Posteado por: M | 24 diciembre 2012

La nueva Constitución fractura a Egipto

Como era más que previsible, los egipcios aprobaron su nueva Constitución en un referéndum celebrado en dos sábados consecutivos (15 y 22 de diciembre), pero la fractura y polarización del país, el más poblado del mundo árabe, no van a desaparecer ni siquiera a mitigarse como por ensalmo. Los islamistas y salafistas que redactaron y defienden la nueva norma constitucional se enfrentan a un conglomerado muy heterogéneo de fuerzas relativamente liberales o laicas, al que se suman los cristianos coptos, todas ellas temerosas de que el cambio de régimen conduzca a una dictadura islamista. Entre ambos bloques, el Ejército como árbitro no aclara sus objetivos y se mantiene en una ambigüedad probablemente calculada por sus jefes principales.

Mohammed_Morsi

Mohammed Morsi

Los resultados del referéndum, que se celebró con inusitada y sospechosa celeridad, suscitan algunas dudas y abundantes críticas. Según los datos facilitados por los Hermanos Musulmanes, el sí recogió el 64 % de los votos (10.655.332) y por el no optó el 36 % (6.029.617). El porcentaje de participación se fijó en el 32 % aproximadamente del censo electoral, una cifra ridícula en comparación con las masivas movilizaciones en El Cairo o Alejandría que transmiten las televisiones por satélite con especial énfasis en el epicentro de la revuelta, la plaza cairota Tahrir. La abstención traduce tanto el efecto de las consignas de boicot lanzadas por algunos grupos como la indiferencia popular ante la enconada confrontación política. En el referéndum para la transición política, tras la caída de Mubarak, participó el 41 % de los electores.

La división del país en dos zonas de votación y la celebración de la consulta en dos sábados consecutivos, para hacer frente a la protesta y la penuria de personal derivada de la dimisión de numerosos jueces, encargados de supervisar el escrutinio, añaden un ingrediente de azar y tensión a la crisis política que agita los sectores urbanos del país, en contraste con la pasividad y el conformismo del mundo rural. En El Cairo, por ejemplo, con 6 millones de votantes, el 57 % se pronunció por el no, un dato muy significativo que confirma la profunda fractura entre partidarios y detractores de la Constitución, entre el campo y la ciudad, entre analfabetos y letrados, hombres y mujeres, tradicionalistas y modernizadores.

La aprobación de la Constitución, no obstante, es un triunfo para el presidente Morsi y el Partido de la Libertad y la Justicia (PLJ), brazo político de los Hermanos Musulmanes, la organización cívico-religiosa que aparece como socialmente hegemónica y cuyo objetivo final es el establecimiento de “una democracia islámica” llamada a influir en los países árabes de la región. Todo parece indicar que no será una victoria pírrica. Después de dos años de parálisis política y dislocación económica, la Hermandad Musulmana predica los beneficios de la estabilidad, pero algunos opositores llegan a propalar que Morsi y sus aliados se preparan para instaurar un nuevo califato en el mundo islámico tras haber afianzado la dictadura en Egipto, una evolución que traicionaría el espíritu democrático que impregnó las revueltas árabes.

Inmediatamente después de que los Hermanos Musulmanes airearan los resultados, la corriente principal opositora, el denominado Frente de Salvación Nacional (FSN), encabezado por el diplomático Mohamed ElBaradei, denunció los fraudes y la violación de las normas electorales, aseguró que algunas personas, probablemente islamistas, se habían hecho pasar por jueces para supervisar las votaciones y el escrutinio, y anunció la presentación de un recurso de anulación. Los opositores atacan no sólo el contenido de la Constitución, sino la forma unilateral y apresurada en que se gestó y redactó.

“Esta Constitución carece del requisito más importante: el consenso”, declaró Hamdeen Sabahi, un nacionalista de izquierda (naserista) que fue candidato frustrado a la presidencia en las elecciones de mayo-junio de 2012. Añadió que el texto abre la puerta “para una serie de leyes que enterrarán las libertades públicas”. Otros opositores señalaron que numerosos cristianos coptos habían sido intimidados o se les había impedido el acceso a los colegios electorales, pero esas acusaciones no pudieron ser confirmadas por los periodistas occidentales.

Casi al mismo tiempo, el vicepresidente de la República, Mohamed Meki, un magistrado con reputación reformista, presentó la dimisión, alegando que el trabajo político violentaba su formación profesional de juez. Es decir, que no está dispuesto a seguir al lado del presidente de la República, el islamista Mohamed Morsi, mientras persisten la parcialidad del poder supremo, la confrontación y las dudas sobre el nacimiento de un nuevo régimen islámico y autoritario. El cargo de vicepresidente ha sido eliminado en la nueva Constitución.

La sombra autónoma de las Fuerzas Armadas

El jefe del Estado cuenta con el respaldo de un sector importante del ejército, encabezado por su jefe, el general Abdul Fatal el Sisi, fervoroso simpatizante de la Hermandad Musulmana, que en agosto último sustituyó al mariscal Tantaui. Morsi, elegido presidente en junio de 2012, parece haber llegado a  una coexistencia pacífica con los numerosos intereses que se parapetan tras los uniformes y los blindados. La Constitución aprobada también otorga algunos privilegios a los generales, sustrae a la Asamblea Nacional el escrutinio del presupuesto militar –incluida la ayuda de EE UU– y permite que los civiles sean juzgados por la jurisdicción castrense.

En el poder desde el golpe de Estado que abolió la monarquía en 1952, y con todos los presidentes de la República salidos de sus filas (Naser, Sadat, Mubarak), las Fuerzas Armadas siguen ostentando un poder autónomo con amplio respaldo popular y con medios suficientes para imponer una paz armada o mediar entre los grupos que se disputan el poder civil. Los jefes y oficiales mantienen intactos los privilegios acumulados durante más de medio siglo.

La situación es muy fluida y la oposición probablemente seguirá en las calles, pero el presidente Morsi y sus islamistas, más predicadores que políticos, cuentan con la ventaja táctica de la cohesión por la religiosidad, con el respaldo por ahora de los militares, que contrasta con las divergencias que se observan entre los diversos grupos de la oposición. Todo esto quiere decir que los Hermanos Musulmanes, que gozaban de una bien aprovechada tolerancia bajo el régimen de Mubarak y que fueron los últimos en subirse al tren de la revolución, cuando ésta se hizo inevitable, en febrero de 2011, han sellado una especie de compromiso histórico con los militares, una sociedad de beneficios mutuos cuya duración y resultados componen una tremenda una incógnita. Y la oposición no ofrece una alternativa creíble.

El presidente Morsi ha formulado reiterados llamamientos a la unidad y la reconciliación y ha hecho algunas concesiones importantes, como la abrogación de su decreto del 22 de noviembre que le otorgaba plenos poderes y que inflamó las protestas en la calle, llenó de nuevo la plaza de Tahrir, desempolvó las banderas de la revuelta supuestamente democrática y obligó a los blindados del ejército a proteger el palacio presidencial. Pero la celebración sin graves incidentes del referéndum constitucional, con el discreto apoyo del ejército, otorga un respiro a Morsi y sus partidarios para restablecer la normalidad en el país y salir del atolladero.

La adopción de la Constitución dota al país de un marco institucional estable, pero la situación económica es calamitosa, la oposición está en la calle y no puede decirse que haya concluido la tumultuosa transición que se inició con la caída de Mubarak el 11 de febrero de 2011. El referéndum es el desenlace de un tortuoso proceso de muy dudosa legalidad y escasa legitimidad democrática que ha servido, ante todo, para consagrar un nuevo pacto no escrito entre los Hermanos Musulmanes y los militares, las dos fuerzas sociales hegemónicas.

La primera Asamblea Nacional fue elegida por sufragio universal en elecciones generales en diciembre de 2011, con el resultado de una mayoría abrumadora de la Hermandad Musulmana y sus aliados más radicales, los salafistas (el 70 % de los votos y escaños), pero fue disuelta por el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (CSFA) en junio de 2012, a instancias del Tribunal Supremo, alegando vicios de procedimiento, una presunta ilegalidad en el modo de escrutinio. Los observadores independientes consideran que fue un golpe de Estado urdido por los militares con el concurso de un poder judicial aún dominado por los servidores del régimen caído.

En un primer momento, la Hermandad Musulmana reclamó el restablecimiento de la Asamblea Nacional, en la que disponía de amplia mayoría, pero finalmente se acomodó al nuevo escenario dispuesto por los militares, que se arrogaron importantes prerrogativas en cuestiones de seguridad y mantenimiento del orden público. Un mes después (julio de 2012), el recién elegido presidente Morsi promulgó un decreto-ley sobre la composición y funcionamiento de una comisión constituyente integrada por cien personalidades elegidas por la Asamblea Nacional, ya disuelta, y por la cámara alta (Consejo de la Shura), que sigue en vigor. El resultado de ese forcejeo fue la hegemonía absoluta de los islamistas en el organismo encargado de redactar la nueva Constitución.

Para la oposición englobada en el Frente de Salvación Nacional, la Constitución elaborada sin un mínimo consenso, no es representativa del pluralismo de la sociedad, en particular de las mujeres y los cristianos, claramente discriminados, y además no protege adecuadamente algunas libertades fundamentales, cuyo ejercicio está restringido por unos sedicentes y genéricos valores morales definidos por las autoridades religiosas en función de las circunstancias. La blasfemia y la herejía están rigurosamente proscritas por la mezquita y coartan cualquier disidencia.

La libertad de prensa, que tuvo una floración sin precedentes tras la dimisión de Mubarak y el cambio de régimen, ha sufrido ya los efectos de la consolidación del poder islamista. Los medios de comunicación del sector público mayoritario, desde los periódicos a las cadenas de televisión, han sido sometidos a la férula del ministerio de Información, controlado por los Hermanos Musulmanes. El famoso diario cairota Al Ahram, que fue el vocero entusiasta de Naser, del socialismo y del neutralismo, ensalza ahora y glosa por extenso los sermones del presidente Morsi, al mismo tiempo que fulmina con sus anatemas a todos los opositores.

Los representantes coptos se retiraron de la Comisión constitucional en protesta por el papel otorgado a la jurisprudencia de la mezquita Al Azhar sobre la ley islámica (sharia). Como ya ocurría con el régimen de Mubarak, el nuevo texto constitucional proclama que la ley coránica es la fuente principal del derecho. Se supone que en las ciudades, los coptos formaron en las filas de los que votaron negativamente en el plebiscito constitucional.

Una oposición movilizada

Los islamistas que respaldan al presidente Morsi aseguran que muchos de los opositores proceden del antiguo régimen y conspiran contra el proceso democrático. El triunfador Partido de la Libertad y la Justicia, tras conocerse los resultados, tendió la mano a las otras fuerzas políticas y declaró que “el pueblo egipcio continúa su marcha hacia el objetivo de construir un Estado democrático moderno, luego de haber superado la sombría etapa de la opresión”.

La oposición sigue movilizada, aunque desunida, porque sospecha que los Hermanos Musulmanes impondrán con el tiempo una dictadura bajo el imperio de la ley coránica, como en Irán. Al-Masri Al-Yum, el diario liberal de El Cairo, una de las pocas voces de la oposición, emite un diagnóstico inquietante: “Esta Constitución es nula y sin efecto porque fue escrita con sangre, porque no aportará estabilidad y porque divide al país en dos campos: el del fascismo religioso oscurantista, de un lado, y el del Estado civil y democrático moderno, de otro.”

Subsiste el dilema entre la identidad islámica, que pretende imponerse a toda la sociedad, en nombre de la tradición y el conservadurismo social, y la identidad civil o ciudadana, sin sumisión ideológico-religiosa o militar, que propugna la construcción de un Estado democrático, neutral en cuestiones religiosas, y liberado de la vigilancia de los cuarteles. Mucho me temo que los liberales, modernizadores y laicos, en clara minoría, tienen ante sí una tarea ímproba y que poco podrán hacer, en el futuro inmediato, frente al bloque de inercia estructural, anclado en la ley coránica, que encabezan los Hermanos Musulmanes, hegemónicos en una sociedad subdesarrollada y, ante todo, paralizada por la piedad y el pan de la subsistencia que les suministra la caridad interesada de los islamistas.

La próxima cita electoral está prevista para dentro de dos meses, a fin de elegir una Asamblea Nacional que sustituya a la que disuelta por los militares. Será una nueva ocasión para que los opositores traten de enterrar sus divergencias y hacer frente al desafío de un poder islamista sin contrapesos.

Durante las últimas manifestaciones de El Cairo, sólo una consigna logró la unanimidad entre los que protestaban: “Paz, libertad, justicia social”, como corresponde lógicamente a un pueblo duramente castigado en sus más elementales necesidades, sumido en el analfabetismo, la ignorancia y la pobreza, y alienado en estos momentos por el espejismo religioso de “un retorno del islam”, en verdad innecesario porque siempre estuvo ahí, aliado con el poder militar, retardatario y opresivo. En cualquier caso, bajo la férula de los Hermanos Musulmanes, no parece probable que el país se encamine hacia la modernización, la separación del Estado y la mezquita, la libertad de conciencia y la prosperidad.

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Responses

  1. Enhorabuena por un blog tan interesante. Me estoy adentrando actualmente, poco a poco, en geopolítica, tras haber leído un libro de F. Encel – cuyo resumen y comentarios puede encontrar en mi blog.

    Un saludo de un nuevo lector de su blog,

    Jose.


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