Posteado por: M | 26 agosto 2012

Israel y EE UU discrepan sobre la bomba de los ayatolás

La amenaza de los misiles, ahora con cabezas nucleares, se cierne sobre el Oriente Próximo. Fracasadas las negociaciones diplomáticas sobre el desafío del programa atómico de Irán, el gobierno de Israel esgrime de nuevo la amenaza de un ataque preventivo y en Estados Unidos aumenta la ansiedad ante las sombrías perspectivas de un conflicto incontrolable en la región del petróleo, en el momento en que el presidente Obama y su oponente republicano, Mitt Romney, se preparan para el asalto final del próximo 6 de noviembre. Irán acelera los preparativos para fabricar una bomba nuclear e Israel tiene planeado el ataque desde hace varios años. ¿Hasta cuándo persistirá la tensa espera?

Todas las informaciones de este mes de agosto resultan inquietantes porque los científicos, los militares y los estrategas no tienen vacaciones. Los acontecimientos siguen su curso de manera inexorable, hacia la confrontación. El informe de los inspectores internacionales se filtró parcialmente a las agencias de prensa y deja poco espacio para la especulación o la maniobra: los iraníes han instalado centenares de nuevas centrifugadoras durante los últimos meses para producir combustible nuclear en el silo subterráneo de una base cerca de Qom, considerado virtualmente invulnerable a un ataque militar, la llamada “zona de inmunidad” por los técnicos militares israelíes.

Los halcones del gobierno de Israel –11 de sus 14 miembros, según creen en Washington– están a favor del ataque y arguyen, por consiguiente, que no pueden demorar el ataque sin correr el riesgo de que las instalaciones militares más importantes queden suficientemente protegidas como para resultar indemnes de un bombardeo. Como cabe suponer, el poderoso lobby o grupo de presión israelí en EE UU está aprovechando la campaña electoral –contribuciones en metálico y promesa de votos– para presionar sobre Obama y hacerle ver que las negociaciones diplomáticas y las sanciones no conducen a ningún sitio.

El informe internacional sobre la capacidad nuclear iraní se ha convertido rápidamente en un asunto relevante de la campaña electoral. El candidato Romney, en una reciente visita a Israel, a finales de julio, y según querían oír sus anfitriones, acusó al presidente Obama de perder un tiempo precioso con las infructuosas negociaciones multilaterales con Irán. Al margen de la contienda partidista, que arrecia con la convención republicana, lo cierto es que los científicos y los militares iraníes han hecho considerables progresos para dotarse, si así lo decide la clerecía gobernante, del arma nuclear.

Las presiones diplomáticas y el aislamiento del régimen iraní preconizado por EE UU y otros países occidentales se han saldado hasta ahora con resultados contradictorios, como lo confirma la reunión que los países No Alineados celebrarán esta semana en Teherán con asistencia, entre otros líderes mundiales, del secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, y del presidente de Egipto, el islamista Mohamed Morsi, que de este forma rompe con el comportamiento habitual de la diplomacia egipcia y redobla las inquietudes de Israel, ahora que el terrorismo y los tanques vuelven a circular por el Sinaí recordando tiempos aciagos.

El presidente egipcio, elegido bajo la bandera de la Hermandad Musulmana, no sólo ha purgado súbitamente a la cúpula militar, sino que ha dado a entender que se propone revisar el tratado de paz firmado con Israel en 1979 y que establece, entre otras cláusulas, la desmilitarización de Sinaí, condición impuesta a la sazón por los negociadores israelíes en la conferencia de Camp David (1978), bajo la égida del presidente Jimmy Carter, para transferir a Egipto la soberanía limitada de la península.

En los medios gubernamentales israelíes se sospecha que el mortal atentado del 5 de agosto, cuando unos terroristas mataron a 16 soldados egipcios en un puesto fronterizo cerca de Gaza, podría ser un pretexto para modificar por cauces no convencionales el tratado de paz y reiteran que éste no puede revisarse sin el consenso de ambas partes. En todo caso, la presencia del presidente Morsi en Teherán causa enciende todas las alarmas en Israel y refuerza la posición de los partidarios de una operación militar contra las instalaciones nucleares iraníes.

