Posteado por: M | 24 noviembre 2012

La tregua de Gaza en una guerra inacabable

La enésima tregua entre Israel y uno de sus vecinos y enemigo jurado, el grupo integrista Hamás, que controla con mano de hierro la desgraciada franja de Gaza desde 2007, fue pactada precipitadamente, tras una negociación al más alto nivel, y sólo suscita escepticismo y pronósticos sombríos sobre su alcance y duración. El cese temporal de hostilidades fue anunciado en El Cairo el 21 de noviembre por la secretaria norteamericana de Estado, Hillary Clinton, y su homólogo egipcio, Mohamed Ámel Amr, en una conferencia de prensa conjunta, pocas horas después de que el presidente Obama conversara a distancia con el primer ministro israelí, Benyamin Netanyahu, y le advirtiera de los riesgos estratégicos de la implicación de Irán en el eterno conflicto con los palestinos, extendido por toda la región.

La negociación de la tregua no fue nada fácil y su gestión se supone problemática, como todas las anteriores, habida cuenta el rompecabezas de la frontera de Gaza con Egipto, a través de la cual florece el contrabando de armas, válvula de escape, amparo de contrabandistas y trampolín de todos los extremismos, hasta el punto de que el grupo Hamás, estigmatizado como una organización terrorista por EE UU y Europa, puede actuar como un interlocutor moderado por comparación con sus competidores ideológicos radicales de la Yihad islámica y otros grupúsculos inspirados o dirigidos por Al Qaeda.

En medio de la confusión que reinaba en Israel sobre las condiciones del cese de hostilidades y la negociación entre las partes, la tregua fue violada apenas 24 horas después de anunciarse, el 23 de noviembre, cuando los soldados israelíes abrieron fuego contra un grupo de civiles palestinos y mataron a uno de ellos, en el momento en que éstos trataban de saltar la valla instalada por Israel en toda la frontera para aislar Gaza e impedir que sus habitantes se trasladen en busca de trabajo.

El cese de hostilidades, en realidad, es sólo una pausa en la guerra interminable que se libra desde 1948, jalonada de armisticios que duran lo necesario para que los contendientes entierren a las víctimas, recuperen el aliento y repongan las armas. Jamás para que restañen las heridas. Como en otras ocasiones, aunque esta vez con un gobierno islamista, Egipto actuó como mediador, bajo fuerte presión de EE UU, incluida la presencia de Hillary Clinton en El Cairo. Finalmente, el texto sugerido por los egipcios y aceptado por la secretaria de Estado suscitó una acerba controversia entre los dirigentes israelíes.

El llamado por la prensa israelí Foro de los Tres: el primer ministro, Benyamin Netanyahu; el ministro de Exteriores, Avigdor Lieberman; y el ministro de Defensa, Ehud Barak, fue sacudido por opciones diferentes y hasta encontradas. El tercero de ellos, en contacto con los altos jefes militares, abogó por aceptar la propuesta egipcia para evitar la invasión de la franja, una operación que, a su juicio, no resolvería ningún problema esencial, sino que enconaría los ánimos y debilitaría la ya de por sí precaria posición diplomática de Israel. El más belicista, como es habitual, fue el ministro Lieberman, empeñado en promover la incursión terrestre para reforzar el poder disuasorio del hegemónico Tsahal, el ejército israelí. Netanyahu se mantuvo dubitativo hasta la llegada de Clinton a Jerusalén.

En medio de esas acaloradas discusiones, la presencia en Jerusalén de la secretaria norteamericana de Estado, el 20 de noviembre, –permaneció en el despacho de Netanyahu hasta las 2 de la madrugada del miércoles 21–, resultó decisiva para la aceptación del borrador egipcio sobre el alto el fuego. Según el texto facilitado por las autoridades de El Cairo, Israel deberá cesar sus actividades militares y asesinatos en la franja, mientras que Hamás acepta no disparar misiles contra territorio israelí y evitar los ataques cerca de la frontera. Israel se compromete igualmente a abrir los puestos fronterizos y facilitar la circulación de personas y mercancías, con el objetivo improbable de que Gaza deje de ser la mayor prisión del mundo, un minúsculo enclave terrorista donde todas las iniquidades y miserias tienen su asiento. Nada se dice sobre el levantamiento del bloqueo marítimo que reclaman Hamás y algunos estados de la región como Turquía y Qatar.

