Posteado por: M | 31 agosto 2012

El equipo Romney-Ryan, en orden de campaña

Si se exceptúa el gran espectáculo cinematográfico del diálogo del veterano Clint Eastwood con una silla vacía –la del presidente Barack Obama–, con el que vino a simbolizar el desencanto y la ansiedad de innumerables norteamericanos, la convención del Partido Republicano en Tampa (Florida), para consagrar a Mitt Romney y Paul Ryan como candidatos a la presidencia y la vicepresidencia, respectivamente, se cerró sin grandes arrebatos o sorpresas, de modo que la campaña sigue tan viva como incierto el resultado que se producirá el 6 de noviembre, en los momentos en que la primera potencia mundial atraviesa por un período de horas bajas en el exterior y una situación económica inquietante, con cifras estratosféricas de déficit y deuda (15 billones de dólares). 

Eastwood hablando con un Obama imaginario

La decepción causada por Obama y el incumplimiento de muchas de sus sonadas promesas –las guerras, el desempleo, el aumento galopante de la deuda, el mantenimiento de la prisión de Guantánamo, el fracaso con Irán, el desencuentro con Israel— no han servido para crear una alternativa sólida, como ocurrió con Ronald Reagan en 1980, sino para ahondar las fracturas que se observan en la sociedad norteamericana desde hace tiempo.

Obama estaba llamado a cerrar esas heridas y preparar el terreno para una fulgurante resurrección. La enormidad de la decepción sólo es comparable con la gravitación de las esperanzas defraudadas. La reforma del sistema sanitario, presentada como el alba de una nueva era, consumió recursos económicos y energías morales, rompió el consenso social, hasta llegar al Tribunal Supremo, y contribuyó de manera decisiva a la radicalización del Partido Republicano, borrando la garantía de la continuidad en el sistema.

La radicalización derechista del Partido Republicano, del que han desaparecido los grandes tenores pragmáticos, se expresó a través del representante Paul Ryan, un congresista católico, ultraliberal y heterodoxo, que conecta con el Tea Party, convertido en estrella ascendente en un panorama político y económico bastante desolado. El joven diputado de Wisconsin abandera las legiones de desencantados –anglosajones, blancos y conservadores—que desfilan bajo una enorme pancarta en la que se proclama: “Menos impuestos y menos gobierno”, viejo, sucinto lema y aspiración última de una sociedad que rinde culto a la libertad individual, que desconfía del gobierno y sigue manteniendo el ideal del sueño americano, del camino de perfección (no de servidumbre) y hacia la prosperidad por el esfuerzo. El camino ideológico de Ayn Rand, Friedrich Hayek y Milton Fridman, el liberalismo a ultranza, de los que Ryan se considera un discípulo en cuanto defensor acérrimo de la libre empresa y adversario furibundo de la creciente intervención del Estado.

No obstante, uno de los principales mensajes que trató de transmitir la convención de Tampa es que los republicanos no son “ni ricos ni blancos”, como aseguran los demócratas en sus cuñas publicitarias, sino que representan el famoso melting pot que prevalece en la sociedad. Un llamamiento bien estudiado en dirección de las minorías. Sus mejores embajadores en ese escenario fueron la fulgurante Condoleezza Rice, ex secretaria de Estado; la muy popular Susana Martínez, gobernadora del estado de Nuevo México, y el senador Marco Rubio, de Florida, hijo de inmigrantes cubanos, de verbo encendido, que tuvo el honor de presentar a Romney, en la velada de clausura, como “el hombre especial que debe dirigirnos en un tiempo especial”.

Mitt Romney, que hasta llegar a Tampa era un moderado, un republicano millonario y convencional, con reputación de buen gestor e innumerables apoyos en Wall Street, no tuvo más remedio que adaptarse a las exigencias del viento que sopla con fuerza entre las filas del partido: el viento de la llamada revolución conservadora, del radicalismo, con el que ya se movió Newt Gingrich para amargarle el segundo mandato al presidente Bill Clinton (1997-2001). Ese radicalismo fue igualmente utilizado para infligir una derrota humillante al Partido Demócrata de Obama en las elecciones de mitad de mandato en 2010.

