islamistas se alzan rápidamente con el poder o, al menos, con los votos.

La disolución de la primera Asamblea Nacional democráticamente elegida en diciembre de 2011, considerada por los portavoces de los concentrados en la plaza de Tahrir como un golpe de Estado castrense, fue justificada por una supuesta ilegalidad del modo de escrutinio.La Hermandad Musulmanareclamó el restablecimiento del parlamento, en el que disponía de mayoría, pero finalmente se acomodó al nuevo escenario dispuesto por los militares. El CSFA y su presidente, el mariscal Husein Tantaui, se arrogan importantes prerrogativas en cuestiones de seguridad y mantenimiento del orden público.

En cualquier caso, el nuevo presidente, ingeniero por una universidad de California, fervoroso islamista y muy conservador en asuntos sociales, hábil componedor, tiene experiencia en tender puentes porque fue el negociador público de la Hermandad Musulmana con los generales que asumieron el poder tras la caída de Mubarak. La nueva constitución debería ser redactada por el parlamento que será elegido en una fecha aún por fijar. Durante los 30 años de la dictadura de Mubarak, los Hermanos Musulmanes, la única organización política organizada, ofrecieron abundantes pruebas de su buena disposición para colaborar con los uniformados.

A pesar de su retórica conciliadora, Morsi suscita una profunda desconfianza no sólo entre la minoría cristiano-copta (10 % de la población), sino igualmente entre los sectores democráticos laicos, los nostálgicos del naserismo y las mujeres menos sometidas a las costumbres islámicas. El credo del nuevo presidente es inequívoco: “El Corán es nuestra Constitución”, o “En el Corán está la solución” a todos los males que atenazan a la sociedad. Durante la campaña electoral, el candidato vencedor dejó bien sentado que su proyecto debe culminar en la nahda, el renacimiento islámico, y en la aplicación de la sharia o ley coránica.

Con la elección de uno de los suyos como presidente de Egipto, el país más poblado del mundo árabe (82 millones de habitantes), la internacional islamista derriba una de las últimas trincheras que se oponían a su primacía político-religiosa. Sale de las mazmorras en que la encerró la dictadura militar para llegar al palacio presidencial. Pero las más bellas promesas chocan con los obstáculos formidables de una crisis económica galopante, en medio de una explosión demográfica. Como es notorio, la mayoría de los concentrados en la mítica plaza Tahrir son parados que muy pronto podrían recaer en la frustración, la desesperación y en otra revuelta más exigente y menos espontánea.

Hay que reconocer que en Egipto, como en la mayoría de los países árabes, la fe mueve literalmente montañas de incomprensión y hostilidad. Durante los últimos 30 años, la Hermandad Musulmana estuvo proscrita y sus líderes conocieron la prisión y el exilio, pero logró mantener una poderosa organización que actuó como una administración paralela, protectora de los desheredados y creyentes, que son la inmensa mayoría, a través de una red nacional de servicios sociales. Sus triunfos electorales son el fruto tanto del fervor religioso como de la constante acción social.

Inquietud y temor en Israel

La victoria de Morsi, fue recibida con salvas en la franja de Gaza, dominada por Hamás, pero levanta sospechas y temores en Israel, donde la marea islámica que vive el mundo árabe favorece al militarismo más intransigente y la mentalidad del asedio. El nuevo presidente egipcio, en declaraciones a una agencia iraní, abogó por mejorar las relaciones con Teherán para crear “un equilibrio estratégico” en la región. Ahora bien, si se tiene en cuenta que Irán no ceja en su empeño de dotarse del arma nuclear, esas declaraciones reforzarán al partido anexionista de Israel, única potencia nuclear de la zona cuyo gobierno clama por una intervención contra las instalaciones nucleares del régimen teocrático para preservar su hegemonía.

Arabia Saudí y Estados Unidos, activos defensores del statu quo en la región, son los principales aliados y proveedores del poder militar egipcio, y no es previsible que esa situación estratégica vaya a cambiar súbitamente. Pero no debemos olvidar que el presidente Anuar el Sadat, signatario del tratado de paz egipcio-israelí (26 de marzo de 1979), corolario de los Acuerdos de Camp David (17 de septiembre de 1978), fue asesinado en 1981 por unos militares que actuaron obedeciendo la condena de muerte dictada por el islamismo radical como castigo por haber sellado la paz con Israel.

La influencia del islamismo dentro de las Fuerzas Armadas egipcias es un secreto inescrutable y un factor que podría desestabilizar por completo la situación de doble poder existente en El Cairo. Lo que podemos conjeturar, teniendo en cuenta las últimas y tumultuosas movilizaciones en la plaza de Tahrir, es que la proclamación de Morsi por los jueces del viejo régimen, tras varios días de dudas y probablemente de vacilaciones en la cúspide del poder castrense, evitó una desastrosa confrontación en las calles. Fue la apuesta por el mal menor.

Como se recordará, los Hermanos Musulmanes se subieron tardíamente al convoy de la revuelta contra el régimen de Mubarak, con el que habían alcanzado algunos compromisos, pero al final capitalizaron la frustración y se alzaron con la doble victoria, en las elecciones parlamentarias y presidenciales, dejando en la cuneta de la historia a los que iniciaron el movimiento, los liberales laicos, los islamistas que la prensa occidental definía como moderados, los coptos, las mujeres sin velo. Las cadenas de televisión empiezan a entrevistar entre los manifestantes cairotas a algunas mujeres completamente cubiertas que reclaman la entrega de todo el poder a los que las condenan a permanecer en una situación social subordinada.

Los islamistas de todas las tendencias abogan, desde luego, por la abrogación del tratado de paz con Israel, mas carecen de la fuerza necesaria para cumplir con ese designio. El Partido de la Libertad y la Justicia, a través del cual actúa la Hermandad Musulmana, reconoce, sin embargo, “todos los acuerdos que Egipto firmó con otras países”, aunque mantiene la ambigüedad sobre los acuerdos de Camp David salvo que sean revisados a favor de la causa palestina. La inquietud de Israel domina por completo el panorama geoestratégico de la región.

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