Posteado por: M | 9 octubre 2012

Victoria de Chávez, nubarrones sobre Venezuela

La cuarta victoria de Hugo Chávez en las elecciones presidenciales de Venezuela del 7 de octubre estaba prevista y era prácticamente inevitable, pero los negros nubarrones económicos que se observan en el horizonte y la claudicante vitalidad del caudillo permiten augurar que el chavismo se dirige hacia el crepúsculo. La grave enfermedad que padece el presidente y su pérdida ostensible de vigor durante la campaña electoral ahondan la incertidumbre que pende sobre el futuro del país, tan rico en petróleo como empobrecido por una gestión deficiente y estancado por una arcaica degeneración del sistema político.

Hugoliat Chávez Frías venció al David y animoso Henrique Capriles Radonski por una holgada diferencia (54,42 % por 44,97 de los sufragios), para un mandato de seis años, pero mientras el primero obtuvo casi el mismo número de votos que en 2006 (7,3 millones), el más bajo porcentaje de sus cuatro victorias electorales, el segundo progresó en casi 2 millones de votos (6,1 millones) con relación a su predecesor en la batalla, Manuel Rosales en 2006 (4,2 millones). La participación electoral fue muy alta para los estándares americanos, en torno al 80 % del censo, siempre según los datos oficiales.

Chávez se pasó toda la campaña electoral insultando a los partidarios de su adversario, a los que trató de provocar en numerosas ocasiones, llamándoles “fascistas y pitiyanquis”, pero ahora resulta que los injuriados perdieron el miedo, se mantuvieron unidos en el empeño democrático y son casi la mitad de los electores. La campaña de los chavistas no estuvo exenta de burdas alusiones antisemitas sobre los orígenes familiares de Capriles, pero el presidente se despertó de la pesadilla, se mostró inusualmente conciliador y tendrá que afrontar las demandas de una ciudadanía que nada tiene que ver con las turbas obsecuentes que viene pastoreando desde que llegó al poder en 1999.

La ausencia de observadores internacionales –ni siquiera el Centro Carter se avino a observar la consulta– genera algunas dudas sobre la limpieza del escrutinio en los barrios y las zonas rurales donde se concentran mayoritariamente los seguidores del jefe del Estado. La Organización de Estados Americanos (OEA) no fue invitada a enviar observadores y la autoridad electoral venezolana no reconoce la categoría de observador internacional independiente. La polarización política se extiende, pues, hasta los verificadores extranjeros que deben optar por uno u otro bando para obtener las credenciales.

Los organismos internacionales de protección de los derechos humanos se muestran muy críticos con el régimen chavista. En su informe de julio de 2012, la organización Human Rights Watch denunciaba: “La acumulación de poder en el ejecutivo, la supresión de los controles institucionales y la erosión de las garantías de los derechos humanos han dado al gobierno de Chávez vía libre para intimidar, censurar y perseguir a los venezolanos que critican al presidente o ponen en tela de juicio sus objetivos políticos.”

Chávez impulsó cambios radicales en el país. Promulgó una nueva Constitución que aumentó las prerrogativas presidenciales, se postuló como el heredero ideológico de Fidel Castro, nacionalizó amplios sectores de la economía y lanzó planes sociales de salud, alimentación y vivienda, financiados con el petróleo en los años de precios altos, pilares de la llamada revolución bolivariana o “socialismo del siglo XXI”, reduciendo globalmente la pobreza y creando un verdadero sistema caciquil y populista; pero no pudo con la criminalidad desatada, ni mejoró los servicios públicos ni elevó el nivel de vida de los ciudadanos.

Para sus adversarios políticos, la prolongada presidencia de Chávez sólo ha servido para liquidar la benemérita tradición democrática del país, estancar su economía, extender la corrupción, quebrantar el tejido empresarial y establecer una furibunda polarización política que azuza el odio entre los pobres y la clase media en declive. Su primera reacción resultó inquietante para sus adversarios: más de lo mismo, una aceleración del programa de expropiaciones, que debe desembocar en “el socialismo del siglo XXI”, y una extensión de los consejos comunitarios como forma de vigilancia y encuadramiento de la población, en el más puro estilo castrista.

Durante sus 14 años en el palacio de Miraflores, Chávez transformó la democracia imperfecta que le precedió en un régimen autoritario, mediante una habilidosa manipulación y reforma del presidencialismo que caracteriza a las repúblicas americanas. En la revista mexicana Letras Libres, el escritor venezolano Alberto Barrera Tyszka esboza un  retrato del sistema caudillista: “Chávez ha reordenado lentamente el poder alrededor de su persona. El mapa del Estado y de las instituciones se ha trabucado en una organización militar, casi religiosa, donde él es el único centro.” Se ha llegado al extremo perverso de que la Asamblea Nacional se hizo el haraquiri y delegó su poder en el jefe del Estado, que legisla por decreto.

Pero el militar-caudillo ha perdido vigor, aunque mantiene la furia. Tras dos intervenciones y tres tratamientos devastadores contra el cáncer en apenas un año, siempre en el hospital de La Habana que atiende a los dirigentes del régimen, el presidente tuvo que disminuir su trepidante actividad y su delirante exhibicionismo mediático, recortando sus inacabables discursos; pero los detalles de la enfermedad siguen siendo un secreto de Estado. Si muere o abandona el poder en los primeros cuatro años de su nuevo mandato, la Constitución prevé la convocatoria inmediata de elecciones.

La erosión electoral del chavismo

La erosión electoral del chavismo ya pudo detectarse en el referéndum constitucional de 2007 y en el escrutinio legislativo de 2010, en el que la oposición obtuvo más votos (52 %) que el bloque presidencial, aunque esa victoria no se tradujo parlamentariamente por causa de un sistema electoral tan injusto como caprichoso. En esta ocasión, y por primera vez, Capriles, con un programa electoral socialdemócrata, logró unir a toda la oposición en la Mesa Unitaria Democrática (MUD), avanzó más allá de la clase media y penetró en algunos sectores y feudos que se creían fieles al presidente. El país está partido en dos e inquieto por su futuro.

Resulta muy difícil que los regímenes populistas, civiles o militares, pierdan unas elecciones en las que no existe igualdad de oportunidades entre los candidatos ni neutralidad de los que vigilan el proceso. El poder presiona de mil maneras a los electores. Como dicen los politólogos anglosajones, las elecciones en los sistemas semidemocráticos o autoritarios son “free but no fair”, libres pero no equitativas. El caudillo utilizó todos los recursos del Estado para realzar su candidatura, de la misma manera que presentó los programas sociales como un regalo personal para los más desfavorecidos. El frenético culto de la personalidad, la liturgia chabacana o procaz de las exhibiciones del presidente y la represión de la disidencia sólo admiten comparación con los de Cuba o Corea del Norte.

Un somero análisis del sistema construido por Chávez y sus amigos durante los 14 años en el poder indica que la oposición compite con una abrumadora desventaja. Los edecanes o esbirros del presidente-caudillo dominan todas las instituciones del Estado, tras haber destruido paulatinamente la separación de poderes; controlan los aparatos estatales y muy especialmente el represivo, incluyendo también los tribunales y la autoridad electoral; utilizan el dinero público –en este caso, los ingresos del petróleo— para fines políticos, mediante programas o misiones, como dice Chávez, que favorecen a la clientela y amplían la base electoral; y ponen en marcha un círculo infernal de pobreza y servidumbre, de manera que expropian a los ricos, pero multiplican los pobres a los que socorrer.

La prensa escrita, muy minoritaria, goza de una relativa libertad de maniobra, pero el régimen controla férreamente la televisión y la radio, los grandes medios de propaganda. Sólo un indeseable golpe de Estado o un cataclismo nacional, como la guerra de las Malvinas, puedan dar al traste con el caudillo o los pretorianos, de tan arraigada tradición en América Latina.

La inflación, la corrupción y la pobreza

Una de las características más sorprendentes o paradójicas del régimen populista y revolucionario es su aparente incapacidad para combatir la violencia. El crimen forma con la inflación y la corrupción el triple flagelo de una sociedad polarizada hasta la exasperación. Venezuela es uno de los países más violentos del mundo, en el que la tasa actual de asesinatos es cuatro veces superior a la que existía antes de la llegada de Chávez al poder en 1999. En Caracas, la ciudad sin ley, se cometen no menos de 50 asesinatos cada semana, y el 80% de los traumatismos que atienden los hospitales se producen por arma de fuego. En 2011 se registraron nada menos que 19.000 asesinatos (más de 50 diarios).

Las prisiones venezolanas son un caso único en el mundo, un extravagante escaparate de la corrupción del régimen y sus funcionarios. En el Centro Penitenciario de Aragua, a 100 kilómetros de Caracas, funcionaba hasta hace pocos meses una discoteca, llamada Tokio, un garito en el que los presos bailaban, bebían y se solazaban mientras escuchaban en directo a sus grupos musicales preferidos. Algo impensable, por ejemplo, en Cuba, el espejo en que se mira el chavismo, donde la llamada moral revolucionaria no tolera semejantes saturnales carcelarias.

