Posteado por: M | 14 agosto 2012

Berlín 1961, el calvario de Kennedy

El 13 de agosto de 1961, los albañiles y la policía del régimen de la Alemania comunista comenzaron a levantar el muro de Berlín, la horrenda cicatriz en el corazón de la ciudad, símbolo de la división del mundo y de Europa, que se perpetuó hasta 9 de noviembre de 1989, cuando los berlineses de ambos lados comenzaron a derribarlo después de que Mijail Gorbachov hubiera asegurado que las tropas soviéticas no dispararían contra personas desarmadas. Muchos ciudadanos no olvidarán jamás las escenas de terror que acompañaron la erección del muro y cómo quedaron prisioneros en la República Democrática Alemana (RDA) durante algo más de 28 años. ¿Cómo fue posible y a quién debe atribuirse la responsabilidad histórica?

El periodista Frederick Kempe, que durante muchos años fue reportero, columnista y director del Wall Street Journal, ha escrito un libro importante y polémico que utiliza una documentación exhaustiva sobre aquel acontecimiento histórico, quizá el más decisivo de la guerra fría, así como sobre las negociaciones y conciliábulos diplomáticos, especialmente entre Estados Unidos y la Unión Soviética, que trataron de evitar supuestamente la primera guerra nuclear de la historia. El libro se titula Berlín 1961. El lugar más peligroso del mundo (Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2012), aunque aborda igualmente otros hechos anteriores o posteriores.

El manejo de las fuentes, tanto norteamericanas como alemanas y soviéticas, y la reconstrucción diplomática de los hechos resultan exhaustivas e impecables. Algunas descripciones del clima de la época y de los personajes implicados en los acontecimientos me parecen admirables, y me atrevería a catalogar como pieza maestra del periodismo el relato de las famosas y tortuosas entrevistas que el presidente John Kennedy y el líder soviético Nikita Jruschov mantuvieron en Viena, el 3 y el 4 de junio de 1961. “Ha sido la peor experiencia de mi vida”, resumió Kennedy ante el periodista y confidente James Reston.

Dos meses y una semana después, el muro empezaba a levantarse a unos pocos pasos de la Puerta de Brandemburgo, y no lejos de allí, los tanques soviéticos y norteamericanos se apuntaban directamente. ¿Teatro bien montado o el preludio de una conflagración mundial con armas nucleares? Quizá nunca se sabrá, porque el engaño o las bravatas, si los hubo, no figuran en los documentos hasta ahora desclasificados. Kennedy se quedó mudo después del 13 de agosto, no hizo ninguna declaración oficial, pero confesó a sus colaboradores: “No es una solución agradable, desde luego, porque un muro es un infierno, pero mucho mejor que una guerra.”

Algunos hechos apuntan en la dirección de que Kennedy estaba interesado en mantener las rutas de abastecimiento militar a través de la RDA y la protección de Berlín occidental, pero no en plantar cara a la expansión o consolidación del comunismo en Europa oriental y muy especialmente en la RDA. Kempe nos informa, además, de que Robert Kennedy, hermano del presidente y a la sazón ministro de Justicia, había entrado en contacto con Georgui Bolshakov, agente del KGB, para decirle que su hermano “simpatizaba” con “el temor soviético de los revanchistas alemanes”.

Kempe nos presenta a un Kennedy enfermo, martirizado por los dolores de espalda, de moral vacilante, más dubitativo que soberbio, que no se sobrepuso del desastre de sus entrevistas con Jruschov en Viena. Tampoco es halagador el retrato de algunos de los colaboradores del presidente en los momento cruciales, la corte de la Casa Blanca: el consejero Dean Acheson, que había sido secretario de Estado con Truman; su sucesor en el departamento, Dean Rusk, abrumado por la responsabilidad y sin expresar ninguna opinión; el historiador Arthur Schlesinger, a la cabeza de los más apaciguadores; y el consejero especial y luego biógrafo Ted Sorensen, muy poco detallista en el calvario diplomático de su patrón.

No cabe ninguna duda de que Kempe fustiga la inexperiencia de Kennedy, su floja determinación ante el coriáceo Jruschov, y le acusa implícitamente de cruzarse de brazos ante la división permanente de Berlín y, por supuesto, de Alemania. Cuando el líder soviético le conminó con la firma de un tratado de paz con la RDA, que daría a ésta el control de los accesos a Berlín occidental, Kennedy no supo articular una respuesta que fuera más allá de la protección de los derechos norteamericanos sobre la ciudad dividida. ¿En qué pensaban los brillantes consejeros de la Casa Blanca? Probablemente seguían anclados en el inicuo reparto de Yalta y Potsdam.

Quizá el libro de Kempe no ofrece una visión estrictamente revisionista, puesto que no hay dudas de que tanto la desastrosa invasión de Bahía Cochinos (Cuba), en abril de 1961, mal preparada y peor ejecutada, como la erección del muro de Berlín, en agosto siguiente, constituyen dos sonados fracaso del primer presidente católico de EE UU. Pero el autor oculta, no sabemos si deliberadamente, que la invasión para derrocar a Castro fue preparada por la CIA con el visto bueno del presidente Eisenhower en el segundo semestre de 1960, antes de que Kennedy derrotara a Nixon en las presidenciales. Lo cierto, en todo caso, es que Kennedy no supo rectificar a tiempo la peligrosa aventura legada por su predecesor en la Casa Blanca.

Resulta evidente, desde luego, y el libro lo subraya, que la Administración de Kennedy estaba profundamente dividida en torno a la cuestión alemana y europea, así como en el tipo de relaciones que debían mantenerse con la URSS, pero cargar las tintas del oprobio sobre el comportamiento de Kennedy me parece excesivo porque creo que los norteamericanos de la época no estaban dispuestos a “morir por Berlín”, como confirman las divergentes opiniones de los consejeros. Tratar a Kennedy de apaciguador frente a Jruschov, teniendo en cuenta el clima extremadamente tenso, refleja sólo parte de la verdad si no se tiene en cuenta el profundo debate interno en EE UU.

Más acertada me parece la opinión de Kempe sobre lo que ocurrió después y cómo el aparente triunfo sobre Kennedy en Viena envalentonó al líder soviético, también sometido a fuertes y contradictorias presiones internas, hasta el punto de llevarle a instalar misiles en Cuba para provocar en octubre de 1962 la peor crisis de la guerra fría, cuando el holocausto nuclear estuvo más cerca que nunca.

En cualquier caso, el libro de Kempe constituye una revisión acerada de las innumerables obras que tienden a presentar a un Kennedy más brillante de lo que en realidad fue y prácticamente impecable en el ejercicio de sus responsabilidades presidenciales. Un ejercicio de rigor histórico sobre la experiencia azarosa de un presidente y la formación final de su carácter.

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