Posteado por: M | 1 diciembre 2012

Un Estado palestino pero ocupado

La Asamblea General de la ONU aprobó el 29 de noviembre, en una votación histórica y por abrumadora mayoría, una resolución para la mejora del estatuto de Palestina, que pasó de ser una “entidad observadora” a convertirse en “Estado observador” no miembro, el mismo rango que el Vaticano, lo que representa un sonado y polémico triunfo de la Autoridad Palestina (AP) y un fiasco para Estados Unidos e Israel, que utilizaron todos los medios a su alcance para evitar lo que era diplomáticamente inevitable, dada la mayoría automática de más de un centenar de Estados que apoyan desde hace años la causa palestina.

Según los criterios de interpretación de la ONU, la decisión entraña el reconocimiento implícito del Estado palestino, “el certificado de nacimiento” que reclamó el presidente de la AP, Mahmud Abás. A partir de ahora, Palestina podrá teóricamente acudir a los diferentes organismos de la ONU, incluida la Corte Penal Internacional (CPI), para denunciar, por ejemplo, tanto la ocupación militar como la actividad colonizadora de Israel. El fantasma de los crímenes de guerra revolotea a ambos lados del muro divisorio. Según Saeb Erekat, el principal negociador palestino con Israel, “la vida no será la misma porque Palestina pasará a ser un Estado ocupado”.

La reacción de Israel no se hizo esperar, fiel al método tantas veces criticado de las represalias inmediatas. La colonización va a experimentar un acelerón de consecuencias desestabilizadoras. Apenas 24 horas después del voto en la ONU, y tras una reunión en la que se impuso el criterio de los más intransigentes, el gobierno israelí anunció que va a autorizar la construcción de 3.000 nuevas viviendas en Jerusalén oriental y Cisjordania, cuando precisamente el crecimiento de las colonias es el gran reproche que los países occidentales, incluido EE UU, dirigen a Israel. La protesta de Hillary Clinton, como de sólito, sin consecuencias.

En 2011, la Autoridad Palestina pretendió que la ONU le admitiera como Estado miembro dentro de las fronteras anteriores a la guerra de 1967, pero el proyecto fue abortado por la amenaza de veto de EE UU, ya que la incorporación de un nuevo miembro exige el visto bueno del Consejo de Seguridad, único órgano autorizado para conceder la condición de miembro de pleno derecho. En consecuencia, un año después, Abás recurrió a la Asamblea General, que no puede otorgar una admisión plena, pero sí el estatuto de Estado observador.

La secretaria de Estado, Hillary Clinton, se apresuró a declarar que el voto era “desafortunado y contraproducente” y el embajador de Israel en la ONU insistió en que la paz sólo podrá alcanzarse por medio de negociaciones bilaterales. El presidente Abás, en su discurso ante la Asamblea General, condenó “el racismo y el colonialismo” de Israel mientras que el embajador palestino calificó de histórica la votación y señaló que envía una mensaje claro al Consejo de Seguridad para que permita que Palestina sea “un Estado de pleno derecho”.

Sobre el terreno, empero, habida cuenta la hegemonía militar incontestable de Israel, la situación no cambiará lo más mínimo, e incluso pudiera empeorar, pues gran parte del territorio del nuevo Estado (Cisjordania) seguirá ocupada por el Ejército israelí o por los extremistas de Hamás (Gaza). La unidad política y territorial de los palestinos no se divisa en el horizonte, de manera que el flamante Estado reconocido por la ONU ejerce una autoridad muy disminuida sobre parte de su territorio potencial y se halla con “la soberanía limitada”, además de vigilado y desmilitarizado.

No obstante, la decisión de la ONU, junto con la nueva situación política de Egipto, dominado por la Hermandad Musulmana, podría aumentar el precario capital político del presidente Abás y contribuir a una aproximación entre las dos principales facciones palestinas, Al Fatah, que ejerce el poder en Cisjordania, y Hamás, que lo hace en Gaza. Al día siguiente del voto de la ONU se produjo un acontecimiento que hubiera sido impensable hace un año: una manifestación para mostrar el respaldo popular a la actuación de la Autoridad Palestina, expulsada de Gaza manu militari en 2007. Como es notorio, Hamás es una franquicia ideológica de los Hermanos Musulmanes.

Las negociaciones bilaterales, estancadas

Las negociaciones de la AP con Israel están paralizadas desde hace dos años, desde que las revueltas árabes ocuparon las candilejas internacionales, y no se espera su reanudación inmediata pese a las promesas de Obama de acabar con el olvido o la morosidad del eterno problema palestino. Más allá de la garrulería sobre la propuesta de solución de los dos Estados y de la retórica de “la paz por territorios”, la Administración norteamericana abandonó la partida mediadora tras el ruidoso fracaso del vicepresidente Joe Biden en Jerusalén, en marzo de 2010, luego de haber criticado duramente la construcción de nuevas viviendas israelíes en Jerusalén-este, y tan pronto como se hizo evidente su incapacidad para presionar al gobierno hebreo y vencer, al mismo tiempo, las reticencias del lobby judío, tan estrechamente relacionado con el Partido Demócrata.

La diplomacia norteamericana reiteró que sólo mediante la negociación bilateral podrá llevarse a la práctica la solución de los dos Estados que garantice tanto los derechos de los palestinos como la seguridad de Israel. Cuando Palestina fue admitida en la UNESCO, en octubre de 2011, EE UU dejó de aportar su financiación, equivalente al 22 % de su presupuesto, en señal de represalia. Israel amenazó con la abrogación de los acuerdos de Oslo, el incremento de la colonización y la confiscación de los derechos de aduana palestinos. Parte de esa amenaza acaba de ejecutarse.

Pérdida de apoyo en Europa

La resolución de admitir a Palestina como Estado observador fue aprobada por 138 votos a favor, 9 en contra y 41 abstenciones. Además de EE UU e Israel, sólo otro Estado importante, Canadá, votó en contra, además de la República Checa, Panamá, Islas Marshall, Nauru, Palau y Micronesia. Una vez más, la votación demostró el aislamiento internacional de Israel y su protector norteamericano. También quedó patente que la política exterior común de la Unión Europea es una entelequia, pues se pronunciaron a favor Francia, España, Italia, Bélgica, Suecia, Dinamarca, Grecia, Portugal y Austria, además de Suiza y Noruega, pero se abstuvieron Alemania, Gran Bretaña y Polonia. Por primera vez, Berlín pasó del apoyo incondicional de Israel a la abstención. Las grandes potencias emergentes, todas a favor: Rusia, China, India, Turquía, Brasil, Suráfrica, Indonesia y Nigeria, lo mismo que la mayoría de los países de América Latina.

La votación no ofrecía dudas, dado el dominio numérico que ejercen en la Asamblea General el Movimiento de los No Alineados y el Grupo de los 77, pero el gobierno israelí se vio desagradablemente sorprendido por la pérdida de simpatía y apoyo en la Unión Europea, ninguno de cuyos países votó en contra. Entre los gobiernos europeos influyó, desde luego, la voluntad política de ofrecer un triunfo al presidente Abás, en la esperanza de fortalecer su posición frente a Hamás, pero también la de mostrar una relativa independencia frente a EE UU, al que algunas cancillerías culpan del estancamiento del proceso de paz.

De todas maneras, la admisión de un Estado como observador en la ONU no implica necesariamente su reconocimiento a nivel bilateral por parte de los países que votaron favorablemente la resolución. Una decisión de ese tipo debería ser aprobada unánimemente por la Unión Europea, algo que parece altamente improbable. El voto español estuvo condicionado, según informaciones oficiosas y de filtraciones de la embajada de Israel en Madrid, por los importantes contratos de la industria española en algunos países árabes. Supongo, no obstante, que la decisión de Francia e Italia, los otros dos grandes países europeos del Mediterráneo, resultó decisiva para la de España.

La decisión de elevar el estatuto diplomático se produjo exactamente 65 años después de que el mismo órgano de la ONU naciente decretara la partición de la Palestina del mandato británico en dos estados, uno judío y otro árabe, el 29 de noviembre de 1947. Los países árabes, discrepantes de la distribución territorial, invadieron militarmente Palestina, pero fueron derrotados por los judíos y éstos proclamaron en Tel Aviv el Estado de Israel, el 14 de mayo de 1948, inmediatamente reconocido por la URSS y EE UU.

Luego de varias guerras y una hostilidad permanente, que llegó a su paroxismo con la guerra de los Seis Días (junio de 1967), el territorio adjudicado  por la ONU al Estado árabe se redujo drásticamente en favor de Israel, que ocupa todo el Jerusalén oriental, considerado capital indivisible, y mantiene grandes colonias en Cisjordania y el dominio estratégico del valle del Jordán. Más de medio millón de colonos israelíes viven en los territorios ocupados y esa cifra no ha dejado de crecer desde la guerra de 1967, cualquiera que fuera el color del gobierno que la promovía o toleraba.

