Posteado por: M | 6 agosto 2012

Economía, geoestrategia y valores de Europa

No estoy seguro de que la crisis que padecemos haya hecho crecer el interés de los españoles por los problemas y el futuro de Europa. La preocupación parece estar centrada en saber si España conseguirá que le presten más dinero para ir tirando y, desde luego, para aumentar una deuda que tarde o temprano tendrá que pagar, no se sabe en cuántos años, ni en qué condiciones, si es que no la ahoga por completo. No obstante, los que crean que el ideal europeísta es una zozobra pero también un proyecto atractivo y reconfortante, aunque imponga severas pautas de comportamiento, harán bien en leer el libro coordinado por el profesor y académico Víctor Pérez-Díaz titulado Europa ante una crisis global (Editorial Gota a gota, Madrid, 2012).

El contenido del libro se resume en su subtítulo: Economía, geoestrategia, sociedad civil y valores, los cuatro pilares resquebrajados por la crisis pero en los que deberá fundarse el edificio por apuntalar o construir. Esos cuatro grandes temas son abordados desde diferentes puntos de vista por reputados especialistas europeos y norteamericanos, y todo el conjunto, pese a las discrepancias e incluso las repeticiones inevitables en este tipo de libros, comunica un profundo conocimiento de la situación y unos juicios muy cautelosos y ponderados sobre el porvenir.

El libro se abre con un ensayo del profesor Pérez-Díaz titulado “La crisis de Europa y el problema del euro”, que no sólo apunta a la más rabiosa actualidad, sino que resume el ambicioso contenido de los ensayos. Constata la adhesión bastante general de los ciudadanos europeos hacia el euro, muy acusada en España, y llega a la conclusión de que ese apego de la sociedad puede servir “tanto para mejorar la gestión de la crisis como para reforzar el proceso europeo en el largo plazo”. Quizá habría que preguntarse más detenidamente por las razones de ese interés por la moneda única y prestar algo más de atención a “la contradicción entre la retórica de las granes políticas europeas y la práctica política diaria”.

El sociólogo Pérez-Díaz analiza con base en multitud de encuestas las razones de los españoles para ser los abanderados del afecto hacia el euro, puesto que desde el primer momento estuvieron felices con el abandono de la peseta, símbolo de una economía que había pasado por buenos y malos momentos “pero que no despertaba ningún  entusiasmo”. El euro, según parece, tuvo un efecto taumatúrgico entre los españoles, pero seguimos sin saber con certeza cuáles son los sacrificios que aquéllos están dispuestos a afrontar para conservarlo como divisa. La consideración de la moneda única como una gran oportunidad para prosperar se ha desdibujado bastante, pero la fidelidad de los españoles permanece inconmovible, pese a la concreción de algunos riesgos cumplidos, como el de la destrucción del tejido industrial del país y las reconversiones subsiguientes.

También se refiere a una razón oculta, una especie de “ventaja existencial”, que no acaba de desentrañar y con la que no sintonizo. Los españoles no se imaginaban al margen de la eurozona y el gobierno de José María Aznar logró el milagro de cumplir con las exigencias del tratado de Maastricht. “Fuera hacía frío –añade Pérez-Díaz–. Fuera no había vida. Estar dentro se había convertido en el orden natural (y moral) de las cosas.” Los españoles, al parecer, siguen pensando que sin el euro no es posible la salvación, y se debaten entre la pereza mental y el conformismo. La subida de los precios fue compensada por el dinero fácil, los préstamos para todo y la burbuja inmobiliaria.

Me permito señalar que tanto en los partidos políticos como en  el mundo académico y universitario había triunfado definitivamente aquella presunción de Ortega según la cual España era el problema y Europa la solución. Y que en un libro anterior (El malestar de la democracia, Crítica, Barcelona, 2008), el mismo autor  había observado el bajo nivel de autoestima entre los españoles y la ausencia de “una narrativa de la que puedan sentirse orgullosos”. Una narrativa nacional, supongo. Bien es verdad que el libro fue escrito mientras avanzaba un proceso de ruptura y fragmentación de la comunidad política que parecía inevitable, muy acusado en el proyecto de Juan José Ibarreche (País Vasco) y en el nuevo estatuto catalán, éste extrañamente impulsado por el PSOE de Rodríguez Zapatero. En aquellas circunstancias, la realidad del país autorizaba cualquier diagnóstico pesimista. Podría decirse, parafraseando a Cánovas, que probablemente los españoles deseaban ser europeos a cualquier precio porque no podían ser otra cosa. Ahora tendrán que pagar la factura y recurrir al psiquiatra.

