Posteado por: M | 10 agosto 2012

La desintegración que amenaza a Siria

Hace aproximadamente un año que el presidente Barack Obama exigió por primera vez a Bachard Asad que abandonara el poder en Siria, pero la guerra continúa, el país se desintegra, las tropas del dictador prosiguen la carnicería y ahora se encuentran con la respuesta tenaz y sangrienta del Ejército Libre Sirio y de otros grupos paramilitares o terroristas. Tras el fracaso de la diplomacia, como puso de manifiesto la dimisión de Kofi Annan como emisario de la ONU y la Liga Árabe, el 2 de agosto, en Washington y algunas capitales europeas se preguntan por lo que se puede hacer ahora mientras crecen las presiones para apoyar militarmente a la oposición con el riesgo de recrudecer y extender el conflicto.

Las discusiones se suceden en torno a la Casa Blanca y el Congreso para que los norteamericanos se decidan a armar directamente a la oposición, ya que hasta ahora lo hicieron de manera subsidiaria, a través de sus aliados en el golfo Pérsico, o mediante los servicios secretos que empezaron a actuar desde Turquía y Jordania inmediatamente después de estallar el conflicto, en marzo de 2011. Pero una nueva intervención a cara descubierta en el mundo musulmán parece poco probable en este año electoral, cuando las tropas de la OTAN siguen combatiendo en Afganistán. Los seguidores de Obama andan a la greña y tampoco existe una posición común entre los republicanos, divididos entre guerreros y aislacionistas.

A principios de este año, Obama firmó una orden por la que autorizó a la CIA a prestar ayuda a los rebeldes. Esa intervención de baja intensidad prosiguió mientras se redoblaban los esfuerzos diplomáticos para que Rusia levantara su veto en el Consejo de Seguridad de la ONU. Una estrategia fracasada o que se encuentra en un callejón sin salida mientras se busca un sustituyo para Annan. La cuestión de Irán sigue presionando a favor de la intervención, pero no es seguro que el gobierno de Israel desee cambiar la dictadura de Asad por otra menos previsible.

Ahora sabemos, por las indiscreciones de un diplomático internacional presente en la reunión, que el presidente de Rusia, Vladimir Putin, al recibir por última vez a Kofi Annan en el Kremlin, le expuso su posición con éstas o parecidas palabras: “Fuimos engañados por Occidente antes, y eso no volverá a ocurrir”, en una clara referencia a la crisis de Libia, cuando una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU, autorizando la creación de una zona de exclusión aérea, para proteger a los civiles, sirvió de pretexto para una intervención franco-británica, con apoyo de EE UU, para salvar primero a los rebeldes de la derrota y luego acabar con Gadafi y su régimen.

El cambio de régimen nunca figuró en los discursos y la resolución de la ONU porque suscita muchas reticencias no sólo entre los chinos y los rusos, sino también entre los representantes de los países emergentes o del Tercer Mundo, que siempre están dispuestos a poner en la picota al neoimperialismo para enmascarar sus problemas. China se presenta igualmente como víctima de la trampa occidental y, por ende, solidaria con Rusia. Como se recordará, Moscú y Beijing han vetado tres resoluciones occidentales en el Consejo de Seguridad que imponían sanciones a la dictadura siria, la última el 23 de julio, provocando la dimisión de Annan.

La embajadora norteamericana en la ONU, Susan Rice, amazona belicosa, denuncia el cinismo a chinos y rusos por utilizar el precedente de Libia para evitar la caída de Asad. Pero los veteranos diplomáticos del Kremlin, herederos de las doctrinas y las paranoias de la guerra fría, acusan a su vez a EE UU y sus aliados petroleros de perseguir objetivos claramente geopolíticos y hegemónicos: fomentar la agitación e incluso el terrorismo para debilitar tanto al régimen de Damasco como al de Teherán, con el resultado de frustrar los esfuerzos de Annan por reunir una conferencia de paz y promover la transición. Algunos estrategas norteamericanos apuestan claramente por aislar más a Irán mediante el cambio de régimen en Damasco.

En cualquier caso, al margen de la retórica de guerra fría instalada en la ONU, las culpas están muy repartidas en lo concerniente al fiasco diplomático. Los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad, reunidos en Ginebra el 30 de junio último, publicaron un comunicado conjunto para reclamar una transición democrática en Siria y la formación de un gobierno de unidad nacional en el que se integrarían miembros de la oposición. Rusia presentó pocos días después un borrador de resolución para aplicar el contenido del comunicado, pero EE UU, Francia y Gran Bretaña replicaron con otra propuesta en la que volvían a insistir sobre las sanciones y la renuncia o destitución de Asad. Los occidentales también cortejaron a China, ayudados por los diplomáticos petroleros, con el propósito de aislar a Rusia, pero la osada maniobra no produjo resultados y el veto se hizo inevitable.