Un documento impreciso e irrelevante

 El acuerdo, en efecto, contiene escasas precisiones en sus 24 escuetas líneas, y nada sugiere sobre los pasos que deberían darse para una opción más duradera. Esa calculada ambigüedad permitirá, llegado el caso, las interpretaciones contradictorias de las partes, como siempre ocurrió. “Al día siguiente del cese de hostilidades, nadie se acordará de lo que está escrito en ese borrador”, sostuvo el ministro israelí de Defensa, Ehud Barak, para vencer las reticencias del primer ministro ante la propuesta del presidente egipcio, el islamista Mohamed Morsi, sin duda bajo la presión económica y estratégica de Washington.

Los comunicados oficiales de la Casa Blanca y de la oficina del primer ministro israelí coincidieron en señalar que Netanyahu “ha aceptado las recomendaciones” de Obama “para dar una oportunidad a las sugerencias egipcias para un cese de hostilidades”. Para compensar la actitud cooperadora del dirigente hebreo, Obama formuló varias promesas: incrementar la ayuda militar, especialmente para impedir la introducción clandestina de armas en Gaza, y una mejor financiación para comprar en EE UU los componentes de los sistemas antimisiles. La protección tradicional de Washington y los negocios no admiten muchas innovaciones. Otra cosa distinta es el desacuerdo persistente sobre un ataque contra las instalaciones nucleares iraníes.

La nueva guerra se prolongó por una semana y causó la muerte de unos 160 palestinos y 6 israelíes –siempre la misma asimetría en las cuentas del horror–, los primeros por causa de los bombardeos de Gaza, uno de los territorios más densamente poblados del mundo, y los segundos por el efecto de los misiles de fabricación iraní lanzados por las milicias de diversos grupos islamistas contra el sur de Israel. Las bombas y los cohetes abren un nuevo ciclo de violencia pero con una nueva dimensión estratégica, cuyos elementos conocidos son los misiles iraníes Fajr-5, de largo alcance, y el despliegue por los judíos de un escudo protector capaz de detectarlos y destruirlos antes de que impacten en sus objetivos.

Pese a su escasa profundidad territorial, Israel mantiene intacta la ventaja estratégica que logró hace medio siglo (1967), ya que puede contrarrestar los efectos militar y psicológico de los misiles con los vectores de la llamada Cúpula de Acero, un escudo móvil, como el que pretende instalar EE UU en Europa, aunque adaptado a las dimensiones reducidas del territorio entre el Jordán y el Mediterráneo. El problema es que la seguridad de los antimisiles es provisional, insuficiente (70-90 % de precisión) y muy costosa, unos 50 millones de dólares cada batería con tres lanzadores. El dispositivo cuenta en la actualidad con cinco baterías para todo el sur israelí, la última de las cuales fue desplegada para proteger la aglomeración de Tel Aviv.

Como no podía ser de otra manera, los israelíes y los palestinos discrepan sobre el origen o las causas inmediatas de la más reciente tragedia. El gobierno judío insiste en que llevaba varios meses soportando el lanzamiento de misiles desde Gaza sobre su territorio, quizá porque los milicianos de Hamás, la organización político-militar que gobierna la franja desee 2007, fueron desbordados por otros grupos salafistas más radicales, como la Yihad Islámica, infiltrados desde Egipto, que no se sienten constreñidos por la tregua que puso fin a la guerra de 22 días librada en diciembre de 2008 y enero de 2009, en vísperas de la toma de posesión del presidente Obama. Esos salafistas son los que en Egipto critican, dentro y fuera de la Asamblea Nacional, la moderación táctica de los Hermanos Musulmanes en el poder.

El asesinato de Ahmed Jabari

Dentro de Israel se oyen voces discordantes de la teoría oficial sobre la legítima defensa y la obligación de cualquier Estado de proteger a sus ciudadanos. Además, el gobierno de coalición de Netanyahu está muy condicionado por la precampaña de las elecciones generales que se celebrarán el 22 de enero. Las tensiones con los sectores extremistas de su gobierno explican que el primer ministro ordenara el asesinato de Ahmed Jabari, el jefe militar de Hamás, que había sido el interlocutor de Israel en las negociaciones que condujeron a la liberación del soldado Gilad Shalit, que permaneció secuestrado en Gaza desde junio de 2006 a octubre de 2011, a cambio de la puesta en libertad de más de 500 presos palestinos en las cárceles israelíes.

El calendario parece ser muy importante para los israelíes. La última guerra del Líbano contra Hizbolá, en julio de 2006, y las dos guerras de Gaza (2008 y 2012) se iniciaron en medio de las campañas para las elecciones generales en Israel. En esta ocasión, y luego de varias escaramuzas y lanzamientos de misiles, el ejército hebreo asesinó a Jabari y su hijo el 14 de noviembre (operación Pilar de Defensa), “abriendo todas las puertas del infierno”, como dicen los árabes, y provocando la inmediata escalada del conflicto. El doble asesinato fue grabado y exhibido por YouTube, de manera que los palestinos pudieron contemplar horrorizados el estallido del automóvil en el que viajaba Jabari, alcanzado por un misil.

