Posteado por: M | 30 junio 2012

Casi todos contra Merkel

La cancillera de Alemania está sometida desde hace varios meses a unas presiones descaradas en Europa y Estados Unidos. La brutal crisis de la deuda soberana en la eurozona no hizo sino enconar las heridas diplomáticas causadas por la guerra de Libia. En efecto, la situación se prolonga desde que el gobierno de Berlín, sin duda coartado por el pacifismo de su opinión pública, se negó a secundar los ardores guerreros de Francia y Gran Bretaña, bendecidos por EE UU, en la operación Odisea al amanecer, iniciada el 19 de marzo de 2011, para derrocar al excéntrico petrolero Muamar Gadafi.

Durante casi toda la guerra fría (1948-1989),la RepúblicaFederalde Alemania fue un enano diplomático y un gigante económico, situación que otorgó a Francia una considerable ventaja en cuanto a la iniciativa política dentro dela ComunidadEuropeay favoreció la alianza franco-alemana. La situación cambió radicalmente desde que Alemania cobró un adelanto insuperable en el sistema de la economía globalizada, potencia dominante en Europa, y el papel estratégico de Francia quedó devaluado en el nuevo equilibrio mundial.

La perspectiva de una Europa alemana levanta ampollas en París y otras capitales. Quizá por eso los gobiernos y los grandes periódicos europeos y norteamericanos rivalizaron en su intento de zaherir a Merkel con tonos ridículamente épicos: “Armado con un nuevo mandato y una sólida mayoría parlamentaria –escribió un cronista del New York Times, el 12 de junio–, el presidente de Francia, François Hollande, se prepara para batirse con la cancillera de hierro de Alemania en nombre del crecimiento, la prosperidad y la decencia humana.”

La conversión del presidente francés en un guerrero en busca de la victoria es una irrisión. No cabe una más cruda parcialidad, ni una retórica periodística menos convincente, ni una descripción tan colorista para un personaje tan gris. Desde el primer párrafo se presenta a Hollande como el caballero salvador de Europa frente a la malvada y tenaz dama germánica. En Le Monde Diplomatique, Serge Halimi lanza sus dardos contra los defensores enla Unión Europea de “las políticas de integración –monetaria, presupuestaria, comercial—que han agravado la crisis económica”.

En un artículo en Foreign Affairs, Sebastian Mallaby llegó a la conclusión de que el hundimiento del euro provocaría un desastre generalizado y que “el destino de la unión monetaria estaba en manos de Alemania”, pero que la salvación sólo podría lograrse si el gobierno de Berlín “acepta otras políticas destinada a mitigar la deuda y promover el crecimiento, y no se ciñe estrictamente a la de recortar los déficit”, aunque al precio de desencadenar “una modesta inflación”. Incluso en las publicaciones de referencia, como puede apreciarse, los arbitristas repiten el mantra simplista, aunque envuelto en la jerga de los especialistas, de menos austeridad y más liquidez, caiga quien caiga. El caso es salvar como sea la reelección de Obama, con la ayuda, desde luego, de las agencias de calificación vinculadas a Wall Street.

Al otro lado del canal de la Mancha, donde la City siempre mantuvo una actitud ambigua hacia el euro, todas las urgencias apuntaban hacia Berlín, a veces con tintes melodramáticos: “Ha llegado la hora de que la cancillera Merkel intervenga para salvar a Europa”, rezaba un editorial perentorio del NewStatesman, portavoz del laborismo intelectual, el 20 de junio. En la portada, una imagen de Merkel como Terminator, con el ojo robótico y una chaqueta de cuero negro, y el siguiente titular: “La líder más peligrosa de Europa”.

Los temas de la supervivencia del euro (euro´s survival), de la eurocracia hipertrofiada de Bruselas o de la indeseada hegemonía alemana son recurrentes en todos los periódicos euroescépticos de Londres, que son la gran mayoría. Hasta el circunspecto e influyente The Economist presentó en su portada la fotografía de un barco hundiéndose llamado La economía mundial, y una leyenda que rezaba: “Por favor, señora Merkel, ¿podemos encender los motores?” El diario centrista Independent reprodujo el cuadro de Goya titulado Saturno devorando a su hijo para representar a Merkel, con el babero puesto, dispuesta a comerse a un griego.

Un columnista del Wall Street Journal, Simon Nixon, acumulaba razones para sostener que si no se forja “una sólida unión política con poderes centrales para perseguir la competitividad a largo plazo”, las alternativas probables conducen inexorablemente a “una catástrofe financiera”. Esas alternativas son: “Una ruptura de la divisa única o la transformación [dela UE] en una versión gigante de Italia, es decir, una unión de transferencias [norte-sur] difícil de gobernar con la estabilidad política y financiera integrada en su constitución.”

