Posteado por: M | 24 octubre 2012

Obama y Romney consagran el repliegue

El presidente demócrata Barack Obama y su oponente republicano Mitt Romney debatieron sobre el papel de EE UU en el mundo con más coincidencias de las previstas y menos pasión de la que cabía esperar, con indiscutible ventaja para el primero. Por sobre las cabezas de los contendientes y flotando en el ambiente revoloteó permanentemente el fantasma de la decadencia y el repliegue, acompañado por las crecientes dificultades internas y externas con que tropieza la gran potencia para mantener su hegemonía en una época muy conflictiva y ante el desafío de los poderes emergentes. Ambos se acusaron recíprocamente de ser poco creíbles o fiables para ejercer como comandante en jefe.

 

El debate de la última oportunidad se celebró el lunes 22 de octubre en una universidad de Boca Ratón, en Florida, un estado decisivo para el resultado de las elecciones del 6 de noviembre, como ya lo fue en las que dieron el triunfo a George W. Bush en 2000, cuando derrotó por muy escaso margen de votos al vicepresidente Al Gore. Pocas horas antes se había anunciado la muerte del ex senador George McGovern, que fue candidato presidencial del Partido Demócrata en 1972 con un programa cuyo lema más importante fue “Come home, America” (“Regresa a casa, América”), el colmo del aislacionismo en medio de la resaca de la guerra de Vietnam. McGovern fue vapuleado por el presidente republicano Richard Nixon, pues perdió en 49 de los 50 estados.

 

El debate estuvo dedicado a la política exterior, quizá el asunto menos crucial en una campaña presidida, desde que comenzaron las hostilidades, por la pésima situación económica, el desempleo irritante, el quebradero de cabeza de los impuestos, el déficit estratosférico (16 billones de dólares) y las perspectivas sombrías. La política exterior norteamericana, en función de los intereses globales, se expresa en un bloque de inercia estructural que cuenta con el respaldo de los dos partidos. Ni Obama ha innovado en los últimos cuatro años, a pesar de su premio Nobel de la Paz, ni Romney ofrece una alternativa. Ninguno fue capaz de proponer un programa consecuente para tratar con el resto del mundo. Pocas ideas, mucho pragmatismo.

Como no existen compartimentos estancos en la gestión de los asuntos públicos, no cabe duda de que la diplomacia y la economía de la superpotencia están estrechamente supeditadas, y que a más cañones, barcos y aviones, mayor presencia en el mundo, más poder militar y, por supuesto, menos mantequilla. Pero cuando los medios disponibles menguan, no queda más remedio que reducir el compromiso militar y ordenar la retirada. Por eso retornan a casa los marines, renace el aislacionismo en Washington y el la utilización preferente del soft power (el poder blando) inquieta a los estrategas del Pentágono y los sabuesos de la CIA que conocen de primera mano la gravedad y extensión de las amenazas.

Romney insistió varias veces en proclamar que la seguridad nacional de EE UU depende, ante todo, de su potencia económica, y que es necesario aumentar el presupuesto de Defensa; pero Obama recordó con la misma insistencia que la estrategia intervensionista de su predecesor, George W. Bush, centrada, sobre todo, en la guerra de Iraq, se había llevado a cabo en detrimento de la construcción económica nacional, malgastando los años dorados de Bill Clinton. Ambos líderes están de acuerdo en el repliegue, en la vuelta a casa que preconizó prematuramente McGovern.

Más coincidencias de las previstas 

El presidente, en un terreno en el que jugaba con ventaja, se mostró enérgico y condescendiente al mismo tiempo, sin desfallecer en ningún momento, como si actuara en su condición de veterano estadista o profesor que pretende acreditar la tesis de que su oponente es un ex gobernador poco imaginativo y sin experiencia en la arena internacional. Y las encuestas y la mayoría de los comentaristas creen que tuvo éxito en ese empeño. “Obama ganó en estilo y en sustancia”, resumió Joe Klein en la edición electrónica de la revista Time.

El debate escenificó más coincidencias y menos enfrentamientos de los que se esperaban, quizá porque la situación interna del país no es la mejor para pensar en extender el brazo armado o planear nuevas aventuras. EE UU habrá de concentrar su poder en algunos puntos esenciales, como el eje del Pacífico, y seguir adelante con el repliegue de Afganistán, la no injerencia directa en la guerra civil de Siria, aunque apoyando a la oposición por otros medios, y el combate contra los terroristas con el empleo de los famosos drones, en Afganistán o en otros lugares, los aviones no tripulados que causan pavor y estragos entre Al Qaeda y los grupos afines de la guerra santa (yihad) de los islamistas.