Tras los acuerdos de Oslo (1993) se inició un proceso de paz mediante negociaciones bilaterales, que incluyó el establecimiento de una Autoridad Palestina en Cisjordania y Gaza, y que debería haber conducido a la solución llamada de los dos Estados, pero que está completamente estancado mientras los israelíes prosiguen la colonización. El último intento fracasado de avanzar en la pacificación se produjo en Anápolis (EE UU) en 2008, cuando el presidente Bush reunió a amabas partes. La Autoridad Palestina rechaza la reanudación de las conversaciones bilaterales mientras Israel no detenga la colonización.

Algunas voces discordantes

El periódico israelí Haaretz (centro-izquierda)se refirió a “la derrota humillante” del gobierno israelí, pero el primer ministro, Benyamin Netanyahu, reiteró su firme voluntad de no retirarse de los territorios ocupados que conforman el llamado Gran Israel, tan caro para los sionistas que defienden la anexión. Recriminó al presidente de la AP su discurso ante la Asamblea General, “lleno de odio y propaganda”, y le acusó de violar los acuerdos bilaterales. También declaró que no permitirá que en Judea y Samaria (nombres históricos con que los judíos se refieren a Cisjordania) “se cree una base terrorista iraní adicional a las que ya existen en Gaza y Líbano”.

La situación interna en Israel se mantiene sin cambios, con la opinión pública dominada por una mentalidad de sitio, militarizada y alineada detrás del gobierno más derechista y anexionista en los 64 años de historia del Estado sionista. Así lo resume el periodista israelí Barak Ravid: “Cuando el partido en el poder vira a la derecha, la comunidad internacional, incluidos los amigos de Israel, no están dispuestos a aceptar la ocupación israelí de Cisjordania.”

Pienso que la paz sólo será posible si se produce una evolución de la opinión pública israelí que incluiría el reconocimiento sincero de los agravios infligidos al vecino y el abandono de la tradición religiosa –desvincular la cuestión de la tierra de los supuestos mandatos divinos– para hacer posible la cohabitación de ambas comunidades en el territorio tan violentamente disputado que se extiende del Jordán al Mediterráneo. Por supuestos, loa palestinos deben aceptar a Israel, reprobar definitivamente la violencia y asumir que la paz no puede sellarse en contra de los intereses de los israelíes y su protector norteamericano.

Existen algunos indicios de esperanza. Por primera vez, existe en Cisjordania un gobierno palestino que, además de abandonar las armas, dispone de una administración eficaz y está mejorando el índice de desarrollo humano de la población. Los informes tanto del Fondo Monetario Internacional como del Banco Mundial reconocieron en 2011 que la Autoridad Palestina dispone de una administración suficientemente sofisticada para merecer el título de Estado, a cuyo frente se encuentra el primer ministro Salam Fayad, un tecnócrata prestigioso que tiene que superar a diario las reglamentaciones militares israelíes para hacer marchar la economía.

“El reconocimiento de un Estado palestino no es un obstáculo para la paz”, editorializa el diario Haaretz. No hay otro camino que el de la coexistencia de los dos Estados, a condición, claro está, de que uno de ellos no expolie las tierras sobre las que debe gobernar el otro. Otras voces dispuestas a la conciliación empiezan a oírse en Israel. El ex primer ministro Ehud Olmert, pese a pertenecer al nacionalista Likud, considera que “Israel debería comprometerse en un proceso de negociación serio, a fin de llegar a un acuerdo sobre fronteras específicas, siguiendo las de 1967, y resolver las otras cuestiones”.

Después de la represalia de las 3.000 viviendas en Jerusalén y Cisjordania, resulta evidente que Netanyahu no está por la conciliación y la paz, sino por la mano dura. Con el muro de separación como símbolo de una situación condenable, reliquia de cemento de una violencia en vías de extinción. Veremos a ver qué dicen los electores el 22 de enero próximo. Sólo después podrá plantearse una nueva iniciativa norteamericana, coincidiendo con la inauguración del segundo mandato de Obama y el estreno de un nuevo secretario de Estado.

Si la mentalidad israelí no se modifica sustancialmente, la perspectiva a largo plazo apunta a que Israel podrá crecer y mantener su hegemonía militar y tecnológica, un Estado único, binacional, en el que israelíes y palestinos tendrán que convivir, no se sabe si en un régimen de apartheid o en un sistema confederal, si en un Estado religioso o secular. Por supuesto, la historia no está escrita, ni los peores pronósticos son inevitables.

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