Cantinela del colapso del euro

¿Qué hay detrás de toda la charlatanería y los chistes de mal gusto? La poderosa economía de Alemania, primer exportador mundial, supera con creces a la de Francia, mucho más endeudada y, sobre todo, burocratizada, típico ejemplo del quiero y no puedo, que pretende utilizar la diplomacia y hasta el pasado ominoso para enmascarar su inferioridad.La Casa Blancay todos sus terminales mediáticos, a ambos lados del Atlántico, también disparan contra la cancillería de Berlín, persuadidos de que el colapso del euro en estos momentos torpedearía la frágil recuperación de la economía estadounidense y acabaría con las esperanzas de Obama de ser reelegido en noviembre.

El repaso de la prensa internacional demuestra también que el colapso del euro es una cantinela inagotable, un filón privilegiado en las publicaciones anglosajonas, pero no así en las europeas continentales. Ningún gobierno ni ningún periódico importante de la eurozona preconiza la muerte del euro, ni tampoco la expulsión o el abandono de la moneda única por parte de algún país en apuros, ni siquiera la arruinada Grecia. Nada dicen los tratados al respecto. La mayoría de los europeos de los 17 Estados de la eurozona, en general, se sienten identificados y cómodos con el euro desde que empezó a circular como moneda fiduciaria el 1 de enero de 2002.

Los europeos, y en particular los españoles, parecen estar persuadidos, y así lo confirman todas las encuestas, de que el euro fue el baluarte protector que impidió el hundimiento general de las economías europea y nacional como secuela de la borrasca desencadenada por la caída de la compañía global de servicios financieros Lehman Brothers, una de las vacas sagradas de Wall Street, que el  15 de septiembre de 2008 protagonizó la mayor quiebra de la historia, causó una alarma general y forzó el rescate de otros bancos con fondos públicos.

Los neokeynesianos y socialdemócratas defensores de las inyecciones de liquidez y del gasto público desbocado, propulsado paradójicamente primero por Bush y luego por Obama, sin temor a la inflación, no perdieron ninguna oportunidad para atacar la supuesta obsesión por la austeridad y el rigor presupuestario que preconiza la cancillera alemana, pero ésta insistió en que su receta es un paso inevitable para acabar con todos los excesos dilapidadores que incubaron la burbuja inmobiliaria y la peor tormenta financiera que se conoce desde 1929, ambas gestadas en EE UU.

A pesar de la cruzada emprendida por Paul Krugman, premio Nobel de Economía, contra los líderes europeos que se resisten a seguir sus recetas en favor de la expansión y en contra de la austeridad, muchos franceses recelan de las ideas que cruzan el Atlántico y piensan, como ya observó el general De Gaulle en ocasión memorable, que los norteamericanos exportan hacia Europa no sólo la inflación, sino también las crisis derivadas de la creatividad financiera más agresiva. A eso hay que añadir la extendida sospecha, y no sólo en Francia, de que los anglosajones conspiran contra el euro desde su nacimiento.

Contra viento y marea

Merkel no se amilanó ante la ofensiva mediática. En su discurso más aplaudido en el Bundestag, el 15 de junio, la cancillera dejó bien sentado que “la falta de confianza entre los actores” de la eurozona no puede superarse sino ahondando hasta “las raíces de la crisis”, es decir, “el endeudamiento y las divergencias de competitividad”, sin dejarse arrastrar por “el falso debate que se plantea al tratar de oponer el crecimiento al rigor presupuestario”, cuando el segundo es condición inexcusable del primero. Y sentenció: “La mediocridad no debe convertirse en el patrón” de la zona euro.

Contra viento y marea, la cancillera mantuvo su posición en vísperas de la cumbre dela UniónEuropea: “Estoy preocupada porque el jueves y viernes próximos [en Bruselas] se hable demasiado sobre las ideas para la colectivización de las deudas en vez de sobre los controles estructurales de la política presupuestaria en la eurozona.” Me parece de una lógica aplastante que la cancillera exija el reconocimiento de que los gobiernos de los Estados son los máximos responsables de las desgracias de sus países, paso previo antes de implicar a los otros en su salvación.

Las alharacas del europeísmo se compaginan mal con la realidad de la depresión general y las discrepancias crecientes entre el norte virtuoso, austero y prestamista, de inspiración germánica, y el sur endeudado hasta las cejas, prestatario compulsivo, que saca a pasear el fantasma de la unión fiscal, bancaria y política para esconder sus vergüenzas estructurales. Si las asimetrías entre los países europeos plantearon serias dudas sobre la viabilidad del euro –una azarosa apuesta político-estratégica–, la unión fiscal, presupuestaria y bancaria resulta imposible si los Estados miembros no aceptan una pérdida sustancial de su soberanía.

Merkel lo dejó bien sentado: “No habrá una buena unión económica y monetaria sin la unión política”, sinónimo de abandono parcial de soberanía y de un control presupuestario mucho más estricto, permitiendo, por ejemplo, que el Tribunal Europeo de Justicia invalide los presupuestos nacionales desequilibrados, “lo que no place a algunos Estados”, sobre todo, a Francia. Ése es el punto débil de las pretensiones europeístas de Hollande, emparedado entre la fragilidad económica de su país y la tradicional oposición francesa a la pérdida de soberanía que entrañaría la concreción de la nebulosa que se esconde detrás de la voluntarista expresión “más Europa”.

Como se recordará, el ambicioso proyecto dela Constitucióneuropea fue rechazado por los franceses en referéndum por el presidente Jacques Chirac, en 2005, y el Partido Socialista quedó dividido en aquella ocasión entre europeístas a favor y nacionalistas en contra. Tras el rechazo de Francia y Holanda,la Unión Europeano tuvo más remedio que enterrar tan ambicioso como prematuro proyecto. El actual ministro de Asuntos Exteriores, Laurent Fabius, encabezó entonces la campaña del no en el PS. La izquierda aliada con Hollande insiste ahora en que no debe Francia asumir los criterios de Merkel que han conducido al desastre.

Las divergencias persisten desde hace más de treinta años. Luego de que Mitterrand se hiciera con el control de un renovado Partido Socialista (PS) en el famoso congreso de Épinay (1971), se consagró la división entre los radicales que apostaban por la superación ilusoria del capitalismo, aliados con los comunistas, y los moderados socialdemócratas a los que el díscolo Michel Rocard inspiró con su nítida distinción entre la alternativa irreal del cambio de sociedad y la alternancia en el poder para sustituir simplemente una política por otra (A l´épreuve des faits. Textes politiques 1979-1985, París, Seuil, 1986).

En 1981, nada más llegar al Elíseo, el presidente Mitterrand, en medio de un estruendo izquierdista y mediático, se había separado del socio alemán y del modelo hasta entonces vigente para emprender una política intervencionista (el famoso programa común de la izquierda) que le llevó a nacionalizar algunos bancos y aumentar el gasto consuntivo para satisfacer tanto a sus aliados comunistas y sindicales como a una clientela de funcionarios prebendados, pero tuvo que rectificar dos años después, de manera humillante, para paliar la ruina provocada por su osadía aislacionista. No parece que Hollande quiera remedarlo, ni que tenga la fuerza política necesaria, dentro y fuera de su partido, para respaldar una unión fiscal dictada desde Berlín.

La posición de Merkel es abrumadoramente mayoritaria en Alemania, incluso entre la oposición de socialdemócratas y verdes. Joschka Fischer, ex ministro de Asuntos Exteriores y estrella de los ecologistas, aliados del Partido Socialdemócrata, explica: “No se puede mutualizar la deuda sin mutualizar la soberanía; no se pueden obtener los beneficios fiscales de un Estado sin tener un Estado”. Repetido con otras palabras: no se pueden colectivizar, socializar o redistribuir las pérdidas de los bancos y las deudas de los Estados próximos a la insolvencia entre todos los contribuyentes de la eurozona. No pueden pagar justos por pecadores, ni medir por el mismo rasero a los ahorradores y los pródigos, a los endeudados y sus acreedores.

El ministro alemán de Finanzas, Wolfgang Schäuble, uno de los dirigentes más respetados de la UniónCristianoDemócrata (CDU), abogó también por una reforma en profundidad de la arquitectura política de la UniónEuropeapara dotarla de una mayor “legitimidad democrática”, lo que implicaría una fuerte cesión de soberanía nacional. En una entrevista aparecida en Der Spiegel, el ministro subrayó: “Debemos ceder a Bruselas más competencias en áreas políticas importantes, sin que los Estados nacionales puedan bloquear las decisiones.”

Las tensiones entre Berlín y Washington son más fuertes que nunca, hasta el punto de que el ministro alemán de Finanzas, en unas declaraciones televisadas el 24 de junio, rechazó expresamente las advertencias prodigadas por Obama y sus consejeros sobre cómo resolver sus problemas de la deuda soberana. “El señor Obama –declaró Schäuble— debería preocuparse más por reducir el déficit de EE UU, que es más alto que el de la eurozona”, y menos por sermonear a los europeos y en especial a Alemania. Algunos comentaristas estadounidenses relataron los pormenores de la escasa sintonía de su presidente con la cancillera.

