Posteado por: M | 16 septiembre 2012

Estallido de violencia antiamericana

La trágica muerte del embajador Christopher Stevens y otros tres diplomáticos norteamericanos, como consecuencia del asalto e incendio del consulado en Bengasi (Libia), en el día emotivo del undécimo aniversario de los atentados del 11 de septiembre, así como los ataques aparentemente orquestados y coordinados contra las embajadas en El Cairo, Túnez y Sana ponen de relieve las enrevesadas y problemáticas relaciones de EE UU con los países árabe-musulmanes, el ascenso, la violencia febril y la osadía creciente del islamismo más radical en todo el Oriente Próximo en medio de la fragilidad de las nuevas estructuras de poder surgidas de las revueltas árabes que derrocaron en 2011 a los regímenes de Túnez, Egipto, Yemen y Libia.

 

Los últimos acontecimientos que incendian el Oriente Próximo y el norte de África, con repercusiones en varias capitales asiáticas y europeas, contradicen las expectativas optimistas de los que corearon e interpretaron las revueltas árabes como un movimiento liberador y un camino inexorable hacia la democracia. El triunfo de los islamistas o sus aliados en todas las elecciones celebradas y por celebrar son un aviso inquietante más que una esperanza. Los hechos confirman una constante histórica que nos enseña y advierte de que los tumultos revolucionarios y las protestas sociales no evolucionan necesariamente en el sentido del progreso, la libertad y hasta la moderación, sino que suelen caer en manos de los extremistas, del terror, y conducen aceleradamente a la reacción (termidor) y nuevos regímenes opresivos.

El movimiento salafista

Los más radicales y reaccionarios islamistas, conocidos genéricamente como salafistas, y la nebulosa red de franquicias que proclaman sus vínculos ideológicos y/u orgánicos con Al Qaeda ganan terreno en todos los países árabes que experimentaron una revuelta supuestamente liberadora, pero que, al acudir a las urnas, entregaron su voto a los partidos que integran el gran movimiento del islam político, cohesionado por el integrismo religioso, el conservadurismo social, la ley coránica como solución, su odio a Occidente y la yihad o guerra santa contra los infieles en general y en particular contra los que se permiten, invocando la libertad de expresión, realizar un filme que ultraja al profeta Mahoma.

El movimiento salafista, estrechamente vinculado con el wahhabismo (integrismo) que impregna la dictadura teocrática de Arabia Saudí, preconiza un retorno a la pureza del siglo VII, cuando nació el islam con gran fuerza expansiva que le trajo hasta la Hispania visigoda e inusitada capacidad de transformación. Considera que ese salto hacia atrás es la única forma de regeneración de los musulmanes que les permitirá unirse y progresar en la lucha contra la corrupción y los abusos del poder, pero también contra el Occidente impío. Como todas las utopías, su fuerza de atracción es muy fuerte en un universo caracterizado por el atraso social, el despotismo político y la frustración permanente. Sus predicadores pregonan que la democracia es incompatible con el islam.

El salafismo se extiende rápidamente por todo el mundo islámico y encuentra un terreno abonado en los países que experimentaron las revueltas de 2011, cuya principal consecuencia fue la caída de los regímenes dictatoriales (Túnez, Egipto, Libia, Yemen) que mantenían buenas relaciones con EE UU, seguida por las elecciones y el caos. Los salafistas, abiertamente subvencionados por algunos jeques del petróleo, se manifiestan con un puritanismo feroz que incluye el ataque a los establecimientos que venden alcohol, campañas denigratorias contra las mujeres que compiten en los Juegos Olímpicos o la demolición de antiguos santuarios sufíes que reputan heréticos.

El salafismo en Libia, conocido como Movimiento Islámico Libio para el Cambio, está dividido en varias facciones y no mostró una gran fuerza electoral en las elecciones de julio de este año, quizá porque sus demandas de imposición de la ley islámica fueron en gran parte asumidas por las fuerzas políticas imitadoras de la Hermandad Musulmana egipcia que se hicieron con el poder y cuentan con el respaldo de EE UU y otras potencias occidentales conchabadas en la caída de Gadafi y, por supuesto, en la explotación de los hidrocarburos.

Una película ofensiva como pretexto 

El pretexto o causa inmediata de la nueva ofensiva de los islamistas contra las embajadas de EE UU es una película tan mediocre como insultante, técnicamente deleznable, titulada Innocence of Muslims (La inocencia de los musulmanes), producida y realizada por Sam Bacile, un promotor inmobiliario norteamericano, de origen israelí, que actúa movido por prejuicios inconfesables que le llevan a decir que “el islam es un cáncer”, que su “filme es político, no religioso” y que lo ha realizado para ayudar a Israel. Con amigos de este jaez, los israelíes no necesitan granjearse nuevos enemigos en el universo que les rodea.

El trailer o vídeo en inglés de 13 minutos, visible en Youtube, se abre con una escena en la que la policía egipcia permanece de brazos cruzados mientras los islamistas saquean y luego prenden fuego a las casas de los cristianos coptos. Luego ofrece un breve relato supuestamente biográfico de Mahoma, tan falso como ofensivo, y acaba presentando al autor del Corán como adicto a la guerra santa y acompañado por sus discípulos, unos supuestos musulmanes egipcios que se expresan, según la prensa norteamericana, con un fuerte acento neoyorquino. El éxito en las redes sociales no llegó hasta que ese avance publicitario fue traducido anónimamente al árabe (dialecto egipcio), difundido por las cadenas por satélite y vituperado por blasfemo.

La película de Sam Bacile recibió el apoyo de algunos miembros de la comunidad copta en EE UU, como Morris Sadek, que está al frente de la denominada Asamblea Nacional Copto-Americana, y del muy controvertido pastor protestante Terry Jones, de Florida, especializado en los autos de fe con ejemplares del Corán, y que fue uno de los principales detractores de la construcción de una mezquita en la Zona Cero de Manhattan, cerca del solar de las Torres Gemelas destruidas por los atentados terroristas del 11-S. “Se trata de una producción norteamericana que no tiene por objeto atacar a los musulmanes, sino mostrar la ideología destructivas del islam”, precisó Jones en un comunicado publicado por el Wall Street Journal.

Ante el éxito en las redes sociales del vídeo traducido al árabe, Sam Bacile pasó a la clandestinidad, ante el grave riesgo de convertirse en víctima de la cólera de los musulmanes, como ocurrió con el cineasta holandés Theo Van Gogh, que fue asesinado en Ámsterdam  por un extremista islámico en 2004, luego de haber realizado una película que también fue considerada ofensiva para el islam. En 2005, la difusión, en un periódico de Copenhague, de 12 caricaturas de Mahoma, en una de las cuales éste aparecía tocado con un turbante-bomba, provocó igualmente violentas condenas en todo el mundo musulmán, incluyendo asaltos de embajadas, y algunas claudicaciones vergonzosas en Occidente ante las amenazas de los integristas. También un debate enconado sobre la libertad de expresión y la censura enmascarada con el respeto de los sentimientos religiosos.

La muerte de un embajador 

El asalto e incendio del consulado de Bengasi, que no estaba bien protegido, duró casi cuatro horas y fue perpetrado por un grupo de militantes islamistas –algunos periódicos apuntan a la brigada Ansar al-Sharia o Defensores de la Ley Islámica, que dispone de una milicia propia– bien organizado y que actuó con armas antiaéreas y granadas propulsadas por cohetes. El embajador, Christopher Stevens, desapareció en medio del pandemónium y su cadáver fue hallado al día siguiente en un hospital de la ciudad. Los atacantes se infiltraron entre una muchedumbre que protestaba por el vídeo ofensivo realizado en EE UU sobre la vida y las costumbres del fundador del islam. En el momento de escribir estas líneas persisten las informaciones contradictorias sobre las circunstancias que rodearon la muerte por asfixia del embajador.

Christopher Stevens, de 52 años, que hablaba perfectamente el árabe y era un defensor del multiculturalismo y la alianza de civilizaciones, protector de los islamistas presuntamente moderados, fue el enviado especial de Obama ante los rebeldes libios en su bastión de Bengasi en 2011, y tras la caída y muerte de Gadafi, se convirtió en el embajador en Trípoli. Contaba con numerosos amigos entre los actuales dirigentes libios, a los que ayudó por todos los medios cuando estalló la revuelta contra el dictador. Era “el amigo americano”, un progresista de buena fe, víctima de esas turbas aparentemente incontrolables que dicen actuar en nombre de la fe islámica.

Una agresión similar se produjo unas horas antes y en el mismo 11 de septiembre ante la embajada norteamericana en El Cairo, mejor protegida por los marines y por la policía egipcia, ante la cual se concentraron los enfurecidos islamistas que se desgañitaban contra el vídeo blasfemo. Los hechos no alcanzaron la confusión, el tumulto y la violencia letal de Bengasi, pero un grupo de manifestantes logró penetrar en el recinto que rodea la legación diplomática, territorio norteamericano según la ley internacional, y arrió la bandera norteamericana, a la que prendió fuego. Los atacantes izaron entonces la bandera negra de la yihad, en la que puede leerse en letras blancas, en árabe: “No hay  más dios que Alá, y Mahoma es su profeta”, dogma fundacional del islam y consigna favorita del extremismo salafista, pero que también utilizan los guerreros de Al Qaeda, los luchadores contra la dictadura en Siria e incluso los talibanes. Los marines no abrieron fuego en ningún momento, pero la policía local tardó unas cuatro horas en expulsar a los intrusos de la embajada.

Las convulsiones antinorteamericanas en el Cairo prosiguieron durante toda la semana y arreciaron, como es habitual, el viernes (14 de septiembre), después del rezo de la plegaria del mediodía. La situación en torno a la embajada sólo volvió a una frágil calma el domingo 16 de septiembre, después de que las fuerzas de seguridad detuvieran a centenares de energúmenos.

El presidente Mohamed Morsi, que procede de la Hermandad Musulmana, exigió a EE UU que pidiera perdón por el vídeo y se mostró remiso a condenar a los asaltantes de la embajada. En vez de proteger la legación, como exige el derecho de gentes, el jefe del Estado egipcio dio la impresión de que se ponía al frente de la manifestación para no ser menos riguroso que los salafistas y protestar por el filme que parodia al Profeta. El primer ministro, Hisham Qandil, visitó la misión diplomática para manifestar su reprobación de lo ocurrido, pero advirtió a Occidente que debe “mantener un equilibrio entre la libertad de expresión y el respeto por las creencias de otros pueblos”.

El presidente egipcio no es sino un ejemplo de relieve de que hasta qué punto los dirigentes musulmanes en general se identifican con las turbas islamistas o comparten sus objetivos finales. Están tan acostumbrados al despotismo que tienen serias dificultades para comprender que el gobierno de EE UU, como reiteró la secretaria de Estado, Hillary Clinton, nada tiene que ver con la película insultante. En Bruselas, donde estaba de visita oficial, Morsi recurrió a la ambigüedad calculada: aprobó las protestas pacíficas, pero rechazó los ataques contra el personal y las misiones diplomáticas.

Obama tuvo que telefonear a su homólogo egipcio para exigirle la eficaz protección de la embajada y recordarle que Egipto es el segundo país (el primero es Israel) en la lista de los que reciben ayuda estadounidense, unos 2.000 millones de dólares anuales a fondo perdido. La Casa Blanca advirtió de que las relaciones entre ambos países podían verse muy perjudicadas si el gobierno cairota era incapaz de proteger adecuadamente a los diplomáticos norteamericanos y el recinto de la embajada. Y en una entrevista televisada, Obama dio a entender que las relaciones con Egipto están en proceso de revisión: “No creo que podamos considerarlos [a los egipcios] como unos aliados, pero tampoco como unos enemigos.”

La agitación y los tumultos se extendieron por las embajadas de EE UU en Marruecos, Sudán, Iraq y Túnez, y adquirieron gran virulencia en la franja de Gaza, pero la más letal se desarrolló ante la de Sana (Yemen), horas después de que el embajador y los funcionarios hubieran sido evacuados. Al menos cinco de los atacantes resultaron muertos, en medio de un torbellino de violencia, no se sabe muy bien si por disparos de la policía o de los marines que protegían la legación diplomática. Al Qaeda en Yemen urgió a sus seguidores a “expulsar todas las embajadas norteamericanas de las tierras musulmanas”. Otras manifestaciones de protesta se celebraron en Bangladesh, Kuwait, Qatar, Bahréin y algunas ciudades de Pakistán y la India.

La capital Túnez, un país modélico por su moderación antes de la revuelta que derrocó a la dictadura de Ben Alí, en enero de 2011, se convirtió en el escenario sangriento de violentos choque entre la policía y los manifestantes. Por lo menos tres personas resultaron muertas y más de 30 heridas en el intento de asalto de la legación norteamericana. La Escuela Cooperativa Americana, en la que estudian los hijos de los funcionarios internacionales que trabajan en la región, fue asaltada, incendiada y saqueada por un grupo de unos 300 salafistas.

La cólera de los árabes afectó a otros países occidentales, prueba evidente de que los milicianos de la guerra santa (yihad), como es notorio desde hace muchos años, tienen declarada la guerra a Occidente. En Jartum, capital de Sudán, los manifestantes asaltaron y prendieron fuego las embajadas de Gran Bretaña y Alemania, pero el personal diplomático logró ponerse a salvo. La policía tuvo que emplearse a fondo para impedir que los salafistas entraran en la embajada norteamericana, pero en medio del tumulto perecieron al menos tres personas, según informó la Organización Popular para la Defensa del Profeta, promotora de la algarada.

La organización, el armamento empleado y la coordinación de los asaltantes no avalan la hipótesis de una espontánea expresión de furor y celo religioso, provocada por la visión del vídeo sobre Mahoma, sino que apuntan igualmente en la dirección de grupos armados de Al Qaeda, cuyo máximo líder y heredero de Osama bin Laden, el egipcio Ayman al Zawahiri, hizo un llamamiento para vengar el asesinato de su lugarteniente, el libio Abu Yahy al Libi, que resultó muerto al ser alcanzando por un  misil disparado desde un avión norteamericano no tripulado (drones). Esta hipótesis cobra verosimilitud porque el vídeo estaba en Youtube desde junio sin provocar reacción alguna.

¿Quién hizo saltar el polvorín?

 ¿Quién hizo saltar el polvorín? ¿Por qué esta llamarada de protesta contra EE UU a pesar de los esfuerzos desplegados y el dinero invertido por el presidente Obama en la pretensión de llevar por buen camino la agitación del mundo árabe-musulmán? En realidad, fue la cadena egipcia por satélite al-Nas, propiedad de un jeque petrolero saudí, que promueve el salafismo riguroso dentro del islam político, la que más empeño puso en difundir el vídeo blasfemo que acabó por desencadenar la ira y la rabia de todos los piadosos y un nuevo episodio del antiamericanismo primario y recurrente, siempre a flor de piel en el orbe islámico.

