Posteado por: M | 25 septiembre 2012

La apología de la ONU, ¿hasta cuándo?

De la 67 Asamblea General de la ONU, que reunirá en Nueva York a centenares de líderes mundiales y miles de diplomáticos, bajo unas agobiantes medidas de seguridad, se esperan pocas novedades y un debate ritual sobre muy viejos problemas, ya que las expectativas primigenias de una paz mundial administrada desde Manhattan están bloqueadas por la imposibilidad práctica de cualquier reforma. La guerra civil de Siria y su insufrible carnicería, el desafío nuclear de Irán, las tensiones nacionalistas en el Extremo Oriente y la situación en el norte de Malí, donde los terroristas islámicos campan a sus anchas, figurarán en la mayoría de los discursos con el telón de fondo de la endémica agitación en el Oriente Próximo exacerbada por la violencia islamista contra Occidente y especialmente contra EE UU.

La ONU fue concebida y fundada en 1945 como un verdadero poder internacional, universal y funcional, instrumento para preservar la paz y “liberar a las generaciones futuras del azote de la guerra”, mediante el sistema de la seguridad colectiva. Objetivo frustrado, desde luego. Muy pronto se puso de manifiesto que la alianza bélica de EE UU y Gran Bretaña con la URSS de Stalin no podía prolongarse en la paz y tenía los días contados. El fin de la guerra alumbró la supremacía de dos potencias continentales, el repliegue de una Europa exhausta y el estallido en 1947 de una guerra fría que llegó a su paroxismo con la conflagración de Corea en 1950.

Según la fórmula clásica de René-Jean Dupuy, el objetivo no era “la paz por el derecho”, sino “la paz mediante la policía de los grandes”, los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad (EE UU, Rusia, China, Gran Bretaña y Francia), órgano ejecutivo, fueron agraciados con  el derecho de veto a fin de eludir los conflictos que pudieran derivarse del choque de sus intereses contradictorios. El secretario general se configuró como el agente ejecutor de las decisiones del directorio. Lo que tenemos ahora no es la paz, desde luego, sino las guerras efectivas o larvadas, la parálisis del Consejo, como puede observarse a propósito del conflicto de Siria, y un mastodóntico organismo incapaz de reformarse, varado en sus numerosas y costosísimas disfunciones.

La Asamblea General funciona teóricamente como un areópago o foro democrático (un país un voto), con un período de sesiones anual, para abordar los grandes problemas y aprobar las orientaciones generales que deben presidir la vida de la organización. El optimismo universalista que no distingue entre gobernantes democráticos, dictadores y sátrapas ha desembocado en un espectáculo denigrante y una hipertrofia de órganos y funciones, cabildeos inacabables, inhibiciones vergonzosas y provisión de los cargos mediante las alianzas regionales o la subasta que premia al mejor postor. Las resoluciones de la Asamblea, por supuesto, no son coercitivas, ni existe el ejército de la ONU que estaba previsto en la Carta fundacional.

El paisaje de la seguridad colectiva se ha modificado profundamente desde que la caída del muro de Berlín y el fin del comunismo en Rusia mitigaron los antagonismos de los dos bloques, pero las instituciones de la ONU siguen reflejando la situación de la posguerra mundial, un statu quo inestable agravado por la fragmentación del poder y la multiplicación de las potencias con aspiraciones internacionales. No obstante, el conflicto de Siria, con los dos bandos disponiendo de ayuda y protección exterior, vuelve a convertir a la ONU en el escenario y la caja de resonancia de una nueva rivalidad entre las grandes potencias.

Requerida la ONU para extinguir todos los incendios del poscomunismo, de Somalia a Camboya y Timor, del Líbano a Haití, o el más reciente de Libia, pero con unas instituciones y unos mecanismos de intervención que se remontan a 1945, resulta evidente la triple crisis que la atenaza: jurídica, económica a institucional, triple corolario del creciente desequilibrio entre la súbita ampliación de sus cometidos y los recursos materiales disponibles.

La ONU no sólo mantiene la paz con sus cascos azules, sino que supervisa treguas, encamina ayuda humanitaria, supervisa elecciones, desmoviliza a los contendientes y protege a los refugiados. La hipertrofia de los cometidos multiplica los gastos, pero también los riesgos de fracaso, al mismo tiempo que estimula las conjeturas sobre su eventual reforma. La ampliación del Consejo de Seguridad, la supresión del derecho de veto, la creación de un genuino ejército internacional y la regionalización de las operaciones de paz figuran casi ritualmente entre los planes de reforma y los remedios para evitar o mitigar el descrédito de la institución.

