Posteado por: M | 7 noviembre 2012

La reelección de Obama en una nación dividida

El demócrata Barack Hussein Obama tendrá un segundo mandato, una segunda oportunidad para reanimar las ilusiones perdidas, pero su esperada victoria en las elecciones presidenciales del 6 de noviembre quedó empañada por la renovación de la mayoría absoluta del Partido Republicano en la Cámara de Representantes, su estrecha ventaja en votos populares frente al candidato derrotado, el republicano Mitt Romney, y la plasmación en las urnas de una nación profundamente dividida. Los resultados auguran cuatro años de polarización política, intensas controversias parlamentarias y creciente dificultades del presidente para sacar adelante sus proyectos. Salvo que se produzca el viraje imprevisto de la conciliación con aureola centrista.

Foto tomada del facebook de Barack Obama

La esperanza y el cambio que Obama representó hace cuatro años deberán ser reemplazados por un esfuerzo continuado para bajar la fiebre dentro de ambos partidos, recomponer los puentes y evitar la parálisis legislativa. El mensaje de los electores, al menos según lo ven los augures más escuchados de Washington, resulta inequívoco: centrismo político y eficacia administrativa, pragmatismo y progreso. Dentro de los demócratas, la pugna se recrudecerá entre los idealistas que defienden una vuelta de tuerca progresista, con más intervención estatal, y los pragmáticos que abogan por una expresa apertura hacia los republicanos moderados. El Partido Republicano, a su vez, está dividido entre los moderados como el perdedor Romney y los emisarios del Tea Party, un conglomerado radical que, pese a sufrir un considerable varapalo, pretende prolongar la guerrilla maniquea tras la bandera de menos gobierno y menos impuestos.

Sin tiempo para saborear la victoria, Obama deberá elegir rápidamente, antes de que termine el año, entre la conciliación y la confrontación. Para no caer en el fiscal cliff, el precipicio fiscal. Para dirigir una nación claramente fracturada hacia aguas menos turbulentas. En esta época de graves problemas económicos, de crecimiento anémico, de insólita miseria social, quizá lo importante no es que el gato sea blanco o negro, sino que cace ratones, la filosofía de Deng Xiaoping que puso a China en pie en 1978. En vez de cambiar el temple de Washington y predicar un futuro radiante, como Obama preconizaba y peroraba en 2008, los electores parece que desean, ante todo, que la maquinaria del Estado funcione a pleno rendimiento mediante una cura de pragmatismo y un proyecto bipartidista. Menos ilusiones y más empleos.

Al presidente reelecto no le espera un camino de rosas, ni tiempo para el regocijo. Como se recordará, fue elegido en 2008 como el heraldo de un nuevo despertar nacional, con un mensaje de concordia y una promesa de desterrar “la política despiadada [que] nos divide en lugar de unirnos”, pero sus cuatro años en la Casa Blanca, marcados por el encono partidista, los debates interminables y la radicalización creciente de la vida pública, defraudaron a muchos electores independientes. Los cronistas coinciden en señalar que el aspirante a restañar las heridas nacionales las reabrió de manera harto imprudente. La vida parlamentaria quedó paralizada por el insalvable rencor interactivo entre los extremos, como pocas veces había ocurrido antes.

Como advierte Peter Baker en el New York Times, el presidente no se enfrenta a “las expectativas exorbitantes de regeneración global, racial y partidista, sino a las arduas y modestas negociaciones sobre el recorte del gasto y el aumento de los impuestos, además de a una inquietante confrontación con Irán”. La prosa deberá reemplazar a la épica, el realismo a la cosmovisión electrizante; porque, a la postre, la nación siempre estuvo dividida, hasta el punto de haber vivido la desoladora experiencia de una guerra civil. Lo malo no es la división, que puede ser saludable, sino su explotación torticera. Lo que EE UU necesita es un líder que agarre el timón con la tripulación variada a bordo pero en orden, no un visionario que eche más leña al fuego de la discordia.

No obstante, el presidente reelegido tiene en sus manos algunas cartas muy importantes, la primera de las cuales, lógicamente, reside en la supremacía del Ejecutivo en el sistema de rígida separación de poderes. Checks and balances (equilibrio de poderes) pero con una presidencia imperial. El Partido Republicano fue doblemente desautorizado por los electores, de manera que se verá forzado a un examen de conciencia que sin duda otorgará mayor libertad de maniobra a sus congresistas para atender las ofertas de la Casa Blanca. Obama queda liberado del obsesivo empeño de la reelección, mientras que la oposición republicana no se verá frenada por el temor de ofrecer una victoria política a un presidente en su segundo y último mandato.

Una coalición electoral ascendente

             Tras una campaña muy dura, larga y costosa, la más cara que se recuerda, en la que los dispendios de los candidatos superaron ampliamente los 6.000 millones de dólares, debido a que los particulares pudieron realizar donaciones anónimas tras una polémica decisión del Tribunal Supremo, la coalición electoral ascendente que dio el triunfo a Obama en 2008 –negros, hispanos y minorías– se mantuvo a duras penas, se afianzó en las megalópolis de las dos principales fachadas marítimas (Nueva York, Los Ángeles), pero perdió fuerza y entusiasmo ante el bloque conservador, esencialmente blanco o anglosajón, que tiñó de rojo (el color de los republicanos) el centro y sur del país. Al igual que hace cuatro años, los jóvenes se inclinaron mayoritariamente por Obama, y los mayores, por Romney.