En 2011, la tasa de inflación alcanzó el 28 %, la más elevada del mundo, seguida muy de cerca por la de Argentina. Los constantes ataques contra las empresas privadas, que se han reducido a la mitad desde que gobierna el chavismo, han aumentado la dependencia del petróleo. La producción petrolífera es inferior a la de 1998 y está estancada desde 1999, ligeramente por debajo de los 3 millones de barriles diarios, por lo que el crecimiento del PIB se debe exclusivamente al aumento espectacular de los precios de los hidrocarburos. El crecimiento económico y el desempleo se mantuvieron en unos niveles estables, pero un reciente informe del banco británico Barclays advirtió de que el país sigue “un insostenible curso fiscal” que hará inevitable un duro ajuste económico, tanto más doloroso y difícil de ejecutar por la suicida destrucción del tejido empresarial y las reticencias generalizadas de los mercados internacionales.

La tasa de paro oficial es del 8 %, pero casi el 50 % de la población trabaja en la economía sumergida, y el resto subsiste con los subsidios estatales. La calamitosa situación económica y la inseguridad creciente provocan un éxodo masivo de los más jóvenes y mejor preparados, hacia España, EE UU u otros países latinoamericanos. El 90 % de los médicos salidos de la facultad en 2007 abandonaron el país y la mayoría de ellos se encuentran en España. Los médicos enviados por Cuba (unos 11.000), en nombre de la solidaridad revolucionaria, pero cobrando mejores sueldos que en su país, toman el relevo de los huidos, sobre todo, en la atención primaria de las barriadas más deprimidas, en las misiones organizadas por el llamado socialismo bolivariano.

Venezuela dispone de una de las mayores reservas mundiales de petróleo, pero toda su economía depende de los precios del crudo, disparados en el último decenio. Las ventas de hidrocarburos representan el 95 % de las rentas de la exportación y el 40 % de los ingresos presupuestarios del Estado, a través de la empresa nacionalizada Petróleos de Venezuela (PDVSA), un monopolio que tiene enormes dificultades para elevar la producción y mejorar la productividad. Estados Unidos es el mayor importador de crudo venezolano, a pesar de las pésimas relaciones diplomáticas entre ambos países, degradadas gravemente durante el último decenio, y la tosca retórica antinorteamericana que exhibe el caudillo. Pese a sus ingresos petrolíferos, Venezuela ocupa el puesto 92 en la clasificación mundial de los países por su renta por cabeza con 9.768 euros.

No se espera ningún cambio en las relaciones exteriores, Chávez seguirá vendiendo el petróleo a EE UU, pero, al mismo tiempo, vociferando contra “el imperio yanqui” y tratando de exportar la revolución bolivariana a otros países del hemisferio para forjar “un frente socialista”, aunque cada día más vacilante. Sus aliados son los Estados más problemáticos, los que tienen algún contencioso con la comunidad internacional: Corea del Norte, Cuba, Irán, Siria. No se puede negar el interés del caudillo venezolano por apoyar todas las causas perdidas.

El futuro se presenta muy problemático. Chávez puede radicalizar su desastrosa gestión, aumentando el control estatal de la economía. En uno de sus discursos electorales ofreció “un seguro que impida volver atrás”, que garantice la perpetuidad del “socialismo bolivariano”, como un remedo de Cuba, y para conseguirlo prometió “un poderoso cerrojo” que no se sabe en qué puede consistir, pero que probablemente pasaría por una nueva reforma constitucional. Porque el chavismo ya no sólo depende de Chávez. El político brasileño José Sarney, al compararlo con Fidel Castro, sentenció: “Le falta historia y le sobra petróleo.”

La oposición democrática y heterogénea, casi milagrosamente unida detrás del joven Capriles, deberá responder al desafío histórico de preservar la unidad en estos tiempos decisivos. Deberá proponer un programa alternativo de restauración democrática, para liberar al presidencialismo de la degeneración sufrida bajo la férula de un militar que empezó como golpista contra un régimen de partidos corrompido hasta los huesos. No podemos olvidar que Chávez surgió de los estertores de un sistema fallido. La primera prueba para esa nueva oposición está muy cerca: las elecciones del próximo diciembre para los gobernadores de los estados federados.

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Responses

  1. Magnifico analisis de las elecciones venezolanas. Eres un maestro. Paco Salas.


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