Una manera de exacerbar el conflicto hasta unos límites insoportables, piensan en Israel los adversarios del gobierno. Aluf Benn, redactor jefe del diario Haaretz, el más importante en lengua hebrea, actualmente en la oposición, escribió: “El asesinato de Jabari pasará a la historia como otra acción militar exhibicionista iniciada por un gobierno saliente en vísperas de una elección (…) e  Israel tendrá que encontrar ahora un nuevo subcontratista (sic) para reemplazar a Jabari como el guardián de su frontera meridional.” Y Ronen Bergman, del diario Yediot Aharonot, dejó bien sentado que “el asesinato quizá no es el arma más efectiva contra los misiles de Hamás”.

El conflicto interminable proseguirá con otros antagonistas, probablemente menos flexibles o pragmáticos que el muerto. En el clima volátil y de intriga permanente no es fácil para Israel el encontrar unos interlocutores que no sean simples vasallos o infiltrados. Por el momento, el gobierno israelí prefiere seguir castigando a los palestinos radicales en vez de probar la buena fe o las intenciones de los que están por el pragmatismo y quizá por la conciliación, como Mahmud Abás, presidente de la Autoridad Palestina. Netanyahu confía incluso en que el jefe del Estado egipcio, Mohamed Morsi, aunque pertenece a la islamista Hermandad Musulmana, coopere para mantener un simulacro de control en Gaza.

A pesar de las perspectivas abiertas por las revueltas árabes en los últimos dos años, los israelíes siguen fieles al pasado, a la fortaleza militar, enclaustrados en un gueto victorioso, quizá porque piensan con muy buenas razones que les va la vida en el empeño. Los pacifistas son una exigua e irrelevante minoría en Israel. Pocos ciudadanos sostienen que puede negociarse una paz duradera y estable con aquellos que se niegan incluso a aceptar la existencia de Israel. La solución de los dos Estados, perfilada hace 20 años en los acuerdos de Oslo (1993), yace en el cementerio de los sucesivos planes de paz que surgieron de las cenizas y los sufrimientos de la guerra intermitente.

La legítima defensa no admite componendas, como arguye Israel, ni se puede apaciguar sin garantías sólidas a un enemigo recalcitrante, ni cabe descuidar la defensa inexpugnable de unas fronteras reconocidas internacionalmente. Esa posición es compartida por todas las fuerzas políticas israelíes, pero prevalece entre los especialistas propios y norteamericanos la presunción de que una victoria concluyente y definitiva es altamente improbable en un conflicto como el Gaza, parte inseparable de Palestina. Y ante la imposibilidad psicológica de imaginar la paz y los cambios que llevaría aparejada, la inmensa mayoría de los israelíes apuesta por la militarización, prefiere la seguridad de lo malo conocido que los riesgos de lo bueno por conocer.

Los datos geoestratégicos se han alterado profundamente desde la penúltima guerra de Gaza hace cuatro años, cuando los excesos militares de Israel contra la población civil indignaron a la opinión internacional, como quedó plasmado en el llamado Informe Goldstone, encargado por la Comisión de Derechos Humanos de la ONU y elaborado por una comisión presidida por el magistrado surafricano que le da nombre, el cual vituperó los crímenes de guerra cometidos por ambos bandos. El informe fue presentado el 29 de septiembre de 2009 y causó una fuerte controversia por las protestas de Israel y sus partidarios.

Si las circunstancias son distintas, lo único que no ha variado es la supremacía militar y tecnológica de Israel. Como consecuencia de las revueltas iniciadas hace dos años, las sociedades de los países del norte de África y el Próximo Oriente están en ebullición, en un proceso de cambio acelerado, y los islamistas se han hecho con el poder en Túnez, Libia y Egipto, y ahora pretende conquistarlo por las armas en Siria. Las credenciales negociadores de los nuevos gobiernos no están acreditadas, mientras que Turquía, también bajo dirección islamista, dejó de ser un aliado de Israel para convertirse en uno de sus más duros críticos desde el trágico episodio de la flotilla humanitaria que trató de romper el bloqueo de Gaza, sin conseguirlo, y que fue asaltada por la Marina israelí en aguas internacionales, el 31 de mayo de 2010. En el asalto, los soldados israelíes mataron a nueve ciudadanos turcos.

Una cosa es detener en el último momento el brazo superarmado de Israel, para impedir que siga golpeando a los enemigos con los que finalmente tendrá que convivir algún día, y otra muy distintas desbrozar el camino de la paz en un conflicto interminable con su cortejo luctuoso y su siembra de desconfianza, temor y odio en la tierra que fue santa y hoy parece un pedregal maldito. La alianza de facto de Estados Unidos con Arabia Saudí, Qatar y Turquía, destinada a preservar el petróleo y derrocar al régimen de Asad en Siria, será más difícil de mantener cuando se pretenda controlar a los grupos armados y fanatizados que en Gaza y otros lugares rechazan el reconocimiento del Estado hebreo. El entramado de las alianzas es muy enrevesado porque los aliados de Washington en la región muestran un inusitado interés por lograr la normalización internacional de Hamás.

No hay victoria posible

Por extraño que pueda parecer en Occidente, los islamistas de Gaza se apuntaron una supuesta victoria antes incluso de haber enterrado a todas las víctimas del cruel castigo israelí. También celebraron, por primera vez desde 2006, la reaparición del terrorismo en las calles de Tel Aviv, donde una bomba destruyó un autobús y causó heridas diversas a unos 25 israelíes, el día antes de que la tregua entrara en vigor. No sabemos si falló la muy acreditada prevención de los servicios secretos o si asistimos al ensayo de nuevos métodos y armas del terror en una nueva espiral de violencia indiscriminada. En cualquier caso, los hechos evidencia, una vez más, que no se puede triunfar sobre el vecino si no es mediante su aniquilamiento.

Israel expresó cautelosamente algunos motivos para la satisfacción. Netanyahu demostró que puede matar al jefe militar de Hamás y bombardear la franja de Gaza manteniendo la amistad de Obama, la estabilidad en el Sinaí y sin que el Egipto islamista rompa o amenace con romper el tratado de paz entre ambos países, que data de 1979. En todo caso, el presidente Morsi parece que antepone el interés a la ideología –el país está al borde del colapso económico— y acaba de dotarse por decreto de unos poderes extraordinarios que confirman la tendencia autoritaria de los Hermanos Musulmanes en medio de la airada indignación de la oposición laica. Los más realistas suponen que Egipto se dirige imparablemente hacia una dictadura islamista, con permiso de las Fuerzas Armadas.

Los palestinos, además de estar sometidos desde 1967 a la ocupación israelí, siguen divididos e incluso enfrentados. Los éxitos de Hamás en la esfera internacional se producen en detrimento de la Autoridad Palestina instalada en Ramala, que precisamente estos días maniobra entre bastidores de la ONU para conseguir el reconocimiento como Estado que le niega Israel. El actual gobierno israelí ya no piensa en la solución de paz por territorios, de los dos Estados en pacífica coexistencia, y por eso no está dispuesto a negociar con los dirigentes palestinos que han logrado el pequeño milagro de un principio de prosperidad en Cisjordania en medio de todas las dificultades y humillaciones.

Las guerras de Gaza remueven algunas conciencias pero no aportan ninguna solución al dilema que se arrastra desde 1948: coexistir o empecinarse en el escenario del horror. Desde que los acuerdos de Oslo fueron liquidados entre intifadas, colonización y guerras, Israel no ha hecho nada por superar el síndrome del asedio por los grupos terroristas, Hizbolá al norte y Hamás al sur. La sociedad hebrea está más militarizada que nunca, sin ninguna perspectiva de convivencia pacífica, y la derecha sionista acabó por imponerse como fuerza política dominante, hasta el punto de lograr la colaboración de sus adversarios laboristas.

Para salir del atolladero ambas partes deberían evitar las contradicciones más flagrantes y aceptar la realidad, en vez de empeñarse en cambiarla a sangre y fuego. Sólo los fanáticos más obtusos insisten en negar la existencia del todopoderoso Israel y cultivan entre preces la ilusoria pretensión de destruirlo. No resulta lógico solicitar la mediación del Egipto islamista y, al mismo tiempo, negarse a parlamentar con Hamás y asesinar a sus líderes, cuando todo el mundo sabe que la organización de Gaza es una franquicia de los Hermanos Musulmanes. Por eso resulta tan erróneo como injusto que el gobierno de Netanyahu niegue el pan y la sal a la Autoridad Palestina mientras prosigue la colonización de Cisjordania y Jerusalén oriental que tanto incomoda a los amigos de Israel e incluso al protector estadounidense.

El presidente Obama, que durante los últimos dos años se olvidó prácticamente del conflicto entre Israel y los palestinos, tiene ahora la oportunidad de ir más allá de la tregua. Quizá debería decir algo que suscite un mínimo de esperanza para impedir un triunfo arrollador de las fuerzas israelíes menos inclinadas a esa solución de los dos Estados que goza de algún predicamento. Debe darse prisa porque las elecciones están previstas para el 22 de enero próximo.

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