La ONU cuenta con el respaldo de la inmensa mayoría de los países miembros, pero la comunidad académica y los partidos políticos en EE UU, precisamente el país que más aporta para su mantenimiento, casi el 30 % de un presupuesto ordinario que supera nada menos que los 5.000 millones de dólares, mantienen viva la polémica. En este año electoral, el presidente Obama y su rival republicano, Mitt Romney, discrepan abiertamente sobre la relevancia de la organización internacional, su coste abrumador, sus precarios logros y sus fracasos más estridentes, mientras las cadenas de televisión norteamericanas y de los jeques del petróleo machacan a diario con las imágenes del espanto en Siria, donde se cuentan más de 25.000 muertos desde marzo de 2011.

Lo que empezó como una protesta democrática contra el régimen dictatorial de Bachar Asad y el partido Baas degeneró aceleradamente en una guerra civil y religiosa, claramente alimentada desde el exterior; pero el Consejo de Seguridad, una vez más, se muestra impotente para acabar con la matanza, ante la resistencia de Rusia, China y algunos países no alineados a adoptar cualquier iniciativa susceptible de preparar la victoria de los rebeldes. La reiterada petición de Obama para que el presidente sirio abandone el poder no tendrá más efecto por haber sido pronunciada ante la Asamblea General.

Mientras el candidato Romney critica acerbamente al Consejo de Seguridad de la ONU por su inoperancia, varios analistas norteamericanos recuerdan a Obama que el presidente Clinton intervino contra Serbia a propósito de Kosovo, en 1999, sin mandato de la ONU, y que lo mismo hizo el presidente Bush en Iraq, en 2003. Nada parece indicar, sin embargo, que el actual jefe de la Casa Blanca esté dispuesto a iniciar otra intervención problemática, impopular y costosa en Siria, o se apreste a ayudar a los israelíes para lanzar un ataque preventivo contra las instalaciones nucleares de Irán, pese a los constantes apremios del primer ministro judío, Benyamin Netanyahu.

En su discurso ante la Asamblea General, Obama abordó prioritariamente el asunto del poder nuclear de Irán, el más vidrioso para su campaña electoral debido a las constantes presiones tanto de su adversario republicano como del lobby judío. Defendió su utilización exhaustiva de la diplomacia, pero advirtió de que “el tiempo no es ilimitado” y que EE UU hará “todo lo que sea necesario” para impedir que el régimen teocrático de Teherán se dote del arma nuclear. El problema de la retórica del presidente es que los ayatolás iraníes están persuadidos de que no cumplirá sus amenazas porque actúa simplemente para frenar las arriesgadas iniciativas de Israel.

En cuanto a las furiosas manifestaciones antiamericanas en el mundo árabe-islámico, con el pretexto del video de una película rodada en EEUU, Obama se mostró especialmente cauteloso ante un problema que pone en tela de juicio su estrategia de apoyo a las fuerzas motoras de la llamada primavera árabe y de liquidación de los viejos aliados, los dictadores Mubarak y Ben Alí. La intención presidencial de presentar los recientes tumultos de Bengasi, El Cairo o Sana, que causaron la muerte del embajador en Libia y el allanamiento del varios recintos diplomáticos, no como un ataque contra los EE UU, sino contra los ideales de la ONU resultó poco convincente, una maniobra de distracción que no ayuda a desvelar “las más profundas causas de esta crisis”.

Una vez más, como cabía esperar de Obama, la sede de la ONU se convirtió en el teatro de una representación de la ideología globalmente dominante: el multiculturalismo que iguala o mide por el mismo rasero la democracia y el despotismo, la cultura de la libertad y la de la sumisión, la tolerancia y el más rígido integrismo. La misma confusión emitida por el secretario general, el coreano Ban Ki-moon, cuando al presentar la sesión de la Asamblea General condenó a “quienes agitan las llamas de la intolerancia y el odio usando este tipo de provocaciones” y aseveró que la publicación de las caricaturas de Mahoma constituye “una abuso de la libertad de expresión”.

Ante los defectos y carencias que se exhiben todos los años, los diplomáticos aseguran al unísono que si la ONU no existiera habría que fundarla inmediatamente como foro universal e insustituible del diálogo a escala planetaria. Una organización imperfecta, pero irreemplazable, los restos bien conservados de una utopía de paz, concordia y prosperidad. ¿Acaso sigue siendo cierto, como lo fue durante la guerra fría, que sin la ONU el mundo sería un lugar más inhóspito?

Esta apología forzosa sería más respetable si la ONU se convirtiera en el verdadero actor de un nuevo orden internacional, si la reforma institucional la hiciera más eficaz y menos onerosa, capaz de imponer una estrategia de prevención de los conflictos y de ejercer una autoridad moral suficiente para detener las guerras y evitar los peores desastres. Estamos muy lejos de ese ideal y no deben enmascararse la precariedad y la hipocresía que se pasean febrilmente por el rascacielos de cristal de Manhattan.

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