Me parece exagerada la presunción de que el futuro pertenece a la coalición de Obama (Forward, adelante, era su lema electoral) y que la de Romney está encadenada al pasado. La raza dejó de ser un tema inflamable, sepultado por la corrección política; los jóvenes de ahora se dirigen inexorablemente hacia la madurez, y la posición de los hispanos no permanecerá inmóvil ante los cambios demográficos y sociales que se avecinan. Lo que parece innegable es que el dominio político de los llamados wasp (blancos, anglosajones y protestantes) ha pasado a la historia, incluso si se le añaden al bloque algunos católicos blancos. El mapa electoral y hasta las direcciones de los partidos reflejan un nuevo EE UU mucho menos homogéneo, multicultural y más imprevisible, en el que las divergencias son exacerbadas por unos medios de comunicación más polarizados que los electores, un partidismo mediático, sobre todo, televisivo, que se regodea en la trifulca y saca pingües beneficios de mantener la excitación de la pugna política.

Algunos datos ayudarán a comprender ese cambio demográfico que está en vías de alterar los viejos tópicos sobre la política estadounidense. Entre los dos últimos censos (2000 y 2010), la población blanca descendió del 69,1 % al 63,7 %, y ese descenso continúa, a pesar de una natalidad moderada. La proporción de hispanos pasó del 12,5 % al 16,3 %. En ese decenio, la población blanca creció sólo el 1,2 %, mientras que la negra lo hizo en el 12,3 % y la hispana en el 43 %. A grandes rasgos, Romney obtuvo el 65 % del voto blanco y Obama el 85 % del voto de las minorías raciales, culturales y religiosas. Las prospecciones vaticinan que en 2040 la nación más poderosa del mundo dejará de tener una mayoría estrictamente blanca.

El triunfo de Obama se fraguó con relativa rapidez al caer de su lado la mayoría de los llamados swing states (estados indecisos): Wisconsin, Iowa, Colorado, Virginia, Ohio y, sobre todo, Florida, la mayoría de ellos situados en las fronteras que dividen claramente a los dos bloques de la nación. Una vez más, el voto de los hispanos, la minoría que más crece, resultó decisivo para el éxito de los demócratas en esos estados, por lo que cabe esperar que el presidente cumpla inmediatamente su promesa de reformar la legislación inmigratoria, un asunto candente que varios presidentes eludieron durante décadas. Uno de los errores más clamorosos de Romney durante la campaña electoral fue precisamente su insistencia en denigrar la inmigración ilegal y oponerse a la legalización de los clandestinos.

El pronóstico se cumplió esta vez, de manera que venció Obama, pero con un resultado muy ajustado en cuanto al voto popular. El presidente obtuvo sólo el 50 % de los sufragios (tres puntos menos que en 2008), unos 58 millones de votos, y superó a Romney (48 %), unos 56 millones. La ventaja fue más notable en el llamado voto electoral (o de los compromisarios estatales), ya que a la hora de escribir este artículo el vencedor contaba con de 303 votos  por 206 de su oponente, con 29 aún por adjudicar. La mayoría requerida es de 270 compromisarios en el colegio electoral que el 17 de diciembre procederá a la elección oficial del presidente.

Pocos cambios en la composición del Congreso. El Partido Republicano mantendrá la mayoría absoluta en la Cámara de Representantes con 232 escaños (-2) por 191 del Partido Demócrata (+1). Los demócratas retienen la mayoría en el Senado con 53 senadores (+2), incluyendo dos independientes en su grupo, pero lejos de la mayoría cualificada de 60 que permite eludir el filibusterismo, es decir, la obstrucción sistemática en la legislación relevante. Los republicanos pierden inopinadamente dos senadores y quedan reducidos a 45, una derrota que puede achacarse a la intromisión del Tea Party en la campaña electoral. Las leyes requieren la aprobación de ambas cámaras.

Después de un primer mandato de encono y parcialidad notoria, cabe preguntarse si Obama podrá corregir el rumbo para aislar a los jabalíes de ambos partidos y hacer converger en el centro a una sólida mayoría bipartidista y, por ende, reformadora. O si tendrá en cuenta el criterio de sus rivales en las cuestiones cruciales de los impuestos o la dimensión del sector público. No está nada claro hasta dónde podrá presionar el presidente, pues los dos partidos tienen motivos más que sobrados para la reflexión, la intransigencia, la rectificación o el rencor. La filosofía fundamentalista del Tea Party (menos gobierno y menos impuestos) o de los demócratas radicales (más impuestos para los ricos) no produjo la cosecha electoral que esperaban sus portavoces más ruidosos, pero ambos grupos discrepan en una cuestión esencial: el tamaño del gobierno en esta época de problemas abrumadores.

Con la batalla por la reelección ganada, Obama deberá luchar ahora por lograr un buen lugar en los anales de la presidencia. Salvar su prestigio manteniendo la dignidad y promoviendo la tolerancia entre sus conciudadanos, no dejándose arrastrar por la batalla que sin duda plantearán sus críticos más ácidos y los extremistas de ambos partidos. ¿Prevalecerá al fin la sombría realidad de las dos Américas que recíprocamente se lanzan anatemas y profieren descalificaciones? La primera tarea del presidente debería ser la de impedir que la hostilidad o antipatía entre los rivales políticos alcance la categoría de tormenta social.

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