Posteado por: M | 8 noviembre 2012

Catálogo de problemas para los cuatro años más de Obama

Con la reelección de Barack Obama, los electores norteamericanos se pronunciaron por la continuidad, pero los graves problemas que enturbiaron su primer mandato y frustraron muchas expectativas siguen planeando sobre la Casa Blanca, desde el laberinto fiscal a la reducción de los gastos militares, consecuencia del repliegue general en el teatro del mundo, sin olvidar las relaciones con China, el inminente desafío nuclear de Irán, el caos sangriento en Siria y el eterno problema palestino. La política exterior no experimentará cambios sustanciales, pero la reducción de efectivos y de misiones del gendarme norteamericano augura un período de fuerte inestabilidad en las regiones más conflictivas.

Foto tomada del facebook de Barack Obama

“Cuatro años más”, fue el primer mensaje de Obama en la madrugada del 7 de noviembre tras conocer su triunfo y difundirlo por las redes sociales. ¿Para qué? Todo parece indicar –a juzgar por los lemas que lanzaba el equipo de campaña y repetían los electores— que ha llegado la hora de la introspección patriótica, de un estudiado aislacionismo para hacer limpieza y poner la casa en orden. No obstante, mee parece prematuro aventurar un rápido consenso con el Partido Republicano derrotado, para arrancar la máquina de las reformas, y no estoy seguro de que “lo mejor está por llegar”, como gritó, eufórico, el reelegido. ¿Qué hará el presidente si persiste el bloqueo legislativo en el Congreso?

La situación económica de la primera economía del mundo es inquietante tanto para los estadounidenses como para el resto del mundo. Las cifras producen vértigo, ya que el déficit fiscal roza el 10 % del PIB y la deuda pública supera los 16 billones de dólares; el crecimiento es débil (no llega al 3 %) y el desempleo se sitúa en el 7,9 % de la masa laboral, una cifra que sólo contabiliza a los inscritos legales, pero no a la legión de parados, latinoamericanos en su mayoría, que ni siquiera disponen del permiso de residencia o trabajo. “Estados Unidos se enfrenta a un duro despertar: un futuro que no fue identificado ni debatido durante la campaña electoral”, sentenció el economista Robert J. Samuelson antes de que se conocieran los resultados.

El presidente deberá abordar de inmediato, antes de final de año, el peliagudo asunto del llamado “fiscal cliff” (precipicio fiscal), una masiva reducción del gasto y una sustancial subida de impuestos que se evalúan por los expertos en más de 600.000 millones de dólares de recorte presupuestario (el 5,1 % del PIB), uno de los más severos programas de austeridad que cabe imaginar, superior a los de Italia, España, Portugal y Grecia juntos. Los analistas concuerdan en que esa brutal reducción del gasto y la paralela subida de impuestos se detraerían de la inversión productiva, tendrían efectos catastróficos sobre los ingresos de las familias y desencadenarían una nueva recesión con graves repercusiones en todo el mundo. Ya se sabe que un mero reajuste en EE UU origina una gran caída en Europa.

El precipicio fiscal es una secuela de la guerrilla parlamentaria entre los demócratas del presidente y la oposición republicana, que se prolongó durante toda la legislatura. El ajuste fue aprobado en el verano de 2011 como un pacto in extremis entre los dos partidos para elevar el tope de la deuda y evitar la suspensión de pagos parcial de la Administración. Y para que las agencias de calificación no rebajaran la triple A de la deuda norteamericana. Los congresistas aplazaron así los problemas, en la creencia de que el ajuste no llegaría a entrar en vigor, pero el presidente se encuentra ahora con el problema agravado por el apremio.

A principios de año, sino se llega a ese acuerdo bipartidista y patriótico, se pondrán automáticamente en marcha los mecanismos necesarios para cuadrar las cuentas federales, caiga quien caiga. La encarnizada reluctancia de los republicanos, con mayoría en la Cámara de Representantes, a la que compete la iniciativa en las cuestiones fiscales, frenó los planes expansivos de Obama y provocó la parálisis legislativa y la amenaza del fiscal cliff. Pese a que Obama se mostró conciliador en su discurso la noche electoral, la actitud del Partido Republicano dependerá mucho de la reflexión abierta en sus filas por la derrota de Mitt Romney.

Una polarización política extrema

La polarización política extrema afectó muy negativamente a la economía. Las culpas de la discordia están bastante repartidas, pues si bien es cierto que Romney y sus partidarios planeaban una fuerte reducción de gastos, excepto en Defensa, Obama contraatacó con su propuesta para subir los impuestos “a los ricos” (las familias con ingresos superiores a 250.000 dólares anuales), una medida de ribetes populistas que en ningún caso será suficiente para remontar las urgencias del déficit y la deuda estratosféricos que lastran el crecimiento.

También hay que tener en cuenta que Obama dispuso de dos años con mayoría demócrata en ambas cámaras del Congreso para arreglar la situación, ya que los republicanos no lograron la mayoría en la Cámara de Representantes hasta las elecciones de noviembre de 2010. Esos dos años los consumió en sacar adelante la reforma sanitaria, precisamente el asunto más controvertido y extenuante, que encrespó a los congresistas republicanos y dinamitó los puentes del consenso.

Como en tantos otros asuntos, la realidad y la propaganda se coligaron mediáticamente para hacer de George W. Bush el gran culpable de la aflicción general por haber sumido al país en la peor depresión desde el crack de 1929 y con un déficit presupuestario superior al billón de dólares. El razonamiento era tan simplista como contundente: las guerras de Iraq y Afganistán, iniciadas por Bush, habían elevado los desequilibrios presupuestarios hasta unos niveles desconocidos e insoportables. El costosísimo e impopular rescate de los bancos en 2008 también podía atribuirse al mismo presidente, convertido en el muro de todas las lamentaciones, a pesar de que el Obama candidato respaldó la operación en el otoño de 2008.

El balance del primer mandato no es brillante, pero Obama evitó una recaída en la recesión mediante un intervencionismo moderado. Respaldado por el presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, maquinista del tren fiduciario, con una estrategia expansiva, conjuraron el riesgo de una gran deflación mediante una variante del keynesianismo, como ha explicado el economista Nicolas Baverez, que consiste en colocar la intervención estatal al servicio de una política de la oferta, no de la demanda. El gobierno federal favoreció la inversión e innovación de las grandes empresas para consolidar un nuevo despliegue del aparato productivo y hacer frente a los retos de la mundialización. El tímido crecimiento depende ahora de las exportaciones.

No es menos cierto, empero, que Obama no equilibró ninguno de sus presupuestos y que EE UU, como ocurrió en otros momentos de debilidad –tras el fin de la guerra de Vietnam (1973-1975)–, está exportando la inflación al resto del mundo. Ahora tendrá un nuevo mandato, aunque erizado de escollos, para acelerar los planes de saneamiento, corregir las debilidades estructurales, impulsar un nuevo sistema fiscal y elevar la moral de los ciudadanos. EE UU precisa, ante todo, de una nueva pedagogía del éxito que selle las grietas que se observan en una sociedad que pretende alejarse ilusoriamente de los desafíos exteriores.

Si hemos de creer a Paul Krugman, famoso premio Nobel de Economía, partidario acérrimo de Obama y azote de los republicanos, la polarización es tan extrema que los estrategas de Romney, en los últimos días de la campaña electoral, propagaron entre los electores independientes e indecisos una hipótesis extraña por inverificable: “Si triunfa Obama, los republicanos destruirán la economía”. Por el contrario, la elección de Romney, un probado centrista, hubiera hecho más fácil un compromiso con los demócratas en el Congreso para eludir el fantasma de la recesión. Supongo que con el designio de “destruir la economía” el polémico economista quiere decir simplemente que el cataclismo sólo llegará si no se aplican los discutibles remedios que él propugna.

La polarización política, que con Obama alcanzó niveles inquietantes, no llegará hasta esos niveles suicidas. Ni los republicanos tienen voluntad de destruir la economía, ni es cierto que se propongan hacer tabla rasa de las regulaciones gubernamentales del capitalismo que enmarcan el modelo actual de economía mixta, o lo que es lo mismo: el credo de la libertad económica, motor del progreso, ni impide la protección de los ciudadanos de los excesos que pudiera generar una genuina liberalización de los mercados. Nadie en su sano juicio propugna un capitalismo desenfrenado, como demostró el republicano George Bush en 2008 con sus medidas de estimulo y de rescate de los bancos responsables del cataclismo inmobiliario.