El informe de los expertos de la ONU (Agencia Internacional de la Energía Atómica) asegura que Irán está enriqueciendo uranio hasta el nivel del 20 %, más que suficiente para producir una bomba nuclear operativa, por más que Teherán insista en que el reactor se utiliza exclusivamente para los tratamientos médicos o en que la energía producida sólo servirá para fines pacíficos. En cualquier caso, los expertos norteamericanos calculan que Irán necesitará unos dos años para hacerse con una cabeza nuclear susceptible de ser colocada en un misil, la verdadera pesadilla con la que se levantan a diario los israelíes. ¿Qué ocurrirá dentro de dos años?

No obstante, nadie sabe en Occidente, ni tampoco en Israel, si los ayatolás han decidido ya fabricar la bomba o si están reflexionando antes de franquear el umbral que les llevaría a convertirse en una potencia nuclear, como antes hicieron India, Pakistán y Corea del Norte, en abierto desafío de las cinco potencias nucleares: EE UU, Rusia, Gran Bretaña, Francia y China (por su orden de entrada en el club). Se admite en todo el mundo que Israel dispone de armas nucleares, pero jamás lo reconoció su gobierno. Con la bomba de los ayatolás o sin ella, la ominosa proliferación nuclear pende siniestramente sobre toda la humanidad.

El proceso de decisión de los ayatolás en las cuestiones atómicas y diplomáticas resulta inescrutable para los occidentales, que todavía tienen más preguntas que respuestas sobre la revolución islámica de 1979; pero lo único que parece estar claro es que la visión mundial del imán Jomeini, jefe espiritual y modelo venerado de guía, ejerce aún una fuerte influencia sobre sus herederos, de manera que el islamismo mesiánico se impone al pragmatismo en las cuestiones relevantes de la política exterior. La ideología de los dirigentes de Teherán no admite ninguna componenda o transacción porque se trata de un dogma religioso que incluye el imperativo de exportar la revolución y castiga con el anatema y la muerte civil a cualquier dirigente que se atreva a desafiarlo.

Si al dogma religioso añadimos que la cuestión atómica se identifica con la soberanía y la identidad nacionales, podemos asegurar que los ayatolás no suspenderán la fabricación de combustible nuclear por más presiones y sanciones que deban soportar. La historia demuestra además, de manera incontrovertible, que la diplomacia apaciguadora y el recurso de las sanciones traslucen la impotencia operativa y sólo sirven para fortalecer a los regímenes castigados.

Las relaciones de Israel con EE UU empeoraron considerablemente durante la presidencia de Obama y sufren en estos momentos el cansancio de un intenso forcejeo sobre la eventual operación militar contra las instalaciones nucleares iraníes. En sus tres primeros años en el poder, tanto el presidente como su secretaria de Estado, Hillary Clinton, defendieron que era más inteligente “presionar con las sanciones y las negociaciones”, levantando oleadas de indignación y múltiples agravios en el gobierno israelí. En un discurso pronunciado el 4 de marzo ante la asamblea anual del American-Israel Public Affairs Committee –nombre oficial del lobby judío norteamericano–, Obama rectificó parcialmente su actitud al proclamar que Israel tiene derecho a hacer lo que considere esencial y que el tiempo para la acción diplomática es limitado. Y añadió que la estrategia norteamericano “no es de disuasión, sino de prevención”.

Los dirigentes de Teherán no se sintieron alarmados por la nueva actitud del presidente norteamericano y sus allegados, de los que siguen pensando, como hacían los chinos en los años 60, que son un tigre de papel más que la representación menguada del Gran Satán; que nunca se arriesgarán a una acción preventiva que repugna a su ideología izquierdista; y que no ordenarán una operación militar en la región del petróleo cuando los ejércitos de la primera potencia mundial no han superado aún el estrés de las guerras de Iraq y Afganistán.

