Posteado por: M | 22 enero 2013

El terrorismo se instala a las puertas de Europa

El secuestro de centenares de trabajadores en la planta de gas de Ain Amenas, en el desierto de Argelia, 1.600 kilómetros al sur de Argel, terminó con un furioso asalto por el Ejército argelino que liquidó a los terroristas islámicos pero provocó una espantosa carnicería, el 19 de enero. Las secuelas de tan luctuoso episodio en el combate global contra el terrorismo se dejarán sentir, sobre todo, en Europa, cuyas espaldas africanas se hallan agrietadas y amenazan con derrumbarse en el Sahel, en ese vasto territorio que se reparten unos Estados débiles, fronterizos con el desierto, algunos de ellos prácticamente fallidos, que se debaten entre la guerra civil, la pérdida de sus escasos recursos y la imposición violenta de la ley coránica por parte de minorías aguerridas y fanáticas.

Ante la escasa y fragmentaria información facilitada por las autoridades argelinas, la confusión persiste sobre las operaciones de secuestro y rescate que terminaron de manera sangrienta. Todo comenzó el 16 de enero, cuando uno número indeterminado de yihadistas fuertemente armados invadieron el complejo para la producción de gas y tomaron como rehenes a centenares de trabajadores, muchos de ellos extranjeros. El ataque fue asumido por un grupo que se hace llamar Los Firmantes con Sangre, dirigido por el argelino Mojtar Belmojtar, fundador de la Brigada Enmascarada, veterano de Afganistán, y especialmente dedicado al secuestro de europeos, disidente y competidor de Al Qaeda en el Magreb Islámico.

Después de cuatro días de asedio y del asalto de las fuerzas especiales del Ejército argelino, que concluyó el 20 de enero, el balance de las dos operaciones es aterrador: 80 muertos al menos. Dos cadenas de televisión privada en Argel informaron de que tres terroristas consiguieron huir en medio del pandemonio que siguió al salto de las tropas, probablemente hacia Libia, cuyo territorio sirve de santuario para varios grupos yihadistas desde la caída del régimen de Gadafi. En general, los medios de información argelinos consideraron que “el asalto era inevitable”, lo mismo que su fracaso ante la determinación fanática de los terroristas.

El ataque contra el complejo gasista fue ejecutado, según dijeron las autoridades argelinas, por unos 30 hombres de seis nacionalidades que formaban un comando dirigido por Abdul Rahman al Nigeri, uno de los terroristas muertos, perteneciente a una de las cinco katibas (batallones o falanges) de Belmojtar que operan en el norte de Malí con el ejemplo de Afganistán en la cabeza. La planta de gas pertenece a la compañía argelina Sonatrach, que comparte la explotación con la British Petroleum y la noruega Statoil, y puesto que la seguridad argelina consideraba que las instalaciones eran una fortaleza casi inexpugnables, proliferan las cábalas sobre las complicidades internas de que pudo gozar el comandado atacante.

El primer ministro, Abdelmalek Sellal, en una conferencia de prensa en Argel, el 21 de enero, defendió vehementemente la acción de las tropas para liberar a los rehenes. Aseguró que los terroristas se proponían volar el complejo gasista. “Todo el mundo ha comprendido que la reacción fue valerosa –señaló— ante un ataque contra la estabilidad de Argelia.” Confirmó que 37 trabajadores extranjeros murieron en el intento de rescate, aunque no se sabe si fueron asesinados por los secuestradores o perecieron por los disparos de los soldados argelinos. También informó de que 29 terroristas resultaron muertos, incluyendo el jefe del comando, y otros tres fueron capturados con vida. El comando procedía de Malí y llegó a Argelia a través de Libia.

Argelia, reducto contra el islamismo radical

La historia reciente de Argelia, cuyo ejército libró un a guerra civil contra los islamistas radicales que se saldó con más de 150.000 muertos (1990-1999), explican tanto el rechazo terminante de cualquier negociación con los terroristas como la brutalidad de la operación sin ninguna consulta con los gobiernos que tenían nacionales entre los secuestrados. Argelia, como se recordará, quedó un poco al margen de la agitación que se inició en Túnez, se extendió a Egipto y afectó a otros países árabes en los primeros meses de 2011, quizá porque los argelinos prefieren vivir bajo la férula del Ejército, soportar la corrupción y la penuria económica, antes que dejarse arrastrar por la espiral de la violencia y el caos en que desembocó la victoria islamistas en las elecciones parlamentarias de 1991, preludio de la guerra civil.

