Posteado por: M | 10 septiembre 2012

Hollande se cae del caballo

El presidente de Francia, el socialista François Hollande, que llegó al poder hace cuatro meses con un programa de reactivación económica y gasto social, de crecimiento a ultranza, para combatir la recesión y el desempleo, acaba de sucumbir a los cantos de sirena, por lo visto irresistibles, del rigor y la austeridad preconizados por la cancillera Angela Merkel. Lo comunicó por TV a los franceses, el 9 de septiembre. Con la aparatosa rectificación de Hollande se derrumba igualmente la pretensión de organizar un frente unido de los países del sur de Europa para escapar de los desagradables deberes impuestos por Berlín. El desafío meridional, si alguna vez existió, no tiene futuro.

Merkel y Hollande

Los partidarios de Hollande, para edulcorar sus flagrantes contradicciones, se refieren a “une rigueur de gauche”, que ya es gana de distinguir artificialmente entre las tijeras de unos y de otros, cuando las dos cortan y recortan el mismo césped, los salarios y los ahorros de los currantes o pensionistas, y con el mismo objetivo de salvar un sistema económico obsoleto y estancado. La única diferencia suena a demagogia: elevar hasta el 75 % (ahora el 41 %) los impuestos que pagan los que obtienen rentas anuales de más de un millón de euros (entre 2.000 y 3.000 personas en Francia), aunque la medida será limitada a dos años, o hasta que la economía se recupere, y con criterios aún por decidir. En la Unión Europea, el tipo medio del impuesto de la renta para los más ricos está en 45 % — 50 %.

Llegó al poder en mayo, tras derrotar a Nicolas Sarkozy, con la panacea del crecimiento milagroso, y apenas cuatro meses después, Hollande aparece en la televisión como un presidente en guerra que anuncia un crecimiento ridículo para 2013 (0,80 %) y que sólo puede prometer sangre, sudor y lágrimas. De todo ello puede colegirse que el jefe del Elíseo no estudió bien la situación, cuando estigmatizaba la austeridad preconizada por Sarkozy, lo cual resulta imperdonable, propio de un aprendiz de brujo, o que mintió descaradamente para alzarse con una victoria que ahora parece pírrica y fraudulenta. Nada nuevo, desde luego, en la historia del socialismo francés. Los franceses votaron en contra, pero ahora tienen lo inevitable: Merkozy deviene Merkhollande.

Como se recordará, ya en 1983 el presidente François Mitterrand, luego de haber ensayado un nuevo colectivismo y un aumento espectacular del gasto público, para satisfacer, entre otros, a sus aliados comunistas, tuvo que echar marcha atrás, aislado internacionalmente, e inaugurar una política de rigor presupuestario que estaba en las antípodas de sus promesas electorales y del llamado “programa común de la izquierda” que lo llevó al Elíseo en 1981. Por lo tanto, nada nuevo bajo el sol de Hollande, aunque éste insistiera durante la campaña electoral, de manera harto demagógica, en que la fuerza de Francia podría cambiar el sombrío panorama de una Europa que paga con austeridad los desvaríos del último decenio.

Sólo una acción decidida para corregir los desequilibrios estructurales podrá combatir el estancamiento y preservar el llamado estado del bienestar, en sus pilares fundamentales, en una situación de envejecimiento demográfico y descenso continuado del crecimiento potencial, como reclama en el desierto el economista francés Nicolas Baverez. El desafío histórico de salvar el euro no podrá conseguirse con el suicida expediente de trasladar a las generaciones futuras la tarea ímproba de pagar la tremenda factura de la deuda acumulada.

El engaño traspasó rápidamente las fronteras del Hexágono, quizá porque las ideas generadas en Francia, aunque sean ilusorias o falsas, meras conjeturas, suelen tener gran predicamento al sur de los Pirineos, como viene ocurriendo, por lo menos, desde el siglo XVIII. Hollande encandiló a los líderes de los países del sur, especialmente España e Italia, para venderles el programa averiado de una reactivaciónsin tener que pasar por las horcas caudinas, los duelos y quebrantos de los recortes recetados desde Berlín y Fráncfort.

Tanto Rajoy como Monti en apuros creyeron que con el inesperado aliado del Elíseo podrían eludir sus deberes al frente de estructuras económicas y administrativas profundamente degradadas, que necesitan de cirugía mayor más que de parches paliativos. La verdad es que el señuelo francés, bendecido por Pérez Rubalcaba, que siempre llega tarde a las novedades tácticas, le sirvió al presidente del gobierno español para enmascarar su propia incapacidad para concebir y aplicar un plan alternativo, coherente y eficaz. El líder del PP nunca quiso coger el bisturí que demandaba la inhóspita y desestabilizadora situación creada por su predecesor en la Moncloa.

El duro ajuste anunciado apunta a la cifra astronómica de 30.000 millones de euros para reducir el déficit el 3 % en 2013, según establecen las normas europeas prevista desde el tratado de Maastricht (1992) y vulneradas una y otra vez por casi todos los países, incluida Alemania. “Choque presupuestario sin precedentes”, titulaba Le Monde. De esos 30.000 millones del recorte, y junto a una brutal subida de los impuestos, las empresas y las familias tendrán que contribuir, como mínimo, con 20.000 millones de euros.

Hollande fue elegido el pasado mes de mayo con la bonita promesa de hacer caer el peso de la crisis sobre los más ricos y resolver la crisis de la deuda soberana para mitigar la prescripción general de austeridad inspirada por Alemania. Cuatro meses después, se cae aparatosamente del caballo en su particular camino de Damasco para abrazar la nueva fe del rigor presupuestario. Para conseguir el ahorro no bastará sólo con elevar los impuestos a los más ricos, que no son muchos, sino que será preciso gravar más a las empresas, con el grave riesgo de disminuir la productividad, y apretar el cinturón de las familias, con la perspectiva de un rechazo social en aumento. Habrá recortes en todos los capítulos del presupuesto, excepto en educación, seguridad y justicia.

La peroración de Hollande en televisión suscitó los más diversos comentarios, la mayoría de ellos desfavorables, desde los que consideran que el presidente se disfrazó de Sarkozy para la ocasión a los que parodian al nuevo “Tartarín en el Elíseo”, como hace el ex socialista Philippe Tesson. Tartarín es un personaje mitómano y fantasioso de Alphonse Daudet que sirve para caricaturizar popularmente a los fanfarrones. Mientras tanto, las crueles encuestas de la democracia de opinión señalan que el 60 % de las personas encuestadas están insatisfechas con la actuación del presidente, antes incluso de conocer que vivirán el mayor ajuste presupuestario de los últimos 60 años.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: