Posteado por: M | 14 enero 2013

El gendarme francés en África contra el terrorismo islámico

La intervención militar de Francia en su antigua colonia de Malí, un territorio sin salida al mar que alcanzó la independencia en 1960, suscita bastante comprensión en los círculos internacionales, incluso en la ONU, pero desprende un fuerte olor neocolonial y energético (petróleo y uranio) al mismo tiempo que genera múltiples interrogantes por su carácter precipitado y su problemático desenlace. Cuando se supo que los rebeldes del norte, extraña mezcla de tribus de tuaregs y grupos terroristas más o menos vinculados con Al Qaeda, habían alcanzado la ciudad de Kona, cruce estratégico para llegar a Bamako, la capital, el presidente francés, el socialista François Hollande, cambió súbitamente de estrategia y ordenó el despliegue de tropas para detener el avance de los insurgentes.

Hasta el 11 de enero, cuando anunció el comienzo de la operación, el presidente francés se había mostrado muy reticente al empleo de la fuerza, confiado en que una intervención de los países africanos bastaría para detener el avance de las fuerzas islamistas en la región del Sahel. Luego de retirar a las tropas de Afganistán, todo parecía indicar que Francia no deseaba adentrarse en una nueva pesadilla. Aunque el Elíseo no explicó las razones del cambio de actitud, todo parece indicar que la caída de Kona en manos de los islamistas alarmó al estado mayor francés y precipitó la decisión presidencial

Al anunciar la intervención militar, mediante un a breve alocución desde el palacio del Elíseo, Hollande la justificó por “la guerra contra el terrorismo” y “porque de ella depende la propia existencia del Estado y de nuestros compatriotas, que son unos 6.000”. Añadió que había ordenado el despliegue “en el marco de la legalidad internacional”, lo que no es rigurosamente cierto. En realidad, el gobierno francés envió a sus paracaidistas para proteger a sus nacionales y en respuesta a la petición de auxilio formulada por el presidente maliense, Dioncounda Traoré, que cuenta también con el respaldo de varios países de la llamada África Occidental Francesa de la época colonial.

Durante el último medio siglo, las intervenciones francesas en sus ex colonias fueron muy numerosas, generalmente sin la autorización previa de la ONU, de modo que el Ejército francés, cualquiera que fuera el color político del presidente de la República, realizó constantes expediciones punitivas o intervenciones presuntamente pacificadoras o mediadoras a favor de los dirigentes que contaban con la protección del Elíseo, desarrollando una práctica típicamente neocolonial, en Senegal, Guinea, Costa de Marfil, Malí, Burkina-Faso, República Centroafricana y Níger, países que forman parte de la Francofonía, el mundo de habla francesa. Francia se había ganado a pulso la reputación de “gendarme de África”.

La política africana, desde la época del general De Gaulle, es un dominio reservado del presidente de la República, que actúa sin cortapisas y dispone en el Elíseo de un departamento especialmente dedicado a esas cuestiones. Si unos 6.000 franceses residen habitualmente en Malí, según los datos oficiales, no cabe duda de que los intereses de la antigua metrópoli deben ser muy considerables. Al menos siete franceses que trabajaban en las minas de uranio, en el norte del país, fueron secuestrados por los islamistas hace varios meses y viven un verdadero calvario. El uranio que se produce en el enorme desierto de Malí es de gran importancia para el combustible de las centrales nucleares de Francia, uno de los países más nuclearizados del mundo.

Por eso se produjo inmediatamente una especie de consenso de las principales fuerzas políticas francesas detrás de la decisión presidencial. No hay diferencias apreciables entre los conservadores y los socialistas, como ya se encargó de codificar el presidente Mitterrand. Con su rápida e inesperada decisión, Hollande ha aventado las dudas y las críticas sobre las indecisiones de su carácter, su blandura y su proclividad a la componenda o el apaciguamiento. Una caricatura del periódico Le Parisien mostró al presidente vestido de comandante en jefe, con una leyenda que rezaba: “Hay que admitir que a veces sorprende.” Escasa sorpresa, ciertamente, si se ponderan los intereses en juego.

La arrogancia e improvisación del poder

No obstante, en la prensa francesa se alzaron algunas voces relevantes para denunciar, una vez más, la arrogancia y la improvisación del poder. Dominique de Villepin, ex ministro de Exteriores y ex primer ministro con el presidente Jacques Chirac, que dirigió la dura diplomacia francesa contra la intervención de EE UU en Iraq (2002-2003), escribió una tribuna en el Journal de Dimanche  de París (13 de enero) para expresar su inquietud por “la unanimidad de los belicistas, la precipitación aparente y los tópicos argumentos de la guerra contra el terrorismo”.

Sólo la izquierda menos conformista pero que está habitualmente al margen de las decisiones estratégicas criticó tanto el fondo como la forma de la decisión de Hollande. Jean-Luc Mélenchon, copresidente del Partido de Izquierda y ex candidato presidencial, declaró: “El interés de una intervención militar parta resolver el problema planteado al norte de Malí es discutible (…) Resulta además condenable que el presidente haya actuado solo sin reclamar la aprobación del Parlamento ni del gobierno.” También los diputados ecologistas expresaron su malestar.

