Posteado por: M | 20 julio 2012

El terror dentro de la guerra civil en Siria

El atentado terrorista de Damasco, el 18 de julio, en el que perdieron la vida tres de los altos mandos militares y de la seguridad de la dictadura, confirma de manera sangrienta la intensificación del sectarismo étnico-religioso, la reaparición del método suicida practicado por los grupos islamistas más radicales en todos los conflictos, desde Argelia a Afganistán, y la aparente descomposición, aunque sea en sus escalones inferiores, de los principales grupos en que se apoya el presidente Bachar Asad. La guerra civil y religiosa se recrudece sin que las potencias occidentales hayan tenido éxito por ahora en su objetivo de galvanizar y unir a los insurgentes para propiciar la caída del déspota.

Los pronósticos son bastante más sombríos en Siria que en Iraq, habida cuenta el enrevesado mosaico de etnias, grupos de intereses y confesiones religiosas. Desde Washington se lanzan además advertencias apocalípticas sobre la posibilidad de que el dictador de Damasco, cada día más acorralado, caiga en la funesta tentación de usar las armas químicas, de las que supuestamente posee un terrorífico arsenal, y provoque una calamidad sin precedentes. El peligro que entrañaban las armas de destrucción masiva en manos de Sadam Husein, una suposición que resultó falsa, sirvió de pretexto para una enojosa batalla diplomática en la ONU y finalmente para la invasión de Iraq en marzo de 2003.

El atentado de Damasco se produjo cuando los más altos jefes militares celebraban una reunión en un edificio perteneciente a los servicios de seguridad del Estado, en el barrio donde se encuentran los edificios gubernamentales. Según la información oficial, los tres muertos en el ataque fueron el ministro de Defensa, Daud Rayha; el jefe de la inteligencia militar, Asef Shawkat, cuñado del presidente; y el jefe del organismo encargado de combatir a la insurgencia, Hasan Turkmani. El ministro del Interior, Mohamed Ibrahim, resultó gravemente herido.

Hasta ahora, Washington y sus aliados europeos presionaron infructuosamente, dentro y fuera del Consejo de Seguridad, para que Moscú y Beijing abandonaran a su cliente de Damasco y éste no tuviera más remedio que capitular. En la práctica, los occidentales hicieron la guerra por otras potencias interpuestas, especialmente Arabia Saudí y sus vasallos del golfo Arábigo, interesados tanto en un cambio de poder en favor de los suníes sirios como en la ruptura del eje Siria-Irán, al mismo tiempo que persistieron en la ficción de una solución diplomática bajo los auspicios del ex secretario general de la ONU, Kofi Annan.

El siempre problemático camino de las sanciones económicas y la mediación diplomática fue volado por el atentado contra el corazón del sistema represivo de la dictadura, sin duda con la cooperación necesaria de algunos elementos internos que lo prepararon meticulosamente. Como es inevitable en el mundo árabe, y cuando el caos se extiende por toda Siria, las más fantásticas especulaciones circulan sobre la autoría del ataque, sus inductores o sus cómplices. Las conjeturas son innumerables y apuntan tanto a los Hermanos Musulmanes como a Al Qaeda, si bien los ayatolás de Irán execran directamente a Occidente e Israel, sin más precisiones. En todo caso, el atentado arroja gasolina sobre el fuego sin control del enfrentamiento fratricida.

El ministro de Información sirio, Umran al Zuabi, aseguró que “Qatar, Arabia Saudí, Turquía e Israel son las fuerzas que están detrás del ataque”, pero no pudo ofrecer ningún detalle que avale sus acusaciones. Según las fragmentarias informaciones oficiosas, el ataque fue perpetrado supuestamente por un guardia de seguridad al hacer estallar el cinturón de explosivos que portaba, en la misma sala donde los altos mandos militares realizaban una reunión. El Ejército Sirio Libre (ESL) y un grupo islamista radical, autodenominado Brigada del Señor de los Mártires, se atribuyeron el atentado.

Se abre, pues, una nueva fase en la guerra civil y religiosa que comenzó en marzo de 2011, teniendo en cuenta el tremendo impacto psicológico y operativo del atentado entre los partidarios del régimen y especialmente entre las minorías (alauí, cristiano-ortodoxa, drusa) que temen la toma del poder por los suníes, bajo la dirección de los Hermanos Musulmanes, la organización panárabe que se está haciendo con el poder en todos los países donde se celebran elecciones. Una alteración del equilibrio estratégico que inquieta al gobierno de Israel tanto como los progresos de Irán para dotarse del arma nuclear.

