Posteado por: M | 13 octubre 2012

Otro Nobel de la Paz con polémica

El Comité Nobel del Parlamento noruego, encargado de discernir el premio Nobel de la Paz, tiene una propensión irrefrenable a provocar la polémica con sus decisiones. Una vez más, como ya ocurrió en 2009, cuando premió al presidente Barack Obama, el galardón otorgado a la Unión Europea (UE) el 12 de octubre suscitó una agria controversia mediática, sembró la cizaña entre las instituciones europeas y sus representantes, que entraron inmediatamente en ridícula competición, y arrojó dudas sobre la oportunidad de premiar a una organización supranacional que atraviesa por uno de los momentos menos felices de sus 55 años de historia.

La noticia sobre el premio Nobel de Paz fue recibida con una irrisión en las redes sociales y con una fuerte divergencia de opiniones entre los políticos y los analistas de la actualidad internacional. Con comentarios burlescos entre los anglosajones. Irritó a los euroescépticos, que creían tener el viento a su favor para desandar el camino, y alegró a los decaídos eurófilos, que no esperaban el regalo. El presidente del Consejo Europeo, Herman van Rompuy, se apresuró a señalar que la concesión del premio Nobel reconoce el papel de la UE como “el mayor pacificador de la historia”, pero un dirigente del Partido Laborista británico se refirió con sorna “a las celebraciones de esta noche en Atenas”.

La polémica llegó inmediatamente a los periódicos. Mientras la opinión anglosajona se mostraba reticente o insistía en meter el dedo en la llaga de la palpable división europea, algunos lectores europeos volvieron a acusar a los norteamericanos de poner palos en las ruedas en el convoy de la integración. Un lector escribió al New York Times para acusar a muchos norteamericanos, al mismo diario neoyorquino y a su comentarista estrella Paul Krugman, premio Nobel de Economía, de “haber estado presionando para destruir el euro en los últimos dos años”.

Por suerte para Europa, las instituciones noruegas, aunque no creen en el proyecto europeo, tratan de socorrer a los atribulados líderes de Bruselas. “Los jóvenes no tienen la más ligera idea de lo que significa estar en guerra”, señaló Charles Barthel, director del Centro Robert Schuman, un instituto de investigación establecido en Luxemburgo. Y ocurre, además, que muchos de esos jóvenes europeos asocian a la UE con la pésima gestión de las crisis de la deuda soberana y del euro, que amenazan con derrumbar el edificio tan pacientemente levantado.

Todo parece indicar que el Comité Nobel del Parlamento noruego, persuadido de la importancia de la estabilidad en el continente, pretendió rectificar su retraso o su ceguera en la apreciación de la empresa de integración europea como una garantía de paz y prosperidad. Más vale tarde que nunca, ahora que asistimos a la erosión del espíritu que alentó en el tratado de Roma (1957) o en la apresurada ampliación hacia el este cuando desapareció la horrenda cicatriz del muro de Berlín.

El presidente del Comité Nobel, el exprimer ministro noruego Thorbjörn Jagland, justificó la decisión alegando que la UE había sido clave en la transformación de Europa “de un continente de guerras en un continente de paz”. Añadió que el premio debería servir de estímulo para el futuro y de advertencia de lo que se perdería “si se permite que la UE se colapse”. Este entusiasmo europeísta resulta un poco chocante en un país que por dos veces rechazó en referéndum (1972 y 1994) su ingreso en la organización supranacional de Bruselas. El último sondeo de opinión reveló que el 80 % de los noruegos se opone a la adhesión a la empresa europea que acaba de premiar un comité de su Parlamento. Los noruegos tendrían que contribuir mucho para obtener escasos beneficios.

En la pugna política constante que libran los políticos noruegos, no cabe duda de que los europeístas lograron en esta ocasión llevar el agua a su molino, en un momento en que los partidarios de la integración europea se encuentran en franco retroceso. Uno de los países más ricos de Europa, gracias a la producción de petróleo, sigue siendo completamente refractario a los ideales del europeísmo. “El Comité Nobel ha probado una vez más su gusto por la comedia”, ironizó una comentarista de la revista Time. ¿Cómo premiar a una organización que es “un edificio en llamas sin salidas”, según la metáfora trágica del secretario del Foreign Office, William Hague?

Concebida en 1957 al mismo tiempo contra el pasado alemán y el presente soviético, la UE resultó clave en algunos momentos decisivos para mantener la paz en un continente que antes de 1945 sólo había conocido la guerra y la competencia encarnizada entre sus naciones; pero la OTAN y las tropas norteamericanas estacionadas en la República Federal de Alemania desempeñaron un papel crucial en los días más aciagos de la guerra fría. Ahora se cumple, además, el cincuentenario de la reconciliación franco-germana sellada por De Gaulle y Adenauer para convertirla en el pilar esencial de la empresa europea, la locomotora de la integración ahora renqueante.

El Comité Nobel noruego suele ir con mucho retraso, en lo que concierne a la reconciliación europea, o se entrega a una anticipación frenética, como en el caso de Obama, y está generalmente constreñido por la ideología socialdemócrata y la más estricta corrección política, es decir, que se debate ritualmente entre el pacifismo y el oportunismo, cerrando los ojos ante los hechos incontestables que ponen en tela de juicio la razón y el momento de sus decisiones. Entre esos hechos inquietantes, que llegan muy mitigados a la tranquila capital noruega, cabe citar la cólera de los manifestantes de Atenas, Madrid o Lisboa que protestan por las medidas de austeridad sin esperanza o sin explicación suficiente.

Olvidan los políticos noruegos, por ejemplo, el triste comportamiento de la UE en la destrucción de Yugoslavia y en la última devastación de los Balcanes, en Bosnia o Kosovo, hasta que el presidente Bill Clinton tuvo que tomar cartas en el asunto y poner los aviones para detener la barbarie. También cierran los ojos ante la realidad de que la moneda única, el euro, uno de los logros más importantes de la UE, atraviesa por una crisis demoledora que no puede resolverse con paños calientes. Y nada digamos de la división continental a propósito de los bombardeos de Libia o las tergiversaciones sobre las matanzas y la devastación en Siria, o la indiferencia ante otras tragedias, en Cuba o en China. La política exterior común es una entelequia.

La cancillera alemana, Angela Merkel, calificó de “maravillosa” la decisión del Comité noruego, pero el premio no podrá librarla del oprobio de haber sido paseada en efigie por las calles de Atenas con el uniforme de las SS, ni del estigma de aparecer como la encarnación de las profundas divergencias y la receptora de los reproches airados de un continente materialmente en paz, pero espiritualmente sumido en el más profundo desasosiego. “¿Es una broma?”, preguntaron algunos atenienses al conocer la noticia. Y respondió inmediatamente Hans-Dietrich Genscher, ex ministro alemán de Exteriores, un veterano de los trabajos y los días comunitarios: “Una clara señal para aquellos europeos que esgrimiendo supuestos intereses nacionales ponen en peligro el trabajo en pos de la unidad europea.”

Las discrepancias, sin embargo, surgieron mientras se celebraba el premio en Bruselas y otras capitales. El ministro alemán de Finanzas, Wolfgang Schäuble, rechazó tajantemente la petición de la directora del Fondo Monetario Internacional (FMI), Christine Lagarde, a fin de que se concediera más tiempo a Grecia para completar sus dolorosos deberes.

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