Esas controversias hexagonales resultan poco relevantes. Lo verdaderamente significativo es que, en efecto, los argumentos de “la guerra contra el terrorismo” equivalen en la jerga diplomática actual a los riesgos que en los años 60 y 70 se adjudicaban a los de la expansión del comunismo, antes incluso de que Leonid Brezhnev tratara de enmascarar el inmovilismo interno con la estabilidad de la nomenklatura y una expansión exterior de hechuras coloniales que alcanzó sus momentos culminantes en la Etiopía posterior al Negus, Angola y Afganistán.

Según Villepin, que fue el azote del estadounidense Colin Powell cuando la crisis de Iraq en la ONU, “en Malí no se dan ninguna de las condiciones necesarias para que la intervención sea un éxito”. Y añade: “Combatimos a ciegas, sin apoyo regional sólido, sin un objetivo de guerra preciso. Porque detener el avance de los yihadistas hacia el sur, reconquistar el norte del país y erradicar las bases de Al Qaeda en el Magreb Islámico son varias guerras diferentes.” Quizá la estrategia de los bombardeos contra el norte del país no es la más adecuada para combatir al mismo tiempo la insurgencia de los tuaregs y el terrorismo de Al Qaeda.

Casi al mismo tiempo que se iniciaba la intervención en Malí, París anunció el fracaso de una operación de comandos llevada a cabo en Somalia con la intención de rescatar a un miembro del servicio secreto francés que estaba secuestrado por la milicia islamista que domina gran parte del país. Según el ministro francés de Defensa, Jean-Yves Le Drian, el rehén, Denis Allex, fue asesinado por sus secuestradores de la milicia de Al Shebab.

allex

La situación sobre el terreno tampoco es la más adecuada para el éxito de la operación. Como señala Philippe Bernard en Le Monde: “Menos de un año ha sido suficiente para transformar Malí, considerado desde hace 20 años por París como un escaparate democrático en África francófona, en un polvorín que amenaza a Europa”. Sin embargo, sólo el Reino Unido se apresuró a comunicar que prestaría apoyo logístico a la intervención francesa, pero que no enviaría tropas de combate. Silencio embarazoso en Berlín y otras capitales, señal inequívoca de que la política exterior de la Unión Europea (UE) es una entelequia.

El régimen maliense entró en descomposición en marzo de 2012, cuando un golpe militar dirigido por el capitán Amadou Sanogo derrocó al presidente legítimo de la República, Amadou Toumani Touré, suspendió la Constitución y disolvió todas las instituciones. El pretexto de los centuriones fue la pasividad del régimen ante el empuje de la rebelión en el norte del país, pero reveló igualmente la corrupción y debilidad del ejército, que lleva varios años cerrando los ojos ante el tráfico de cocaína y la brutalidad conquistadora de los grupos armados (katiba) de Al Qaeda, que controlan prácticamente la mitad sahariana del país e imponen la islamización en las ciudades de Nidal, Gao y Tombuctú.

Bajo la presión de Francia y la mediación de la Comunidad Económica de los Estados de África Occidental (CEDEAO), la situación se normalizó aparentemente a mediados de abril de 2012 con la dimisión del presidente Touré y la toma de posesión del presidente de la Asamblea Nacional, Dioncounda Traoré, como nuevo jefe del Estado. Los militares volvieron a los cuarteles, pero una vez más se mostraron incapaces de hacer la guerra en el norte.

Mientras tanto, las huestes de Al Qaeda en el Magreb y del Movimiento Unificado para Yihad en África Occidental (MUJAO) vencieron a las tribus de tuaregs, agrupadas en el Movimiento de Liberación del Azawad (MNLA), e implantaron la ley islámica manu militari. También existe una organización de los tuaregs, los Defensores del Islam (Andar Dine), que se ha convertido al integrismo. Una de las consecuencias del triunfo de los soldados de la guerra santa fue la destrucción salvaje de los mausoleos de los santos musulmanes de Tombuctú, importante centro cultural y comercial desde el siglo XV, en una acción similar a la ejecutada por los talibanes que dinamitaron los budas gigantes de Bamiyan, en 2001, por considerar que las estatuas eran ídolos incompatibles con el islam.

Mausoleos de Tombuctú

El conflicto desborda las fronteras africanas porque los combatientes mejor armados y más fanáticos entre los rebeldes del norte son los yihadistas o guerreros de la guerra santa –Al Qaeda en el Magreb Islámico y otros grupos afines–, que acabaron por imponer la ley coránica de manera implacable y sangrienta (mutilaciones y lapidaciones) a las tribus autóctonas sublevadas contra el gobierno central. Hollande insistió en que se trata de “elementos terroristas cuya brutalidad y fanatismo es conocida en el mundo entero”. Los portavoces de Al Qaeda, a través de la cadena Al Yazira, amenazaron con llevar “la guerra al corazón de Francia”.

La retaguardia de la guerra santa

La amenaza terrorista se extiende por toda la zona del Sahel, desde Mauritania a Argelia y al norte de Nigeria, donde los yihadistas (unos 2.500 combatientes) ganan mucho dinero con el tráfico de cocaína, hachís y tabaco, así como con la siniestra industria del rescate de los occidentales secuestrados, como ocurrió recientemente con dos españoles. Pese a sus métodos crueles y al terror que imponen por las armas, los islamistas, según parece, cuentan también con simpatizantes entre la población del sur del país aún controlada por el gobierno de Bamako. El peligro de que la rebelión se extienda no es una mera especulación.

El Consejo de Seguridad de la ONU, en efecto, aprobó el 20 de diciembre una resolución para el envío de una fuerza militar en apoyo del gobierno legítimo de Malí, que debería ser una fuerza conjunta africana, de unos 3.000 hombres, mientras que Francia y EE UU se dedicarían a armar y entrenar al ejército regular maliense. “Crap” (mierda), se le oyó comentar a la delegada norteamericana en la ONU, Susan Rice, supuestamente para subrayar tanto la inoperancia de la ONU como el desastre que se cierne sobre los países del Sahel, un vasto territorio convertido en retaguardia de la guerra santa. Como tantas otras veces, la fuerza africana de intervención fue tan buena idea como pésima realidad, habida cuenta de la debilidad intrínseca de loa países llamados a prestar los contingentes de tropas.

Ante el deterioro de la situación no sólo en Malí, sino también en Níger, en una sesión de urgencia, el Consejo de Seguridad aprobó el 10 de enero otra resolución exigiendo “un rápido despliegue” de una fuerza internacional. La resolución fue aprobada por Rusia y China, en nombre de la defensa de la integridad de un país miembro de la ONU, la misma razón por la que se oponen a una intervención exterior en Siria. Por supuesto, la puesta en marcha y la eficacia de esa fuerza africana, que necesitará seis o siete meses para estar operativa, no se lograrán con la rapidez necesaria para evitar el completo desastre.

Ni fuerza, ni dinero, ni pertrechos adecuados, ni mandos, ni dinamismo. El preludio de una situación similar a la Somalia, el Estado fallido y terrorista por antonomasia. El temor a la somalización no sólo de Malí sino también de Níger explica tanto la resignación diplomática como el carácter de último recurso que reviste la expedición ordenada por París. La ONU aseguró que la situación en Malí constituía “una amenaza directa para la seguridad y la paz internacional” y los estrategas franceses temen que Malí se convierta en un nuevo Estado fallido, refugio de terrorista, como era Afganistán antes de la intervención norteamericana en 2001.

París solicitó la reunión del Consejo de Seguridad de la ONU, sin duda para desarmar a los críticos mediante un informe detallado de las operaciones, pero no por ello desaparecen los riesgos de la intervención. La verdad es que Francia está militarmente aislada –salvo el apoyo logístico británico– y que deberá asumir las consecuencias. Los riesgos de un nuevo Afganistán planean sobre todas las cancillerías occidentales. El Pentágono se limitó a declarar que estaba estudiando el apoyo logístico y de información, lo mismo que ya hizo cuando la campaña de Libia contra Gadafi.

Ante la excesiva parsimonia de la negociación africana, con Argelia y Burkina Faso como intermediarios, el presidente Hollande se ha decidido por la intervención militar y la diplomacia del garrote. La operación parece ser que se inició sin ni siquiera consultar con los principales países de la Unión Europea, como lo demuestra el hecho de que Berlín se apresurara a desmentir cualquier implicación militar alemana. El presidente de la Comisión Europea se apresuró a trasladarse al Elíseo para expresar el apoyo europeo a la intervención, quizá para no dar pábulo a las voces que clamaban contra la actuación unilateral de París.

Los riesgos son innumerables, cuando la internacionalización del conflicto parece inevitable, y cabe preguntarse lógicamente si Francia dispone de los medios y está en condiciones de actuar como gendarme en solitario cuando lo que se avecina es un conflicto global con las milicias islamistas de la guerra santa global. Los europeos no han tomado conciencia del peligro que implica la hegemonía yihadista en Sahel y las terribles consecuencias que el terrorismo islámico puede provocar en Francia y otros países del continente con fuertes mayorías musulmanas.

L´Afrique est mal partie”, proclaman los especialistas franceses que siguen la evolución continental desde la oleada descolonizadora de los años 60. Las élites educadas en Francia que dirigieron el proceso descolonizador y entraron en posesión de las materias primas no fueron capaces de levantar unos Estados sólidos, sino que se entregaron a la corrupción y el despilfarro. Tampoco los militares fueron capaces de enderezar el rumbo de unos países sumidos en la miseria, las tensiones étnicas, el despotismo y la incuria administrativa. La actuación de Francia como gendarme sólo sirvió para poner parches en una situación calamitosa. Y ahora, ¿qué?

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