La última oleada terrorista en Argelia data de 2007 cuando más de 100 personas resultaron muertas en varios atentados con coches bomba en Argel, Batna y Dellys. La amenaza salafista ha disminuido, sin duda, pero no debe olvidarse que el país sufrió 938 atentados entre 2001 y principios de 2012. Tras la instalación de gobiernos islamistas en Túnez, Libia y Egipto, sólo Argelia escapa del control del integrismo. El deseo de venganza anima a los grupos terroristas que proliferan en el Sahel y tienen su origen en el argelino Grupo Salafista para la Predicación y el Combate (GSPC), vencido por el Ejército e integrado desde 2007 en Al Qaeda en el Magreb Islámico.

Ante el ataque contra el complejo gasista de Ain Amenas, el gobierno de Marruecos, dirigido por un islamista, expresó su inquietud ante “la proliferación” de los grupos terroristas y los banderines de enganche de los jóvenes marroquíes que desean alistarse en Al Qaeda, mucho de ellos como último recurso para escapar de la miseria o de la patera. Según el ministerio del Interior, dos células de reclutamiento han sido desmanteladas recientemente en Tánger y Mequínez. Al igual que el de Argel, el gobierno de Rabat autorizó el vuelo sobre su territorio de los aviones franceses que se dirigían a Malí.

Los gobiernos europeos y de EE UU no se ponen de acuerdo sobre un protocolo de actuación en el caso de secuestros masivos y actos terroristas suicidas. Tampoco han elaborado una estrategia común frente a llamarada del terrorismo en el norte de África. El mantra oficial es que “no se negocia con terroristas”, pero cuando llega la ahora de la verdad de un secuestro de nacionales, los gobiernos ceden con frecuencia a las exigencias de los terroristas, por más que nieguen la evidencia de haber pagado el rescate. De esa manera, algunos países europeos contribuyen involuntariamente a la financiación de Al Qaeda en el Magreb Islámico y alimentan la hidra terrorista. España e Italia, aunque sostienen oficialmente lo contrario, pagaron 15 millones de dólares por la liberación de dos rehenes españoles y uno italiano, capturados en Tinduf (suroeste de Argelia) en 2011.

El primer ministro británico, David Cameron, resumió la posición europea: “Podemos hacernos algunas preguntas sobre la respuesta de Argelia ante esos acontecimientos, pero sólo diré que la responsabilidad por las muertes recae exclusivamente sobre los terroristas que lanzaron un sañudo y cobarde ataque.” Aunque no parecen dispuestos a enviar tropas a Malí, los gobiernos europeos están persuadidos de que el modelo multicultural ha fracasado por completo, como sentenció Angela Merkel, y que la amenaza del terrorismo islámico que planifica y trafica en el Sahel no afecta sólo a Francia, sino a todos los países con numerosas comunidades musulmanas.

También el presidente de Francia, François Hollande, en su nuevo papel de comandante en jefe partidario de la mano dura, sin temor al frente interior, apoyó sin ambages la posición de Argel: “No se podía negociar”, declaró tras el asalto, luego de que la aviación francesa recibiera por primera vez autorización para sobrevolar territorio argelino, una colaboración valiosa para el esfuerzo bélico en Malí.

La creación de un Sahelistán con ramificaciones en todo el norte de África, a las puertas de Europa –como remedo del Afganistán de los talibanes, campo de entrenamiento de los yihadistas— constituye una amenaza que en ningún caso debe subestimarse. Conviene recordar que el órgano de comunicación más importantes de Al Qaeda en el Magreb Islámico se denomina Al Andalus, nombre que los árabes invasores dieron a la Hispania visigoda y que manifiesta una voluntad inequívoca de reconquista de las tierras que fueron musulmanas. Al Andalus ofrece vídeos de combates, declaraciones de los rehenes, discursos de los emires, fatuas de las autoridades religiosas, todo el material necesario para mantener la moral de las tropas y prepararlas para la guerra santa en todo el norte de África.

Infectado por las diversas guerrillas de inspiración islámica, entre ellas, la de Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI), fundada en 2006, el Sahel es una zona geográfica y climática de transición con vegetación precaria, semidesértica o esteparia, entre el desierto del Sahara al norte y la sabana boscosa del Sudán al sur, desde el Atlántico al mar Rojo, desde Senegal a Eritrea, pasando por Mauritania, Malí, Argelia, Níger, Chad y Sudán. Puede describirse como una franja de hasta 1.000 kilómetros de ancho y 5.400 kilómetros de largo fronteriza con el desierto, unos 3 millones de kilómetros cuadrados (seis veces el tamaño de España), donde las tribus tuaregs sobreviven en unas circunstancias muy adversas.

Todos los expertos coinciden en que una incursión tan arriesgada y compleja debió ser planeada mucho antes de que Francia enviara sus tropas a Malí para detener la ofensiva islamista. No es descartable, sin embargo, que la operación francesa, denominada Serval, precipitara los acontecimientos. El grupo que se atribuyó el asalto de las instalaciones gasistas advirtió de que podrían producirse más ataques contra las de cualquier país que respalde la intervención militar en Malí. “Recordamos a nuestros hermanos musulmanes –decía la declaración—que deben alejarse de las compañías occidentales y de sus instalaciones, especialmente de las francesas.” Al menos ocho ciudadanos franceses permanecen secuestrados desde hace dos años en el Sahel. Cuatro de ellos, en manos de Al Qaeda en el Magreb Islámico, fueron secuestrados el 16 de octubre de 2010 en Arlet, al norte de Níger, cuando trabajaban en una mina de uranio.

Predicadores, dinero y reclutamiento

El recrudecimiento la actividad terrorista en el Sahel se debe a causas diversas que están estrechamente relacionadas con la efervescencia que se observa en el orbe islámico tras las guerras de Afganistán e Iraq y la tan cacareada como frustrada primavera democrática que determinó el fin de las dictaduras de Túnez, Egipto y Libia. Como escribe Le Monde: “La caída de la dictadura libia facilitó la evolución porque reenvió al desierto a centenares de mercenarios [que habían estado] al servicio de Gadafi y que se llevaron consigo un impresionante arsenal de arma.” En las actuales circunstancias, la guerrilla islamista se propone una desestabilización general de la región, pero su objetivo último no es otro que la transformación de todos los Estados en emiratos regidos por la ley coránica.

La Libia sin Gadafi se ha convertido en el santuario preferido por los salafistas, como volvió a demostrarse con la procedencia del comando que atacó la planta de gas de Ain Amenas. Lo explica bien uno der los mejores especialistas franceses del mundo árabe, Gilles Kepel: “La intervención de Francia y la OTAN en Libia se tradujo por la implosión de ese país en una miríada de facciones locales, étnicas o ideológicas, apoyadas en sus katibas (falanges), armadas hasta los dientes, a las que el enclenque Estado posgadafista no puede imponer el monopolio de ninguna fuerza legítima.”

Los yihadistas no tienen problemas de reclutamiento, de armas y dinero. El triunfo de los partidos islamistas supuestamente moderados en Túnez, Egipto y Libia, en vez de detener la espiral de la violencia terrorista, la ha disparado. No se puede combatir al terrorismo si se cierran los ojos ante los que corren con sus gastos, y los financieros del terror no cabe duda de que se concentran en las monarquías petroleras del golfo Arábigo. Arabia Saudí dispone de las mayores reservas petroleras del mundo y cuenta con los predicadores más fogosos de la guerra santa, que difunden sus consignas incendiarias por Internet.

La onda expansiva del terrorismo islámico está a las puertas de Europa. EE UU y las potencias europeas se quejan de la extensión del terrorismo, pero no calibraron bien los efectos de su intervención en Libia y mantienen excelentes relaciones con los dueños del petróleo, los mismos que arman a la resistencia siria y sufragan a los grupos salafistas que tratan de extender el integrismo wahhabita del que Arabia Saudí se considera depositaria.