Al explicar su dimisión y su disgusto, en un artículo publicado en el Financial Times, el 3 de agosto, Annan apuntó expresamente al fracaso del Consejo de Seguridad en respaldar las recomendaciones del comunicado de Ginebra. El periodista británico Jonathan Steele, reputado especialista en los debates y cabildeos de la ONU, en un artículo publicado en el diario The Guardian, aseguró que los poderes emergentes como Brasil, India y Sudáfrica se mostraron muy críticos con la insistencia de los occidentales en exigir un cambio de régimen en Damasco, a sabiendas del rechazo que semejante injerencia provoca en el Kremlin.

Consejeros belicosos de Obama

Obama siempre fue partidario de dar su oportunidad a la diplomacia, de emplear el soft power o poder blando, para no verse envuelto en un nuevo conflicto en el explosivo Oriente Próximo, pero ahora se encuentra con que sus más ardientes partidarios le dan la espalda y le exigen un mayor compromiso, hasta el punto de que un cronista del New York Times, Nicholas Kristof, que se declara fan del presidente, llega a la conclusión de que éste se ha convertido en “AWOL in Syria”, acrónimo de las palabras “absent without leave”, que significan “ausente sin permiso”, es decir, una forma eufemística de referirse a la deserción. ¿Cómo se puede tildar de desertor a Obama por no haber montado una operación militar para derrocar a Asad?

El cronista recoge opiniones diversas en el mundo académico y entre los halcones demócratas que tuvieron cargos en el gobierno de Bill Clinton y que ahora abogan claramente por la intervención militar norteamericana, especialmente aérea, aunque la condicionan al acompañamiento de Turquía y de las monarquías petroleras del golfo Pérsico, encargadas de correr con los gastos y de prestar sus territorios. Madeleine Albright, que fue secretaria de Estado, defiende una intervención multilateral aunque sea sin el respaldo de la ONU. O lo que es lo mismo, una guerra como la denostada de Bush contra el Iraq de Sadam Husein.

Anne-Marie Slaughter, colaboradora de Obama en asuntos diplomáticos, lanzó un vibrante llamamiento a favor de “una acción valiente”, una nueva fase de la guerra mediante “una coalición de Estados que suministrarían las armas pesadas, y eventualmente una cobertura área, a los comandantes [de la insurrección] que firmaran una declaración de los valores que deberían ser respetados en una Siria pluralista y democrática”.

Esa exigencia dirigida a los jefes de las milicias, nada menos que para comprometerse con una Siria supuestamente democrática, resultaría emocionante si no fuera completamente grotesca en un conflicto esencialmente étnico, sectario y envenenado por las turbulencias de la región. Los izquierdistas que se mueven en torno a Obama han huido del pacifismo que profesaban y tratan de imitar a los neoconservadores que aconsejaron a Bush una acción bélica decidida y sin restricciones en Iraq para incoar un nuevo orden en el Próximo Oriente, pero parece que son incapaces de explicar sus propuestas con un mínimo de seriedad.

Nadie se atreve a predecir qué ocurrirá en Siria si finalmente produce la caída del régimen. La oposición es un conglomerado heteróclito e inconexo que incluye tanto a los rebeldes iniciales como a los grupos armados inspirados en la guerra santa que cometen atentados suicidas y las milicias de confesión suní que claman venganza, pertrechadas por Arabia Saudí y Qatar, mientras la cadena Al Yazira se entrega a labores de propaganda, mantiene el recuento macabro de las víctimas entre la población civil y anima a los combatientes de Alepo para que resistan.

Lo que se ha logrado, entre otras cosas, es que no tenemos la menor idea de cuántos sirios han muerto por una guerra alentada desde el exterior contra una dictadura inhumana que se siente acorralada. Nadie se atreve a decir que una guerra civil similar a la que sufrió Iraq, incluso con más desastrosas consecuencias, puede acabar con la Siria que conocemos y que ideó el colonialismo francés a partir de 1919. Un periodista indio, Kapil Komireddi, escribe desde Damasco en el New York Times: “La sociedad plural de Siria, que supo alzarse por encima de las identidades sectarias en una región con frecuencia caracterizada por la utilización homicida de las creencias religiosas, se encuentra ahora con la desintegración civil y la limpieza étnica.”

Todas las minorías, y especialmente la cristiana (2,5 millones de personas), que vieron con simpatías las manifestaciones iniciales en favor de la democracia, ahora están alarmadas ante una revuelta que ha sido secuestrada por los milicianos suníes (Hermanos Musulmanes) y los seguidores de Al Qaeda que han hecho de los templos cristianos uno de sus objetivos militares predilectos. ¿Por qué cambiar de opresor?, se preguntan algunos cristianos o kurdos, lo mismo que los egipcios coptos. Una vez más, las perspectivas de una transición democrática y pacífica hacia la democracia en el Oriente Próximo se han transformado en una pesadilla sangrienta.

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Responses

  1. Bendiciones


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