Posteado por: M | 1 octubre 2012

Purga estalinista y cambio de guardia en China

La opinión internacional vuelve sus ojos hacia China, sacudida por una crisis política, aparentemente controlada, en medio del sombrío pronóstico de una desaceleración económica y los hondos problemas sociales que podrían generar inestabilidad interna y peligrosas repercusiones en el sistema global. El partido comunista (PCCh) mantiene firmemente las riendas del poder y adopta las medidas pertinentes para culminar el relevo en su cúspide sin sobresaltos, cambio de guardia que se producirá dentro de un mes, en el 18 congreso; pero la purga de Bo Xilai, un líder carismático y ambicioso, subraya el contraste entre el procedimiento estalinista y la orientación tecnocrática de la dirección colectiva.

El 63 aniversario de la inauguración del régimen comunista y los preparativos para el próximo congreso del PCCh, que deberá consagrar la llegada al poder de una nueva generación de dirigentes, con Xi Jinping como presidente, coinciden con el pesimismo económico y la purga ritualmente orquestada por todos los medios de Bo Xilai, un influyente y populista líder de la metrópoli de Chongqing, habilidoso en el empleo de una retórica neomaoísta, que fue expulsado tanto del partido como de la Asamblea Nacional Popular (teórico órgano legislativo) después de haber sido acusado de graves delitos.

La expulsión de Bo Xilai de las filas del PCCh, el 28 de septiembre, fue seguida por el anuncio de que será procesado y juzgado criminalmente por abuso de poder, aceptación de sobornos e implicación no precisada en el asesinato de un hombre de negocios británico. Destituido como jefe del partido en Chongqing en marzo de este año, ahora sufre todo el rigor que el sistema reserva para los que caen en desgracia. A los cargos penales hay que añadir sus violaciones reiteradas de la moral pública a que obliga el cargo e incluso su menosprecio de las virtudes privadas que le incapacitan para seguir en las filas del partido: adulterio, nepotismo, corrupción y una desaforada inclinación por las fiestas y el lujo, todo ello envuelto en una retórica neomaoísta.

La purga de Bo Xilai fue aireada en los medios oficiales en vísperas de la fiesta nacional que conmemora la toma del poder por el PCCh en Beijing, tras una cruenta guerra civil, el 1 de octubre de 1949, cuando el líder del partido entonces, Mao Zedong, proclamó la República Popular y pronunció una frase que figura en los anales del país más poblado de la tierra: “El pueblo chino está de nuevo en pie.” Con este motivo, los ciudadanos disfrutan de ocho días de vacaciones, un asueto sorprendente en medio de una moral espartana de trabajo, sin motivos para la nostalgia. Y para completar la efeméride, la dirección comunista exacerba los sentimientos antijaponeses que suscitan las rivalidades marítimas en el mar de China meridional.

Según la información de la agencia oficial Xinhua, Bo se embolsó varios millones de renminbi en sobornos y su esposa, Gu Kailai, otros 20 millones (unos 2,5 millones de euros) en actividades ilegales. El líder caído también fue recriminado por violar sistemáticamente la disciplina del partido y mantener “inapropiadas relaciones sexuales con varias mujeres”. El PCCh exige a sus dirigentes y militantes no sólo una moral pública intachable, muy erosionada desde hace tiempo por la corrupción, sino también algunas virtudes privadas que en su conjunto conforman la base de la ejemplaridad política y la cohesión social.

Hace algo más de un mes, Gu Kailai, la esposa de Bo, hallada culpable del asesinato del empresario británico Neil Heywood, amigo de la familia, fue condenada a la pena capital, aunque el tribunal de la provincia de Anhui dejó en suspenso su ejecución, lo cual parece indicar que permanecerá en prisión de por vida a menos que cambien mucho las circunstancias políticas y la buena conducta la habilite para recibir un indulto. Según la agencia Xinhua, la sentencia, pronunciada el pasado 20 de agosto, relata que Gu envenenó con cianuro a la víctima para proteger a su hijo de las amenazas de aquél tras una serie de desacuerdos económicos. El tribunal condenó también como cómplice a nueve años de prisión a Zhang Xiaojun, empleado en casa de la asesina.

El escándalo se desató en febrero de 2012 cuando Wang Lijun, vicealcalde de Chongqing y mano derecha de Bo Xilai, pidió asilo en el consulado de EE UU en la localidad de Chengdu, desde donde denunció, supuestamente, la corrupción de su jefe y la implicación de la esposa de éste, Gu Kailai, en el asesinato del empresario británico. Wang abandonó el consulado 48 horas más tarde, sin ofrecer una explicación creíble de un episodio de intriga y quizá de espionaje que confirma las azarosas relaciones de algunos ejecutivos occidentales con los dirigentes del PCCh y cómo la realidad puede superar la ficción. Las autoridades norteamericanas y británicas mantienen un hermético silencio sobre un asunto que se adentra en las ciénagas del espionaje y la corrupción.