El asunto del ataque terrorista contra el consulado de EE UU en Bengasi, en el que perdieron la vida el embajador en Libia y otros tres funcionarios, en el aniversario de los atentados de Nueva York (11 de septiembre), desapareció prácticamente del debate y frustró las expectativas que habían puesto los republicanos más radicales para subrayar la supuesta tibieza de Obama en la lucha contra el terrorismo. De la retórica del aspirante han desaparecido los últimos restos adheridos del pensamiento neoconservador.

El tono prudente y pragmático de ambos candidatos sugiera que nos encaminamos hacia una época de introspección y ahorro como la vivida tras la guerra de Vietnam. Esperemos que no desencadene una nueva recesión. No obstante, Obama trató de ridiculizar a su adversario cuando lo acusó de “querer resucitar la política exterior de los años 80”, es decir, de la guerra fría. Romney tuvo bien merecida la reprimenda por haber calificado a Rusia de “enemigo geopolítico”, sin matices, cuando es evidente que sigue siendo un país atrasado con respecto a Occidente.

La escasa agresividad del republicano se concentró en recodar la inquietante situación en el Oriente Próximo: “Desde los últimos cuatro años, la influencia norteamericana no es más fuerte en ningún país.” Las revueltas árabes han cambiado los actores, pero también debilitaron las antiguas alianzas que estaban consolidadas tanto en Túnez como en El Cairo. “El caos aumenta en el Oriente Próximo”, avisó Romney, pero Obama no se dio por aludido, ni siquiera por la carnicería que prosigue en Siria.

La frase más significativa en cuanto al repliegue inexorable no la pronunció Obama, como parecía lógico, sino su contrincante: “Observo que nuestra influencia no crece precisamente alrededor del mundo –señaló Romney–, sino que está en retroceso, en parte debido al fracaso del presidente para afrontar los problemas de nuestra economía en el interior.” En cualquier caso, se trata de un lamento patriótico, que comparten ambos contendientes, más que una censura del comandante en jefe.

Con muy poco que ofrecer de novedoso en política exterior, el candidato republicano trató de volver a la economía –tema crucial para cualquier aspirante–, pero el moderador le hizo regresar una y otra vez al sendero pactado de la diplomacia. Los únicos momentos brillantes de Romney en el tercer y último debate volvieron a producirse con sus alusiones a la detestable situación económica que abruma a tantos ciudadanos y tiene sobre ascuas a la clase media.

Pragmáticos y centristas

Ambos candidatos son pragmáticos y centristas, según los criterios estadounidenses, pero los partidos sufren una radicalización creciente cuyas causas están en agria discusión en la comunidad académica, pero cuyos efectos empiezan a ser desestabilizadores. La capacidad de compromiso de que hicieron gala tantos presidentes, para arrancar concesiones y compromisos incluso de un Congreso dominado por sus adversarios políticos, parece haberse esfumado durante el primer mandato de Obama. “Los moderados de ambos partidos están siendo purgados”, resumió un corresponsal del británico semanario británico The Economist.

Romney aprovechó su alegato final para una nueva incursión en el terreno de la política interna: “Hay dos camino muy distintos sobre cómo recuperar nuestra economía –arguyó–. El del presidente nos lleva a un mayor declive, pero el mío servirá para crear 12 millones de puestos de trabajo.” Las diferencias apuntan al corazón del Estado: los republicanos, empujados por el Tea Party, desean menos Estado y menos impuestos, pero muchos demócratas, a la izquierda de Obama, no hallan otra alternativa que la muy europea de subir los impuestos a los ricos, un programa populista pero probablemente insuficiente para salir del atolladero.

En un ambiente tibio y moderadamente crepuscular, y con su oponente a la defensiva, Obama no encontró ningún obstáculo para exhibir sus éxitos como estratega de la retirada: “Acabamos con la guerra en Iraq, diezmamos a los líderes de Al Qaeda y encauzamos la transición en Afganistán de forma responsable.” Para subrayar el consenso y apelar al patriotismo en diversos asuntos, en varias ocasiones Romney reconoció explícitamente que estaba de acuerdo con el presidente y felicitó a Obama por haber liquidado a Osama Bin Laden, aunque añadió que “EE UU no puede ir matando por ahí para salir de este desastre”.

Con un moderador que no trató en ningún momento de animar el debate, sino que permitió que transcurriera por caminos trillados y tediosos, los candidatos pasaron revista a los asuntos más candentes de la actualidad internacional, pedro sin profundizar en ninguno de ellos. En el más controvertido, el programa nuclear de Irán, con Israel entre bastidores, Obama se mostró especialmente enérgico: “Mientras yo sea presidente, Irán no tendrá la bomba nuclear (…) Todas las opciones están sobre la mesa”. Esto quiere decir que el presidente no descarta la intervención militar a distancia, como pretende el gobierno israelí, aunque su prioridad sigue centrada en la diplomacia.

