Posteado por: M | 25 julio 2012

Los males de Europa con España al fondo

Alemania, incluso antes del II Reich de Bismarck como durante y después de que permaneciera dividida en dos Estados antagónicos tras el hundimiento general de 1945, siempre estuvo en el corazón de Europa, no sólo geográficamente, sino como pieza esencial de las guerras, las calamidades y alguna efímera alegría. En 1989, en medio de las reticencias de Mitterrand ante la nueva y más que probable unificación, por extinción controlada del Estado comunista, el historiador francés François Furet inquirió con preocupación: “Surgida de los escombros del nazismo, ¿podrá Europa sobrevivir a la agonía del comunismo?”

En el mismo año crucial, cuando el muro de Berlín se derrumbó apenas seis meses después de que el Ejército de China aplastara la revuelta estudiantil en la plaza de Tiananmen, el ensayista Alain Minc remachó las prevenciones francesas: “Si la Comunidad no se fortalece, en vez de una Alemania europea, vinculada irreversiblemente a los países occidentales, asistiremos al proceso ineluctable de la germanización de Europa.” Ese proceso aparece en todos los foros y coincide con uno de los momentos más sombríos en la historia de la construcción europea, cuando está en juego la continuidad del euro y España, pese a su posición excéntrica, se debate en el epicentro de la tormenta perfecta.

El historiador Furet nombraba a Europa para referirse a la Unión Europea (UE), antes Comunidad Económica Europea (CEE) o Mercado Común, la gran empresa de la integración puesta en marcha por el tratado de Roma (1957), concebida por sus padres fundadores como una doble garantía: contra el pasado alemán y contra el futuro soviético. Ni Hitler ni Stalin, en resumidas cuentas. Bajo el paraguas nuclear de Estados Unidos, a través de la OTAN, y con el firme compromiso de las divisiones norteamericanas estacionadas precisamente en la pujante República Federal de Alemania (RFA), muy pronto convertida en un gigante económico.

Los Estados Unidos de Europa, tempranamente evocados por Winston Churchill en su celebérrimo discurso de Zúrich (1946), no son para mañana y, por lo tanto, no pueden ser la panacea para restañar las heridas y curar los males innumerables de la eurozona. Alemania sigue al frente del pelotón, pero su europeísmo se enfría; Francia está diplomáticamente aislada en medio de la marea conservadora, tratando de mantener un sistema social estimable, pero extraviado por el exceso de gasto, el intervencionismo y el déficit; y Gran Bretaña se mantiene al margen, indiferente cuando no poniendo la zancadilla a cualquier progreso de integración, criticando sin desmayo, a veces con razón, a la monstruosa burocracia de Bruselas.

Vista desde Londres, bajo la hipérbole nacionalista, la situación entre brumas del continente no ha cambiado como hubiera sido deseable para los adalides del federalismo. Churchill, luego de su gran triunfo en la guerra, amargado por la ingratitud electoral de su pueblo, era un hombre de otra época y creía firmemente en el imperio y la Commonwealth, cuya preservación debería ser el objetivo prioritario. Según su visión, Gran Bretaña no debería formar parte de los de los Estados Unidos de Europa, pero los británicos y otros “deberían ser amigos y patrocinadores de la nueva Europa”. El imperio ya no existe, la Commonwealth es una estructura decrépita y Europa está económicamente agrietada y políticamente sin pulso.

Curiosamente, el primer ministro británico, David Cameron, y otras personalidades londinenses, tanto del Banco de Inglaterra como de la City, hacen votos por la salvación del euro porque el seísmo de su desaparición acarrearía graves perjuicios para la economía británica. Ahora bien, los dirigentes no quieren ni oír hablar de la incorporación a la moneda única. Lo que encontramos en las filas conservadoras gobernantes, agitadas por el euroescepticismo populista, es una campaña estridente a favor de un referéndum para promover el abandono de la Unión Europea o la renegociación de los términos de la adhesión de 1973, aunque reafirmada en los tratados de Maastricht y Lisboa.

Mientras el ministro alemán de Asuntos Exteriores, Guido Westerwelle, busca aliados para un nuevo impulso político que conduzca a la integración fiscal, según lo acordado en la cumbre de diciembre de 2011en Bruselas –la decisión fue vetada por Gran Bretaña y Checoslovaquia–, el secretario del Foreign Office, William Hague, sigue con la labor de zapa contra la centralización de Bruselas. El primer ministro británico estuvo ausente de la cumbre del eurogrupo que decidió en junio pasado la creación de un supervisor bancario común dentro del Banco Central Europeo (BCE) que entrará en funciones a finales de año.

