Posteado por: M | 8 diciembre 2012

La corrupción y las reformas que no llegan en China

La nueva dirección colectiva de China, anunciada el 14 de noviembre al concluir el 18 Congreso del Partido Comunista (PCCh), parece haber emprendido con renovado ímpetu una de las grandes batallas pendientes, la de la corrupción, el flagelo que tanto perturba el normal funcionamiento de la pesada maquinaria partidista (más de 80 millones de afiliados, el 6 % de la población total) en la toma de decisiones y en su aplicación en el país más poblado, segunda economía del mundo. Al mismo tiempo, las autoridades proponen en todos los escalones del partido una cura de austeridad, de menor ostentación, menos coches o residencias de lujo y reducción del gasto superfluo en fiestas, comidas de negocios y conmemoraciones diversas. El nuevo timonel o secretario general del partido, Xi Jinping, que pertenece al grupo de los llamados aristócratas, vástagos privilegiados de los líderes revolucionarios, tropezará con diversos obstáculos para el loable empeño de limpiar los establos y hacer frente a los ingentes problemas económicos y sociales.

Xi Jinping

Con amplia repercusión en los medios oficiales, la comisión anticorrupción del partido acaba de abrir una investigación contra el vicesecretario general en la provincia de Sichuan, Li Chuncheng, según informaron con profusión los periódicos de Beijing, lo que parece indicar que la limpieza va en serio y que pueda afectar a cualquier funcionario bien situado en los rangos de la nomenklatura. El sospechoso que apareció en los papeles no asiste a las reuniones del partido y no ha sido visto en público desde el 19 de noviembre, pero no se sabe si está detenido o bajo arresto domiciliario, ya que los expedientes disciplinarios del partido suelen desembocar en un proceso judicial.

La meritocracia de que se jactan los medios oficiales como método de selección de las élites entre los mandos del partido, en supuesto contraste con la incertidumbre y los fiascos de Occidente, constituye también un sistema de burocratización extrema, una fábrica de intrigas y corrupción, de tráfico de influencias y favoritismo. Los méritos suelen ser fácilmente preteridos o desplazados por el empujón de las alturas. La incipiente sociedad civil está integrada fundamentalmente por los empresarios privados (capitalistas) que para prosperar necesitan comprar, mediante el soborno, la complicidad de los mandos del partido, maestros en el arte del cohecho, el disimulo y el cinismo.

Las empresas públicas, poco escrupulosas en lo que concierne a la productividad,  desempeñan un papel preponderante en la economía mixta, pero constituyen igualmente una plataforma propicia para que la corrupción se extienda por doquier. Teniendo en cuenta la inextricable relación entre los poderes político y económico, como experimentan los extranjeros que se adentran en el laberinto, resulta harto difícil hacer negocios en China si no se dispone de buenos guanxi (contactos). La indiferencia más absoluta reina entre los trabajadores, fijos o itinerantes, que sufren fuertes desigualdades sectoriales y regionales, además de jornadas extenuantes.

Segunda transferencia pacífica del poder

La llegada a la secretaría general de Xi Jinping señala la segunda transferencia pacífica del poder en el régimen comunista desde la represión sangrienta de la plaza de Tiananmen (4 de junio de 1989) y la purga del secretario general, Zhao Ziyang, vituperado por su presunta connivencia con los estudiantes que propugnaron la reforma política y expulsado del PCCh, entonces bajo la dirección de Deng Xiaoping y los militares alarmados. Zhao fue considerado por muchos sinólogos como el émulo más destacado de Gorbachov y hasta un convencido socialdemócrata. Primer ministro (1980-1987) y secretario general (1987-1989), propagó la consigna arriesgada de que la reforma era “la prueba más grande a que se enfrenta el socialismo”, pero murió políticamente en el intento de aplicarla.

Tras la eliminación de Zhao Ziyang, que murió en 2005 aún bajo arresto domiciliario, la secretaría general del PCCh recayó en Jiang Zemin, al que el todopoderoso Deng premió por su gestión y férreo control de la situación al frente de la organización del partido en Shanghai, la segunda ciudad del país y metrópoli comercial, que se mantuvo al margen de la agitación en favor de las reformas con epicentro en Beijing. Bajo su dirección, la reforma económica prosiguió y las purgas desaparecieron del horizonte político, a imitación de lo ocurrido en la URSS con Leonid Brezhnev después de 1964 (destitución de Jruschov).

En 2002, Jiang Zemin entregó pacíficamente el poder como secretario general y presidente de la República a Hu Jintao, representante del sector burocrático del partido, pero hasta 2004 siguió al frente de la comisión militar del Comité Permanente del politburó, una efectiva palanca de poder, la voz de los generales, garantía última del orden comunista, como se había demostrado en 1989. Ahora ha sonado la hora, sin sobresaltos visibles, de un líder principesco, Xi Jinping, prueba evidente de que la continuidad y la estabilidad prevalecen sobre las luchas intestinas que desangraron al partido durante la larga dictadura de Mao Zedong y su estrategia de la purga permanente y purificadora.

Luego de ser anunciada su elección como secretario general, tras un proceso secreto y alambicado de negociación y selección, en su primer discurso ante los 25 miembros del politburó del partido, Xi Jinping, hijo de un venerado jefe militar de la revolución y uno de los artífices de la reforma económica, advirtió de que, a menos que se actúe enérgicamente, la corrupción “debilitará al Estado y al partido”. Pero es evidente que sus métodos expeditivos encontrarán resistencia en los escalones inferiores de la burocracia y serán examinados minuciosamente por sus seis pares del Comité Permanente del politburó, el máximo órgano dirigente.

La venalidad, en efecto, alcanza niveles de vértigo en un país inmenso, sin controles democráticos, y con un dinamismo económico que ofrece innumerables oportunidades para el enriquecimiento personal y familiar o los negocios de dudosa legalidad en los que se mezclan con frecuencia el sexo, el abuso de poder, el espionaje y el crimen, como pudo comprobarse con la purga de Bo Xilai, el jefe del partido en la provincia de Chongqing, otro aristócrata con fama de populista, miembro del politburó, destituido y expulsado del partido después de que su esposa fuera acusada y luego condenada a cadena perpetua por asesinar a un empresario británico que trabajaba para los servicios secretos de su país.

El más sonado de los escándalos afectó al jefe del gobierno y número tres del partido, Wen Jiabao, un reputado tecnócrata, el mejor conocedor de Occidente, cuando el New York Times, en un informe exhaustivo fundado en diversas filtraciones oficiosas, reveló a finales de octubre que sus familiares y especialmente su mujer, conocida como “la reina de los diamantes”, habían acumulado una fortuna de unos 3.000 millones de dólares.

El informe del diario neoyorkino fue censurado en Internet y Wen Jiabao negó esas informaciones, pero no acabó con las sospechas y los rumores. Todo `parece indicar que ha perdido gran parte de su influencia y que presumiblemente será reemplazado como primer ministro por Le Keqiang, otro de los siete miembros del Comité Permanente del politburó, protegido del presidente Hu Jintao, durante la sesión de la Asamblea Nacional en marzo próximo, si antes no se produce un verdadero terremoto político.

De los discursos y los informes internos que se filtran a los periodistas occidentales en Beijing se deduce que existe un amplio consenso sobre la necesidad de las reformas, de los cambios que deben introducirse en un modelo productivo introducido en 1978 por Deng Xiaoping, tras la purga de la esposa de Mao y de los últimos maoístas, y que ofrece signos palpables de agotamiento. Luego de haber conducido al país por un camino sin duda virtuoso, sin pugnas estériles ni tumultos, hasta alcanzar el segundo puesto entre las economías de todo el mundo, el sistema necesita reformarse para garantizar ese 8 % de crecimiento anual que, según loe expertos, necesita mantenerse para prevenir un estallido social.

Los tres pilares del frenético desarrollismo de los últimos 30 años –bajos salarios, dinero barato y exportaciones copiosas— empiezan a resquebrajarse. Las tensiones sociales son cada día más visibles, la depreciación artificial de la moneda (el yuan) es atacada con vehemencia por las potencias occidentales, muy especialmente por el presidente Obama, y la crisis global está reduciendo drásticamente el consumo de las manufacturas chinas en todo el mundo. Los dirigentes del PCCh, muy cautelosos, preconizan y ensalzan la estabilidad porque sienten pánico ante la eventualidad de revueltas internas y agitación en los territorios periféricos (Tíbet y Shinkiang, éste con mayoría musulmana).

Las discrepancias surgen en cuanto al carácter de las reformas, su extensión y profundidad. El país se aproxima a una encrucijada económica, pero no sabemos si el nuevo timonel puede impulsar personalmente las reformas o tendrá que consensuar las decisiones estratégicas con los miembros de la dirección colectiva. Las dos figuras más prominentes del sector reformista –Wang Yang, secretario del partido en la provincia más rica, la de Guangdong (Cantón), y Li Yuanchao, secretario de organización— no fueron cooptados para integrarse en el Comité Permanente del politburó, el máximo órgano de decisión, reducido de nueve a siete miembros, poco dado a las aventuras, cuyas proclividades inmovilistas salieron reforzadas del reciente congreso.

Un aristócrata de la dinastía del partido

Xi Jinping, de 59 años, pertenece a la llamada “nobleza roja”, los aristócratas del partido, es decir, los líderes que añaden a sus méritos personales en la burocracia del partido el prestigio hereditario como descendientes de los jefes civiles y militares que acompañaron a Mao Zedong en la guerra civil hasta la implantación del régimen comunista en 1949. Su padre, Xi Zhongxun, jefe militar en los combates que precedieron a la toma del poder, fue purgado, humillado por los guardias rojos y encarcelado durante la revolución cultural y el subsiguiente período de feroz lucha por el poder (1966-1976).

Xi Jinping aparece en la cúspide del poder como un hombre de consenso entre las “familias reinantes”, bien relacionado con los militares y los negocios del mastodóntico ministerio de  Defensa. Aunque es un “príncipe rojo”, perteneciente a la dinastía del partido, mantiene buenas relaciones con el otro sector influyente, el de los jóvenes que fueron ascendiendo en la escala burocrática desde la Liga de la Juventud, cuya cabeza visible es el secretario general saliente y aún presidente de la República Popular, Hu Jintao. El relevo en la jefatura del Estado a favor de Xi se oficializará en la próxima sesión de la Asamblea Nacional, en marzo.