Esas presunciones no sólo se formulan en una Europa alarmada, sino que son moneda corriente en el mundo árabe. Como nos recuerda un periódico de Túnez, Kapitalis, en el que podemos leer lo siguiente, entre la indignación y el sarcasmo: “Son ellas [las monarquías petroleras] las que difunden el veneno wahhabita por el terror. Son ellas las que financian esos movimientos [los grupos terroristas] y destilan esa ideología mortífera (…) El objetivo de las petromonarquías, y muy particularmente la de los Ibn Saud [familia reinante en Arabia Saudí] es convertir al mundo entero al wahhabismo, puesto que el rey cree en su papel mesiánico. Una prueba: él está bendecido por Alá, que le ha dotado de una inmensa reserva de oro negro.”

No existe ninguna esperanza de que Occidente en general y EE UU en particular vayan  a revisar sus relaciones con las monarquías del Golfo, como les pide ese rotativo tunecino. Europa prefiere mirar para otro lado y finge incluso que en los países islámicos se respetan los derechos humanos, lo que es falso. La libertad de culto y mucho menos la libertad de conciencia no están protegidas en ningún país musulmán. El culto de otras religiones sólo se tolera con innumerables restricciones, está oficialmente prohibido en Arabia Saudí y la apostasía puede ser castigada con la pena capital. Y lo más deplorable es que la Europa acobardada por los atentados terroristas o el aumento de los precios del petróleo cierra los ojos ante la persecución que sufren los cristianos.

La persecución de los cristianos 

Los cristianos están en primera línea, no de la guerra, en la que no participan, sino de la hostilidad y el sacrificio, porque los yihadistas llevan a sus últimas consecuencias la guerra santa contra los que consideran infieles. La indiferencia europea ante la quema de iglesias y los asesinatos masivos de cristianos, principalmente en el norte de Nigeria, zona de hegemonía musulmana, pero también en Sudán, Malí, el Chad o Níger, confirman el silencio y la falta de sensibilidad de unos dirigentes europeos que se negaron a inscribir la mención de “las raíces cristianas de Europa”, hecho histórico incontrovertible, en el proemio de la frustrada Constitución de la Unión Europea (UE). Esa inacción ante el crimen a la ONU, la Unión Africana (UA) y las diversas organizaciones musulmanas.

La matanza de cristianos y el incendio de sus iglesias prosiguen con salvajismo y crueldad en el norte de Nigeria, donde el movimiento islamista Boko Haram (Prohibida la educación occidental) dio un ultimátum a los cristianos para que abandonaran el territorio. Mientras se consuma la rabiosa y sistemática limpieza étnico-religiosa, las escuadras islamistas asesinan a los indefensos cristianos, confiscan sus propiedades e imponen la sharia como un anticipo sangriento de la solución ilusoria de todos los problemas. Algo parecido ocurría en el norte de Malí antes de que se produjera la intervención militar de Francia. Los misioneros católicos que trabajaban en Gao y Nyoro, en el Sahel, tuvieron que abandonar sus misiones.

Según el Observatorio sobre la Libertad Religiosa, un organismo del ministerio de Asuntos Exteriores de Italia, 105.000 cristianos perdieron la vida a causa de su fe en 2012. El sociólogo Massimo Introvignone, responsable del citado Observatorio, al dar esa cifra de víctimas, añadió que “la persecución de los cristianos es hoy la primera emergencia mundial en materia de violencia y discriminación religiosa”. Con motivo de la Jornada Mundial de la Paz de 2011, el papa Benedicto XVI escribió: “Los cristianos son actualmente el grupo religioso que sufre el mayor número de persecuciones por causa de su fe.”

La persecución de los cristianos sólo llega a los grandes periódicos y cadenas de televisión cuando concurren circunstancias extraordinarias, como en el caso del ministro para las Minorías de Pakistán, el católico Shahbaz Batí, que fue asesinado por los islamistas el 2 de marzo de 2011, en Islamabad, capital de Pakistán, después de varias fatuas ordenando su muerte y amenazas de decapitación. El ministro se había opuesto a la ley de la blasfemia, por entender que era una herramienta de violencia contra las minorías, y había defendido con determinación y coraje a Asia Bibi, condenada en 2010 a morir en la horca por blasfema y por rechazar su conversión  al islam, aunque su ejecución ha sido aplazada ante las protestas mundiales. También fue asesinado por oponerse a la ley de la blasfemia el gobernador de Punjab (Pakistán), Salmaan Taseer.

 

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