Los salafistas son más integristas que los fundadores del movimiento del islam político, la Hermandad Musulmana egipcia y sus franquicias en otros países, de manera que los que se han hecho con el poder en las urnas están en una posición incómoda, ideológicamente a la defensiva, y se enfrentan a un dilema de ardua resolución: la pragmática cooperación con Occidente, para promover el crecimiento económico que esperan las masas desheredadas, con el riesgo de ser descalificados por su falta de principios, o la ruptura con EEUU y la aceleración del proceso de instauración de la ley coránica (sharia), como reclaman los salafistas y los grupúsculos que siguen las consigna de Al Qaeda.

La situación es muy conflictiva e incierta en Egipto, donde la Hermandad Musulmana obtuvo un a mayoría sustancial en las elecciones y logró que uno de los suyos, Mohamed Morsi, fuera elegido presidente de la República, pero tiene que hacer frente al desafío de varios grupos salafistas que le reprochan precisamente sus buenas relaciones con Washington y su falta de coraje para denunciar el tratado de paz firmado con Israel en 1979 y que entrañó, entre otras cosas, el intercambio de embajadores y la desmilitarización del Sinaí, territorio de feroces combates de blindados en 1967 y 1973. El presidente egipcio se bate simultáneamente en tres frentes: los compromisos de los tratados internacionales, las presiones sociales internas (imperiosa necesidad de pan y trabajo) y el mandato religioso de instaurar la ley coránica que la Hermandad Musulmana lleva defendiendo desde hace más de 50 años. Y además mantiene unas relaciones ambiguas con el otro pilar del país, las Fuerzas Armadas.

La alianza de EE UU con el régimen egipcio, negociada por Henry Kissinger e inaugurada hace más de 30 años, mantenida contra viento y marea por los presidentes Sadat y Mubarak, atraviesa por sus peores momentos y su futuro resulta problemático. Egipto no es sólo el país más poblado de la región, sino pieza decisiva en el teatro geoestratégico, aliado militar y baluarte de los intereses norteamericanos, interlocutor imprescindible, junto con Arabia Saudí, de cualquier diálogo y compromiso del mundo árabe con Israel.

Obama ante el islam

 El deterioro acelerado de las relaciones egipcio-norteamericanas constituye un fracaso vejatorio para Obama, quien desde antes de llegar a la Casa Blanca viene realizando esfuerzos considerables por tender nuevos puentes con el mundo árabe y enterrar el ambiente belicoso sostenido por su predecesor, George W. Bush. En su famoso discurso de la universidad de El Cairo (4 de junio de 2009), con citas del Corán, Obama recalcó el error de la guerra de Irak, abogó por abrir una nueva era de entendimiento y cooperación con los países árabes, de cuyos agravios se hizo eco, y aseveró incluso que “el islam es parte de América”.

Me permito recordar entre paréntesis que fue el discurso en que Obama se refirió superficialmente a la España musulmana: “El islam tiene un a orgullosa tradición de tolerancia, y lo vemos en la historia de Andalucía y Córdoba durante la Inquisición” (sic). Ni siquiera el presidente de la primera potencia mundial está libre de que sus escribas confundan Andalucía con Al Andalus, cometan anacronismos y errores de pésimo bachiller y den por cierta una situación de supuesta convivencia sometida a un enconado debate historiográfico. ¿Qué pinta la inquisición con el califato cordobés, en ese adorno retórico y falazmente erudito?

En su alocución  televisada del sábado 16 de septiembre, Obama volvió a condenar la violencia, pero pretendió igualmente calmar a los islamistas. “Defendemos la libertad religiosa –declaró el presidente–. Y rechazamos la denigración de cualquier religión, incluyendo el islam. Nunca existe una justificación para la violencia.” Hay que mantener a toda costa esa chocante alianza con los islamistas y la Arabia Saudí, llave del petróleo.

La última intervención conocida de Obama en los asuntos internos egipcios se produjo en junio último, durante el compás de espera que siguió a las elecciones presidenciales del 16-17 del mismo mes, cuando ejerció toda la presión de que es capaz, aunque se desconocen los detalles, para evitar un nuevo acto de fuerza militar que hubiera privado de su triunfo al islamista Mohamed Morsi e instalado en la jefatura del Estado a Ahmed Shafiq, último primer ministro de Mubarak, el presidente derrocado en febrero de 2011, y candidato notorio de la cúpula castrense.

Esa estrategia planeada en Washington para acelerar la caída de los dictadores amigos y apaciguar a los islamistas, de golpe y porrazo convertidos en moderados, según el modelo de la Turquía en acelerado proceso de islamización, atraviesa por graves dificultades en medio de la recta final de la campaña para las elecciones presidenciales y parlamentarias del 6 de noviembre. El fracaso afecta, sobre todo, a los servicios secretos, que una vez más fueron sorprendidos con la guardia baja, incapaces de prevenir la gravedad de los acontecimientos.

Los cronistas estadounidenses recuerdan insistentemente y con todo lujo de detalles las adversas circunstancias que no pudo superar el entonces presidente demócrata Jimmy Carter, que buscaba la reelección, como consecuencia del asalto y toma de rehenes de la embajada de EE UU en Teherán, tras el triunfo de la revolución islámica en 1979. Pese a la liberación in extremis de los rehenes en 1980, Carter fue derrotado ampliamente aquel año por Ronald Reagan.

El asalto e incendio de las embajadas, con el territorio nacional de los recintos diplomáticos hollado por la turbamulta, irrumpió con fuerza en la campaña electoral y fue utilizado en un primer momento por parte de la gran prensa, mayoritariamente simpatizante de Obama, para criticar los ataques lanzados por el equipo del aspirante republicano, Mitt Romney, que fue estigmatizado como un presunto oportunista que antepuso sus intereses políticos inmediatos a la solidaridad nacional, el duelo por los muertos y la prudencia aconsejable en momentos de crisis. La política exterior alteró los cálculos de un aspirante presidencial que fía su suerte a la mala situación económica y su habilidad gestora, pero que no es muy versado en los asuntos internacionales.

La situación es mucho más compleja de que pudiera deducirse del intercambio de dicterios entre los equipos de campaña de ambos candidatos. La primera reacción de Romney se produjo antes de que se conociera lo ocurrido en Bengasi y se tradujo en un ataque sin contemplaciones contra un comunicado de la embajada norteamericana en El Cairo que pidió perdón por el vídeo blasfemo sobre Mahoma, “condenando los continuados esfuerzos de descarriados individuos por herir los sentimientos religiosos de los musulmanes”.

Los diplomáticos de la embajada de El Cairo, sin duda presionados por un ambiente volátil, no estuvieron muy acertados, desde luego, al establecer una extravagantes doctrina sobre la libertad de expresión, ajena por completo a la tradición norteamericana, según la cual aquélla debe quedar limitada a los discursos que otros ciudadanos, y explícitamente los musulmanes, no encuentren ofensivos”. La Casa Blanca se vio obligada a precisar que el comunicado de El Cairo “no fue aprobado por nadie en Washington antes de su difusión y no refleja los puntos de vista del gobierno norteamericano”. En cualquier caso, una película marginal y detestable no puede justificar la oleada de violencia salvaje desencadenada.

Obama afronta también algunas preguntas incómodas por el apoyo otorgado a una supuesta “primavera árabe” que derrocó a los dictadores, pero desembocó en una pérdida de influencia y de posiciones estratégicas de Occidente en general y de EE UU en particular. Los más cínicos aseguran que los presidentes Mubarak y Ben Alí eran unos dictadores brutales, pero unos aliados seguros. El presidente que aspira a la reelección llegó al poder prometiendo restablecer las libertades civiles y mantener el liderazgo en todo el mundo, presuntamente socavado por Bush; pero ahora parlamenta con otros dictadores, contemporiza con sus peores enemigos, mientras se repliega estratégicamente y asiste impertérrito a un estallido de fiebre antiamericana que pone en tela de juicio su capacidad de anticipación y respuesta.

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