Dos visiones contradictorias

Una visión posnacional, emotiva y pacifista de la Europadel futuro, que en Alemania se atribuye al fuerte legado romántico, ahuyenta los fantasmas del pasado y cuenta con defensores tan relevantes como el filósofo Jürgen Habermas, resulta mucho menos atractiva para los franceses, cuya clase política sigue muy influida por el diseño nacionalista y pragmático de “la Europade las patrias”, o de las naciones, que ideó el general De Gaulle en los años 60 del pasado siglo. Un diplomático francés lo explicó al New York Times: “Más Europa significa más instituciones centralizadas [en Bruselas] con más poder, y esto significa más Alemania (…) Una Europa más supranacional significa un mayor liderazgo alemán en Europa.” Una explicación alimentada por los prejuicios del pasado y los estereotipos nacionalistas.

Thomas Klau, del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, una institución que mantiene abierto el debate sobre el futuro dela UE, sostiene que “Hollande tendrá que aceptar o rechazar más pronto que tarde el desafío de una mayor integración de la eurozona, lo que automáticamente reavivaría en Francia el debate sobre qué prerrogativas soberanas deben transferirse a Bruselas.” La visión franco-germana, el Merkhollande, tardará en fraguar, a pesar de la prolongada cooperación entre ambos países desde que De Gaulle y Adenauer firmaron el tratado del Elíseo (22 de enero de 1963).

El influyente columnista Jan Fleischhauer, en Der Spiegel, tras criticar de manera contundente las primeras medidas económicas de Hollande, “que otros tendrán que pagar”, expresó el tradicional antagonismo con toda crudeza: “La política exterior francesa estuvo siempre infectada por un obsesivo temor de la hegemonía alemana sobre Europa, y se suponía que el euro debería servir para prevenirla. Es bien sabido que el presidente francés François Mitterrand dio su respaldo a la reunificación alemana a cambio de que el canciller Helmut Kohl aceptase la moneda única.”

No hay que echar en saco roto, desde luego, el viraje que se está produciendo en la opinión alemana y el avance de las opiniones abiertamente antieuropeas que encubre un neonacionalismo económico y que florecen en todos los partidos. El político socialdemócrata Thilo Sarrazin, que en 2010 escandalizó a la prensa europea con un libro contra la emigración y el multiculturalismo, vuelve ahora a la carga con otro panfleto titulado Europa braucht den Euro nicht (Europa no necesita el euro), en el que argumenta que la moneda común fue una mala idea que debe ser rectificada. Aprovecha la ocasión para arremeter contra los pródigos mediterráneos, a los que acusa de destruir Europa por su alergia al trabajo y su incuria presupuestaria.

Algunas promesas electorales de Hollande, demagógicas en época de crisis, implican una pesada carga financiera que habrá de sufragarse con préstamos exteriores, pero la verdad es que los prestamistas potenciales ya están escamados por el aumento del gasto público, como confirman las agencias de calificación del riesgo. Los alemanes no comprenden, por ejemplo, que el presidente francés se apresure a rebajar la edad de jubilación a los 60 años, mientras que ellos tendrán que esperar hasta los 67 para alcanzar tan justa recompensa; o que incremente el 2 % el salario mínimo, a pesar de las dificultades crecientes para financiar el gasto público; o que suba los impuestos a las empresas en estos momentos de zozobra, aceptando el riesgo de que recojan la invitación del primer ministro británico para emigrar ala City.

Una mera comparación de los principales datos macroeconómicos de Francia (novena potencia mundial) y Alemania (quinta) confirma la incongruencia presupuestaria de que hizo gala Hollande con la mayor desenvoltura nada más instalarse en el Elíseo. Alemania tiene mayor renta por cabeza, 4 o 5 puntos menos de desempleo y figura a la cabeza de la productividad en la eurozona, junto con Finlandia, Austria y los Países Bajos, sus aliados en la batalle de la austeridad y el rigor.

Los estrategas alemanes sostienen que un euro fuerte requiere una mayor integración de los países de la eurozona. Según esa concepción, los eurobonos por los que claman Francia y los países más débiles, como la unión bancaria por la que suspira Mariano Rajoy, sólo tendrían sentido como instrumentos de una genuina integración económica que propulsaría la convergencia de la competitividad de sus miembros. Eso significa que la Comisión Europea, convertida en un gobierno federal, tendría autoridad para disciplinar a los Estados nacionales en materias de disciplina presupuestaria y fiscal, mercados laborales, pensiones e impuestos sobre las empresas.

Anuncios

Responses

  1. […] Los lectores de este análisis podrán encontrar otras claves de la situación europea en general en el artículo que le precede, publicado simultáneamente y titulado “Casi todos contra Merkel“. […]

  2. […] europea en general en el artículo que le precede, publicado simultáneamente y titulado “Casi todos contra Merkel“.La enésima cumbre de la Unión Europea(UE) en medio de la tempestad económico-financiera […]


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: