Posteado por: M | 12 diciembre 2012

La pesadilla de Italia con Berlusconi en el otoño

Los sistemas políticos se suceden, se parecen y acaban desintegrándose por efecto del flagelo de la corrupción que infecta la vida política en Italia, de manera que los sueños engendrados por la Segunda República terminan ahora en una pesadilla. Tras el enésimo retorno de Silvio Berlusconi, el magnate catódico, y la espantada del primer ministro, el tecnócrata Mario Monti, llegado al poder de manera poco democrática hace 13 meses, el país está de nuevo sumido en la perplejidad y la incertidumbre, agobiado por los recortes y los impuestos según el dictado de Bruselas. Las imitaciones de los caricatos son hilarantes, porque es fácil parodiar al artífice del bunga-bunga y las vulgaridades televisadas; pero la realidad resulta sombría y los pronósticos son bastante lúgubres.

berlusconi

La impresión dominante es que la crisis de ahora es más devastadora y más enrevesada que la que estalló en 1992, cuando un grupo de jueces de Milán, encabezados por Antonio di Pietro, inició la operación Mani Pulite (Manos Limpias) contra la Tangentopolis, la ciudadela de la corrupción, conectada con las finanzas de los partidos políticos de la partitocracia, los cuales se repartían, según los votos obtenidos, los porcentajes de los sobornos y hasta las sumas de los chantajes. Una opinión compartida por el influyente director progresista del diario La Repubblica, Ezio Mauro: “Es mucho peor que en el 92.”

La corrupción está de nuevo apestando el ambiente, sacudiendo las conciencias, escoltada por las secuelas judiciales de las fiestas erótico-mundanas de Il Cavaliere, hasta el punto de que la ministra de Justicia, Paola Severino, aseguró: “Es evidente que vivimos una segunda Tangentopolis.” Uno de los magistrados del grupo de Di Pietro, Gherardo Colombo, sostiene: “No se hizo nada para hacer más difícil la corrupción y quedó demostrado que, más que investigaciones judiciales, es urgente hacer una fuerte inversión en educación y cultura, porque este es un país en el que la corrupción está culturalmente aceptada.” Lo que podríamos describir como la reacción de un redentor frustrado ante la recidiva de los vicios de antaño.

La hazaña de los jueces justicieros y la convulsión política que estalló en 1992 terminaron con los partidos tradicionales –demócrata-cristiano, comunista y socialista— y colocaron en el escenario a una nueva estrella, Silvio Berlusconi, populista nato, profesional del agiotaje, que se había apoderado de varias cadenas de TV merced a los favores del primer ministro socialista Bettino Craxi, condenado por corrupción y exiliado en Túnez para evitar la cárcel, hasta su muerte en 2000.

Después de tres victorias y dos derrotas electorales durante los últimos 20 años, Il Cavaliere pretende intentarlo por sexta vez, aunque todo el mundo augura que morderá el polvo de manera humillante. No importa la derrota porque quizá lo que pretende no es tanto la victoria imposible como un escaño que le otorgue la inmunidad que precisa para escapar de la justicia en varias causas pendientes. ¡Lleva tantos años peleándose con la magistratura!

Los casi 20 años en que la política italiana estuvo dominada por Berlusconi, la ética de la responsabilidad que supuestamente debe regir el comportamiento político conoció uno de sus momentos más bajos en un país bastante cansado y escéptico ante la inverecundia de la que los ciudadanos llaman La Casta, como si fuera un sinónimo de la Cosa Nostra. Los italianos del norte y del sur, a pesar de las fuertes discrepancias regionales, viven colectivamente en una situación de emergencia democrática sin precedentes, no sólo debido a la recesión económica y el empobrecimiento difuso e insidioso, sino también a la influencia creciente de las organizaciones criminales que con sus nuevos métodos de infiltración perturban y ensucian el funcionamiento de la hipertrofiada burocracia.

Mario Monti llegó al poder de manera bastante irregular, sin pasar por las urnas, luego de que los principales jefes de Estado o de gobierno de la Unión Europea (UE) susurraran entre bastidores que se tapaban la nariz antes de estrechar la mano de Berlusconi. Con la prima de riesgo amenazante, los líderes europeos montaron una operación de acoso y derribo de tan molesto personaje, una conspiración de guante blanco, extraparlamentaria, que contó con el beneplácito del centro-izquierda italiano, en la oposición, y la capitulación resignada del centro-derecha de Il Cavaliere y sus aliados después de socavar su mayoría en el parlamento y demostrar su incapacidad para afrontar y resolver los graves problemas sociales y económicos. Una crisis que puso en peligro la estabilidad europea, lo mismo que vuelve a ocurrir ahora.

La situación ha cambiado mucho desde las últimas elecciones generales, en 2008, en las que el Pueblo de la Libertad, el partido de Berlusconi, obtuvo el 38 % de los votos, un porcentaje fastuoso para un país tan poco homogéneo en sus inclinaciones políticas. Los sondeos no le otorgan ahora más del 15 % de las intenciones de voto, pero la disgregación es tan aguda como en la época del multipartidismo exacerbado que sólo consiguieron domesticar dos políticos tan correosos y poco recomendables como Giulio Andreotti (Democracia Cristiana) y el ya citado Bettino Craxi, escoltados y vigilados por aquel aristócrata atildado y comunista, Enrico Berlinguer, al que se atribuye el invento del eurocomunismo.

Cuando Mario Monti tiró la toalla, después de que las huestes de Berlusconi le declararan la guerra en la Cámara de Diputados y el Senado, la incertidumbre política resultante sacudió los mercados europeos. Entonces entró en escena Il Cavaliere, con el mismo discurso populista: “Estoy agobiado por las continuas demandas de los míos para que vuelva al primer plano. Debo salvar a Italia, que está al borde del precipicio”, declaró el 5 de diciembre, y al día siguiente, anunció la decisión de presentarse de nuevo a las elecciones, con un mensaje antialemán y antieuropeo. El patriarca decrépito, en un otoño irremediable, estirado y acicalado, con la chaqueta cruzada de sus rituales batallas, avanzó hacia las candilejas de un escenario devastado por la corrupción y la penuria. Las cadenas televisivas propalaban en directo el regreso de Sua Emittenza.

Las perspectivas no son brillantes entre los adversarios del magnate televisivo. El único partido en ascenso es el Movimiento 5 Estrellas (M5E), dirigido por un cómico, Beppe Grillo, transformado en activista político y encumbrado a través de las redes sociales con un discurso en el que se mezclan la confusión y el radicalismo, contra la corrupción y la clase política venal, con ecos indignados y anarquizantes. Sus votantes se reclutan entre los estudiantes, los jóvenes airados y los que viven en precario. Pero no es ninguna novedad en la historia política italiana, sino la nueva versión del qualunquismo, populismo amorfo o fulanismo que apareció después de la guerra, en 1946, con el nombre de Fronte de l´Uomo Qualunque (literalmente Frente del Hombre Cualquiera), el primer denunciante de la partitocracia.

El primero en las encuestas es el Partido Democrático (PD), una coalición heterogénea de ex comunistas y centristas, que está muy lejos de una mayoría confortable, anclada en el 25 %,  y que además facilita el maniqueísmo que sin duda esgrimirá Berlusconi, reminiscencia del anticomunismo. Sus electores forman un abanico más amplio: asalariados de las clases medias, los docentes y los otros funcionarios, los jubilados y, sobre todo, los que viven en las regiones de Toscana y Emilia-Romagna, los viejos feudos del partido comunista.

El 2 de diciembre, el PD eligió como nuevo líder a Pier Luigi Bersani, un veterano comunista, varias veces ministro, que no suscita ningún entusiasmo, sino que evoca un pasado que todo el mundo quisiera olvidar, que en las primarias dejó en la cuneta a Matteo Renzi, el joven alcalde de Florencia que se presentaba como el rostro más atractivo de una nueva generación. La pugna entre modernizadores y tradicionalistas, según la jerga política de la partitocracia, recorre las filas del centro-izquierda. Bersani y los que le acompañan en la dirección están estrechamente vinculados a los partidos que fracasaron una y otra vez en el empeño de sacar a Italia del marasmo del multipartidismo, de los cabildeos (el célebre connubio) y las “combinaciones” parlamentarias no elegidas por los votantes.

Otros cuatro partidos compiten por el centro-derecha y ninguno de ellos supera el 10 % de intenciones de voto en los sondeos: Unión del Centro, Italia de los Valores (del magistrado Antonio Di Pietro), el Futuro de la Libertad y Hacia la Tercera República, ésta fundada precisamente para apoyar al dimitido Mario Monti, que en el momento de escribir estas líneas sigue deshojando la margarita de participar en las elecciones. Comisario europeo gracias a Il Cavaliere, Monti se perfila ahora como burócrata estratega de una deseada pero inconcreta regeneración por la austeridad y los recortes. Porque el centro-derecha no ha sabido en 20 años encontrar una alternativa menos histriónica para el berlusconismo.

La Alianza Nacional y la Liga Norte, que fueron los aliados de Il Cavaliere en días dorados, se sitúan en la derecha y el populismo fiscal, respectivamente. Ambos partidos esperan una nueva oportunidad. Si Berlusconi puede contar entre sus votantes con las amas de casa y los desempleados de las regiones meridionales, los obreros de la Lombardía y el Véneto son acérrimos partidarios del separatismo fiscal que preconiza la Liga Norte. Un panorama abigarrado, contradictorio, relativamente estable, del que difícilmente emergerá una coalición capaz de formar un gobierno sólido, responsable y reformista.

La dimisión de Monti se concretó que La Scala de Milán, donde se representaba el viernes 7 de diciembre la ópera Lohengrin, una representación a la que asistía el jefe del gobierno. Ferruccio de Bortoli, director del milanés Corriere Della Sera, aprovechó la circunstancia para escribir un pronóstico sin esperanza: “La tragedia italiana continúa. El libreto aún debe ser escrito, lo mismo que la música. La audiencia internacional está garantizada, pero desgraciadamente no llega el terrible perdón para los actores. El telón nunca cae.” Ocurre, sin embargo, que muy probablemente los italianos prefieren la sencillez de la Commedia dell´Arte, y sus personajes con máscara, que los excesos romántico-sentimentales de Wagner.

La situación no ha cambiado mucho desde las elecciones de 2008. De un lado, el frente de “todos contra Berlusconi”; de otro, Il Cavaliere desgastado y sus amigos de siempre, ahora con un discurso claramente populista y antieuropeo anticipado por su hermano en el diario Il Giornale: “No podemos vivir de la llamada credibilidad internacional. Debemos restablecer la democracia suspendida desde hace más de un año por la ofensiva montada por el presidente de Italia. Debemos retomar el control de la soberanía nacional que ha sido estúpidamente entregada a los bancos y a una Europa dirigida desde Alemania.” Esta vertiente antialemana del patriarca en el otoño se presenta como la única novedad de la inminente campaña electoral.

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