Posteado por: M | 4 julio 2012

México elige un presidente a prueba

“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Esta frase compone un cuento del guatemalteco Augusto Monterroso, que tiene fama de ser el más breve de la literatura occidental, y que muy bien puede aplicarse en México al retorno del Partido Revolucionario Institucional (PRI) al poder, el partido que se creía eterno, de vocación inequívocamente autoritaria, que ahora resucita con los votos angustiados de un país en guerra y de la mano de Enrique Peña Nieto, presidente electo, que en diciembre se instalará en el barroco Palacio Nacional escoltado por una cohorte de dinosaurios, nombre con el que los mexicanos designan a los viejos caciques del régimen que duró 71 años (1929-2000), engrasado por la corrupción populista y perpetuado por la farsa electoral.

Con una victoria más estrecha de lo que auguraban todas las encuestas, sin mayoría en el Congreso bicameral y con una oposición poco dispuesta a la complacencia, el próximo presidente tendrá que superar obstáculos formidables en los dos principales desafíos que le aguardan: la guerra contra los carteles de la droga y la dinamización de la economía para combatir las innumerables lacras sociales. “La lucha comienza ahora”, reconoció el ganador mientras las calles de la capital se llenaban con estudiantes que gritaban “Peña fuera, México sin el PRI”. Como se dice en la jerga local, los mexicanos le han dado el triunfo, pero no “el carro completo”, quizá porque temen al pasado tanto como al porvenir. En resumen: un presidente a prueba.

Enrique Peña Nieto

No obstante, prosigue el proceso de democratización y modernización iniciado por Carlos Salinas de Gortari (1988-1994), el último presidente claramente fraudulento, y continuado por Ernesto Zedillo (1994-2000), hasta la derrota del PRI en las elecciones de 2000 y la alternancia en el poder protagonizada por los dos presidentes del Partido de Acción Nacional (PAN, centro-derecha), Vicente Fox y el actual Felipe Calderón, que consolidaron la democracia electoral, pero carecieron de la fuerza política necesaria y probablemente de la voluntad o la convicción para quebrantar el statu quo e impulsar el nuevo modelo económico de desarrollo acelerado que demanda un país de 115 millones de habitantes, el segundo más poblado de América Latina, de los que la mitad vive en condiciones de pobreza.

Los resultados electorales confirman el funcionamiento razonable de la democracia y, por ende, la fragmentación del voto y la legitimidad precaria o condicionada del vencedor, que se quedó muy lejos del 50 % los votos expresados. El escrutinio revela la división del país en tres grandes bloques, por lo que el nuevo presidente tendrá que derrochar habilidad y paciencia para negociar a izquierda y derecha unos acuerdos parlamentarios mínimos que le permitan sacudir la modorra del país, rebajar las tremendas desigualdades y elevar la moral de sus ciudadanos. México podría ser el ejemplo y la locomotora de toda Mesoamérica, pero está lejos de serlo.

Con sólo el 38,15 % de los sufragios, derrotado en algunos Estados importantes (los fronterizos Tamaulipas y Nuevo León) y sin mayoría en ambas cámaras del Congreso, el nuevo presidente tendrá ante sí una ímproba tarea si en verdad desea convencer a más del 60 % de los electores que le dieron la espalda y que están decepcionados por la situación política y social. Según cálculos preliminares, el PRI dispondrá de 236 de los 500 diputados y 60 de los 128 senadores. La participación fue del 62 % de los electores, un porcentaje que se considera normal en los anales electorales fraudulentos o limpios, ligeramente superior al de 2006.

Según la Constituciónde 1917, varias veces reformada, la elección presidencial se dirime por sufragio universal en una sola vuelta, sin requerir para el vencedor ningún porcentaje mínimo de votos, lo mismo que en Estados Unidos. El jefe del Estado ejerce un mandato de seis años, sin posibilidad de reelección, y nombra y destituye a los miembros de su gobierno. El sistema es fuertemente presidencialista.

El líder controvertido de la izquierda

En segundo lugar (31,64 % de los votos) quedó Andrés Manuel López Obrador (AMLO), exalcalde de la Ciudad de México, líder del Partido de la Revolución Democrática (PRD), una escisión izquierdista del PRI, que ya en 2006 perdió por escaso margen frente a Calderón. Desde que fue fundado en 1989 por Cuauhtémoc Cárdenas, hijo del presidente homónimo, el PRD lucha por crear una alternativa de izquierdas que se enfrenta a una fuerte oposición fáctica e institucional.