El coordinador del libro que comento, con apoyo en varios estudios demoscópicos, sostiene que los españoles, con respecto a Europa, siguen formando “una sociedad escarmentada pero fiel”, lo que sugiere una llamativa y casi morbosa continuidad en los sentimientos de pertenencia europea y de adhesión al euro. Y una conclusión sobre los efectos de la crisis actual: “Se entiende que no podemos vivir por encima de nuestros medios y esto se aplica a los gobiernos que sobrepasan sus ingresos, a los bancos cuyas cuentas ocultan la devaluación de sus activos, y a los dueños de viviendas que han contraído hipotecas excesivas.”

En la primera parte del libro, dedicada a las cuestiones económicas, el alemán Juergen B. Donges, catedrático emérito de la universidad de Colonia, analiza en todos sus pormenores la crisis que padece la eurozona, sin aportar grandes novedades, y llega a una conclusión que defiere poco de la del gobierno de Berlín y del Bundesbank, según la cual “hay que acabar con el parasitismo (free rider) en el área monetaria común”. Se supone que los parásitos son los países más endeudados. Donges se opone radicalmente a las políticas de las transferencias de los países del norte eficientes hacia los del sur que están endeudados, y cuyos resultados económicos son decepcionantes, como demuestra la peripecia de Grecia y podría ocurrir mañana con la de España.

Donges termina su exposición con un llamamiento a la responsabilidad, así en el ámbito público como en el privado, y aboga por algo tan elemental como el que los gobiernos, los empresarios y los ciudadanos apechuguen con las consecuencias de sus actos. Considera que los países del sur son poco competitivos, mantienen sistemas de educación e innovación deficientes y mercados laborales rígidos. Ésas son las asignaturas pendientes, o las lacras. Y concluye el profesor alemán: “La responsabilidad en la política y en la economía financiera real es en toda democracia un principio constitutivo de la sociedad civil y de la economía social de mercado.” En resumen, si los europeos del Mediterráneo pretenden seguir en la eurozona, tendrán que cumplir con su deber, es decir, mediante una brutal devaluación interna, en un régimen de protectorado.

El profesor Peter A. Hall, de la universidad norteamericana de Harvard, estudia las variedades de capitalismo y como éstas tienen una gran relevancia en el éxito económico. Algunas configuraciones institucionales y sociopolíticas favorecen más que otras la movilización del apoyo para las reformas necesarias a fin de promover el crecimiento, reducir el desempleo y cumplir la consolidación fiscal, ajustando los gastos a los ingresos. Porque no hay otra forma de salir de la crisis. No tiene dudas de que la crisis del euro y de la deuda soberana se deben tanto a la mala concepción inicial de la unión monetaria como a “la irresponsabilidad fiscal” de los pigs, de los gobiernos de Portugal, Irlanda, Grecia, España e Italia.

Como es notorio, la política exterior y de defensa de la Unión Europea sólo sirve para mantener una onerosa estructura diplomática en Bruselas que gravita sobre el conjunto. Francia y Gran Bretaña, las dos potencias nucleares europeas que cuentan aún con ejércitos importantes, jamás pensaron en declinar sus responsabilidades ni en compartir el mando de sus tropas. Alemania y otros países se inclinan por el pacifismo y quizá por imitar a la Confederación Helvética, bajo la supervisión y la protección de Estados Unidos. La consecuencia inmediata es que los presupuestos militares se reducen progresivamente en todos los países europeos.

La segunda parte del libro, dedicada a la Geoestrategia, contiene análisis penetrantes sobre la decadencia militar y tecnológica de Europa, como ya se apreció en las guerras de los Balcanes, la guerra de Iraq o en la intervención en Libia. Las constantes apelaciones al orden internacional y a los dictados de la ONU confirman la parálisis del sistema en el que Europa se comporta como un apéndice o subalterno de EE UU, con funciones estrictamente complementarias y subordinadas. El contexto cultural e institucional no favorece una más decidida participación europea en el conflictivo escenario global.