Las últimas declaraciones de los responsables del Pentágono, en vez de calmar las inquietudes israelíes, las aumentaron. El secretario de Defensa, Leon Panetta, en el mejor estilo obamita, insistió en que “aún hay espacio para continuar la negociación”, mientras que el jefe del Estado Mayor conjunto, el general Martin Dempsey, señaló el 14 de agosto que el bombardeo de las instalaciones nucleares sólo serviría “para demorar, no para destruir, las capacidades nucleares de Irán”. Ambas declaraciones helaron la sangre a varios dirigentes judíos. Los dos dieron a entender que corresponde a Israel tomar la decisión. Una vez adoptada, ¿contaría con la colaboración de la impresionante panoplia militar estadounidense?

Los más próximos colaboradores de la Casa Blanca e incluso los defensores a ultranza de su estrategia negociadora y de disuasión verbal, incluido, por supuesto, el editorialista del New York Times, insisten en recordar los riesgos de una operación militar contra Irán, aluden a la campaña electoral norteamericana y argumentan que “todavía hay tiempo para intensificar la diplomacia” si los líderes israelíes dejan de tocar los tambores de la guerra y vuelven a la prudencia. ¿Hasta cuándo? Una pregunta que acaba con todos los consejos.

Los argumentos de Ehud Barak

En Israel, sin embargo, la guerra vuelve a estar de nuevo en los espíritus y en los titulares de los periódicos. El diario Yedioth Ahronoth, el de mayor circulación del país, titulaba la semana pasada en su primera página: “Netanyahu y Barak están resueltos a atacar a Irán en otoño”. En el diario Haaretz, prestigioso e izquierdista, el ministro de Defensa, Ehud Barak, explicó con todo lujo de detalles las razones por las que él y el primer ministro estaban dispuestos a lanzar el ataque, incluso en contra de la opinión de los expertos de defensa que se oponen a una acción unilateral.

La argumentación de Barak, un político que procede del laborismo y que no puede situarse en el campo de los extremistas, es que la estrategia de contención de EE UU nunca dio resultados en el campo de las armas nucleares. “Ronald Reagan no quería ver a un Pakistán nuclear, pero Pakistán lo consiguió –recuerda–. Clinton tampoco deseaba una Corea del Norte nuclear, pero ésta se hizo con la bomba.” Y concluye con unas duras palabras: “No podemos levantarnos una mañana y descubrir que nuestra fe en los norteamericanos se ha desvanecido porque los norteamericanos no actuaron al final (…) Israel hará lo que tenga que hacer.”

La cacofonía entre Washington y Jerusalén es más estridente que otras veces. Netanyahu insiste en que el informe de los inspectores internacionales es “una nueva prueba de que Irán galopa hacia la obtención de una capacidad nuclear”, mientras que el portavoz de la Casa Blanca aseguró que “hay tiempo y espacio” para una solución diplomática. Las discrepancias se mantienen y probablemente se harán más visibles durante la campaña electoral, dada la importancia que adquieren el voto y las donaciones de la comunidad más poderosa económicamente de EE UU, aunque no la más nutrida.

¿Tratan los halcones israelíes de forzar la mano de Obama, agobiado por el calendario electoral?  Netanyahu se encuentra a sus anchas mientras cultiva la mentalidad de asedio que prevalece entre los israelíes, pero quizá debería prestar más atención a los problemas que tiene, como aquel que dice, dentro de casa. ¿O quizá pretende el presidente norteamericano, como algunos de sus predecesores, convencer a Israel de que su ventaja estratégica decisiva no peligrará mientras mantenga la alianza indestructible con EE UU? El mismo mensaje que puede transmitir a las monarquías del golfo Pérsico, con Arabia Saudí a la cabeza, siempre temerosas del expansionismo teocrático de Irán.

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