En esta campaña, al frente de una coalición de partidos izquierdistas, el denominado Movimiento Progresista, López Obrador moderó su retórica, acalló las trifulcas internas y contó con el respaldo indirecto de los indignados mexicanos, el movimiento de protesta #Yosoy132, cuyas diatribas se dirigieron principalmente contra el PRI, identificado por los estudiantes con la corrupción, el caciquismo y los monopolios que concentran gran parte del poder económico y la riqueza.

El Movimiento Progresista alcanzó una victoria contundente en la megalópolis dela Ciudad de México, donde su candidato, Miguel Ángel Mancera, obtuvo el 40 % de los votos y una mayoría aplastante en la Asamblea Legislativa (35 de los 40 escaños); pero naufragó en los feudos tradicionales del PRI y el PAN. La hegemonía electoral indiscutible que el PRD mantiene desde 1997 en el Distrito Federal, epicentro de la actividad política y económica de la nación, no le garantiza el éxito en el resto del país, menos próspero y más violento.

Tras las elecciones de 2006, López Obrador se negó a aceptar su derrota durante 48 días, encabezó toda una serie de algaradas para protestar por el presunto fraude que otorgó la victoria a Calderón y se proclamó “presidente legítimo” en una ceremonia grotesca en la plaza del Zócalo, aunque las decisiones del Instituto Federal Electoral y de los jueces le quitaron la razón. Al atacar a las instituciones quedó identificado con el extremismo, y ahora vuelve a las andadas para anunciar que impugnará las elecciones, “ni equitativas ni limpias” porque “el PRI usó dinero a raudales de procedencia ilícita, rebasando con mucho lo permitido por la ley”.

Una acusación poco convincente, muy difícil de probar, y una ruptura del compromiso expreso de todos los candidatos de respetar el resultado oficial. A la postre, López Obrador figurará en los anales electorales como el candidato recalcitrante que nunca quiso aceptar sus derrotas. Con sus estridencias, su testarudez, sus posiciones poco claras o ambiguas –abogado de los pobres y, al mismo tiempo, protegido por Carlos Slim, el magnate que pasa por ser el hombre más rico del mundo–, el candidato progresista es el máximo responsable de que la izquierda mexicana haya sido incapaz de consolidar una alternativa en un momento histórico muy favorable.

“Un político paradójico que encabeza una izquierda empecinada en empoderar a la derecha priísta (…), que ofrece aliviar la pobreza pero que no explica cómo va a crear riqueza”, según el retrato descarnado de Denise Dresser, profesora de ciencia política en el Instituto Tecnológico Autónomo de México. El corresponsal del semanario británico The Economist, Tom Wainwright, al analizar la campaña electoral, lo consideró “el candidato equivocado del partido correcto”. Muchos analistas creen que Marcelo Ebrard, alcalde de la ciudad de México, hubiera sido el mejor candidato de la izquierda.

En tercer lugar quedó la candidata del gobernante Partido de Acción Nacional (PAN, centro-derecha), Josefina Vázquez Mota, la primera mujer que aspiraba a la jefatura del Estado, que se apresuró a reconocer su derrota, anticipada por todas las encuestas, aunque dejó bien sentado que luchará contra “el retorno del autoritarismo, la corrupción, la impunidad y la capitulación ante las organizaciones criminales”. El PAN es el gran derrotado, tras doce años en el poder, y necesitará realizar un gran esfuerzo para recuperarse del terrible desgaste de los años de plomo y débil crecimiento.

Con sólo el 25 % de los sufragios, la candidata del PAN recoge con su derrota no sólo los mediocres logros y la incuria del partido durante los 12 años en el poder, sino también la frustración de la inmensa mayoría de los ciudadanos ante el aumento de la pobreza y, sobre todo, los desastres continuados de una guerra civil larvada, la insurrección criminal dirigida por los carteles de la droga que ha causado unos 60.000 muertos en los últimos seis años, a pesar del despliegue de las Fuerzas Armadas. La tasa de muertes violentas se ha doblado en el último sexenio.

Las prendas del vencedor

Tras conocer su victoria, la prioridad del presidente electo fue asegurar que el partido que regresa al poder no es el viejo PRI de los dinosaurios y la corrupción, sino una renovada formación que se sitúa en el centro del abanico político, con un líder joven y dinámico, abogado de buena familia, de escasas lecturas que suple con telegenia y facundia, casado en segundas nupcias con una actriz de telenovelas, Angélica Rivera, mujeriego confeso, al que las mujeres expresaban su adhesión en los mítines coreando: “Peña Nieto bombón, te quiero en mi colchón”, lema muy apropiado para entender la trivialidad de las campañas para vender un presidente.