“La fuerza bruta militar no es algo que esté de moda ni en Europa ni en España, pero, a pesar de ello, si que está muy de moda en la región euroasiática, y no sólo en Oriente Medio, sino concretamente en Asia Oriental”, comienza su disertación el especialista norteamericano Robert Kaplan, fiel exponente de los asesores del presidente Obama que barruntan graves tensiones en la cuenca del Pacífico. Tras constatar que los países europeos han reducido drásticamente sus presupuestos de defensa, su conclusión es que se está produciendo “la transferencia del poder, en términos generales, de Europa a Asia”.

Según Kaplan, los países de la Unión Europea contemplan sin aparente preocupación tanto la inestabilidad en el Oriente Próximo como el aumento de un poder militar y un nacionalismo verdaderamente fuerte en Eurasia, donde probablemente se libren las grandes batallas del futuro.

Josef Joffe, director del semanario Die Zeit, de Hamburgo, se muestra muy severo con la actitud de la Unión Europea, la primera potencia económica y comercial del mundo, en las cuestiones geopolíticas, en sus presupuestos militares menguantes, en su incapacidad para “crear una gran estrategia europea”. Sin política exterior y de defensa. Insiste en que su país, Alemania, La primera economía del continente, tiene tendencia a comportarse como Suiza. La apuesta de Europa hasta ahora estuvo muy clara: las instituciones, las negociaciones y el multilateralismo antes que la guerra y la violencia –el soft power, el poder blando–, “pero el resto del mundo no se parece a nosotros”. Y añade Joffe: “A diferencia de Roma, Europa es un imperio por invitación, no por intervención.”

El libro se cierra con otro enjundioso ensayo del profesor Pérez-Díaz titulado “Avatares de la modernidad avanzada. El riesgo de que la sociedad civil se convierta en una ciudad oligárquica”, una reflexión sobre el peligro inminente de que la sociedad moderna y avanzada se aproxime a la ciudad oligárquica de la tradición clásica. El diagnóstico es tan inquietante como la descripción de los males: “En su nueva versión, la democracia liberal se ve distorsionada por la interacción de los partidos políticos, los medios de comunicación y las élites económicas, los mercados se ven deformados por las prácticas monopolistas y oligopolistas, y la degeneración y pasividad resultante de la sociedad civil conduce a una especie de revival de la sociedad cortesana.”

El avance de la posmodernidad, el relativismo y el modus vivendi entre diferentes intereses, pasiones y discursos morales nos precipitan en una Realpolitik de muy corto plazo, y para que ésta no degenere en una guerra de todos contra todos, hay que edulcorar la situación con una cultura y moral ligeras. Concluye nuestro autor: “Esta cultura ligera y esta módica confianza ofrecen cimientos morales endebles para que el sistema de relaciones sociales pueda funcionar, salvo en épocas de buen tiempo, esto es, bajo circunstancias económicas y políticas benignas; si no es así, la sociedad suele convertirse en una ciudad oligárquica, evolucionar en la dirección de una sociedad totalitaria (o ideocrática), o de un estado de desorden creciente que aboca a su desintegración.”

¿Acaso hemos llegado a ese punto en la Unión Europea o, al menos, en sus socios más débiles? Tanto pesimismo puede ser criticado, sin duda, por los apóstoles del buenismo y por muchos de los que piensan que la crisis económica se resolverá con más intervención del Estado y diatribas baratas contra Angela Merkel o la avaricia de los especuladores, empeñados en no prestar atención a los desastres pasados comprobables.

Entre las cosas que podríamos hacer, Pérez-Díaz sugiere que “las reparaciones y las reformas deberían aplicarse a la calidad del espacio público, y a la educación del público y al desarrollo de su carácter moral”, todo ello explicado a través de una historia de Zhuang Zi que data del siglo IV antes de Cristo y cuyo epítome es un escueto consejo: “ayuna en tu corazón”, hasta que “emerja algo parecido a un orden espiritual”. No parece que estemos los españoles comprometidos con ese programa mínimo de regeneración moral, educación suficiente y eficacia técnica. De reparaciones o reformas sociales, como concluye el coordinador del libro.

 

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