Como es notorio, según la tendencia tecnocrática dominante desde hace muchos años, los partidos norteamericanos están poco ideologizados, aunque se enredan con frecuencia en discusiones bizantinas sobre el origen y destino del dinero sagrado de los impuestos. La retórica estridente de algunos elementos del Tea Party –menos impuestos y menos gobierno–, sobre la reducción drástica de las actividades gubernamentales, no puede extrapolarse a todo el Partido Republicano sin incurrir en una hipérbole electoral. Hasta el mismo Obama, retratado como socialista e interventor en jefe por el Tea Party, en una de sus últimas entrevistas, prometió liquidar las regulaciones innecesarias y no extender el radio de acción del gobierno.

No todo el mundo ve la situación tan en negro y blanco, tan tensa, entre los dos extremos, con el sistema con la soga al cuello. No podemos confundir la propaganda electoral con la realidad de un orden constitucional que tiende hacia el centro para coligar a los moderados de ambos partidos en nombre de los sagrados intereses de la nación y del imperio. Ni el Partido Republicano está dominado por un puñado de fundamentalistas que se proponen acabar con el Estado del bienestar, a pesar de la influencia creciente del Tea Party, ni los demócratas son una pandilla de izquierdistas que pretende apretar el acelerador de la igualdad social y el combate contra la economía especulativa. Ni Obama es un socialista, como creen algunos republicanos, ni Romney es un mero ejecutivo de Wall Street, el símbolo de la plutocracia, como le llama la revista The Nation y le fustigaban los más radicales.

El vencedor no podrá eludir el dilema de los cañones o la mantequilla, de más o menos Estado, de más o menos impuestos, de más o menos seguridad social y servicio sanitario (Obamacare). La declinante situación económica y los nubarrones que se ciernen sobre el futuro fiscal acabarán por imponer unas decisiones que pudieran ser traumáticas para amplios sectores sociales. La primera acción del presidente se dirigirá a la consecución de un compromiso presupuestario que evite el funesto “precipicio fiscal” a final de año.

Muchas de las esperanzas suscitadas por Obama en 2008, entre los electores más jóvenes y las minorías, así como entre las izquierdas europeas, se vieron frustradas. Numerosas promesas de su impecable carrera electoral de entonces, en medio del fervor de grandes multitudes, yacen en el cementerio de las letras muertas, desde el cierre de la prisión de Guantánamo (Cuba), donde siguen encerrados “los combatientes enemigos”, hasta la reforma de un sistema fiscal tan injusto como laberíntico o la puesta en marcha de “un New Deal verde”, en recuerdo del que hizo famoso a Franklin D. Roosevelt, que sacaría a EE UU del atolladero económico. O la reforma por ahora imposible del sistema político.

El gran logro legislativo del primer mandato, la reforma del sistema de sanidad en el sentido de una cobertura universal, tras un debate encrespado, sembró la desconfianza entre los partidos y sigue sin ser aceptado por la mayoría de los republicanos, pero ha dejado intacto el poder abusivo de los lobbies médico-farmacéuticos. El Obamacare termina con una vergüenza norteamericana –40 millones de ciudadanos sin cobertura sanitaria–, pero su coste parece inasumible a corto plazo. Las leyes de excepción impulsadas por su predecesor, George W. Bush, para hacer frente a “la guerra contra el terrorismo” (Patriot Act), siguen en vigor, y las dictadas contra los sindicatos tampoco han sido abrogadas, a pesar de las reiteradas promesas.

Los fracasos no se pueden atribuir al adversario político que cumple con su obligación de hostigar al poder. El hombre que hace cuatro años personificó la esperanza de cambio social, el centrismo político y el imperio del derecho de gentes en la esfera mundial no ha cumplido con las expectativas, constreñido a un pragmatismo más bien alicorto y sometido, como era previsible aunque no inevitable, a las presiones e imposiciones de un sistema de checks and balances, de equilibrio de poderes entre la Casa Blanca y el Congreso, y de los intereses inesquivables del complejo militar-industrial o del poder financiero de Wall Street.

“El primer mandato de Obama fue un parche”, aseveró la revista británica The Economist. La parálisis legislativa no se debió sólo a la obstrucción previsible de los republicanos, que se utilizó en muchas ocasiones como excusa, sino también al autismo, los prejuicios y el izquierdismo que emanaban del despacho oval. Elegido con los votos de los electores independientes –no vinculados a un partido— e incluso conservadores, en un momento de patente euforia nacional, el presidente entregó las riendas en el Congreso al sector más radical del Partido Demócrata, que protagonizó el debate de la reforma sanitaria, renunciando de antemano a forjar una coalición de moderados de ambos partidos.

