Posteado por: M | 18 diciembre 2012

Japón gira a la derecha empujado por el nacionalismo

 

La experiencia de la alternancia en el Japón sólo ha durado tres años, pues el Partido Demócrata (PDJ), de centro-izquierda, que llegó al poder en 2009, en medio de grandes expectativas de cambio, no pudo resistir el desgaste de la crisis económica ni de su evidente incapacidad para abordar los apremiantes problemas del país, y cayó derrotado de manera abrumadora en las elecciones generales del 16 de diciembre. El triunfador fue el Partido Liberal Democrático (PLD), liberal y conservador, que vuelve al poder tras haber gobernado durante más de medio siglo de forma casi ininterrumpida, verdadero artífice de la reconstrucción nacional y el milagro económico, pero también de la persistente recesión, la corrupción estructural y el marasmo político.

En medio del clima de pesimismo derivado tanto de la situación económica como del devastador accidente de la central nuclear de Fukushima, el 11 de marzo de 2011, los electores japoneses transitan de nuevo por el camino trillado del conservadurismo más estricto y la indiferencia política, pues solo el 59 % de los electores acudió a las urnas. Son adictos de la máxima ignaciana que aconseja no hacer mudanza en tiempos de tribulación, pero parecen haberse olvidado del pacifismo hegemónico después de la catástrofe de 1945 para seguir unos por derroteros abiertamente revisionistas, tentados una vez más por el militarismo.

Las vacilaciones, las querellas intestinas y los retrocesos económicos de los tres años de gobierno del Partido Demócrata (PD) y del actual primer ministro, Yoshihiko Noda, propiciaron su derrota aplastante –pasó de 230 escaños a 57– y el retorno de los conocidos caciques del partido eterno, camaleónico, el PLD, enarbolando las viejas recetas económicas impulsadas peligrosamente por los vientos del nacionalismo y de la añosa rivalidad con China. La lógica impone su férula: como los cambios prometidos por el PD no llegaron a materializarse en los últimos tres años, los electores decidieron volver por donde solían.

El PLD y su jefe, el futuro primer ministro Shinzo Abe, que ya estuvo al frente del gobierno, obtuvieron una cómoda victoria con 294 de los 480 escaños de la Cámara de Representantes o cámara baja de la Dieta, con un aumento de 176 diputados con respecto a las elecciones de 2009. El PD se hundió estrepitosamente porque sólo logró 57 escaños, un descenso de 173.

En tercer lugar, con 54 escaños, quedó el Partido de la Restauración, nuevo concurrente cuyos aspectos más novedosos son el nacionalismo estridente, el populismo y la personalidad de sus dos jefes: el escritor ultranacionalista Shintaro Ishihara, de 80 años, anticomunista visceral, ex gobernador de Tokio, y el popular alcalde de Osaka. El nuevo partido denuncia la supuesta agresividad de China, aboga por revisar el tratado de seguridad con EE UU y propugna que Japón se dote de armas nucleares, argumentando que las tienen todos sus vecinos –Rusia, China y Corea del Norte.

Otros grandes derrotados son los pequeños partidos que habían hecho campaña por el abandono de la energía nuclear, en la creencia de que tendrían a su favor los sentimientos antinucleares despertados por la catástrofe de Fukushima. Pero la opinión pública antinuclear, que logró alguna audiencia tras el zarpazo de Fukushima, sufrió un duro castigo en las urnas, ya que el llamado Partido del Porvenir (Tomorrow, en inglés), dirigido por la voluntariosa Yukiko Kada, antinuclear y pacifista, llegó en sexto lugar con sólo 9 escaños, pese a que contaba con el apoyo del partido (El Pueblo es Prioritario) de Ichiro Ozawa, un tenor disidente del PLD, y de otros grupos minoritarios que propugnan el abandono de la energía nuclear.

El Nuevo Komeito, otro partido conservador, de credo budista, fue el cuarto más votado y subió 10 escaños para llegar a 31. Por el contrario, los partidos representantes de la izquierda en el estilo europeo, el comunista y el socialdemócrata, igualmente partidarios de abolir la energía nuclear, son electoralmente irrelevantes, pierden parte de la poca fuerza electoral que tenían y quedan reducidos a 8 y 2 escaños, respectivamente.

El triunfador PLD y el más que probable primer ministro, Shinzo Abe, que ya dirigió el gobierno durante un año en 2006 y hasta septiembre de 2007, con reputación de nacionalista enérgico, están claramente a favor de las centrales nucleares como generadoras de energía. Comprometidos con la revisión de los 50 reactores del país, de los que sólo dos están actualmente en servicio, los conservadores están igualmente persuadidos de que la nuclear es la única energía que el país puede producir sin depender del extranjero. Las empresas que generan electricidad por medio de los reactores nucleares se dispararon en la bolsa de Tokio tras conocerse el triunfo electoral de los conservadores.

Shinzo Abe, con fama de ser uno de los halcones del partido, dirige una de las grandes dinastías políticas, pero no está a favor de dotar al país de armas nucleares, consciente de que esa opción desataría una azarosa carrera armamentista en la cuenca del Pacífico. No obstante, desea reformar la Constitución pacifista de 1946, impuesta por EE UU como potencia ocupante, para proceder a trasformar las Fuerzas de Autodefensa en un auténtico ejército. Ante los peligros y las incertidumbres que planean sobre el Extremo Oriente, el pacifismo oficial parece haber perdido fuerza entre los partidos y la opinión pública, mientras la sociedad sigue bloqueada por el tradicionalismo enervante y las rígidas jerarquías laborales.

Aunque superada recientemente por la de China, la economía japonesa es la tercera del mundo, pero se enfrenta a una feroz competencia. El país se encuentra en una encrucijada vital y la situación económico-financiera es preocupante, ya que la deuda nacional alcanza unos niveles sin precedentes, el déficit comercial crece sin freno y la población envejece con celeridad, lo cual dispara los costes de la seguridad social. Nada más conocer su victoria, Shinzo Abe dejó bien sentado que el combate contra la deflación es su absoluta prioridad. El estímulo monetario irá acompañado con medidas agresivas para devaluar el yen y hacer más atractivas las exportaciones.

Las relaciones con los países vecinos son problemáticas y están aún marcadas por el cruel legado del imperialismo nipón durante la Segunda Guerra Mundial, una historia que explica hasta qué punto una disputa territorial sobre unos islotes en el mar de China Meridional, sin otro valor que el simbólico, hace sonar la alarma y se convierta en un motivo de confrontación por el momento retórica. Unos 20 millones de personas murieron y otras tantas fueron sojuzgadas por las tropas japonesas durante casi medio siglo de guerra y expansión colonial del Japón imperial y militarista, hasta su derrota y holocausto nuclear en 1945.

Shinzo Abe y otros dirigentes del PLD no actúan precisamente como si estuvieran afligidos por ese pasado belicoso y explotador, sino más bien todo lo contrario. No han heredado un sentimiento de culpa, o al menos así lo entienden los chinos y otros pueblos asiáticos. China aparece como el enemigo tradicional a los ojos de los nacionalistas japoneses y el máximo competidor económico, pero resulta que es también el primer socio comercial, el mayor importador de la tecnología nipona. El menor error de cálculo japonés moviliza ingentes multitudes de protesta en China.

El éxito electoral del Partido de la Restauración, que en su mismo nombre trasluce el deseo de devolver al país su “pisoteado orgullo”, como asevera el escritor Shintaro Ishihara, constituye un nuevo motivo de inquietud. Nada más conocer los resultados electorales, el gobierno chino expresó su “honda inquietud” por la dirección que pueda tomar el Japón bajo la dirección del nuevo gobierno. Al mismo tiempo, el portavoz gubernamental en Beijing reiteró que las islas Diayou, que los japoneses llaman Senkaku, en el mar de China Meridional, son “territorio chino”. Pocas horas antes, Abe había declarado en Tokio que las islas formaban parte del territorio japonés y que el objetivo de su gobierno sería “impedir que China plantee esos desafíos”.

Este conflicto aparentemente simbólico hinca sus raíces en una confrontación ancestral y unos recuerdos lacerantes que fácilmente pueden incendiar la opinión pública y desbordar las previsiones y el control. Las islas fueron adquiridas este año por el gobierno japonés a sus propietarios, pero China no está dispuesta a aceptar esa compra-venta de unos promontorios que considera de su propiedad.

Los nuevos sentimientos nacionalistas y militaristas que se desprenden de las urnas japonesas pueden precipitar la confrontación entre las dos grandes potencias asiáticas, con EE UU como testigo, pero aliado militar y estratégico de Japón. Otro motivo más para sostener, como predica el presidente Obama, que el eje de la política mundial se traslada a la cuenca del Pacífico. Y Europa se resiste a mirar hacia el Oriente.

 

 

 

 

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Responses

  1. Buena columna, bien informada. Algunos juicios de valor son obviamente debatibles, pero en general deja muy clara la película política de Japón.


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