Posteado por: M | 29 julio 2012

Hacia un duelo estratégico en el mar de China Meridional

Luego del estrepitoso fracaso de la reunión de ministros de Exteriores de la ASEAN (Asociación de Naciones del Sureste Asiático) en Phnom Penh, una guerra fría asiática, con varios países ribereños buscando la protección de EE UU, parece haberse iniciado con su epicentro en el mar de China Meridional, donde confluyen los intereses económicos y estratégicos de Beijing, Washington y Tokio. La prioridad estratégica tan cacareada del presidente Barack Obama, trasladada desde Europa a la cuenca del Pacífico, soporta su primera confirmación y las maniobras preparatorias de un duelo potencialmente explosivo.

El motivo de la disputa son dos cadenas de islas y arrecifes semidesérticos, las Paracelso y las Spratly, situadas en el mar de China Meridional, a la altura de Vietnam y el norte de Filipinas, prácticamente deshabitadas, pero con importantes caladeros de pesca y potenciales reservas de petróleo y gas natural, además de estar en una zona de paso de varias rutas marítimas. Vietnam, Filipinas, Taiwán, Indonesia, Malasia y Brunei tienen pendientes reivindicaciones parciales de esos archipiélagos y/o de su entorno marítimo, pero China reclama su soberanía sin restricciones, como corolario de su potencia emergente, y ofrece una negociación bilateral a los otros países. Éstos prefieren la mediación de Washington.

Situadas al noreste, otro foco de conflicto está formado por las islas Sensaku/Diayou, bajo control japonés desde 1972, cuando le fueron restituidas por EE UU, aunque son reclamadas por China, que ya tiene en explotación en la misma zona varios yacimientos petrolíferos. El archipiélago está administrado desde la nipona Okinawa, pero cuatro de sus cinco islas son de propiedad privada y el gobierno japonés pretende nacionalizarlas, lo que provoca vivas protestas en Beijing, que tacha de farsa la maniobra mercantil de Tokio.

“Semejante decisión [del gobierno japonés] equivale a jugar con fuego en sus relaciones con China”, advierte un diario de Cantón, el centro comercial más importante cercano a las islas, recogiendo la opinión oficial del PCCh. El periódico añade que “las islas Diaoyu son parte integrante del territorio chino” y que “China dispone de numerosas pruebas históricas y jurídicas que lo confirman de manera irrefutable”. En Beijing, el portavoz del ministerio de Exteriores remachó: “El territorio chino es sagrado e inalienable”.

El gobierno japonés, sin embargo, hizo oídos sordos a tan solemne advertencia y presentó la nacionalización de las islas Senkaku como “una cuestión de transferencia de propiedad que no engendrará ningún problema con el extranjero”. Craso error si en verdad los responsables japoneses piensan con tan aparente indiferencia. Los chinos en general abrigan unos sentimientos y recuerdos antijaponeses –la ocupación de 1937 a 1945 y el bárbaro comportamiento de las tropas ocupantes— que alimentan el conflicto histórico entre los dos países.

Los excesos retóricos por ambas partes han roto el consenso entre Beijing y Tokio, según el cual no se estableció una zona económica exclusiva alrededor de las islas, es decir, que los dos países podían pescar y realizar prospecciones. La tensión se recrudeció en 2010, cuando un pesquero chino colisionó con un guardacostas nipón, y se ha disparado este año como consecuencia de la campaña publicitaria lanzada por el ayuntamiento de Tokio para recaudar fondos con destino a la compra de las islas. El apaciguamiento buscado por el primer ministro japonés, Yoshihiko Noda, durante su visita a Beijing a finales de 2011, fue dinamitado por sus declaraciones del 7 de julio último sobre el proyecto de nacionalización del archipiélago.

Más al sur, el último episodio conflictivo se produjo el 24 de julio, cuando Beijing decretó la creación de un nuevo municipio, llamado Sansha, en un islote del archipiélago de las Paracelso, donde se desplegará inmediatamente una guarnición militar. Los otros países ribereños denunciaron inmediatamente una violación del derecho internacional y un grave perjuicio para sus intereses. El expansionismo de China, que tiene una concepción muy nacionalista y extensa de la zona de influencia económica, inquieta a sus vecinos y lógicamente a EE UU y Japón.

Las motivaciones de China son muy diversas. Se trata, en primer lugar, de una demostración de fuerza como gran potencia emergente ante otros países vecinos que son sus clientes comerciales privilegiados, pero que se sienten en inferioridad estratégica y son proclives a solicitar al respaldo norteamericano, la otra gran potencia del Pacífico. Los chinos, además, creen que la soberanía sobre los archipiélagos les garantiza las reservas de pesca y probablemente las de gas y petróleo, tan prometedoras que justifican la enemistad transitoria de los perjudicados.

Vietnam, regido por un partido comunista, que libró una guerra muy cruenta y devastadora contra EE UU (1962-1975), resulta ser, paradójicamente, el país que reclama con más insistencia la mediación norteamericana en el conflicto. La historia reciente y el permanente contencioso fronterizo con China explican la insistente reclamación de Hanoi.

El archipiélago de las Paracelso formó parte del Imperio chino, pero en 1932 fue anexionado a la Indochina francesa y en 1939 quedó ocupado por las tropas japonesas. El tratado de paz con Japón, negociado en la conferencia de San Francisco (1951), no contuvo ninguna cláusula sobre la soberanía de las islas, pero la delegación vietnamita declaró que tanto las Paracelso como las Spratly estaban bajo su soberanía. Las tropas chinas, sin embargo, capturaron una guarnición survietnamita en 1974, tras la batalla de Hoang Sa, e incorporaron ambos archipiélagos a la provincia de Hainan. Frente a la administración china, Vietnam y Taiwán mantienen sus reivindicaciones.

Las inquietudes de Washington están justificadas, pues al tratarse de un conflicto con tantos actores, cualquier error de cálculo de uno de ellos puede ser fatal y desencadenar una escalada incontrolable. Durante los últimos tres años, sin embargo, la administración de Obama ha tomado posiciones cautelosas pero firmes en lo concerniente a la disputa territorial y la libertad de navegación por el mar de China Meridional, por considerar que afecta a “los intereses nacionales”. Paralelamente, Washington reforzó su presencia en la región y estrechó sus lazos militares con Filipinas, Vietnam y Malasia, aunque los estrategas del Pentágono insisten en que, ante todo, es el momento de evitar o curar el superestrés de los ejércitos.

Como es lógico, China ve con muy malos ojos la implicación de EE UU en la disputa territorial y económica, y aunque reitera su interés por rebajar la tensión, toca de vez en cuando la fibra nacionalista de su opinión publicada y, sobre todo, de los millones de militantes del partido comunista (PCCh) que preparan el congreso que se celebrará en otoño y que está llamado a producir un cambio rejuvenecedor en toda la jerarquía política y con  toda seguridad en el comité militar del politburó, verdadera cúspide del poder.

Todas estas escaramuzas servirán, sin duda, para que Obama reafirme su apuesta por el Pacífico occidental y los analistas de Washington de uno y otro signo insistan en la potencial peligrosidad de China. En todo caso, asistimos a los prolegómenos del gran duelo geoestratégico que se prepara para este siglo, para una fecha imposible de concretar.

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