Una nueva plataforma republicana, como la sellada en la convención de Tampa, prohíbe prácticamente cualquier subida de impuestos, salvo para los gastos militares, y adopta una retórica inusualmente dura en cuestiones de moral y política exterior, desde la proscripción del aborto y la hostilidad hacia el intervencionismo gubernamental al tratamiento de Rusia y China como si se mantuvieran como los enemigos de la guerra fría, así como el repudio imperativo de Obama por no haber sabido terminar con la amenaza nuclear de Irán que tiene en vilo a Israel y sus numerosos partidarios. Para estar a tono con la audiencia, en el discurso de aceptación de la candidatura, Romney volvió sobre el tema iraní y acusó a Obama de haber “arrojado a Israel debajo del autobús”, es decir, de permitir que el más estrecho aliado de EE UU quede bajo la amenaza probable de los misiles nucleares del régimen teocrático de Teherán.

En su discurso de investidura, Romney tendió la mano a los electores centristas que fueron cautivados por Obama en 2008 para decirles que no deben sentirse culpables por el pésimo resultado de la apuesta si ahora cambian su voto, “incluso si estuvieron orgullosos de apoyarlo como el primer presidente negro de la nación”. Era como una reiteración del principal argumento de la punzante conversación que Clint Eastwood mantuvo con la silla vacía de Obama, y sin recurrir al famoso teleprompter que se ha convertido en la muleta indispensable de los políticos de cualquier partido y condición:

“El país es nuestro, los políticos son nuestros empleados, y cuando alguien no hace el trabajo, hay que echarlo –señaló el gran actor convertido en fiscal–. Así que es hora de que venga otro y resuelva el problema.”  La hora para que un nuevo presidente tome las riendas del país, lo conduzca a la prosperidad económica y lo mantenga como la potencia indispensable que fue y que parece a punto de dejar de serlo. Porque la mayoría de los augures coinciden en que EE UU se encuentra en retirada en el escenario global. Y Obama parece haber perdido parte de su fascinante elocuencia.

La requisitoria de Niall Ferguson

En un vibrante artículo publicado en el semanario Newsweek, el historiador y economista británico Niall Ferguson, autor de libros de gran éxito, lanzó una auténtica requisitoria contra Obama, cuyo balance tildó de “lamentable”, ofreciendo unas cifras económicas que levantaron una fuerte polémica y la reacción airada de algunos omabitas notorios como el premio Nobel y socialdemócrata casi oficial Paul Krugman. Lo peor del cuatrienio, a juicio de Ferguson, serán las consecuencias geopolíticas de los fracasos económicos de Obama, incluyendo que será adelantada por China como la primera potencia por su producto interior bruto (PIB) antes de que finalice el actual decenio.

La respuesta y la explicación sobre el discurso de Romney las ofreció el mismo día el New York Times en su primera página con la amable hipótesis de “los votantes que están disgustados con el presidente Obama pero que permanecen vinculados a él”, aunque no sabemos si al final romperán el cordón umbilical de la fascinación en el caso harto probable de que la situación económica no mejore. El ex gobernador Romney no es el candidato ideal de un Partido Republicano bastante dividido y radicalizado, pero ya se sabe que la economía suele deparar algunos milagros, cuando faltan 65 días para el escrutinio.

Al final de estos cónclaves electorales, de esas convenciones que son como un fin de fiesta con todas las estrellas en el escenario, como un circo mediático, siempre se oye como un eco de las famosas palabras de Clinton en 1992, cuando derrotó inesperadamente a Bush padre: “It´s the economy, stupid”, un cita poco original porque se la había prestado un consejero, James Carville, al que desde aquí, modestamente, me complazco en devolver la paternidad del hallazgo. Y las estadísticas nos dicen que desde 1945 ningún presidente fue reelegido cuando la tasa de paro superaba el 8 %, como ocurre en estos momentos.

Un destacado cronista, Beth Rheinard, del National Journal, advertía: “Nadie espera que Mitt Romney pronuncie uno de los mejores discursos de todos los tiempos. No es necesario. Porque se bate contra un presidente que se enfrenta a la peor situación económica que se haya conocido desde hace decenios durante una campaña electoral.” Mucho peor, desde luego, que la de 1980, cuando Reagan derrotó a otro presidente en el momento del repliegue e igualmente en pésimas relaciones con Irán: Jimmy Carter. Las encuestas mantendrán el empate técnico y el interés hasta el último momento.

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