Posteado por: M | 7 septiembre 2012

Obama y los demócratas en busca del centro

En el discurso de aceptación de su candidatura para un segundo mandato, el 6 de de septiembre, Barack Obama pidió más tiempo para completar su tarea, pero advirtió prudentemente de que el camino será duro “para resolver los desafíos acumulados durante decenios”. Una tarea hercúlea, desde luego, que demandará el esfuerzo y la paciencia de todos, pero que no debe quedar en manos de su adversario republicano, Mitt Romney, si los electores, en realidad, pretenden acelerar la recuperación del país. Una simplificación política y una incertidumbre, además de escaso entusiasmo. Nada más terminar la convención, las encuestas seguían ofreciendo un empate técnico.

 

A buen entendedor, el discurso del presidente proclama sin ambages que la primera potencia mundial está en apuros y que, por ende, la situación económica será la encargada de dirimir el duelo electoral el 6 de noviembre. No queda claro, sin embargo, cuál es el arduo camino que ofrece Obama, pero “que lleva a un sitio mejor”, si muchas de las promesas de 2008 están incumplidas o abandonadas y si la decepción acampa entre sus mismas huestes. Tampoco se vislumbra el nuevo horizonte que los demócratas ofrecen a la clase media, que sin duda está escaldada por la crisis, y cuyas inquietudes serán uno de los platos fuertes de la campaña electoral.

No obstante, la estrategia electoral de los demócratas quedó clara: en busca del centro, aunque sólo sea para mitigar el sambenito radical que cuelga de la Casa Blanca. Así, el programa del Partido Demócrata fue revisado en el último momento para introducir la fe en Dios como característica del alma norteamericana y para proclamar que Jerusalén es la capital del Estado de Israel, una concesión al famoso lobby judío que cada día está más alejado de la Casa Blanca, en espíritu y en contribuciones dinerarias, ante las vacilaciones de Obama en su estrategia en el Oriente Próximo y frente a las ambiciones nucleares de Irán.

Con la convención del Partido Demócrata en Charlotte (Carolina del Norte) se clausuró el gran episodio que comenzó con las primarias en enero de este año, ese gran espectáculo de la democracia que a veces se confunde con un circo mediático pero que confirma la pasión de los norteamericanos, al menos, de los que votan, por sus instituciones, sus líderes y sus protocolos. Ahora quedan dos meses frenéticos, de máxima excitación, cuando los candidatos se enfrentarán directamente y tratarán de convencer a esa gran franja de electores independientes (que no pertenecen a ningún partido) y que probablemente decidirán el resultado en los llamados swing states (estados indecisos), una docena, en los que ningún candidato tiene una ventaja decisiva, aquellos en que la batalla se presenta muy reñida.

Según los cronistas norteamericanos de todos los colores, el de Charlotte no fue uno de los mejores discursos de Obama, aunque bien es verdad que no se le pueden exigir siempre las mismas prestaciones brillantes a un orador prodigioso, imbatible con ayuda del teleprompter, que supera claramente a su adversario y que conecta fácilmente con el electorado. Está en posesión de la manoseada empatía, la identificación mental y afectiva con sus escuchantes, que ya tuvo mucho que ver con su triunfo de noviembre de 2008. “Uno de los mejores, si no el mejor, orador político de este país”, según un cronista del Washington Post. Pero probablemente no tuvo su mejor día, claramente superado por su esposa Michelle y el ex presidente Bill Clinton, que sigue siendo el gran ilusionista, pero también el hombre del superávit fiscal y la prosperidad.

El lema del “cambio”, que hace cuatro años acompañó a Obama en su fulgurante ascenso, ahora está en manos de los republicanos, en un país aparentemente fracturado entre una izquierda utópica y una derecha reaccionaria que confunde el intervencionismo estatal con el socialismo. En la principal pancarta colocada en el Time Warner Cable Arena de Charllotte podía leerse “Forward” (Adelante), que más bien apunta a un tiempo de continuidad o consolidación. A partir de ahí, se multiplican las preguntas incómodas o sin respuesta. ¿Cómo invitar a seguir por el mismo camino de un desempleo del 8,1 % (bajó 2 décimas en agosto), que en EE UU se considera desorbitado, y un déficit incontrolable?

Más que un discurso de investidura, de propuestas electrizantes, el de Obama fue una recapitulación pragmática sobre el estado de la nación, y éste, como se sabe, tiene grandes agujeros y es poco estimulante. En medio de la charanga partidista y el relumbrón de las estrellas de Hollywood, como Scarlett Johansson, Obama se comparó con Franklin D. Roosevelt, el presidente que sacó al país de la Gran Depresión, y dio rienda suelta a la emoción cuando habló de esos veteranos lisiados que consiguen caminar y correr e incluso ir en bicicleta con piernas ortopédicas. “Si ustedes comparten esa fe conmigo, si comparten conmigo esa esperanza, entonces, esta noche, les pido el voto”, concluyó entre grandes aplausos. Parece evidente que no era su día. ¿Una metáfora del país, postrado en silla de ruedas después de sus cuatro años en la Casa Blanca? Hasta la elocuencia se contagió de la pesadumbre ambiental.

¿Está usted mejor que hace cuatro años?

De todas maneras, la batalla final se librará en el terreno de la economía y con el recuerdo de la tremenda pregunta que el aspirante republicano, Ronald Reagan, en el último debate televisado, dirigió en 1980 a los electores: Are you better off now than you were four years ago? ¿Está usted mejor ahora que hace cuatro años? Según Reagan, la respuesta a esa pregunta debería decidir el voto, y así ocurrió. Como se recordará, el entonces presidente Jimmy Carter no supo contraatacar satisfactoriamente y acabó encajando una fuerte derrota que le impidió cumplir un segundo mandato. Las consecuencias fueron duraderas, pues los ocho años de Reagan en la Casa Blanca (1981-1989) provocaron cambios históricos en la moral nacional, la economía y la política exterior. Un legado que ni siquiera Obama se atrevió a poner en tela de juicio.

Los resultados de las encuestas son inquietantes para el presidente en ejercicio. Sólo el 20 % aproximadamente de los encuestados considera que sus circunstancias financieras son ahora mejores que en 2008, según un sondeo de la CBS News realizado en agosto, mientras que el 39 % cree que está peor. Los estadounidenses, en general, se muestran harto pesimistas sobre su futuro inmediato. Quizá eso se debe, entre otras causas, a que las rentas y el nivel de vida de la clase media se hallan estancados desde los años 70, y no mejoraron incluso en épocas de prosperidad como durante los ocho años de Bill Clinton (1993-2001).

Clinton, consciente del pesimismo reinante, supo aprovechar su discurso para rendir culto a “la libre empresa”, proclamar su simpatía con la cólera popular y la frustración, pero añadir que con  Obama se han “colocado los cimientos (…) para una prosperidad compartida”. Fue el gran prestidigitador de siempre, elogió incluso a algunos presidentes republicanos y remató tan brillante faena argumentando que la democracia “no necesita ser un deporte de sangre”. El mismo discurso centrista y brillante que utilizó en 1992 para coronar un programa de reforma del gobierno y promoción de la responsabilidad personal. Objetivos incumplidos.

Pero seguimos sin saber muy bien quién es y qué quiere Obama, el primer presidente negro. Junto a la delicada situación económica, el mayor reproche que se le dirige está sustentado en su escasa habilidad para forjar los consensos bipartidistas en el Congreso que suelen ser necesarios en la resolución de los problemas más acuciantes. Se apunta, con razón, a los radicales del Partido Republicano, pero éste, como es notorio, no es un bloque homogéneo y está dividido entre radicales y moderados, proclives a los vientos variables.

¿Dónde está el tan acareado pragmatismo que sus estrategas atribuyen a Obama? La “constructive cooperation” a que se refirió Clinton como una virtud política indeclinable no visitó mucho la Casa Blanca durante los últimos cuatro años. El caso más desgraciado de enfrentamiento fue el de la reforma de la ley del servicio médico nacional, rechazada por los republicanos, que acabó en el Tribunal Constitucional y cuya aplicación por algunos estados se considera problemática.

Quizá en esa incapacidad para tender puentes, como exige la Constitución escrita más vieja del mundo, se fundan el enigma, el radicalismo o la aureola que rodean a Obama, tanto entre los panegiristas como entre los detractores. Ruth Marcus se pregunta si en verdad es “un pragmático progresista”, y David Brooks le reprocha que no tenga el ímpetu necesario para corregir “un sistema político completamente disfuncional”. Los hay más intervencionistas que Obama, y Brooks es uno de ellos: “Estados Unidos sólo será gobernable de nuevo si tiene un líder que rompa el molde replantea el debate”. ¡Horror! Parece un socialdemócrata europeo reclamando un cirujano de hierro.

En el otro extremo, el muy conservador y prestigioso George F. Will presenta a Obama como “el verdadero radical”, “un político determinado a completar el proyecto de emancipación del gobierno de los límites estrictos señalados por los Padres fundadores, un proyecto en el que ya se embarcó Woodrow Wilson hace 100 años en noviembre”. Una acusación de intervencionismo rampante que contrasta con el proyecto ultraliberal de los republicanos que piden “menos Estado y menos impuestos” y que ven en la Unión Europea una coalición decadente de “países socialistas (sic).

Las elecciones del 6 de noviembre, cualquiera que sea su resultado, no pondrán fin a tan enconados debates, ni es previsible que provoquen un seísmo en ambas Cámara del Congreso. Por muy presidencialista que parezca, el sistema se basa en los checks and balances, los equilibrios sutiles, a veces en medio de broncas gigantescas, entre los tres poderes rigurosamente separados. Al futuro quizá le repugna el mesianismo. Un ejemplo: fue el pragmático Lyndon Johnson, un demócrata tejano, el que finalmente acabó (ley de los derechos civiles de 1964) con la vergüenza de la segregación racial imperante en el profundo sur.

Obama parte con una ligera ventaja y una experiencia sin duda contrastada. El candidato republicano, Mitt Romney, más curtido en los negocios que en la política, no parece ser el hombre más adecuado para abanderar el cambio que preconiza. La situación tendrá que madurar antes de que llegue un revulsivo como el de 1980. Aunque bien es verdad que esa sazón podría anticiparse si la crisis económica y el declive exterior se conjugan como agentes de transformación.

 

 

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