Posteado por: M | 7 enero 2013

El discurso de Asad y la escalada de la guerra

Las cábalas y las declaraciones optimistas sobre el fin inminente de la dictadura en Siria han vuelto a fallar estrepitosamente. La carnicería prosigue y probablemente se recrudecerá, como puede colegirse del desafiante discurso de Bachar Asad en Damasco, el 6 de enero, inmediatamente descalificado tanto por la oposición armada que cuenta con el respaldo de Occidente y las monarquías árabes petroleras cuanto por los grupos terroristas que huyen de los combates en campo abierto pero utilizan el coche bomba en las zonas urbanas. Como el presidente sirio no está dispuesto a rendirse, ni la negociación se reputa factible, pese a las presiones externas, los pronósticos oscilan entre el colapso caótico del régimen y la continuación de la guerra civil con una creciente intervención de otros países.En una extraordinaria aparición en público, en la Casa de la Ópera, en el centro de Damasco (la plaza de los Omeyas), la primera desde junio de 2012, Asad apeló al “diálogo nacional” y expuso un plan por etapas para acabar con un conflicto que se inició en marzo de 2011 y ha causado más de 60.000 víctimas mortales y centenares de miles de refugiados, según los cálculos de la ONU.  La “solución política” del dictador sirio incluye la formación de un nuevo gobierno que trataría de alcanzar un pacto nacional con la oposición tolerada para elaborar una “Carta nacional” que sería sometida a referéndum. El plan prevé igualmente el cese de hostilidades una vez que los países extranjeros dejen de armar a “los terroristas” y que el ejército detenga las operaciones punitivas, preservando el derecho de represalia en el caso de amenaza para la seguridad nacional.

Las palabras de Asad y el fervor de sus partidarios, que se manifestó no sólo en Damasco, sino en otras ciudades del país, no van a producir ningún efecto porque parten de la premisa inaceptable de preservar el régimen en sus actuales estructuras, desde la presidencia de la República hasta el partido único (el Baas), pasando por los altos mandos de las Fuerzas Armadas. Por el contrario, la coalición de los rebeldes plantea, como condición indispensable para el diálogo, la renuncia o destitución del jefe del Estado. El portavoz de las fuerzas políticas y militares coligadas, Walid al Buni, denunció “la retórica vacía”, rechazó el plan presidencial y declaró: “No hemos hecho todos esos sacrificios para permitir el mantenimiento del régimen tiránico.”

La misma hostilidad se escenificó en Occidente. El primer ministro británico, David Cameron, volvió a exigir la marcha de Asad, mientras el departamento norteamericano de Estado, además de condenar el discurso, señaló que los planes del presidente estuvieron “desconectado de la realidad”. La Unión Europea se alineó con Washington, una vez más, reclamó la dimisión del dictador sirio y el cese de las operaciones del ejército contra los bastiones de los rebeldes, en las zonas urbanas y contra los civiles desarmados. Ninguna novedad o iniciativa.

El discurso del dictador, por otra parte, confirma lo que ya sabíamos: su disposición a resistir hasta el último minuto, aun a riesgo de sufrir el sangriento destino que le reservan sus enemigos: una muerte con la de Gadafi, quizá apuñalado y su cadáver arrastrado por las multitudes en un espectáculo de venganza y horror. En su última entrevista, emitida por la televisión de Moscú en noviembre de 2012, Asad rechazó la idea del exilio y afirmó: “Viviré y moriré en Siria”. El ministerio ruso de Exteriores, que mantiene estrechas relaciones con los dirigentes de Damasco, señaló a finales de año, en respuesta a las urgencias occidentales, que el presidente sirio seguiría en el poder “hasta el fin” y que no era posible disuadirlo.

Inmovilizado el Consejo de Seguridad de la ONU por el derecho de veto, la geopolítica del conflicto se manifiesta en una fractura interna, religiosa, militar y política, y una confrontación internacional con dos bandos bien delimitados: de un lado, Arabia Saudí, Qatar y las otras petromonarquías del golfo, firmemente respaldadas por EE UU, Europa y Turquía, que apoyan y arman a los rebeldes del Consejo Nacional Sirio (CNS) y su brazo armado, el Ejército Sirio de Liberación (ESL); de otro, Rusia, China e Irán, que protegen, aunque en grado diverso, al régimen de Asad y al mosaico de minorías que le acompañan en la resistencia.

El trasfondo geopolítico

En el trasfondo de la pugna geopolítica se encuentra la endémica confrontación religiosa entre suníes y chiíes, dirigidos ambos bandos, respectivamente, por la dictadura wahabbita de Arabia Saudí, de poder económico sin parangón y extremo rigor islámico, y la República teocrática de Irán, que mantiene en vilo a EE UU e Israel por su pretensión de dotarse del arma nuclear. El factor religioso se reproduce en el interior de Siria, donde el gobierno y la oficialidad del ejército se nutren principalmente de la minoría alauí (10 % de la población), una secta desgajada del chiísmo, sincrética, así como de otras minorías (cristiana, drusa, kurda), mientras que la mayoría suní (70 %), hegemónica en el bazar, se alinea  al menos en parte con la oposición armada.

El sunismo y el chiísmo se disputan la supremacía en el orbe árabe-islámico desde hace siglos, desde el asesinato de Alí, yerno y sucesor de Mahoma, que señaló el comienzo de la cruenta competencia entre las dos grandes familias del islam (siglo VII). Mayoritarios en toda la región, los suníes, galvanizados por el éxito de la Hermandad Musulmana y sus franquicias islamistas en los procesos políticos incoados por la llamada primavera árabe, en Túnez, Egipto y Libia, son fervorosos partidarios de la insurgencia siria, a la que suministran toda clase de hombres, dinero y pertrechos.

Paralelamente, algunos grupos salafistas o vinculados a Al Qaeda se unen a la revuelta y su presencia puede detectarse en la siniestra técnica del coche bomba y los atentados suicidas con los que llegan hasta el corazón del régimen en Damasco, como en el atentado contra el cuartel general de las Fuerzas Armadas. El grupo sirio Jabhat al-Nusra, señalado por Washington como la franquicia de Al Qaeda en Iraq, se muestra muy activo y reaviva los temores de que la caída del régimen ofrezca un terreno caótico y abonado para el progreso del extremismo islámico.

La situación sigue bloqueada, aunque prosiguen las consultas. El discurso del presidente guarda bastante relación con el plan sugerido por el emisario de la ONU, Lajdar Brahimi, tras su última visita a Damasco, a finales de diciembre. El enviado argelino se refirió como punto de partida a la declaración de Ginebra de junio de 2012, la cual preveía un gobierno de transición pero no la renuncia del dictador. La intensa actividad diplomática quizá ha influido en la reaparición teatral de Asad, temeroso de quedar marginado mientras se negocia el futuro del país. El jefe de la diplomacia de Irán, el mejor aliado de la dictadura siria, se reunirá esta semana en El Cairo con los dirigentes egipcios y el mediador Brahimi.

La situación militar se ha degradado considerablemente durante los últimos seis meses, puesto que las fuerzas rebeldes, cada vez mejor armadas, siguen conquistando algunas posiciones importantes, puestos fronterizos, aeródromos y cuarteles de la policía, mientras se multiplican las deserciones en el bando gubernamental. Los combates llegaron a los barrios extremos de Damasco. Los rebeldes, que han mejorado su capacidad para la recluta de voluntarios y la adquisición de armas, disponen de granadas antitanque, vehículos blindados y misiles que pueden trasladarse y dispararse con facilidad, además de reconocimiento internacional, apoyo ideológico de los islamistas y dinero suficiente para recrudecer los combates.

Los rebeldes dieron un paso importante hacia su unificación al crear la Coalición Nacional de las Fuerzas Sirias de la Oposición y Revolucionarias, pero el éxito militar no es nada seguro. Los militares rebeldes no han sido capaces de controlar una zona densamente poblada, como lograron los libios al apoderarse de Bengasi y convertirla en la capital de la insurgencia, clave indiscutible del triunfo final. La última ofensiva de los rebeldes contra Alepo, en julio de 2012, estuvo muy mal preparada y terminó en un sangriento fracaso tras unos bombardeos terroríficos de la aviación gubernamental.

En muchas zonas del país reina la mayor confusión, aumenta el éxodo de las poblaciones y los refugiados siguen afluyendo a Turquía, Jordania y el Líbano (se habla de más de medio millón de personas) y las tropas del régimen han perdido el control en algunos enclaves del norte y el este del país, en las fronteras respectivas de Turquía e Iraq. Según los expertos militares, el ejército trata de conservar el dominio sobre un eje que iría desde el sur, en la frontera libanesa, hasta el noroeste, el territorio que habita la minoría alauí, pasando por Damasco y su gran zona metropolitana.

Tras el discurso de Asad, la escalada del conflicto probablemente será inevitable. Pero también prosiguen los cabildeos diplomáticos. Estados Unidos y sus aliados europeos, aunque están haciendo todo lo posible por galvanizar a los rebeldes e incluso reconocen su legitimidad como representantes del pueblo sirio –un reconocimiento que juzgo arriesgado–, eluden una intervención directa, que sin duda resultaría desastrosa, y están alarmados por la perspectiva de cometer algunos de los errores que contribuyeron a la lucha sectaria en Iraq y dieron argumentos y armas a los grupos más radicales de Al Qaeda y el salafismo, los guerreros de la yihad (guerra santa).

Entre la brutalidad del ejército sirio y la desviación terrorista de parte de los rebeldes, la guerra fue demasiado lejos para que pueda pensarse en estos momentos en una mediación para detenerla. Asad y las minorías que le apoyan han vuelto a proclamar que prefieren el ataúd a la maleta –no todos podrían marcharse, desde luego–, mientras que los rebeldes suscitan el lógico temor de verlos desbordados por los extremistas. La mediación árabe está paralizada por las divisiones intestinas entre suníes y chiíes, entre moderados y extremistas. Y Occidente no sabe cómo entrar o salir del avispero que tanto han contribuido a impulsar.

 

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