Aunque la prensa norteamericana, inducida por la Casa Blanca, empezó a especular con “el colapso del régimen”, no está garantizada la caída de Asad ni tampoco un rápido final del derramamiento de sangre. La mediación de Kofi Annan quedó sepultada al día siguiente del atentado, el 19 de julio, en el Consejo de Seguridad, cuando Rusia y China opusieron su tercer veto a un proyecto de resolución occidental que amenazaba con nuevas sanciones al régimen sirio y renovaba el mandato de supervisión de Naciones Unidas en Siria (Misnus) por 45 días. Washington dejó bien sentado que la misión de Annan “no puede continuar”.

Hasta ahora, Bachar Asad y su círculo íntimo, diezmado por el ataque, rechazaron todas las propuestas para un exilio que les salve de un final vengativo y sangriento como el de Gadafi o tal vez como el de Nicolae Ceaucescu en 1989, dada la importancia que sigue teniendo en el régimen el partido Baas (Renacimiento), verdadera columna vertebral de la dictadura, en el poder desde 1963, el último reducto del nacionalismo laico dentro del mundo árabe, en los momentos más bajos de su agitada y decepcionante historia. Ésta es la hora del integrismo islámico y ley coránica como solución predicada sin tregua y en vías de aplicación como subproducto de la tan cacareada primavera árabe.

La heteróclita oposición siria, armada desde el exterior, apoyada por fuerzas muy poderosas y dispares, desde la Liga Árabe a los Hermanos Musulmanes y Al Qaeda, no ha sido capaz de tomar el control de una zona liberada, como ocurrió en Libia, en la región de Trípoli, desde la que justificar el combate, recibir toda clase de ayuda y lanzar una ofensiva final contra el régimen odiado y supuestamente tambaleante. Tuvo que ser el terrorismo suicida el encargado de enviar el mensaje de que las deserciones se multiplican y de que los pretorianos del régimen no están seguros ni siquiera en el interior de sus cuarteles. Tras la carnicería de Damasco, todo parece indicar que los terroristas pueden alcanzar a cualquier persona en cualquier lugar.

En Washington se apresuraron a declarar que el régimen de Asad se dirige inexorablemente hacia su ocaso. La misma opinión mantuvo la oposición exterior en Europa. El presidente Obama conversó telefónicamente con su homólogo ruso, Vladimir Putin, probablemente en un intento de utilizar la onda expansiva del bombazo de Damasco para llevar agua al molino de su reelección en noviembre, pero no consiguió gran cosa, como confirma el veto ruso en el Consejo de Seguridad pocas horas después.

“Asad es una fuerza históricamente agotada –declaró el secretario de prensa de la Casa Blanca, Jay Carney— y no formará parte del futuro de Siria.” Una declaración perentoriamente triunfal que no puede ser un paliativo de los muy mediocres resultados de la diplomacia de Obama desde que estallaron las revueltas árabes hace 18 meses. Carney añadió que la caída de Asad no produciría más violencia, como aseguran en Moscú, sino menos; pero el secretario de Defensa, Leon Panetta, diagnosticó que la crisis de Siria “está fuera de control” y que puede reproducirse el caos y el baño de sangre que siguieron a la ocupación de Iraq por las tropas norteamericanas.

Los resultados de la diplomacia norteamericana hacia las revueltas árabes, timorata y a veces contraproducente, han sido resumidos por Robert Satloff, director ejecutivo del influyente The Washington Institute for Near East Policy: “Las transiciones en el Oriente Próximo no han producido gobiernos populares, sino sólo regresión en cuanto a los derechos de las minorías (Egipto), proliferación de armas (Libia) y la toma del poder por movimientos políticos muy críticos de la política de Estados Unidos en la región, junto con la emergencia de un horrible poder en el estilo de los talibanes en Malí.”

Algunos congresistas del Partido Republicano critican acerbamente a Obama y abogan por una intervención militar, aunque sea de manera indirecta. El candidato republicano, Mitt Romney, viene exigiendo que EE UU arme a la oposición siria directamente, como si no quisiera darse por enterado de lo que ya ocurre a través de los aliados árabes e incluso de los servicios secretos mientras la Casa Blanca preconiza sin ambages la renuncia de Asad y su exilio. En época electoral, los responsables norteamericanos no quieren imaginar qué ocurriría si Asad cae y un poder suní e islamista logra establecerse en Damasco.

El ministro ruso de Exteriores, Serguei Lavrov, advirtió de que “la batalla de Damasco será decisiva”, pero sin hacer ningún pronóstico. El Kremlin no respalda expresamente al presidente sirio, sino que aboga por un cese de hostilidades sin condiciones porque sospecha que EE UU y la OTAN pretenden alterar la situación estratégica en toda la región sin respetar las restricciones de la ONU, como hicieron en Libia. En cualquier caso, Putin no puede ver con buenos ojos un cambio de régimen en Damasco que podría dar nuevos ánimos a sus enemigos jurados de Chechenia y otros territorios rusos con mayoría musulmana.

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