Según los datos oficiales, nada se conoce de la disputa económica que parece haber desencadenado la tragedia. También cabe preguntarse por qué una mujer poderosa como Gu Kailai, abogada influyente y esposa del jefe del partido, embriagó y asesinó al empresario británico en vez de detenerlo o incluso deportarlo. Igualmente resulta intrigante para muchos observadores que la acusada, al tomar la palabras tras escuchar la sentencia, agradeciera efusivamente la magnanimidad del tribunal. Como en los juicios de Moscú organizados por Stalin y sus secuaces, la confesión de Gu desafía la lógica y refleja la perversidad un sistema judicial bajo la férrea dictadura ideológica del partido. El monólogo de la condenada dando las gracias al tribunal fue ofrecido íntegro a los espectadores del más importante diario televisado.

Ma Jian, un novelista chino que vive exiliado en Londres, tras conocer los detalles del juicio y la sentencia de Gu, escribió en su blog: “Desde los juicios de Stalin en los años 30 no se había dado el caso de que una acusada ensalzara tan efusivamente a un tribunal que acababa de condenarla en un juicio en el que no se habían presentado testigos ni pruebas de su culpabilidad”. El sistema penal es tan enigmático como arbitrario, pero no puede erradicar la venalidad que corroe todos los engranajes de un mastodóntico partido que cuenta como mínimo con 80 millones de militantes (algunas estimaciones elevan esa cifra a 100 millones).

Ante el congreso del PCCh

Las duras acusaciones contra Bo sorprendieron a todos los observadores occidentales en Beijing, persuadidos de que la dirección del partido, en vísperas de un congreso que consagrará un relevo generacional, se mostraría menos rigurosa y más inclinada al apaciguamiento de las tensiones ideológicas. La caída en desgracia y las acusaciones contra Bo, luego de la condena de su esposa, constituyen el más importante acontecimiento político desde la gran purga en el partido que siguió a la represión por el ejército del movimiento reformista en 1989, la trágica matanza de la plaza de Tiananmen en Beijing, la imposición de la ley marcial y la expulsión del PCCh de su secretario general, Zhao Ziyang, y sus seguidores.

Antes de su caída, Bo estaba considerado como líder populista e izquierdista, de orientación maoísta, candidato para ocupar un puesto en el comité permanente del politburó, el órgano supremo del partido que ejerce un poder omnímodo y aplica un centralismo sin fisuras. Ya se sabe, sin embargo, que la mera invocación de Mao suscita una irritación mal disimulada y fuertes reacciones defensivas en una organización dominada por los tecnócratas y que, por lo tanto, el ahora eliminado era un rival potencial presto a utilizar su carisma presuntamente revolucionario para agitar las conciencias adormecidas. El recuerdo del maoísmo es sinónimo de “revolución dentro de la revolución”, de mantener a la organización del partido en un constante tumulto y sometida a una purga permanente con delirios purificadores.

El 18 congreso del PCCh, cuyo comienzo está previsto para el 8 de noviembre, deberá proclamar la unidad y la fortaleza de la organización ante los desafíos económicos y sociales que se avecinan. Unos 2.200 delegados se reunirán en el Palacio del Pueblo de Beijing con una pompa y unos uniformes anticuados y grises. La liturgia está lista y cualquier discrepancia será sofocada antes de que manifieste. La policía cumplirá con su obligación de vigilar a la disidencia e incluso de encarcelar preventivamente a los más osados activistas de una democracia que está muy lejos de las preocupaciones oficiales.

Entre las pocas cosas que no han cambiado en China, pese al portentoso desarrollo económico de los últimos 30 años, se encuentran los congresos del partido, concebidos por Stalin e imitados por Mao como una escenificación tediosa de su unanimidad excluyente. El culto de la hoz y el martillo se mantiene, pero en la composición de sus órganos dirigentes, en su base social y su ideología, el PCCh ha sufrido una espectacular mutación desde la muerte de Mao en 1976 y la toma del poder por Deng Xiaoping y sus epígonos reformistas en 1977-1978, viraje histórico y tecnocrático que abrió la puerta a un desarrollo sin precedentes. China se ha convertido en la segunda economía del mundo y su enorme poder es global y competitivo. Por eso manipula la relativa prosperidad para eludir el cambio político.

La actual dirección del PCCh se parece muy poco a la que existía en época de Mao, pues los revolucionarios profesionales de entonces, con fuertes lazos familiares y sentimentales con el campesinado, los obreros y los soldados, han sido reemplazados por una nueva clase de tecnócratas y acaudalados capitalistas sin otra preocupación ideológica que la buena marcha de los negocios. Forman “la más elitista corporación del mundo”, según la opinión de Fareed Zakaria. La dirección colectiva parece bien asentada e incluso tiene establecidas las normas de su relevo cada diez años.

En este relato quizá un poco simplista, como es inevitable tratándose de la inmensa  y enigmática China, el carismático Bo, con su inflamado discurso a favor de los descamisados, representaba en alguna medida la recuperación de un pasado de agitación y tensiones que pocos dirigentes tienen intención de revivir. La “nueva izquierda” tendrá también que esperar a que el crecimiento económico imponga unos cambios por el momento imprevisibles. El actual vicepresidente Xi Jinping asumirá el poder máximo en el congreso de noviembre, pero el interés del acontecimiento radicará en saber quiénes van a acompañarle en el comité permanente del politburó, sede de la dirección colectiva.

No obstante, para consolidar su poder, Xi Jinping, como todos los líderes que le precedieron, deberá pactar con la dirección colectiva para tranquilizar a la clase media en ascenso y demostrar que está capacitado para llevar a buen puerto las reformas económica y política que el país aguarda con ansiedad desde hace varios años.

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