Licenciado en derecho por la Universidad Panamericana, vinculada al Opus Dei, de 46 años y ex gobernador del estado federado de México, Peña Nieto habla el inglés con fluidez, tiene 5 hijos (2 de ellos extramaritales) y es como un personaje de telenovela con ribetes escabrosos, a quien sus detractores identifican como un producto de la mercadotecnia política fabricado por Televisa, la primera cadena de televisión. Sus carencias culturales llegaron al gran público en diciembre de 2011 cuando en la Feria del Libro de Guadalajara, preguntado por los periodistas, fue incapaz de nombrar tres libros que le hubieran influido, y además mencionó a Enrique Krauze como autor de un ensayo escrito por Carlos Fuentes.

No cabe duda de que está alejado de los dinosaurios del partido, no sólo por razones de edad, sino por su desenvoltura, su confesada carencia de otra ideología que no sea la del pragmatismo y la tecnocracia, la gestión descarnada del poder; pero flota en el ambiente desconfiado del país la sospecha de que tropezará con graves inconvenientes para reinar sobre los diversos clanes supervivientes del antiguo régimen, el de una democracia falsificada por un partido hegemónico. Un sector no desdeñable de la opinión pública lo considera el último vástago de un supuesto Grupo de Atlacomulco que reúne a los dinosaurios más tenebrosos del PRI.

En cualquier caso, el presidente electo es algo más complejo que “la cara bonita y la cabeza hueca” que murmuran sus adversarios. Cuenta con el beneplácito de Washington, tiene la oportunidad de reducir la violencia y resulta aceptable y hasta acomodaticio para los monopolios económicos, la industria petrolera y gran parte de los sindicatos. Ha conseguido presentarse como el agente del cambio tranquilo, garante de la democracia electoral, pese a la historia siniestra de su partido durante 71 años.

“Ningún regreso al pasado”, proclamó Peña Nieto ante sus seguidores la noche del triunfo, como si quisiera sacudirse la mala conciencia, y añadió una vulgar obviedad: “Ejerceré una presidencia democrática”, a partir de su toma de posesión el 1 de diciembre. Quizá pensando en las inquietudes del poderoso vecino del norte, el vencedor prometió que “que no habrá ningún trato ni tregua con las organizaciones criminales” que desafían al Estado.

El desastre producido por la militarización del combate contra los carteles de la droga llevó a todos los candidatos a proponer un cambio de estrategia, de introducir nuevos programas sociales que ataquen la raíz del mal, pero sin ofrecer muchos detalles. El presidente Calderón se lanzó a un combate frontal con los grupos criminales, pero sin embarcarse al mismo tiempo en una profunda reforma del sistema legal y de la policía, un cuerpo gangrenado por la corrupción. Por eso recurrió a las Fuerzas Armadas, aunque cabe preguntarse por las implicaciones políticas de esa actuación impropia de los generales en la protección de las ciudades, respaldada muy mayoritariamente por los ciudadanos. Una reciente encuesta norteamericana (Pew Global Attitudes Project) concluyó que ocho de cada diez mexicanos desean que los militares sigan implicados en la guerra contra los carteles de la droga.

Teniendo en cuenta la debilidad congénita de la magistratura y de la policía, la presencia de los soldados en las calles parece inevitable a corto y medio plazo, aunque probablemente hubiera sido mucho más eficaz si se hubieran realizado las reformas de los aparatos coercitivos del Estado, la profesionalización de los cuerpos policiales antes de recurrir a los militares. La carencia y la lentitud en la formación del personal civil necesario resulta agobiante: sólo 36.000 policías federales en un país de 115 millones de habitantes y una cooperación con EE UU que deja mucho que desear.

Las propuestas de Peña Nieto son a largo plazo: expansión de la policía federal, creación de fiscalías especiales para luchar contra las organizaciones criminales y crear una especie de gendarmería o Guardia Civil para proteger las áreas rurales; pero el nivel insoportable de la violencia exige decisiones perentorias. Persisten los rumores sobre las medidas más estrambóticas, desde algún tipo de trato con los narcotraficantes a la unificación de los carteles, que reducirían inmediatamente la tasa de criminalidad, sin olvidar la creciente opinión a favor en toda América Latina de algún tipo de legalización del comercio de estupefacientes. O un menor consumo en Estados Unidos y una mayor vigilancia en el tráfico de armas hacia el sur de la frontera.

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