El pragmatismo que a la postre presidió su primer mandato, especialmente en política exterior, le evitó la toma de decisiones apresuradas o irreversibles. Obama fue más prudente que osado, y mantuvo intacta la virtud de la integridad, lo que no es poco en nuestra época. Quizá le sobró carisma y mesianismo, pero sin duda le faltó convicción y habilidad para sortear los obstáculos democráticos y fácticos. “La atmósfera de expansiva esperanza ha dado paso a una situación de compungida molestia”, como resumió David Brooks en el New York Times, su principal plataforma de apoyo periodístico.

Los intelectuales y pesos pesados de la economía que le acompañaron en su llegada a la Casa Blanca en enero de 2009 han desaparecido sigilosamente del escenario político, reemplazados por una cohorte de fieles colaboradores, menos brillantes pero más proclives a la adulación y el conformismo. Esa cohesión anticipa tiempos muy agitados y un talante esquivo. Ya hemos visto cómo los buenos modales degeneraron en furibundos ataques personales contra Romney –descalificado por su fortuna y por su éxito en los negocios, no por sus ideas o su programa–, antes incluso de que éste fuera elegido candidato en la convención de Tampa (Florida).

Continuidad de la política exterior

En estos momentos de repliegue militar y moral, la política exterior sigue siendo el único terreno donde se cultiva con éxito el consenso entre las dos grandes fuerzas políticas. Los espectadores del último debate televisado pudieron llegar a la conclusión cierta de que ambos candidatos, en efecto, coincidían en la estrategia ante un mundo cada día más complicado. Desde el final de la guerra fría (1989) no existía un tan amplio consenso. Las disputas doctrinarias, las maniobras parlamentarias, las estridencias de la campaña y las preocupaciones de los ciudadanos se centraron en los asuntos internos: más o menos gobierno, más o menos impuestos, actitudes dispares sobre la inmigración o las prestaciones del Estado del bienestar.

Pese a la decepción de sus más fervorosos partidarios europeos, sobre todo, de los parlamentarios noruegos que le otorgaron el premio Nobel de la Paz en 2009, la política exterior de Obama no se ha desviado mucho de la que practicó Bush o de la que preconizaba Romney. “Una versión menos ideológica de George Bush”, resume Aaron David Miller, un cronista del New York Times, como se desprende del aumento temporal de tropas en Afganistán, el mantenimiento de la prisión de Guantánamo, la liquidación de Osama Bin Laden, los bombardeos de Libia y la constante utilización de los drones (aviones no tripulados) para matar a los supuestos enemigos en cualquier lugar, novísimo y sofisticado episodio de la “guerra preventiva” declarada por Bush, pero que ya no escandaliza a los socialdemócratas europeos.

Los que pensaron que Obama era un defensor a ultranza del soft power (del poder blando o de persuasión) no quieren dar crédito al puño de hierro que ordena las operaciones secretas y homicidas desde el ala oeste de la Casa Blanca, o que refuerza las alianzas al mismo tiempo con Israel y las monarquías reaccionarias y petroleras del Oriente Próximo. El internacionalismo liberal resulta que calza botas altas, el multilateralismo está de capa caída y las veleidades izquierdistas que encandilaron a tantos europeos despistados se han esfumado por completo.

Las relaciones problemáticas con China, gran tesorero de la deuda norteamericana, son una inexcusable prioridad. La retirada selectiva del escenario mundial y el giro estratégico iniciado, desde el Atlántico al Pacífico, serán unas operaciones muy complejas y prolongadas que deberán tener en cuenta el inminente cambio de dirigentes en Beijing, las tensiones múltiples en el mar de China meridional, la renovación de la alianza con Japón y la continuidad de la venta de armas a Taiwán. La alianza con Israel y la amenaza difusa e imprevisible del terrorismo islamista, sin embargo, obligarán a Obama a mantener el despliegue aéreo y marítimo en el Próximo Oriente. Europa, importante socio económico, seguirá bastante alejada de las preocupaciones estratégicas del presidente reelegido.

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