Xi Jinping trabajó en el campo durante el turbulento período de la revolución cultural, cuando su padre fue ultrajado por los maoístas, y viajó a Iowa (EE UU) en 1985 para conocer los métodos agrícolas. Luego siguió una carrera normal como ingeniero y funcionario del partido que culminó con su jefatura de Shanghai. En el 17 congreso del PCCh (2007) fue cooptado como miembro del Comité Permanente del politburó. Está casado con una famosa cantante, Peng Liyuan, y tiene una hija que estudia en la universidad de Harvard, protegida por un seudónimo. Según reveló la agencia Bloomberg, la familia de Xi dispone de una fortuna superior a los 300 millones de dólares, acumulada mientras él era vicepresidente de la República.

El relativo desprestigio que afectó a Hu Jintao, a causa de los escándalos que estallaron este año, concedió un inesperado protagonismo al ex presidente Jiang Zemin en las enrevesadas negociaciones políticas al más alto nivel para asegurar un relevo sin sobresaltos. Hu era hasta ahora el líder de la corriente socialdemócrata y reformista del PCCh –por oposición a la de los aristócratas–, cuyos miembros proceden de las organizaciones de base, pero apareció a la defensiva durante el 18 congreso debido a las críticas cada vez más frecuentes sobre el excesivo crecimiento de las fuerzas de seguridad –sin duda para evitar cualquier contagio liberalizador– y el relativo estancamiento económico durante el último decenio.

La facción de los burócratas del partido parece haber perdido considerable influencia, debido a múltiples escándalos de corrupción, político-judiciales, hasta el punto de que su jefe, Hu Jintao, se vio forzado a abandonar la presidencia del comité militar del politburó a favor de Xi Jinping, que de este forma podrá supervisar a los generales. El antecesor de Hu a la cabeza del partido, Jiang Zemin, aún muy influyente pese a sus 86 años, había mantenido ese cargo durante dos años, emulando a Deng Xiaoping, tras jubilarse como secretario general en 2002. La gerontocracia mantiene su poder civil o militar entre bambalinas.

La historia, el pueblo y el PCCh                                                                                                                                                                                                                                                                                               

Las autoridades chinas reiteran con frecuencia sus promesas de “reformas del sistema político”, pero sus ideas sobre el cambio nada tienen que ver con las occidentales. “La dirección del partido comunista en China es una decisión hecha por la historia y por el pueblo”, insistió ante los periodistas occidentales, con motivo del 18 congreso, el portavoz oficial. La traducción de esas palabras de la jerga comunista confirman la defensa férrea del actual sistema y la hegemonía incontestada del PCCh y del llamado centralismo democrático o dictadura del partido, garantía de estabilidad. Nadie espera que Xi Jinping sea capaz de innovar en este delicado asunto.

Hu Jintao abandona el poder supremo en el partido sin haber realizado ninguna de las reformas prometidas hace diez años, a pesar de que en 2004 fue reformada la Constitución para incluir una declaración solemne sobre los derechos humanos, incluida la propiedad privada. La dictadura se protege y se prolonga mientras las reformas institucionales se aplazan indefinidamente. No obstante, el dinamismo social es incontenible, de manera que, pese a las trabas administrativas constantes y a veces kafkianas, el país ha pasado de los 60 millones a los 550 millones de internautas, que mantienen una puerta entreabierta hacia la libertad.

Las discusiones entre los intelectuales y escritores que no han abandonado por completo el sistema comunista, en la versión con frecuencia simplista que llega hasta Occidente, parecen descartar por completo la evolución del régimen hacia una democracia liberal. La experiencia soviética nos recuerda que el comunismo no puede reformarse en profundidad sin provocar su estallido. Más circunspectos se muestran, por el contrario, cuando se refieren crípticamente a un Estado confuciano, una forma más benévola de la dictadura comunista que ensancharía el campo de las libertades personales sin menoscabar la hegemonía política del PCCh. Pero si los ciudadanos son más libres, ¿por qué van a tolerar un poder despótico?

Xi Jinping, hombre del consenso, cauteloso en sus primeros pasos en la cumbre, no ha dicho nada de lo que piensa sobre las reformas y el futuro del país. Tampoco conocemos el pensamiento dominante entre los siete miembros del Comité Permanente del politburó, esa especie de consejo de administración todopoderoso que dirige “la fábrica del mundo” y el banco universal. Jonathan Fenby, que acaba de publicar un interesante libro sobre el gigante asiático –Tiger Head, Snake Tails (Cabeza de tigre, cola de serpiente)— llega a la conclusión de que “la camisa de fuerza impuesta desde que el partido comunista logró el poder en 1949 está en flagrante contradicción con una sociedad conectada por las redes sociales”. Todos nos veremos afectados, sin duda, por el rumbo que tomen los acontecimientos.

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