Tampoco París comparte las pretensiones de Berlín de avanzar en la integración mediante una nueva e importante cesión de soberanía en materias fiscal y presupuestaria. El llamado modelo francés, alianza del estatismo y el corporativismo, se halla en crisis, pero François Hollande no ha llegado al Elíseo para liquidarlo, sino para preservarlo contra viento y marea, incluso contra el parecer de los mercados. “Una religiosidad de izquierdas, poco a poco, invade la nación, la inteligencia, la enseñanza, los sindicatos –deplora Claude Imbert en Le Point–, hasta el punto de que las reformas socialdemócratas en Alemania y Suecia las considera como un ataque insoportable para el progreso republicano.”

Ya sabemos que Francia está aislada y aparentemente arrogante, siempre jacobina y un poco gaullista. Como recordé en otro artículo de este blog, en el pasado mes de abril (La Francia refractaria a las reformas), los presidentes Chirac y Sarkozy se vieron paralizados en sus ambiciones reformistas por el aparente consenso nacional y lo que el profesor Dominique Reynié (Innovation politique 2012) ha llamado “el vértigo social-nacionalista” que afecta a toda Europa, teñido de populismo socialdemócrata. Como dictamina Nicolas Baverez, el presidente Hollande tendrá que elegir entre “la aplicación de su programa y la salvación del euro, que pasa por la reforma del modelo económico francés”. Un dilema terrible.

Piensan los anglosajones liberales y también los gobernantes alemanes que el corazón del problema, la verdadera excepción, radica en que “la derecha francesa es de izquierda”, es decir, que ha asumido el modelo socializante y arcaico, de intervencionismo, subvención y clientela, que paraliza el país y sus fuerzas vivas, una tendencia muy acusada en España, como el gobierno de Rajoy confirma hasta la exasperación, que asfixia a las corrientes liberales de pensamiento forzadas a acampar extramuros del sistema.

La indiscutible hegemonía alemana genera muchos problemas, no sólo por la resistencia de Londres, sino por las reticencias de París a cualquier reforma en el estilo alemán y el difícil acompañamiento de los países del sur que, a juicio de numerosos alemanes, deberían quedar relegados en la segunda velocidad o como marcas del imperio. Las divergencias son muy profundas. El conservador Die Welt escribe: “La amplia mayoría del Bundestag [a favor del rescate de la banca española] contradice los sentimientos del pueblo, lo que constituye ciertamente un problema en una democracia.” Y el izquierdista Die Tageszeitung, sobre la misma cuestión, concluye: “Merkel está conduciendo a Europa paso a paso hacia el abismo.”

Paralelamente, la crisis está ahondando las diferencias entre los países ricos del norte y los menesterosos del sur, favoreciendo las transferencias masivas de éstos hacia aquéllos. Baste con un ejemplo desgraciadamente español: durante el primer trimestre de este año, 27.000 jóvenes graduados y casi 100.000 millones de euros salieron de España con destino a otros países de la Unión Europea, dos tristes consecuencias de la desconfianza. La profunda depresión que se abate sobre los meridionales acabará por perjudicar gravemente a las exportaciones de la industria alemana, según cree la agencia Moody´s al colocar en perspectiva negativa el rating de Alemania.

En medio del marasmo y la confusión ideológica, la crisis del euro prosigue su escalada. Redoblan de nuevo las campanas por Grecia, donde acaba y comienza el Occidente y, por supuesto, la Unión Europea se debate entre la integración y el desastre. España está literalmente con el agua al cuello, con sus regiones en quiebra y ofreciendo la triste impresión de dar palos de ciego o quedar a la deriva en medio de la borrasca, o andar con la resaca monumental de todos los años de vino, rosas e inagotable maná autonómico.

Desde el plan de estabilización de los tecnócratas de Franco (1959), los graves problemas económicos derivados del desarrollo, la modernización y el llamado estado del bienestar en España se resolvieron o mitigaron por la inflación y el empréstito, dos instrumentos que ahora el gobierno no puede utilizar porque no tiene moneda propia ni encuentra a nadie que le preste el dinero necesario para seguir endeudándose, salvo a unos intereses claramente usurarios para cubrir el riesgo de impago. Tenemos abundancia de profetas del desastre, de arbitristas prestos para dirigir el milagro y de más políticos y desempleados que en cualquier otro lugar de Europa.

Recordando admirativamente a Furet, cabe comprobar que Europa sobrevivió al ocaso del comunismo y la desintegración de la URSS, pero está afligida por otros males que tienen mucho que ver con supervivencia de la utopía socialista, ahora disfrazada de solidaridad, cuyo discurso floral tanto contribuye, paradójicamente, al letargo de las fuerzas sociales que deben corregir definitivamente el estancamiento que se deriva de la economía administrada y sus daños colaterales. Ese efecto paralizante está enconado en España por la inercia estructural de las comunidades autónomas, nuevas mecas de los caciques que toleran la corrupción y fomentan el narcisismo de las pequeñas diferencias (Freud). ¿Acaso se busca un psiquiatra mayor que sustituya a los políticos? Por supuesto, pasó la época de los cirujanos de hierro.

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