El gobierno israelí de Benyamin Netanyahu, que ha convocado elecciones anticipadas para enero, a fin de tener las manos libres para cualquier contingencia, puede estar tranquilo. A pesar de todos los rumores propalados sobre el desacuerdo persistente entre Washington y Jerusalén, el presidente nombró por tres veces a Israel como “nuestro más grande aliado en la región”, una reiteración que puso en evidencia la falsedad del aserto de Romney de que Obama se proponía nada menos que “arrojar a Israel debajo del autobús”, lo que en realidad era una metáfora de muy mal gusto. Ambos candidatos coincidieron, como no podía ser de otra manera, en una defensa a ultranza de Israel y su seguridad, de la misma manera que compitieron en aparecer como su aliado más sólido y fiable.

Sorprendió el cambio de tono de Romney, con respecto a sus declaraciones anteriores durante la campaña, al propugnar en el debate del lunes, como prioridad, la utilización de “medios pacíficos y diplomáticos” para persuadir a Irán de que abandone su programa nuclear, aunque acusó de apaciguamiento al presidente por parlamentar con un régimen despótico y mesiánico que “ha incitado al genocidio”. Y añadió: “Estamos ahora cuatro años más cerca de un Irán nuclear, y no deberíamos desperdiciar otros cuatro años.” Una obviedad y ninguna certidumbre.

A juzgar por lo ocurrido durante el debate, en el que Obama se contradijo abiertamente sobre Irán –en lo que concierne a la negociación directa– y Romney no quiso insistir en el asunto, todo parece indicar que están en marcha unos contactos subterráneos entre Washington y Teherán para organizar unas conversaciones bilaterales sobre la cuestión nuclear, según un informe filtrado al New York Times en plena campaña electoral. Romney fue informado por la Casa Blanca. Por el momento, se ignora todo sobre las concesiones o las amenazas que puedan levantar el bloqueo diplomático.

Esas coincidencias generales, productos artificiosos de la retórica electoral, no quieren decir que no existan divergencias muy acusadas entre Obama y Romney, los demócratas y los republicanos, en el vidrioso asunto de la proliferación de las armas nucleares. Mientras el presidente sigue anclado en su visión de un mundo sin armas nucleares, pacífico, multicultural y bajo el imperio de la seguridad colectiva (ONU), el candidato republicano denuncia el pacifismo utópico y temerario que prevalece en la Casa Blanca, al mismo tiempo que se compromete a modernizar el arsenal de las armas de destrucción masiva.

Romney estuvo de acuerdo con el presidente en la retirada de tropas, en el abandono de Afganistán, en la liquidación de Bin Laden y en la utilización de otros medios poco ortodoxos para luchar contra el terrorismo, pero se mostró mordaz al describir el balance diplomático con varias preguntas retóricas: “¿Está Irán más cerca de la bomba? Sí. ¿Está el tumulto instalado en el Oriente Próximo? Desde luego. ¿Está Al Qaeda derrotada o en retirada? No. ¿Están Israel y los palestinos más de cerca de alcanzar un acuerdo de paz? De ninguna manera.” Como descripción de lo que ocurre, el diagnóstico del candidato republicano parece tan acertado como inquietante. Ni el presidente ni el aspirante tienen las ideas claras sobre la estrategia que debe aplicarse para apagar los incendios intermitentes y mitigar la convulsión continua.

Europa no mereció ninguna atención en el debate, indicio seguro del retorno a casa y de la fosa atlántica, a pesar de la OTAN y de las urgencias económicas comunes. Y sobre China, algunas generalidades de rigor sobre “la manipulación monetaria” y la invasión de las manufacturas chinas. Las relaciones entre las dos primeras economías del mundo están lastradas porque Beijing tiene en sus manos una gran parte de la deuda norteamericana, arma temible contra el dólar en cualquier momento.

El aburrido debate de Boca Ratón no será determinante para el resultado electoral del 6 de noviembre, pero puso de manifiesto las tendencias profundas de la política norteamericana: predominio del pragmatismo sobre la ideología o el credo filosófico, la tentación recurrente del aislacionismo y una lógica preocupación por la adecuación de los fines a los medios disponibles. Sin temor a defraudar a sus admiradores europeos más desorientados, Obama siempre se situó en el centro, como Clinton, y se preocupó de que nadie pudiera compararlo con McGovern, el más izquierdista de todos los candidatos presidenciales demócratas desde 1945.

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